“Yo no acepto lesbianas en mi casa”: mi padre


Foto por Maggie Lee.

Este texto fue publicado originalmente en marzo de 2016.

La palabra lesbofobia no aparece en el diccionario oficial de la lengua española y es un tipo de discriminación homófoba que apenas hace un par de años comenzó a ser delito en la Ciudad de México. El testimonio de Tania Vanessa es un ejemplo, uno muy cruel, de su significado.

Impacientes, los papás de Itzel golpearon la puerta de la casa de Tania Vanessa, como intentando demostrar su descontento: estaban ahí para exigir a la joven que les dijera dónde estaba su hija.

Tania Vanessa caminó a la entrada de su casa y vio a los papás de su novia.

—¿Dónde está Itzel, Tania? Se escapó. Dinos ahora mismo—, ordenó el papá, en tono agresivo, como si la adolescente fuera su peor enemiga.

—Yo no sé. La vi en la mañana, pero no sé dónde está.

—¡Queremos hablar con tus papás, Tania! ¡Háblale a tu papá!

—No, no lo voy a hacer.

—¡Que le hables, maldita lesbiana! Ya sabemos qué sucede entre ustedes.

El papá de Tania Vanessa escuchó los gritos. Alarmado, camino hacia la puerta de su casa para averiguar qué pasaba. ¿Cómo se atrevían a llamarle así a su hija?

—¿Qué pasa aquí?—, preguntó.

—Necesitamos hablar con ustedes.

—¿Qué pasó?—, le preguntó a Tania.

—No sé.

—Métete.

Tania Vanessa corrió a su habitación y llamó por teléfono a su novia prófuga. Le anunció que sus papás estaban ahí, hablando con los suyos. Itzel le informó donde estaba y le pidió: “Vente para acá”.

Minutos más tarde, los papás de Tania entraron a la casa, él visiblemente molesto.

—Dinos dónde está Itzel.

—No sé dónde está.

—¿Qué está pasando? Dinos—, exigió.

—Bueno, —comenzó ella, después hizo una larga pausa y tomó aire— lo que pasa es que creo que tengo otras preferencias sexuales.

Pese a sus nervios, a la joven se le ocurrió decir algo que podría atenuar el momento.

—Creo que soy bisexual.

En su mente, eso no era tan drástico como decir: “Papás, soy lesbiana”.

***

Nací y crecí en la La Pradera, en Aragón, en la Ciudad de México, y desde que recuerdo soy lesbiana. Siempre existió ese temor, las mismas preguntas: “¿Qué soy? ¿Por qué me gustan las mujeres si lo normal sería que me gustaran los hombres?”

En la escuela había una niña muy bonita. Me volvía loca. También estaba un niño de quien todas mis compañeras estaban enamoradas. Yo les seguía la corriente. Decía: “Oh sí, qué guapo es Ernesto”. Pero pensaba: “Uy, no, no, no”.

Todos mis romances de adolescente fueron a escondidas. En la secundaria, Adriana, la niña más lista del salón, fue mi novia. Primero fuimos amigas y después mejores amigas. Un día le dije: “Me gustas mucho, ¿y si lo intentamos?” Nos besábamos en los baños cuando no nos veían. Nadie podía saber que éramos novias. Platicábamos por el Messenger, fuera de la secundaria.

Cuando estudiaba en el Cetis 54 tuve una novia, Itzel, un año mayor que yo, de 16 años en ese entonces. Yo no salí del clóset, a mí me sacaron.

Sus papás se enteraron porque un amigo de ellos nos vio besándonos en el Metro San Lázaro. Corrió a contárselos, probablemente muy asustado, igual que una señora que ese mismo día se persignó cuando vio que yo abrazaba a mi novia.

Por la tarde, un amigo en común fue a buscarme. “Los papás de Itzel se enteraron, dice que vayas mañana a buscarla a su escuela”, me dijo.

No lo creía. Me asusté mucho. Prácticamente, yo vivía en su casa, cercana al Metro Villa de Aragón. Al salir de la escuela me iba con Itzel. Para los demás, éramos las mejores amigas. Su papá bromeaba: “Ustedes son novias”. Nosotras, nerviosas, nos volteábamos a ver. Nomás nos reíamos.

Sus papás me iban a dejar a mi casa. Vivíamos a unos tres minutos de distancia en automóvil.

Nos conocimos porque un tío, hermano de mi papá, tenía negocios en el Centro. Yo le ayudaba, Itzel trabajaba ahí por las tardes. Comenzamos a gustarnos y a besarnos a escondidas.

Itzel era de clóset, al cien por ciento. Sus papás eran homofóbicos, al cien por ciento. Me contó que ese día la regañaron muy fuerte. Le prohibieron salir, le exigieron que se olvidara de mí.

Esa noche se escapó de casa. Yo estaba en la mía cuando llegaron sus papás.

***

La propuesta de mi papá fue que, para arreglar la situación, me iban a enviar al psicólogo.

Mi mamá, como siempre, no habló. Decía “sí” a toda palabra de mi papá.

Él es muy machista. Si charlábamos nosotras, explotaba: “¿De qué hablan? ¿Qué esconden?”. No había relación mamá-hija. Siempre fue: mis papás y yo, o mi papá y yo.

Yo era joven. Pensé: “A lo mejor sí me ayuda el psicólogo”. Yendo, todo sería normal. Ya me iban a gustar los hombres.

Quería despedirme de Itzel. “Sólo me quiero despedir, fue muy padre lo que pasamos”. Mi papá me insultó: “¡¿Cómo se te ocurre?!”. Se puso muy agresivo. Yo estaba muerta de miedo. Mi mamá continuaba en el sofá. Quería que dijera algo. No pasó nada. “Te vas a la cama porque mañana vamos al psicólogo”.

Más tarde me escapé. De verdad quería decirle adiós.

Mi novia estaba dispuesta a marcharse. Dos días después se fue a despedir de sus amigas. Cuando llegó al lugar, sus papás la esperaban y se la llevaron. Durante dos meses no supe nada de ella. Una amiga me dijo que sus papás la sedaron, que estaba medicada. No salía. Fui a buscarla. No hablé con ella porque estaba con sus papás. Parecía ida. Me dio mucha tristeza.

La volví a ver hace unos cinco años. Me buscó: “Mis papás me casaron con un chico, ellos y un psiquiatra dijeron que yo no era apta para decidir por mí misma”. Su esposo la violentaba.

No podía hacer nada por ella. Una vez, para tranquilizarme, la busqué. Sus hermanos me vieron y estuvieron a nada de golpearme. “Si te volvemos a ver por aquí, no la cuentas, te vamos a desaparecer. No te queremos cerca de mi hermana, lesbiana”.

Eso le sucedió a Itzel. Por mi parte, aquella vez que regresé a casa, tras un par de días, mi papá me recibió con unas cachetadas.

—¡¿Qué te pasa?! ¡Yo no voy a aceptar en mi casa a una manflora!

—¡Espera, espera! Me voy a curar, vamos con el psicólogo.

La psicóloga me dijo que no había nada de malo en mí. Eso me alivió, pero yo no podía decirle a mi papá: “La psicóloga me explicó que quien está mal, ¡eres tú!”. Ella me sugirió que fuéramos los tres a terapia. Yo me negué. Decidimos trabajar otro asunto.

Miguel, el esposo de mi tía, hermana de mi mamá, me violó de los ocho a los dieciocho años.

Mis papás, comerciantes, me dejaban al cuidado de mi abuela materna. Él tenía unos 30 años, no trabajaba. El primer abuso fue un 6 de enero, día en que los reyes me trajeron unos tenis grises. Fui al bosque con mi prima y su papá, mi tío, a estrenar el jeep que a ella le regalaron. Esa vez, jugando a las cosquillas, me tocó.

Fue una violencia psicológica extrema. Durante años me manipuló para que no pusiera resistencia. Cuando tenía 18 años fui sola a un Ministerio Público a denunciarlo. La denuncia no procedió por falta de pruebas. Antes, le conté a mis papás lo que había sucedido por años. Mi papá le preguntó a mi tío si era cierto. “No, ¿cómo crees? Eres mi compadre. Para nada”.

Nadie me creyó.

Dejamos de ver a los abuelos. Se cortó comunicación con la familia.

Mi tía continuó con él. A mis primas les dijeron que yo malinterpreté la situación. Entré en depresión. He sido depresiva desde los nueve años, pero he intentado que los demás no lo noten. Sufría conmigo. Escuchaba música y tocaba la guitarra.

Mis papás y yo no volvimos a tocar el tema. Nunca más.

***

A los 18 años concluí el Cetis. Después estudié Ingeniería en Sistemas en la UNITEC de Ectapec. Yo quería estudiar Derecho, pero mi papá insistió en esa carrera desde que yo tenía 13 años: “Será ingeniería y punto”. Para no discutir más, accedí.

Tras lo sucedido entre Itzel y yo, continué saliendo con chicas, a escondidas de mis papás y del resto de la gente, pues no existen muchos lugares lésbicos.

Mi papá me pagaba la universidad porque yo estaba curada. Yo les juraba a todos que así era.

Cuando estudiaba en el Cetis tuve dos novios. Para aparentar, nada más. Al segundo de ellos, incluso, le conté todo.

—¿Sabes qué? No puede haber algo entre nosotros. ¿Te acuerdas de mi mejor amiga? Es mi novia.

—Órale. Pues… bien. Qué padre.

—Échame una mano, por favor, mis papás no se pueden enterar.

Aceptó. Mis papás siempre han sido homofóbicos. “¡Pero qué asco, quiten eso ahora!”, gritaba mi papá cuando aparecían en la televisión dos chavas besándose. Una vez íbamos en el Metro y dos chicos se abrazaron. De nuevo me recordó que los gays le provocábamos repugnancia. Sentía mucho miedo.

Por eso le prepuse eso a mi ex. Salíamos los tres: él, Itzel y yo.

Mi amigo cómplice continuó haciéndose pasar por mi novio. A mi papá él no le encantaba, pero al menos era un hombre.

Después comencé a salir con una mujer mayor, de 40 años. La conocí en el chat. Ella vivía en Cuautitlán Izcalli. Un día nos fuimos de paseo a La Marquesa. Cuando regresé a casa, mis papás me esperaban: “Necesitamos hablar contigo”. Habían revisado mis cosas. Dijeron que una vecina me había visto besándome con una chica en la esquina.

Eso no era verdad. Yo era muy precavida. No hacía nada cerca de mi casa. Tenía una doble vida. Inventaba cosas todo el tiempo. Ese día, por ejemplo, dije que me había ido con unos amigos. No había de otra. Mis papás me pedían explicaciones de todo.

Esa tarde me corrieron de la casa. Yo iba a cumplir veinte años.

—¡Hice todo por ti, sigues en las mismas, no vas a cambiar! ¡En mi casa no voy a aceptar manfloras porque tengo a una niña a quien cuidar!

Mi papá se refería a mi hermana, 13 años menor que yo.

—Te vas como llegaste.

Agarré una mochila, el dinero que tenía guardado y mi teléfono. Caminé hacia la puerta mientras escuchaba que mi mamá lloraba y se preguntaba: “¿En qué fallé?”

Mi plan era irme con mis abuelos maternos, que viven frente a la casa de mis papás, pero le conté a mi novia lo que había pasado. “Vamos a adelantar los planes, vente conmigo”. Así lo hice. Durante los últimos días de diciembre de 2010 comenzamos a vivir juntas. Mi papá me hablaba para insultarme. “Eres la peor cosa. ¡No entiendo por qué eres mi hija!” Apagué el teléfono y me desconecté de ellos durante tres meses. Mi novia me apoyó. Después nos casamos.

***

No estaba bien depender de alguien. Comencé a buscar trabajo, pero no había terminado la carrera. Fui con David, un amigo de mi papá, a quien conocí porque, a veces, lo ayudaba en su negocio. Vende suéteres en el Centro.

Siempre nos habíamos llevado bien. Se portaba buena onda. Él me invitó a comer y me dijo que no había problema, que me daría trabajo. Después me preguntó: “¿Para dónde vas?”. Le dije que iba para la Zona Rosa y se ofreció a llevarme a un metro cercano. Él, que hoy tiene unos 60 años, me había llevado antes en varias ocasiones a casa. Le tenía confianza.

Me subí a su camioneta. Después de un rato se metió a una calle cercana a un metro. Me iba a despedir de él y cuando me acerqué, me jaló.

—Yo te voy a hacer mujer, te voy a quitar lo lesbiana.

Quise abrir la puerta pero él la aseguró. Sentí pánico, un terror como nunca.

Tengo bloqueado ese momento. Sólo sé que quedé sin ropa y que cuando terminó me ordenó vestirme. Me dijo que si le decía a alguien se las iba a pagar.

Más tarde llegué al Metro Insurgentes. “¿Qué te pasó?”, me preguntó mi esposa. Fuimos a levantar una acta. Otra vez no procedió por falta de pruebas. Él dijo que había sido consensuado, pese a la marca de sus manos en mis brazos.

De nuevo me desconecté del mundo. Dos meses después me enteré que estaba embarazada.

No podría afirmar si mi violador es el papá de mi hijo porque por aquel tiempo me sometí a un tratamiento de inseminación.

Le propuse a mi esposa abortar. Charlamos, recordamos que nosotras buscábamos un bebé. Decidimos no investigar de dónde venía y tenerlo.

Nació el 14 de noviembre de 2011, en el Hospital de la Mujer. Mi hijo tiene tres nombres porque cuando quisimos registrarlo los funcionarios se negaron a añadir el apellido de mi esposa. Agregamos su nombre en masculino. Al menos mi hijo llevaría algo de ella.

Era legal lo que solicitábamos pero, simplemente, no querían. En todos los registros civiles nos dijeron que no era posible, sin darnos más explicación. Acudimos a muchos. Y nada. “¿Por qué no es posible?”, insistíamos. “Porque no lo es”.

Mi esposa dijo que era mejor que lo registráramos de esa manera porque ya habían pasado tres meses sin suerte. Más tarde, por medio de una adopción, pudimos agregarle su apellido, cuando mi bebé tenía poco más de un año.

Justamente por esta situación conocí la Red de madres lesbianas en México. Como no podíamos registrar a mi hijo buscamos en internet. Antes se llamaba Mamás Les México. Formo parte de ella. Cada tercer sábado del mes nos reunimos para hablar de un tema relacionado con la discriminación que sufrimos las mamás lesbianas. La red es feminista. Aunque a mí me ha costado acoplarme porque mi esposa, aunque ella no lo sabía, era machista. Ella pensaba que el feminismo es equivalente al machismo.

También colaboro con un grupo que se llama Así nunca más, que busca erradicar el abuso sexual infantil. Sabemos que compartir nuestra experiencia puede ayudar a quien pase por una situación similar.

***

Cuando vivía con mi ahora ex esposa, mi papá visitó a mi ex novio, el primero que tuve y quien ya era mi amigo, para ofrecerle dinero a cambio de que regresara conmigo.

Mi ex sabía qué onda. Le dijo que no. Mi papá no sabía donde estaba yo. Estaba muy preocupado por buscarme novio.

Pasó el tiempo. Mi abuela materna me aseguró que me aceptaba a mí, a mi esposa y a mi hijo. Comencé a ver de nuevo a mis papás en reuniones en casa de mis abuelos. Mis papás me dijeron que las cosas iban a cambiar. “Ya te vamos a aceptar”. No dije nada.

Mentían. Pasó muy poco tiempo para que continuaran las groserías y desplantes. Se apartaban de nosotras si nos sentábamos cerca. No se les fuera a pegar.

Mi hijo, mientras tanto, crecía en una familia lesbomaternal. Por asuntos laborales de mi ex, vivimos en San Juan del Río y en Tijuana, donde terminé la universidad y donde en una guardería nos dijeron que no iban a aceptar a un niño que tuviera dos mamás.

Esos años sufrí varias depresiones. Al ver a mi hijo, pensaba: “Hayas venido de donde hayas venido eres tú quien me levanta”, aunque no podía evitar sentirme mal. Me quedaba en cama. Estaba triste.

El tema de la violación no se volvió a tocar entre nosotras.

Después de separarnos, en agosto pasado, me fui a casa de mis abuelos.

***

En un departamento en el Centro Histórico, Tania Vanessa fuma cigarrillos y bebe agua natural, acompañada de su esposa actual, a quien conoció en septiembre pasado, y con quien se casó hace dos meses.

Cuenta que apenas el miércoles pasado discutió con su papá.

—¡Sigues en las mismas! ¿Qué ejemplo le estás dando a tu hijo?—, gritó él una vez más.

Como es habitual, su mamá no habló.

Tania Vanessa lanza una bocanada: “Mi papá la golpeaba cuando yo era una niña. Ella, que tiene 45 años y es sólo dos años más joven que mi papá, asegura que eso ya no sucede. Aparenta estar bien pero no es así.

“Mis abuelos dicen que soy una mala madre porque no le doy a mi hijo el derecho de tener un padre y, sobre todo, por ser lesbiana. Me lo dicen en cualquier momento. Yo les digo que mi familia está bien, que está conformada por tres mamás porque mi ex ve a su hijo. Pensaba que mi familia materna me aceptaba, pero me equivoqué. No es así”.

La mujer, que cumplirá 26 años este 21 de mayo, cuenta que un primo también la discrimina: “Estudia psicología y dice que por ‘mi seguridad lésbica’ le voy a crear un conflicto a mi hijo. Cree que ser gay, lesbiana o bisexual se cura. Dice que estamos traumados.

“Aunque mi papá me discrimina todo el tiempo, con mi hermana es todo lo contrario. Se lleva súper bien con nosotras.

“Cuando la familia de mi papá se enteró que era lesbiana y vivía con una mujer, se cortó la comunicación. Saludan a mis papás, ajá, pero nadie de ellos me dirige la palabra. El problema es conmigo, porque soy lesbiana”.

@riveravazg

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