¿Qué es “de hombres”?


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Una campaña contra el acoso callejero lanzada recientemente invita a los hombres de la ciudad a rechazar el acoso diciendo que eso “no es de hombres”. Lo cual nos deja con una profunda pregunta ontológica: ¿Qué es lo que sí es “de hombres”? ¿Fumar Marlboro mientras montas a caballo? ¿Comer carne asada? ¿Usar un desodorante “extremo” para tu día lleno de aventuras? ¿Patinar las llantas del carro? Yo sueño con que la respuesta sea “nada”, porque nada es de un género o de otro; esa división es absurda. Pero a juzgar por esta campaña, estamos lejos de esa respuesta.

#NoEsDeHombres ha sido presentada a los medios internacionales como un éxito cuya clave está en por fin hablarles a los hombres (algo que las feministas llevamos pidiendo desde hace años). En una columna publicada en Animal Político, Ana Güezmes, representante de OnuMujeres en México, cuenta que la campaña —creada por la agencia de publicidad J.Walter Thompson— fue retomada en los medios de comunicación de más de 15 países alrededor del mundo; tuvo 400 menciones en medios internacionales, nacionales y locales; y más de 20 millones de reproducciones de videos en las diferentes redes sociales. Sin duda un éxito publicitario, si éste se mide solo a partir de reproducciones y menciones. Pero ¿así es como se debe medir el éxito de una campaña impulsada por un órgano como la ONU y presentada también por un órgano gubernamental como Inmujeres CDMX? Más importante aún: ¿Tuvo algún impacto en lo que al acoso se refiere?


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La campaña parte de una premisa correcta: en vista de que la abrumadora mayoría de los acosadores son hombres, hay que hablarle a los hombres. Esto es un reclamo que surge desde el feminismo desde hace rato, y ya empiezan a verse campañas dirigidas a los agresores, y los que pocos ejemplos que tenemos no alcanzan a atinarle. ¿Qué está fallando?

En Colombia, la Secretaría Distrital de la Mujer en Bogotá acaba de lanzar una campaña bastante buena, orientada a promover masculinidades alternativas, en donde varios hombres, diversos, con quienes muchos tipos de colombianos pueden identificarse, cantan que son “hombres sin vergüenza“: “sin vergüenza de lavar, de planchar, de cuidar a los hijos” y la campaña añade “hacerlo con esmero y amor”. La cosa va de maravilla hasta que la canción cierra con el estribillo “soy un hombre de verdad”. Esta no alcanza a ser una campaña perfecta, pero al menos apunta a construir masculinidades solidarias y amorosas.

También está el pésimo ejemplo del comercial que la cerveza Tecate lanzó el año pasado, cuyos errores coinciden con la campaña #NoEsDeHombres, quizás porque ambas fueron engendradas en el mundo publicitario, un gremio machista (sí, el acoso sexual es pan de cada día), que además ha aprovechado el machismo, históricamente, para venderle cosas a la gente. Así nació la brillante idea de que las mujeres en bikini venden cualquier producto: tetas = líbido = hombres que gastan plata. O esta gran idea: aprovechar el machismo de los hombres para venderles respeto por las mujeres. Sólo que… un momento, ¡eso es imposible! Porque no se puede ser feminista sin antes deconstruir el machismo. Para los derechos de las mujeres no aplica la misma ecuación publicitaria, una ecuación que, dicho sea de paso, subestima y ridiculiza a los mismos hombres.

La campaña #NoEsDeHombres tiene cuatro partes: una se llama Pantallas, en donde graban culos de hombres, en el metro, como si los estuvieran morboseando, y los muestran en las pantallas. Los hombres ríen nerviosos, pero el ejercicio no alcanza a mostrarles la vulnerabilidad que nosotras sentimos. Luego está una intervención en una silla del metro, a la que le pusieron pectorales y el relieve de un pene. Como mujer heterosexual alcancé a entender el objetivo: mostrar ese asco que uno siente con los arrimones de los tipos en el espacio público. Pero esos arrimones son intimidantes no porque se sienta el relieve de un pene, sino porque no son consentidos. Los hombres del metro no rechazan la silla-pene porque recuerden algún avance sexual no consentido, la rechazan porque sentarse en un pene equivale a ser homosexual, a ser penetrado, a feminizarse, y eso, como lo confirma la práctica del albur, es a lo que más temen los machos mexicanos. Pero entonces la silla no comunica nuestra vulnerabilidad, solo aviva su homofobia. Finalmente la campaña tiene unos carteles con fotos de hombres con mirada lasciva, sucios, que se ven como malandros, como si los señoritos elegantes tipo los Porkys no fueran igual de amenazantes. Retratan a los hombres como seres decrépitos y asquerosos, con quienes los hombres reales que usan el metro, padres de familia, profesionistas, jamás van a identificarse, jamás se preguntarán ¿será que así soy yo? Como resultado el acoso vuelve a ser algo que hacen otros hombres, los lobos, los malos, y no es necesario hacer autocrítica y entender que los acosadores son ellos, hombres comunes y corrientes.

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A pesar de las críticas, las organizaciones creadoras de la campaña dicen estar satisfechas. Parece que la agencia de publicidad hizo unos focus groups con hombres para preguntarles sus ideas sobre el acoso. Y como suele suceder con las lógicas publicitarias, se asumió que “el cliente siempre tiene la razón” y como los “clientes” aquí son “los hombres” terminaron haciendo un contrasentido: feminismo para gustarle al patriarcado. Los hombres del focus group que hizo la agencia de publicidad dijeron que “Si la frase dice ‘mujeres’ no siento nada, la verdad no me importa ni me preocupa…. si me dices que es una de las mujeres que a mí me importan pues no quiero que les pase nunca, ni yo hacerlo”. Quizás no estamos leyendo la misma frase.Tienes a un grupo de hombres diciendo que las mujeres les importan un carajo, ¡que no sienten NADA cuando leen la palabra mujeres! A menos que esas mujeres tengan un pronombre posesivo antes: “mi mujer, mi esposa, mi amiga, mi casa y mi carro nuevo”. Es decir, para esos hombres del focus group solo valemos en tanto propiedad privada. Luego de una declaración tan violenta, no extraña que nos acosen en el metro.

Pero la agencia de publicidad no estaba ahí para luchar contra el machismo, si ese hubiese sido el objetivo no se habrían rendido tan rápido en el intento de convencer a los hombres de que las mujeres somos personas. Estaban ahí para venderle un producto a los hombres, el producto era el sexismo benevolente, que a algunas organizaciones y al mismo gobierno les llega a parecer “mejor que nada”. Pero en realidad es peor que nada. Porque los hombres no aprendieron que no les pertenecemos. Al ver fotos de hombres con gestos lascivos, todos morenos, algo sucios, en camiseta, cof cof, de una específica clase social, es algo que conecta con el clasismo y el machismo de los hombres, no envía el mensaje de que deben respetarnos porque es lo justo, porque tenemos derecho a habitar el espacio público. Al ver el relieve de un pene en la silla del metro no sintieron el miedo, la invasión, la vulnerabilidad que sentimos nosotras, sintieron sólo el asco de su homofobia. Porque acosarnos, vaya y venga, pero ser jotos ¡jamás!

Luego de estos focus group se invitó a varias feministas independientes y de organizaciones a comentar la campaña. Aunque fui invitada no pude asistir, pero fuentes que sí estuvieron en estas reuniones cuentan que era más una presentación en sociedad de la campaña que una oportunidad para discutirla. Ya tenían las ideas de los hombres de su focus group ¿para qué más?


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Dice Güezmes que “Fue una decisión consciente basar la campaña en un impacto real y no optar por una campaña políticamente correcta”. Quizás esa fue la intención, pero la campaña solo llegó a “equivocada”. Y creo que aquí es importante detenernos, porque cuando las organizaciones que pretenden defender los derechos de las mujeres se niegan a aceptar los errores diciendo que son “políticamente incorrectas” están usando el mismo argumento usado por Trump y la extrema derecha, las cosas van muy mal. Exigir una campaña buena no es una necedad política o una mojigatería de “expertas”. Lo exigimos porque somos las mujeres que vivimos en esta ciudad, que vivimos este acoso a diario, y tenemos que aguantar que nos digan que la idea de que las mujeres importamos “no es vendedora”. No se trata de “corrección política” sino de tomar responsabilidad por los efectos reales que tienen las palabras. No se puede combatir el machismo reforzando el machismo.

El gran punto ciego de la campaña es que los hombres nos acosan para reafirmarse como hombres. La masculinidad es una costa vistosa, frágil y pesada, como una lámpara de baccarat, y hay que que ponerla a prueba cada minuto. Una de esas pruebas es mostrar deseo sexual hacia las mujeres cercanas, que devenimos en vaginas y extensiones de su ego. Lo que se intenta aquí es cambiar un comportamiento de reafirmación de la masculinidad por otro comportamiento de reafirmación de la masculinidad. Y esto es lo que pasa cuando hay mucho de publicidad y poco de perspectiva de género.

@Catalinapordios

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