Un sentido homenaje a un formato moribundo: el MP3


Recuerdos memorables de la vida: 1) cuando vislumbraste los genitales de tu padre por primera vez; 2) cuando descubriste que el alcohol hacía la interacción social mucho más sencilla y, por supuesto, 3) ese momento en el que, sentado frente a tu computadora, descubriste algo llamado MP3.

Este formato ponía a tu alcance un mundo infinito de música y durante años ha sido como parte de nuestras familias. El MP3 aportó a nuestra vida más que ningún otro elemento —humano o no— y ahora sus creadores han decidido dejarlo morir. En este comunicado, el Instituto Fraunhofer IIS anunció que ha decidido dejar de licenciar el formato MP3 para que los dispositivos puedan leerlo.

Los padres del MP3 aclaran que “aunque hoy en día haya codecs de audio disponibles más eficientes y con funciones más avanzadas, el MP3 sigue siendo muy popular entre los consumidores” pese a que estos nuevos formatos “tienen una calidad de audio mucho más alta”. Y entonces, ¿qué pasa ahora con el MP3?

A pesar de lo que pueda parecer, esto no significa que los dispositivos ya no podrán reproducir archivos MP3, simplemente que, con la extinción de la validez de la patente, este formato podrá usarse sin tener que pagar nada. En fin, ha pasado a ser un formato libre. Ahora, supuestamente, cualquier fabricante podrá producir un dispositivo reproductor de MP3 sin tener que pagar nada al Instituto Fraunhofer IIS, quienes, por lo que parece, llegaron a ingresar hasta 100 millones de euros en 2005 con la venta de licencias. Esta licencia, de hecho, afectaba a algunos usuarios —como los de Linux— quienes no podían reproducir el formato en ciertas plataformas libres. El mundo de las licencias es un mundo oscuro y triste pero a partir de ahora cualquier desarrollador podrá generar aplicaciones que codifiquen este formato sin tener que pagar nada.


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La expiración de la patente que libera el formato no debe ser casual y debe responder a cuestiones económicas pese a que se diga que el formato goza de gran popularidad. No podemos obviar la aparición constante de nuevos y mejores formatos durante estas últimas décadas (ACC, FLAC, MP4, MPEG-H…) que han relegado al MP3 al nivel más bajo de la cadena evolutiva.

Imagen vía http://ift.tt/1Kt1gDh…

El MP3 puede significar muchas cosas técnicas que nunca llegaremos a comprender porque el cerebro de los humanos cada vez es menos efectivo, pero, por encima de todo, fue una puerta de acceso a toda la creación musical de la historia de la humanidad, que no es poco. Piensa en esa primera vez en la que descargaste un tema de una web y lo reproducías con eso llamado Winamp, una experiencia mucho mejor que el primer acto sexual —sobrevalorado— o el primer McDonalds de tu vida —infravalorado—.

Luego bajabas tembloroso eso llamado Napster y te pasabas tardes buscando tracklists de discos; buscando cada canción por separado; mirando que todas tuvieran el mismo bitrate —ese 128 kbps mítico (o 320 kbps para los más sibaritas)—; descargando todo en una misma carpeta —”Los_Crudos_-_Las_Injusticias_Caen_Como_ Pesadillas_(1994)”—; renombrando los archivos todos de la misma forma —”Los_Crudos_-_No_estoy_convencido.mp3″— y descargando las imágenes de portada y contraportada mientras veías como esas líneas azules mágicas se rellenaban y tu disco duro y tu cerebro se inundaban de todos esos grupos que siempre habías querido escuchar. De ahí a Audiogalaxy, Soulseek, IRC, las descargas por FTP y todos esos programas que utilizábamos para tenerlo TODO.


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En esos tiempos, el formato lo era todo. El WAV era impracticable porque llenar esos discos duros de 1,2 GB con un montón de audios sin comprimir era realmente una mala idea (te quedabas sin espacio en un santiamén). De la misma forma, quemar un CD-R con solamente 20 temas era un poco triste. Con el MP3 todo esto cambió y empezamos a generar carpetas y subcarpetas y subcarpetas con más subcarpetas con nombres de géneros y grupos infinitos. Construimos un árbol de conocimiento eterno e incluso enfermizo dentro de nuestras computadoras. Éramos los arquitectos del exceso. Me explico.

Para muchos, el MP3 nos permitió descubrir mil géneros y subgéneros de música maravillosa y extraña a través de páginas web especializadas y de programas de descarga. Todo lo que estuviera dentro de esa maldita carpeta llamado “Emo noventero” de ese usuario llamado “Hoover_1983” en Soulseek, era probable que te agradara (“download containing folder”, por favor). Descubríamos grupos a partir de los gustos de otras personas, generando una red de curadores musicales internacional y demencial. Era la versión internáutica del clásico rastreo a través de fanzines y catálogos de venta por correo de discos. El MP3 era el formato de distribución masivo ideal para todas aquellas escenas musicales más desconocidas y, de alguna forma, ayudaba a difundir ciertas éticas que estas mismas escenas pregonaban.

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Pero todo este peso en gigabytes tenía un precio. Nunca había suficiente y siempre había más y más grupos que descargar. Los discos duros se llenaban y tenías que quemar CD-R para liberar espacio. En mi caso lo llamaba “La carrera infernal”. Consistía en ver como las descargas del Soulseek iban ocupando discos duro mientras quemaba un CD-R para acumular álbumes y luego poder borrarlos de mi disco duro local y tener espacio para las descargas en curso. Era el estar sometido a esas mismas descargas, de verdugo a víctima. Era enfermizo, la parte negra del MP3: el descontrol del leecher. Cuando la cantidad era mejor que la calidad, la ofuscación por acumulación. Al final ya ni escuchabas nada de lo que te descargabas pero estabas tranquilo porque lo TENÍAS ahí grabado en un CD-R de mierda llamado “Hardcore #122”.


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Este problemilla lo solventan ahora plataformas como Spotify, que ya no exigen al oyente un proceso de descarga pero que también destruyen la labor de investigación. En estas aplicaciones el curador musical ya no son los usuarios sino los algoritmos, es por esto que no se puede encontrar música minoritaria —los pequeños sellos que hacen tiradas cortísimas de discos de vinilo de 7″ o de cassettes que antes algún fan ripeaba y subía a Soulseek ahora tienen problemas para meter sus ediciones en Spotify— y se pierde esa puerta hacia un mundo infinito que suponía el MP3.

En los programas de descargas como Soulseek vemos como en su seno conviven cada vez más formatos y da pena ver como el MP3 va quedando relegado, menospreciado por las exigencias de calidad de los nuevos usuarios acostumbrados a una tecnología del siglo XXI. El MP3 puede que poco a poco vaya desapareciendo —aunque recordemos que ahora el formato ha pasado a ser libre— pero espero que la actitud del apasionado y del que busca por los pliegues más recónditos de internet no termine nunca.

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