De caliente a frío: mujeres nos cuentan sobre situaciones matapasiones


A todas nos ha pasado, empiezas a salir con alguien y todo es color de rosa: te gusta, le gustas y hay química. Pero todo puede cambiar en cuestión de segundos. Muchas veces los hombres tienen ideas erróneas de lo que a las mujeres nos parece sexy o atractivo y esas ideas se pueden convertir en factores decisivos a la hora del placer.

Se necesitan dos para encender la pasión y si una de las velitas se apaga no hay vuelta atrás. Platicamos con algunas mujeres sobre su peor experiencia matapasiones, desde confesiones inapropiadas hasta casos de Edipo que pueden llegar a ser mortales para la libido de una mujer.


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El llorón

Una vez estaba con un chico, ya estábamos para darle, pero me dijo: “Oye, sólo que hay veces que después de coger me dan ganas de llorar. Así, me encierro en el baño a llorar”. Y yo: “WTF!?”

O sea, me sacó un buen de onda, porque, ¿qué le dices? ¿Le das un abrazo? ¿Te vas? Neta, o sea, en lugar de calentar el ambiente, te frikea bien cabrón.

Sólo le pregunté, “¿Y por qué?, ¿qué sientes o qué te pasa?, ¿Lo vas a hacer ahorita?”
Me dijo que le pasaba porque se sentía usado y se me fueron más las ganas.

Pero como ya había llevado las cosas muy lejos, empedamos un poco más y me lo eché. No volvimos a hablar del tema…ni a coger jajajajajajaja

—Ella, 26 años.

El baile sensual

Una vez un amigo me dijo que lo acompañara rápido a su depa por una mochila. Ya estando ahí me salió con que se daría un baño de cinco minutos y, cuando salió del baño en toalla, se dirigió hacia mi en actitud sexy, mientras yo sólo podía mirar su espalda y pecho lleno de asquerosas pecas y su enorme panza. ¿Qué esperaba?

Obvio lo miré con cara de “lárgate de aquí” y le dije que se apurara a vestir porque ya se había tardado un chingo.

—Laura, 30 años.

Mamitis

Estaba empezando a salir con un güey y fuimos a su casa. Cuando llegamos ahí estaba su mamá, me presentó y platicamos un rato. Todo parecía normal y de repente, de la nada, le dijo: “Ya te toca corte de uñas”.

Obviamente mi reacción fue de sorpresa y al mismo tiempo pensé, “seguramente le dirá algo como: ‘mamá no me dejes en ridículo'”, o simplemente pensé que la ignoraría como cualquier persona normal. ¡Pero no! Acto seguido, el güey se quita los zapatos, se tiró en el sillón y su mamá le empezó a cortar las uñas. Me levanté, agarré mis cosas y me fui.

—Michelle, 25 años.

El Niño Verde

Después de una fiesta, el chico (a quien llamaré Niño Verde, por pura fidelidad a la originalidad de la experiencia) y yo nos empezamos a intensear mucho.
La verdad, el Niño Verde me gustaba mucho. Ya lo había visto un par de ocasiones en reuniones de amigos y me parecía inteligente y hasta guapo.

El caso es que llegamos a su depa, la cosa se puso intensa, y cuando me atreví a quitarle la chamarra —era diciembre, estaba canijo el frío y no se la había quitado en toda la noche— descubrí que tenía puesta una playera del Partido Verde.

El chiste y la desgracia se cuentan solos. La neta me reí mucho, mucho. Le pregunté que por qué se atrevía a vivir portando semejante outfit y me dijo una tontería de que con sus amigos hipsters estaban tratando de resignificar el valor que la sociedad actual le da a los símbolos políticos. Una cosa así.

No pude más. La neta no me lo di. Pinche Niño Verde. Qué falta de respeto a la vida.

—Belinda, 26 años.


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El traumado

Lo más raro que me ha pasado es que un güey de Tinder quería que yo le pusiera el condón si no, no podía coger. Me dijo que si él se lo ponía le traía pedos mentales de antes, me dio un chingo de miedo y obvio no le puse nada y me fui.

—Diana, 26 años.

El peluche

Una vez tuve una cita de Tinder de pocas expectativas con un ilustrador talento. Era medio vanidoso por su habilidad en la profesión, pero bueno, quien sea bueno en lo que hace, que lo presuma.

Tenía confianza en él mismo y mucha seguridad en su verbo. Fuimos a su departamento, llegamos a su cuarto y me topé con una colcha de peluche café con almohadas de peluche café. Hay pocas cosas menos sexys que imaginar los ácaros de las relaciones pasadas debajo de mi cuerpo. De pronto se le borró toda seguridad en sí mismo y apagó todas las luces antes de quitarse la ropa. Mientras yo, seguía aún a medio vomitar por el peluche de su cama.

Como no me estaba prendiendo, él pensó que era buena idea decirme “Oye, ¿y qué tal si me haces un oral?” Nunca nadie me había pedido un oral hasta ese momento. En la oscuridad tuve que buscar entre el peluche algún falo disponible. Como no me prendí, sugerí dormir. Él aceptó y me advirtió que roncaba. Dormí 20 minutos esa noche entre ronquido y ronquido. Dejé uno de mis collares favoritos en su casa esa vez. No lo recogí porque no lo volví a ver.

—Estefanía, 30 años.

La ganadora

Le iba al América.

—Dani, 25 años.

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