Así eran las playas artificiales de Marcelo Ebrard en la Ciudad de México


Este texto fue publicado originalmente en marzo de 2012.

Los comentarios que escucho sobre las playas artificiales de la Ciudad de México siempre son los mismos: malos, despectivos y clasistas, exagerando la falta de higiene y el tipo de gente que asiste a estos lugares.

Después de escuchar este tipo de opiniones, me di cuenta que la gente que tiene esa mala impresión de las playas artificiales nunca ha ido a una. Así que sin mucho que hacer en Semana Santa en la Ciudad de México, agarré una mochila y metí un traje de baño, una toalla, mi cámara y unas chanclas. Me puse a googlear un poco y encontré una, así que manejé hacia la Alameda Norte, en Azcapotzalco. Al llegar pagué 25 pesos de estacionamiento y pasé.

Caminé unos metros hasta llegar a una zona en la que había un par de patrullas y un autobús grande llamado Medibús. Aquí un médico especializado realiza estudios de laboratorio: ácido úrico, creatinina, glucosa, hipertensión, obesidad y hasta cáncer de próstata a los usuarios de estas playas. Los estudios son gratuitos. El único requisito es ir en ayunas, antes de las 11:30AM y los resultados son entregados el mismo día.

En la entrada de la playa había una larga fila de niños y niñas buscando recibir un brazalete. Con este brazalete pueden nadar durante un periodo de 45 minutos, cuando pasa este tiempo, otro grupo tiene acceso a la alberca y los que salieron, corren a la entrada por otro brazalete y esperan su turno nuevamente. Pasan todo el día corriendo de un extremo a otro. En la fila no había ningún adulto formado, ya que sólo puedes ingresar a la alberca si tienes entre tres y 15 años, así que de entrada, ya me la había pelado.

Me decepcioné un poco porque no conocía las reglas y decidí sólo tomar fotos. El lugar estaba lleno, no había ningún camastro vacío y las mesas vomitaban tuppers con guisados, vasos, platos desechables y botellas de refresco. Para cuando llegué a la zona de albercas, los niños estaban felices de posar para la cámara; brincaban y se ponían frente al lente.

Un niño se acercó hacia mí hasta el borde de la alberca. “¿Vienes de TV Azteca o de Televisa?”, me preguntó. Le comenté que estaba ahí haciendo un texto para una revista. “¿La TVyNovelas?”

El chico me pidió que le tomara una foto y acepté. Acercó su mano a la cara, entre la boca y la nariz, simulando inhalar mona y posó. Después de un tiempo, decidí caminar hacia el estacionamiento y salir de ahí.

Regresé a mi casa sin mucho qué escribir y con sólo algunas fotos. Tenía que vivir la experiencia por completo, así que un par de días después, regresé. Era lunes y fue evidente la diferencia entre el número de personas que hubo el fin de semana y las que se presentaban en ese momento. La playa estaba prácticamente vacía. Me emocioné y decidí comenzar el recorrido.

Sin filas enormes, de inmediato me acerqué al encargado del mini bungee y demostré mi falta de atletismo. Normalmente le dan a los niños tres minutos para brincar, ya que las filas que se forman son bastante largas y la idea es que todos alcancen a subirse. Con poca gente, el tiempo era casi tan libre, que hasta algunos de los empleados del lugar aprovecharon para dar algunos brincos.

Lo siguiente en el recorrido era un partido de golf miniatura. Fui por una pelota, un palo y comenzó el juego contra unos niños. Perdí.

En cuanto pisé la arena caminé hacia los baños portátiles, me puse un traje de baño y seguí con el recorrido.

Pasé las canchas de voleibol y avancé hasta un área techada, donde había música y mujeres bailando. Era una clase de zumba. “Chingue su madre, hay que aprovechar”, pensé. Sobre una tarima, entre gritos y aplausos, un eufórico hombre montaba la coreografía que contrastaba bastante con los pasos torpes de más de uno de nosotros. Debido a que los adultos no pueden ingresar a las albercas, estas clases son pensadas para que las madres de familia no se aburran mientras ven a su marido picarse el ombligo o a su hijo gritando sobre el clavado que se acaba de echar.

Después bailar con mis nuevas amigas al ritmo de Aventura, fui a tirarme a un camastro.

Platiqué con el encargado (en realidad nunca supe cuál era su puesto), pero era un tipo bastante buen pedo y por lo que entendí, era el bueno. Después de una corta plática, accedió a dejarme nadar, aunque no estuviera en el rango de edad permitido. Sin pensarlo me quité la playera y me metí.

El agua helada recorrió todo mi cuerpo y no entendí cómo es que los niños estaban como si nada. Gritaban, jugaban, se sumergían y algunos hasta aprendían a nadar. Mientras trataba de hacer cara de no-me-estoy-cagando-de-frío, pude platicar con un par de niños y supe que algunos de ellos no conocían el mar. Estuve un rato ahí adentro y por fin entendí que esto en verdad los hacía felices.

Desafortunadamente, en nuestro país, la diferencia entre clases sociales es inmensa. Los pocos que realmente tienen, tienen en exceso, sin embargo, los menos afortunados tienen muy poco. Si pensamos un poco más allá de las ideas y prejuicios que tenemos sobre este tipo de lugares, podremos darnos cuenta de que en verdad esto es lo más cercano que mucha gente estará de conocer el mar. Suena cabrón pero así es.

Feliz de que la higiene, como mucha gente piensa, no está peleada con la clase social, di por terminado mi picnic en la playa artificial. No tiene nada de malo no poder costear un viaje a la playa ni mucho menos usar uno de estos lugares como alternativa. Así que si me preguntan ahorita qué es lo que pienso, creo que tienes la misma posibilidad de agarrar un pinche hongo en la alberca, también llena de niños, del hotel cinco estrellas en el que te hospedas, que aquí. ¿O me vas a decir que en toda tu vida nunca hiciste pipí en la alberca?

@soyalemendoza

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