Confesiones de risa y pánico de mariguanos primerizos


Todo debut conlleva tropiezos. La iniciación en el consumo de mariguana no está exenta de circunstancias imprevistas como carcajearse incontrolablemente al mirar las burbujas de refresco en el vaso o, experimentar ataques de pánico al pensar que ya nunca más “bajarás del avión”. Fumar mariguana puede tratarse de un plácido paseo en los hombros de Winnie the Pooh o un enloquecido viaje sobre el lomo de una yegua salvaje.

Para conocer cómo fueron las primeras experiencias con mariguana de algunos usuarios regulares de esta hierba, les pedí que me abrieran su corazón y su mente y me narraran esos primeros momentos con la mota que jamás olvidarán.

Gisella, psicoterapeuta

La primera vez que probé la mariguana fue en una tocada punk. Un emo estaba fumando mota en una manzana y cuando se dio cuenta de que lo veía me invitó unos tanques ―fumadas―. Salimos a la banqueta, fumé y no me gustó el efecto, pero sí me puso muy paranoica. A lo lejos había un puesto de hot dogs que utilizaba una sirena de patrulla para llamar la atención y atraer clientes. Durante bastante tiempo aluciné que en realidad se trataba de un auto patrulla que venía hacia nosotros; pero pasaban los minutos y la patrulla no llegaba así que imaginaba que los policías estaban cargando sus armas y pidiendo refuerzos a más policías para arrestarnos. Fue un muy mal viaje.

La segunda ocasión que fumé mota fue en el sexto semestre de la preparatoria. Un muchacho había llevado una bolsa con mariguana muy verde y bonita. A la hora del recreo una compañera del salón quiso fumar y yo le dije que no lo hiciera porque le iría mal. No me hizo caso, pero yo tenía razón: fumó tanto que se desmayó al bajársele la presión. Mientras la reanimaba echándole agua en el rostro y en la nuca devoraba un mazapán y una pulpa de tamarindo; siempre me da mucha hambre la mota.

Hace poco fui al cine a ver El Hobbit, con un amigo que nunca había fumado mariguana. Antes de entrar a la función nos chingamos un churro de mota en mi auto. Como la película tiene muchos efectos especiales mi amigo empezó a gritar porque estaba muy mariguano y sensible; sentí mucha vergüenza con el resto del público. También hace poco hice una pendejada por andar pacheca. Llegué a mi casa con todo el munchies encima y no tenía nada de comer. En la alacena hallé una lata de atún de esas que te regalan en las despensas de SEDESOL. Abrí la lata y le puse encima mayonesa y dos rebanadas de queso amarillo. Metí la lata al microondas, pero explotó y mejor me fui a dormir. Al otro día en la mañana entré a la cocina, vi el cagadero y me pregunté, ¿qué pedo conmigo?

More, quiropráctica 

Mi primera experiencia con la mota fue de terror. Tenía 15 años y cuatro amigos. Estábamos en la recámara de uno de ellos; ésta tenía dos salidas: una que daba a la cocina y otra al patio. Nos gustaba juntarnos a escuchar música. Serapio, uno de mis amigos, siempre me regalaba casetes de Skinny Puppy, Laibach, Ministry. Un día les pedí que me dieran mariguana. Accedieron, fumamos y me quedé dormida, muy pacheca. Ellos siempre me han cuidado y protegido como si fueran mis hermanos. Para dejarme seguir durmiendo se salieron de la recámara por la puerta que daba al patio. Estaba dormida, babeando tal vez, cuando sentí un bulto encima de mí. Me decía que no me asustara porque no me haría nada. Cuando terminé de despertar me estaba lamiéndome la cara. Reconocí al bulto, era un vecino del dueño de la casa. Grité y entraron mis amigos.


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Mi amigo Serapio me quitó al bulto de encima, gritándole: “¡No ves que es una niña, te voy a partir tu madre! Y mientras lo gritaba le estaba poniendo una retro verguiza a tal punto que la hermana del dueño de la casa le pedía, aterrorizada, que lo soltara. Llegó la mamá del vecino y le gritó a Serapio que lo metería a la cárcel y le destruiría la vida. Serapio se metió corriendo a la casa, agarró el teléfono inalámbrico y le dijo: “Llámale a la placa, doña, y cuando pregunten qué pasó diré que su hijo quiso violar a esta niña; y cuando los hermanos de esta niña sepan que su hijo la quiso violar no le van a pegar como yo, lo van a matar”. La doña se puso llorar y no le llamó a nadie. Ese fue mi debut en la mariguana, de terror.

Tania, empleada de una tienda de mascotas

La primera vez que fumé mota fue en un festival Cervantino. Viajé de Zacatecas a Guanajuato con varios amigos en la camioneta de un tipo al que jamás volví a ver. Durante el camino bebimos alcohol y prometimos que quien consiguiera drogas tendría que invitarles a los demás. Era un acuerdo muy ñoño. Intentamos acampar en el parque de “Los Sapos”, pero estaba lleno de hippies. Entonces decidimos empezar a beber y dormir en donde nos agarrara la noche.

En algún punto de la fiesta no volví a ver a mis amigos y me dirigí a las escaleras de la Universidad de Guanajuato. Me senté junto a unos músicos que estaban tocando los tambores. Uno de ellos tenía el cabello largo y sentí el impulso de tocárselo; lo hice y nos pusimos a platicar. Me preguntó si fumaba mariguana y mentí diciéndole que sí, entonces me dio un “gallo” para que se lo guardara hasta que terminara de tocar. En eso pasó la policía y todos los músicos se fueron huyendo. De pronto estaba sola a los pies de esa majestuosa escalinata con un “gallo” en mi mano. Lo prendí, lo fumé completo y se me ocurrió que debía cerrar los ojos para escuchar el ruido de la gente que caminaba por la calle. Abrí los ojos y, sin darme cuenta, había subido todos los escalones: 85 en total. Totalmente arriba, por la mota y de la escalera, me acosté junto a la puerta de la universidad y contemplé el cielo estrellado. Todo el tiempo sentí la cabeza fría, helada, como si tuviera una bolsa de cubos de hielo en lugar de cerebro. No estoy segura de que haya sido una experiencia tan mágica.

Astrolita, diseñadora de modas

Fumé mota por primera vez en Rosarito, Baja California, con unos amigos en el verano antes de entrar la universidad. Esa fue la primera vez que acepté probar mariguana, pero no sentí nada. Vi que todos estaban súper risueños y lentos, pero yo me arrinconé porque me enojó que no me hiciera efecto. Hace un año volví a fumar y ahora sí me hizo efecto. Estaba de intercambio académico en San Francisco, California. Una tarde en el departamento donde vivía con mi roomate llegó un amigo de ella con mariguana medicinal que se llama: Girl Scout Cookies. El muchacho me forjó un cigarro y él y mi amiga fumaron wax: extracto de mariguana de textura similar a la cera, pero con un efecto más potente. Me tumbó tanto el “gallito de mota” que me fui a encerrar a mi cuarto porque no podía seguir el hilo de su conversación. Pensé que sola estaría mejor, pero comencé a sentir taquicardia y pánico. Estaba súper desesperada porque se acabara el pinche viaje. Me forcé a dormir y creo que lo logré. Desde entonces fumo mariguana todos los días.

Karina, enfermera del IMSS

La primera vez que fumé mariguana fue con tres amigas, hace un año, en la playa, en una especie de viaje de graduación de la universidad. Estábamos en Huatulco, Oaxaca, y conseguimos marihuana con un dealer que nos habló de una playa maravillosa, súper chingona, súper virgen: Barra de la Cruz. Nos gustó su historia y al otro día pasó por nosotras al hotel en su patineta. Fuimos a la central de autobuses y tomamos una camioneta como para transportar vacas. Viajamos una hora. Al llegar al pueblo tuvimos que atravesar caminando una montaña, un valle, otra puta montaña, hasta que llegamos a la playa.

Apenas tocamos la arena el dealer se puso a surfear y nos dejó valiendo verga sin forjarnos un toque; nosotras no pudimos meternos a nadar porque las olas ahí son muy agresivas. Intenté forjar, pero lo hacía mal así que el dueño de un puesto de tortas frente a la playa nos ponchó el gallo. Lo fumamos todo y nos sentamos debajo de una palapa de techo cuadrado. Estaba tan mariguana que cada uno de los lados de la palapa me parecía un escenario distinto, era como estar viviendo en cuatro mundos al mismo tiempo. Luego la gravedad se puso muy pesada y sentí que me atornillaban al piso. De repente se me empezó a ir el aire y no podía respirar, pensaba que se había acabado el oxígeno en todo Oaxaca. Empecé a decir que tenía quince minutos sin respirar y una amiga respondió que eso era imposible.

Para colmo de mi paranoia sentí un piquete en el brazo. Busqué para ver qué había sido y vi a una araña caminar por la arena. Ahora estaba aterrada. Mi mejor amiga trataba de calmarme. Las otras dos sólo decían que si moría buscarían la manera de sepultarme: “Pinches culeras”, pensaba. Alicia ―mi mejor amiga― se metió en mi viaje y dijo que me ayudaría a dar con el paradero de la araña. Las dos nos tiramos al piso y comenzamos a gatear en la arena buscando a la araña para saber si era venenosa. No hallamos nada y de haberla encontrado hubiera sido lo mismo, nadie sabía nada de arañas. Todo esto que hice lo vi días después en un video que grabaron las dos culeras. Alicia y yo salimos en bikini, con sombrero y lentes oscuros, riéndonos y gateando muy lentamente.

Jorge, cocinero

La tercera vez que probé mariguana fue ingerida como alimento. Dos amigos y yo horneamos un pastel de chocolate. Ahora sabemos que le pusimos mucha: trescientos pesos que me vendió un señor que vende mariscos en una carreta. Cuando el pastel estuvo cocinado cada quien se comió una gran rebanada con un vaso de leche; todo era risas y alegría. Media hora después se hizo de noche y me comenzó a pegar durísimo el pastel: sentía que me derretía como si fuera una vela; todo me comenzó a dar miedo. Me di cuenta de que mis dos amigos —hombre y mujer— que andaban saliendo como pareja, estaban aterrados al igual que yo. Se subieron a su auto y no querían bajarse, ni siquiera me dejaron subirme con ellos porque decían que me parecía a Jack Nicholson, cuando enloquece en la película El Resplandor.


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Lo único que pude lograr fue subirme a mi auto y manejar a mi casa; fue lo peor que se me pudo ocurrir. Mientras manejaba sentía que el auto se levantaba de la parte de atrás y pensaba que me voltearía o iría volando en el auto; aparte, las líneas que forman los carriles eran tan amarillas y brillantes que comencé a ingresar al interior del sol, según yo. Tuve que estacionarme en un Seven Eleven porque estaba muy aterrado. Llamé a la Cruz Roja para que me ayudaran, pero cuando contestaron enmudecí y colgué, luego llamé a la policía y volví a colgar. Dentro de mi locura saqué un poco de cordura. Volví a poner en marcha mi auto y llegué hasta mi casa. Intentaba controlarme y hacer como que todo estaba bien. Me senté en la sala, prendí la televisión y estaba la película Salón México, con María Rojo. Intenté mirarla, pero la veía como si fuera una película de terror expresionista y opté por dormirme. Por la mañana intenté desayunar con mis hermanos y mis papás, pero el miedo seguía y alucinaba que eran como muertos que habían recobrado la vida. No desayuné y me regresé a dormir a mi cama.

Adly, artista visual

Hace unos años mi mejor amiga y yo estábamos de intercambio académico; ella en la Universidad de Chiapas y yo en la de Yucatán. Un día viajé 14 horas a San Cristóbal de las Casas para visitarla. Un tipo que conocimos en un bar nos consiguió mariguana de Oaxaca: la más bonita que jamás he visto y probado. A la mañana siguiente visitamos un bosque en la montaña. Cuando bajamos del autobús vimos en el horizonte un sin fin de árboles ceiba tan altos que parecía que no tenían fin. Caminamos hasta ellos, porque era el lugar ideal para fumar.

Fumamos y al estar viendo hacia dónde se iba el humo nos dimos cuenta de que un soldado nos miraba fijamente; caímos en cuenta de que estábamos separadas de un cuartel militar por una cerca de metal. Para entonces ya estábamos intoxicadísimas. Huimos corriendo por una vereda. Cuando nos habíamos alejado del cuartel nos detuvimos por cansancio. Ya no traíamos mota, pero mi amiga recordó que llevaba unas gotas para los ojos rojos. Jurábamos que los soldados nos iban persiguiendo y que si nos atrapaban con las gotas eso nos inculparía. Como esas gotas ella las llevaba desde Baja California, les tenía mucho aprecio y tirarlas era como romper con su identidad, decía ella.

El efecto de la mariguana me iluminó el cerebro y propuse hacerle un funeral al gotero; mi amiga me miró como si hubiera dicho algo mágico. Decidimos enterrar el gotero a los pies de un árbol de ceiba muy hermoso rodeado de flores y un charco de agua. Cavamos una tumba y le hicimos una oración. Los soldados nunca llegaron y creo que nunca nos persiguieron. Tomé un chingo de fotos continuas del funeral y nos fuimos de ahí sintiendo una paz interior. Esas fotos las volvimos a ver en una reunión entre varios amigos, por supuesto, fumando mota. Fue una escena como de Los Simpson, en donde Paty y Selma muestran las diapositivas de sus viajes; en una de ella mi amiga está llorando.

Maribel, cuentacuentos

Una amiga y yo planeamos todo para fumar mariguana por primera vez. Sus papás habían salido de la ciudad, así que nos reunimos en su casa. Un vecino de ella nos acompañó porque era el que sabía forjar churros. Pusimos música y comenzamos a fumar. Me relajé mucho. Estaba sentada en una cubeta de pintura y sentía que volaba sobre ella como si fuera una alfombra mágica, pero al mismo tiempo imaginaba que, sentada sobre la cubeta de pintura, atravesaba un túnel construido en el centro de la tierra. Al final del viaje sentí mucha hambre y me comí unas tostadas de maíz con Nutella y catsup.

Claudete, administradora de un local de hamburguesas

Conocí la mariguana con el rap de “Vive sin Drogas” de TV Azteca y la opinión conservadora de mi familia. Soy una fumadora regular. Hace unos meses me mal viajé porque una amiga y yo fumamos pero a ella se le bajó la presión y se desmayó abriéndose la frente. Terminamos yendo a la Cruz Roja de Playa del Carmen, Quintana Roo, a las tres de la mañana, a que le hicieran una sutura. Dos días después me volví a mal viajar porque fumamos mucha mariguana en la playa en un rave; y pensando que compraríamos trakas —pastilla de éxtasis― solamente llevamos una bolsa de cacahuates. La monstruosa hambre casi nos mata. La vida es un riesgo, cierto.

Jean, psicóloga

Fumé mariguana por primera vez con un amigo que en ese entonces ya se deleitaba con la planta. Como me había platicado maravillas le pedí que me invitara; pensaba que la experiencia no sería tan diferente al tabaco, salvo porque posiblemente accedería a un estado no ordinario de conciencia. Mi amigo hizo dos churros y subimos a la terraza de mi casa. Me advirtió que debía sostener el humo en los pulmones lo más que pudiera, y así lo hice y sentí cosquillas intensas en la garganta que me daban ganas de toser. “No tosas, mejor jala más aire” ―me volvió a decir. Cuando casi terminábamos el cigarro de mariguana le dije que no estaba sintiendo nada. “Tú síguele fumando” , dijo mi amigo con una seguridad encantadora.


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Pasaron unos minutos y de pronto comienzo a ver la vida transcurriendo a unos cuantos cuadros por segundo; tuve la impresión visual de las proyecciones cinematográficas antiguas entrecortadas y unidas por lapsos negros entre una fotografía y otra. Expresé en voz alta lo que sentía y mi amigo me dijo: “Ya comenzó el viaje”. Pero cuando terminó de decirlo comencé a tener un cuadro de miedo, pánico y ansiedad. “Qué tal si ya no logro bajar de este viaje y así me quedo y pierdo mi vida normal en la que tengo tanto dominio, ¡qué terror!”, pensaba. “No te asustes, se te pasará el efecto en dos o tres horas, mientras tanto disfruta”, volvió a decirme mi amigo y se esfumó mi pánico.

Otro amigo llegó a la terraza y comenzó a participar en la plática. Debí distraerme un instante mientras ellos hablaban porque dejé de entenderles. Literalmente oía y veía lenguaje, vocablos, gestos, pero la articulación de los sonidos no me eran familiares; hablaban español, pero sonaba a un idioma desconocido. Instantáneamente todo me comenzó a dar risa. Entre más pensaba una idea más risa me daba porque cualquier idea era chistosa; me carcajeaba como una loca de manera incontrolable. Cuando recuperé la “compostura”, bajé al primer piso y me detuve en el paisaje del recibidor de mi casa. Se me ocurrió que de la imagen podría obtener una obra de arte. Tomé mi cuaderno de dibujo y realicé un boceto inconcluso. En la noche tuve resaca. ¿Sería por las cinco barras de chocolate que me comí? No he vuelto a tener una experiencia semejante.

Carlos, diseñador gráfico

Fumé mota por primera vez hace dos años con un primo que me ofreció mariguana medicinal. Estábamos en San Diego, California. Fuimos a la casa de su novia que vivía con una familia tutelar gringa; de esas que ganan dinero por adoptar adolescentes y darles techo y comida. Anet, la novia, sacó una bonga hipiosa con destellos lilas, negros y cristalinos. A la primera bocanada tosí un putero, tanto, que sentía que los ojos se me salían. Mi primo y su novia se carcajearon de mí y cuando acabaron de hacerlo me explicaron que debía fumar más tranquilo. Gradualmente se me fue dibujando una sonrisa hasta sentirme muy pacheco. Durante un rato nos carcajeamos del padrastro de mi primo: un cholo convertido al cristianismo, oriundo de Pasadena, California, con acento zacatecano. Seguimos fumando y pusimos la película Donnie Darko. Me quedé dormido y desperté cuando le cae encima el avión a Jake Gyllenhaal. Volvimos a fumar y nos embargó el hambre.

Decidimos ir a un Carls Jr. Cuando íbamos en el auto comencé a pensar que mi primo iba a toda velocidad, como Niki Lauda, pero sin la pericia de éste. Mi primo y yo intercambiamos miradas y se dio cuenta de que estaba enraizado al asiento del copiloto. Preguntó si me sentía bien y le dije que manejaba muy recio y me contestó que nos trasladábamos a 50 kilómetros por hora, es decir, muy lento, casi a vuelta de rueda. Al final me chingué dos combos Famous Star para bajar avión. Me gusta mucho fumar mariguana.

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