Fui extra en la película más rara de David Lynch


Si mal no recuerdo, fue poco después del mediodía cuando mi jefe recibió la llamada.

Entró a la sala de edición de Video Monitoring Services, y preguntó si alguien estaba libre esa noche. Un amigo suyo estaba trabajando en una película, y necesitaban un extra. Pagaban 60 dólares por unas pocas horas. Y yo me ofrecí a hacerlo.

La escena fue en un edificio abandonado en el centro de LA. En la planta baja había un bar, aunque no sabía si era real o simplemente lo construyeron para el set. Éramos unos diez extras. Había iluminación de neón, un mini-estroboscópico, una máquina de humo, y un equipo de quizás tres o cuatro personas. Para el fondo de una de las escenas, me tenía que sentar en una mesa y pretender estar platicando con una chica, según las instrucciones del asistente del director.

“¡Acción!”, dijo el director, David Lynch.

Con su cabello alborotado y un cigarro colgando de sus labios o entre sus dedos, Lynch circulaba por el set con su cámara digital, dirigiéndola principalmente hacia un hombre polaco más viejo que yo, claramente él era el foco de la escena. El actor hablaba con una mujer a quien la cámara nunca apuntó, sugiriendo que era la doble de alguien más.

Entre las tomas, Lynch le dictaba unas cuantas notas a un hombre fuerte y calvo que estaba cerca de él, y luego él se las traducía al actor. Mi compañera de escena y yo estábamos demasiado lejos como para escuchar lo que decían, pero cuando volvió a gritar “¡acción!”, los ojos del polaco se dilataron como si entrara en un trance, y comenzó a susurrar un espasmódico conjuro, mientras movía los dedos como trazando algún hechizo antiguo en el aire hacia la mujer que estaba sentada frente a él.

“Corte”, dijo Lynch, pero esta vez, omitió los servicios del traductor. “No quieres asustarla para que se vaya del bar”, dijo con su tono agudo del medio oeste. “Si te ve actuando así, saldrá corriendo. Baja un poco el tono”. Es muy raro escuchar al director de Eraserhead decir eso.

Después de doce escenas ­-no las llamarías “tomas” porque en cada una había un arreglo diferente- había sido todo por esa noche, y todos nos fuimos a casa. En pocas palabras, estuvimos en el almacén viendo trabajar a Lynch durante aproximadamente tres horas.

Una fracción de segundo de mi “actuación” de esa noche es aproximadamente dos tercios del camino a través del último largometraje de Lynch, Inland Empire. La cual se estrenó en septiembre de 2006, es el último proyecto narrativo (además de unos cuantos videos musicales y un puñado de comerciales) en el que estuvo detrás de cámara hasta el próximo reboot de Twin Peaks para Showtime.

La historia -no te preocupes por los spoilers- se puede resumir en la sinopsis oblicua de cuatro palabras que Lynch dio en algunas entrevistas antes de su lanzamiento: “una mujer en problemas”.

Esa mujer es interpretada por Laura Dern, que se encuentra en casi todas las escenas (se rumoraba que la doble de la noche de mi grabación era para ella), dando una actuación única que te hace entender por qué Lynch sintió la necesidad de conseguir más publicidad para los Oscar en su nombre paseándose por Hollywood con una vaca. Dern se mueve a través de los extraños contornos de la película entre un excéntrico conjunto de actores: Jeremy Irons, Justin Theroux, Mary Steenburgen, William H. Macy, Harry Dean Stanton y Julia Ormond. Incluso Terry Crews hace una aparición. Hay varias escenas que se hicieron en Polonia. Se dice que es “la obra de radio más larga de la historia”. Y un tipo de comedia en la cual las tres personas que usan disfraces de conejo (Scott Coffey, Laura Elena Harring, y Naomi Watts) de repente dicen líneas rebuscadas.

Es el tipo de película que sólo vale la pena si te pasas un día o dos reflexionando sobre todo lo que pasa en ella. Ese tipo de películas que te encantan, pero al mismo tiempo, no se la recomiendas a nadie.

Debido a que es la película que le sigue a su casi universalmente adorado Mulholland Drive, ha tenido una inexistencia virtual desde su lanzamiento. Dura más de tres horas, lo que es comprensiblemente desagradable para la mayoría. Y a diferencia de otras características de Lynch, no es particularmente agradable de ver, ya que todo se rodó en vídeo digital de definición estándar. Pero ese formato es la razón por la cual es un experimento muy interesante y por la que se merece la atención que no ha recibido.

Esa noche me necesitaban como extra porque un asistente de producción renunció. Era parte del proceso creativo. En lugar de escribir un guión, atraer a los inversores, audicionar al elenco, firmar contratos, en Inland Empire, Lynch básicamente grabó un montón de cosas con su nuevo juguete, y fue solucionándolo conforme avanzaba.

“Nunca volveré a filmar”, Lynch le dijo a una audiencia en el Centro de Cine de San Rafael en 2007. “El cine es un medio hermoso, muy hermoso, pero es como un dinosaurio, es pesado, lento y desgarra”.

Sin restricciones por ese arduo proceso, Lynch hacía lo que tenía que hacer: meditar y tomar cafeína, y de repente ya sabía la imagen o las escenas que le gustaban. Luego, le llamaba a su productor para reunir al personal (solicitar extras cuando fuera necesario) y grabar lo que se le ocurriera. Como él lo dijo en una entrevista en 2011 con Parallex View:

Primero me llega una idea, y es algo parecido a una escena, así que en vez de escribirla y esperar a la siguiente y escribirla y esperar a la siguiente y crear un guión, empecé a grabar esas escenas y, al grabarlas, me las ingeniaba para mirar y sentir, pero manteniéndome fiel a esa idea y sin pensar en hacer una película en ese momento.

Hizo esto durante dos años antes de estar conforme con la colección de restos que había hecho, y encontrar algo parecido a una historia, escribir y grabar algo para llenar los vacíos, y editarlo en la versión final. Como era de esperarse, este método ocasionó algunos momentos extraños en el set.

Masuimi Max, la modelo/actriz que aparece de manera muy breve ya por el final, recibió la llamada para el papel el miércoles y la escena se grababa el viernes. “Yo dije, claro que lo haré, es una película de David Lynch, no me importa lo que quiera que haga”, me dice Max por teléfono. Lynch le preguntó si conocía a alguna chica que tuviera sólo una pierna y que si tenía un mono. “Pensé, mierda ¿eso es lo que se necesita?”.

Encontraron un mono, uno que según Max causó muchos problemas en el set. “Cuando [David] decía “acción”, había luces estroboscópicas, y mucha gente bailando muy rápido, y el mono se asustaba. Se volvía loco y empezaba a darme puñetazos en la cara, y a tratar de arrancarme la peluca. Hicieron una pausa y me dijeron ‘Tienes que darle dulces’. Les dije: ‘Creo que está asustado’. Luego trajeron a otro mono y ese si se comportaba mientras le diera dulces”.


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El resultado final de este proceso es más estilo Lynch que sus otras producciones. De hecho, puede ser una de las únicas veces en las que Lynch logra ser Lynch.

Comenzó su carrera como pintor, una cualidad que trató de incorporar a los primeros cortometrajes, primero a través del stop-motion, luego en los planos detallados y laboriosamente compuestos de sus rasgos. Los programas de televisión y las características pasaron por el proceso de estudio estándar, es decir, reescribir el guión muchas veces y explicar cada detalle. Pero ese proceso se abrió durante su presentación anterior, Mulholland Drive, que tenía una naturaleza casi improvisada incrustada en la versión final. Originalmente fue filmado como piloto de TV para ABC antes de que ambas partes sintieran que era mejor dejarlo fuera de la televisión, y Lynch consiguió que la productora francesa StudioCanal diera $7 millones de dólares para llenar los vacíos y convertirlo en una película.

No es difícil encontrar una relación directa desde ese extraño método de montaje en Inland Empire; es como lo más lógico. Y dejando a un lado la narrativa para la expresión emocional -con la ayuda de su cámara digital confiable- Lynch se topó con algo verdaderamente único y yo tuve la oportunidad de verlo de cerca.

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