La tradición de secuestrar mujeres para obligarlas a casarse


Este artículo fue publicado originalmente en Broadly, nuestra plataforma dedicada a las mujeres.

Cuando terminé de ver Grab and Run pensé automáticamente en el Rapto de las sabinas. Pensé en nosotras, las mujeres, siendo cosificadas desde el principio de los tiempos. Siendo arrancadas de nuestras casas y nuestras familias, siendo arrancadas del devenir de nuestras propias vidas, de nuestros cuerpos, de nuestras infinitas posibilidades. Después pensé —y reconozco que casi me dio la risa— en esas escenas de Game of Thrones donde Daenerys Targaryen es obligada a casarse con Khal Drogo, el rey de un pueblo nómada que adora a los caballos, imponente y que no muestra ningún tipo de misericordia ni respeto hacia una niña que ha sido obligada a casarse con él. Pienso esa noche en la ficción, en las lágrimas de Daenerys cuando sabe lo que le espera la noche de bodas. La ficción. Pienso y me jode, en mi sol, mi luna y mis estrellas martilleándonos los oídos, dejándonos expuestas una vez más a la romantización nauseabunda de prácticas, que vistas desde nuestras tablets y televisores LCD, parecen cosa del pasado más remoto, como del tiempo de las sabinas. Pero no, Grab and Run —dirigido por Roser Corella— habla de una realidad completamente actual. Una realidad espeluznante en pleno siglo XXI.

Kirguistán obtuvo su independencia en 1991, tras el derrumbe de la antigua URSS, y desde entonces ha resurgido la práctica conocida como Ala-Kachuu. Más de la mitad de las mujeres casadas en este país están comprometidas y viviendo con sus captores. Ala-Kachuu que puede traducirse a “atrápala y corre”, comprende un multitud de variantes, como bien se refleja en el documental de la directora Roser Corella. Algunas son fugas consensuadas entre amantes de diferentes estrato social y económico, pero la mayoría esconden un hecho violento realizado a la fuerza, en un contexto marcado por la agresión física, el engaño y la violación. En todos estos supuestos la mujer puede negarse a la unión pero, como bien testimonian algunas de las participantes que cuentan su experiencia, estarían expuestas a la vergüenza, al calvario social y a ser marcadas sin tener esperanza de encontrar un nuevo marido. Algunos de los testimonios que suceden durante Grab and Run ponen de manifiesto la violencia, y las agresiones sexuales a las que son sometidas las mujeres secuestradas. Una de ellas narra cómo su familia apareció para llevársela a casa de nuevo; tras la violación de la noche anterior perpetrada por su captor, decidió permanecer con su nuevo marido porque ya no era pura.


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Fotograma de ‘Grab and run’.

Esta violación física y psicológica es un debate abierto en medio de la actualidad del país. La ley condena el Ala-Kachuu, al igual que la ley islámica, pero la mayoría sigue defendiendo esta tradición. Solo el 10 por ciento de las mujeres que se casan habiendo sido secuestradas tienen el valor de pasar por encima de esta costumbre y abandonar a sus secuestradores. Llama la atención la variedad de opiniones dentro de la sociedad, hombres adultos que apuestan por el sistema de citas para sus hijos, que reniegan del secuestro. Madres que apoyan el secuestro. Jóvenes, mujeres y estudiantes masculinos que condenan esta práctica, y mujeres que, habiendo sufrido el secuestro, la defienden como la única forma de poder acceder al matrimonio.

Como bien explica Roser Corella a Broadly, antiguamente la práctica de Ala-kachuu tenía una connotación romántica. Era una especie de teatro representado por los enamorados que querían huir de sus familias. De esta forma, los jóvenes podían escapar de los matrimonios previamente acordados por sus entornos familiares. Otro de los motivos se basaba en lo económico porque al secuestrar a la novia, se ahorraban los gastos derivados de las concesiones. Lo cierto es que la práctica se ha degenerado, dando lugar a escenas llenas de violencia, donde mujeres emancipadas gracias a las políticas de la URSS eran secuestradas por hombres de entornos rurales que no creían poder acceder a ellas de otra manera para casarse.

En el documental hay varias escenas con una fuerza tremenda. Una de ellas sucede al final y como contrapunto a toda una serie de mujeres que, pese a manifestar lo mal que lo pasaron cuando fueron secuestradas, tienden a justificar la práctica del Ala-Kachuu. La escena es la imagen de un secuestro. Imágenes de celular conseguidas gracias a un amigo del novio que nos hace presenciar en primera persona los momentos iniciales de la “caza”. Incredulidad, incomprensión y llanto por parte de una mujer que ve truncado su futuro, arrancada de su familia, de su entorno y de su propia vida. Una escena que rompe la linealidad del documental, porque previamente, escasos minutos antes, la mujer que ahora está siendo sacada del carro a la fuerza, comentaba lo feliz que es ahora con su marido, y cómo nunca lo habría denunciado a la policía.


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Es una escena de gran valor documental porque muestra el contexto violento en el que se desarrolla esta antiquísima práctica. Permite comprender los mecanismos de opresión que funcionan para que el 90 por ciento de las mujeres permanezcan con sus captores. Soledad de la mujer en un entorno dominado por la figura del marido donde la tradición es observada como fundamental, y donde las mujeres de la nueva familia se convierten en cómplices de una dominación que no opera solo en lo simbólico. En palabras de la directora: “La mayor paradoja en las escenas de secuestro, es el papel activo que toman las mujeres en convencer a la joven secuestrada que ‘debe quedarse’ y aceptar el matrimonio por tradición. La aceptación y complicidad de esta costumbre por parte de las mujeres pone de manifiesto que para que una práctica sea efectiva y se extienda en el tiempo debe operar necesariamente un acuerdo mínimo entre todos los miembros de la sociedad, sobre todo aquellos que sufren el lado negativo de la desigualdad”. El acto de rebelarse contra esta práctica supone la marca y el calvario social para esta mujer y sus parientes cercanos.

Arriba: un fotograma de ‘Grab and run’. Abajo: El rapto de las sabinas

Grab and run es muy interesante a nivel visual. No sólo como documento y testigo, sino por la forma en la que está trabajada simbólicamente. Imágenes de ganado salpican los testimonios de las mujeres: vacas, caballos y ovejas. Me llenó de angustia la imagen de una vaca cruzando una carretera con las patas atadas, automáticamente en mi mente se puso al lado de la imagen de esa mujer con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco. Entiendo este juego de imágenes de mujeres y ganado, como una alusión al mercadeo y la cosificación a la que está sometida la mujer. O esa escena que también Roser señalaba como fundamental para entender cómo se construye la masculinidad desde prácticas culturales muy arraigadas como el juego del Kokboro, en el que dos grupos diferentes formados por jóvenes adultos montan a caballo para llevar a su terreno el cadáver de una oveja. “En esta escena se pone en juego el manifestar la ‘masculinidad’ de los participantes, algo que también ocurre en el secuestro de novias. Hay muchos tipos que se ven presionados por sus amigos a la hora de salir a ‘robar una chica’ (como ellos lo llaman), mientras reciben comentarios como ‘demuéstranos si eres un hombre de verdad y secuestra a tu futura esposa'”.


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Ahora que termino de escribir el texto ya no pienso en ‘El rapto de las sabinas’, no pienso en Game of Thrones, pienso en Judith rebanando el cuello de Holofernes. Pienso también en Susana de Tintoretto, de Veronés de Rembrandt, obligada a tener relaciones sexuales con aquellos viejos. Pienso en Susana de Van Dyck acusada de adulterio. Pienso en Susana de Rubens no cediendo a las amenazas. Pienso sobre todo, en la Susana de Artemisia, en la nuestra, la que se desveló mediante los rayos X, en la que yace esperando despertar, empuñando un cuchillo. Un cuchillo que rebana lo que nos oprime y lo que nos arranca de nuestras casas y familias. Un cuchillo que rebana lo que los arranca de nuestras propias vidas, cuerpos e infinitas posibilidades.

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