¿Debemos considerar el porno duro como arte?


Pocas personas afirmarían que los primeros planos de orificios corporales abiertos y la anodina música de ascensor tan característicos del porno constituyen una forma elevada de arte. Sin embargo, existe un grupo de ambiciosos directores y productores de cine para adultos que llevan años tratando de convertir sus películas en algo más que un estímulo visual para masturbarse. Ya en la década de los setenta, cuando el porno se desprendía progresivamente del manto de la censura y el moralismo exacerbado, producciones hardcore como Garganta profunda lograron llamar la atención del público general e incluso pasaron por la lupa de grandes críticos del cine como Roger Ebert.

En un momento dado, sin embargo, los intelectuales del celuloide estadounidense dejaron de prestar atención al trabajo de los cineastas del género carnal. Hemos querido cambiar esa tendencia, para lo cual hemos preparado un pequeño experimento: pedimos a cinco críticos de cine y académicos consagrados que visualizaran más de ocho horas de metraje de las películas porno más ambiciosas de la década en cuanto a su expresión artística y compartieran con nosotros sus reflexiones.

Wasteland

En esta cinta de 2012, el director Graham Travis recrea la historia de una amistad turbulenta e íntima entre dos mujeres que se reencuentran, tras varios años separadas, en el submundo hedonista de Los Ángeles, donde protagonizarán escenas de sexo con una fuerte carga emocional.

David Sterritt: Solo como película, no la calificaría de brillante, pero como uno de sus objetivos principales es ofrecer escenas de sexo duro, debo reconocer que contiene elementos que se suelen valorar en una producción: desarrollo narrativo, personajes con dimensión psicológica y una interpretación bastante convincente. Todo eso, llevado a las escenas sexuales durante la primera parte de la película, me convenció de que lo que había entre las protagonistas era amor y no solo una experiencia física. La película logra ampliar el componente emocional sirviéndose del sexo duro. La decepción llega en la segunda parte, la que se desarrolla en el club de sexo, porque esa sensación que tenía al principio se pierde. No me extrañaría que alguien viera esta película más de una vez, no solo por las escenas porno sino por la relación entre las protagonistas, lo cual dice bastante de las posibilidades de hacer cine serio en este sector. No diría que es una gran película, pero es buena.

Meghan Sutherland: El aspecto innovador e interesante lo da el hecho de que se ha intentado imbuir a los cuerpos de más significado y atractivo sexual a través de la narrativa. No se han limitado a hacer primeros planos de agujeros y pollas; la mayoría eran de las caras, y estas solo tenían semen o pollas encima el 20 o 30 por ciento de las veces. Para tratarse de porno, se aprecia un intento por desmarcarse y aportar una visión distinta sobre el deseo, el sexo y el físico, y se muestra una reflexión sobre la empatía, la creatividad y el amor. La película intenta torpemente poner de manifiesto su valor artístico más allá del aspecto pornográfico. Impresionante, en cualquier caso. Un paso más allá en el tratamiento clínico que se da al sexo en ciertas películas de autor con escenas de sexo no simulado.

Michael Sicinski: Me costó un rato entender de qué iba la película. La escena inicial en la que Jacky sale del coche y le hace una mamada a un tío cualquiera me pareció bastante fuera de lugar. Luego ya me quedó claro que todo estaba integrado: los vínculos emocionales de los personajes, los celos, la amargura y el distanciamiento; todo estaba presente en su relación sexual. Y esa sensación de pérdida y derrota también se aprecia cuando Jacky va al club de sexo; los complejos sentimientos de Anna respecto a Jacky también están patentes cuando aquella se deja llevar en el mismo local. Esas escenas no se rodaron para excitar. Son degradantes e intentan implicar al espectador masculino.

Es como si el director hubiera intentado hacer una película antiporno, una alegoría de la autodegradación a la que puede conducir un trauma. Esto contrasta con la amistad y la relación lésbica, que parecen ser una base sobre la que fundamentar el sexo con mayor carga emocional. Me sorprendió por lo radical de la propuesta. Otras películas reinciden en el trauma y en cómo este degenera en escenas de sexo desprovistas de alma. Pero al no mostrar sexo duro, deben generar un nuevo nivel de discurso para poder llegar al mismo punto al que Wasteland llega de forma más directa. Esta producción no siempre alcanza las ambiciones que se plantea, pero su carga emocional me ha ayudado a pasar por alto los defectos.

Mike Sargent: Se podrían haber tocado temas que no se han tocado. En general, la película es bastante creíble, aunque flojea en ocasiones. Como cuando una de las chicas dice, “Vamos a mi casa”, y la otra sale del coche y se va con ella. Piensas, ¿Por qué ha hecho eso? Ni siquiera se lo plantea. Al final se marcha. Pero la experiencia le sirvió para abrirse, ¿no? Te quedas con las ganas saber si acabaron siendo amigas, se reconciliaron o siguieron enamoradas. Quieres saber qué piensan estos personajes sobre el sexo, algo que no se ve nunca en el porno. No me molestan los finales abiertos, pero en este caso quedan un par de asuntos muy importantes por cerrar que podrían haberse abordado. Quizá fue una decisión artística.

Lise Raven: No considero que haya pretensiones de no ser una película porno, aunque la película podría encajar como uno de esos filmes que se pasan a medianoche en Sundance. La estética y el diseño cinematográfico son increíbles. Es como Gossip Girl pero con mamadas. La trama está bien ligada visualmente a las escenas de sexo de principio a fin. En la orgía final, las chicas se dejan llevar, en una escena que se me antojó como una especie de periplo por el infierno y la salida del mismo. Empieza como una película y termina como otra distinta, y esa incoherencia me molesta.

The Crash Pad

En algún lugar de San Francisco hay un apartamento vacío. Si alguien te da la llave, puedes ir allí y follar sin parar. La gracia está en que solo puedes usar la llave siete veces. Dirigida por Shine Louise Houston en 2006, la película arranca con una simple premisa y nos ofrece una producción hardcore queer llamativa y bien rodada.

David Sterritt: Si hay alguna razón por la que debe haber películas porno íntegras, es por la historia y el aspecto psicológico, aspectos prácticamente inexistentes en The Crash Pad. Lo que la distingue de otras películas es su aspecto voyerístico, como si todo se hubiera grabado en secreto. Técnicamente, la película emana cierta crudeza, algo que podría ser intencionado porque trata sobre… eso, el voyerismo. Es bastante repetitiva. Es cierto que había distintas escenas de penetración en distintas combinaciones. Sí que he de decir que todos los que hicieron la película parecían estar pasándoselo en grande, y eso se nota y resulta admirable. Sin embargo, el resultado final es un producto dirigido a un público muy reducido y que no va a gustar a personas como yo.

Meghan Sutherland: Me gusta el hecho de que no haya argumento y vaya directa al grano. Se deja de lado el planteamiento de los valores estéticos para centrarse en la ética y la estilización de la diferencia social y el sexo, rearticulando el aspecto social a través de grupos distintos. La estructura formal recuerda más de lo que esperaba al porno hetero tradicional, con un enfoque muy marcado y casi clínico de la acción. Pero me pareció interesante cómo se presenta. Se trata de una casa normal y corriente, no un espacio fantástico. La iluminación es natural y los cuerpos se muestran desde una perspectiva íntima, con sus imperfecciones. Ese elemento confiere a la película cierta ternura y honestidad.

Michael Scinski: Quiero ver más cosas de Shine Louise Houston. Esta película tiene cierto aire comunitario y está realizado desde una perspectiva queer. Además, se aprecia en ella una atención a la composición y la edición nada comunes en la pornografía. La mayoría de pornógrafos consideran la vagina un elemento insignificante en el mejor de los casos y desagradable en el peor. Sin embargo, Houston presenta la vagina como una parte del cuerpo cuya belleza merece destacarse. Hay una escena de un trío en la que puede verse una toma realizada desde el extremo de la cama, la cámara orientada hacia arriba, enfocando la pelvis de una mujer desnuda y enmarcada por los dildos de las otras dos, casi en formación triangular. Ese tipo de encuadres no se dan de forma casual, sino que demuestran un especial cuidado por las imágenes y demuestran cómo es posible embellecer una escena sexual con la cámara.

Mike Sargent: Se han servido de un buen mecanismo para presentar la historia… le pasas la llave a la siguiente pareja que llegue. Pero no se molestan en explicar cómo empezó todo. Me gusta que haya variedad y que sea multirracial. Hay mucho fetichismo con las personas de color en la industria del porno heterosexual, pero me ha gustado que en este caso se haya eliminado ese aspecto. Simplemente son varias mujeres probando distintas experiencias sexuales. También me gustó que mostraran la diversidad de la cultura LGBTQ. En ese aspecto, la película es bastante innovadora y me ha hecho plantearme cosas en las que antes ni había pensado, como lo de ser mujer y pasearse en público con un strap-on. ¿Es una moda? ¿Qué significa? Me resultó curioso.

Lise Raven: Muy divertida y sin pretensiones. Todo el mundo se lo pasaba bien, pasara lo que pasara. Había mucha acción y poca distracción. Me ha gustado porque es una película fresca y cruda. La directora no ha querido hacer alardes de sus dotes de edición o dirección, pero la película no se ve fortuita o chapucera. Pese a que no hace un uso novedoso de la cámara, tampoco sigue una fórmula preestablecida. Las escenas de sexo parecían orgánicas. Sin embargo, al final es todo más de lo mismo: una pareja detrás de otra follando. Si no me hubieran pedido que la viera entera, probablemente me habría aburrido y la habría pasado a cámara rápida.

Upload

Un filme épico de ciencia ficción de cuatro horas de 2007 ambientado en un futuro tecnológico en el que la infraestructura vital de EE. UU. es una superred que permite a los usuarios cargar pornografía inmersiva en sus cerebros. La historia se centra en una agente del Gobierno que sigue la pista de un virus que se cree que se propaga a través de esta experiencia de porno mental. Durante sus investigaciones, la agente experimenta su primera doble penetración.

David Sterritt: Aunque no tiene demasiado presupuesto, los efectos resultan bastante convincentes. Hay escenas de diálogos muy extensas, lo cual supongo que es indicativo del tono que han querido darle a la película. Pero el diálogo no es interesante y la calidad interpretativa no es buena. Además, las escenas son poco creativas y la mayoría se desarrollan con un tipo detrás de un escritorio y una mujer delante.

Las escenas de sexo son como películas para fontaneros: ahí se puede ver claramente cómo encajan unas piezas con otras. Supongo que el mayor interés para los entendidos radica en que es la primera doble penetración de la protagonista, pero para los que no somos del mundillo, más de un minuto se hace una eternidad. En toda la película predomina la monotonía, pese a tener un tema tan exótico.

Meghan Sutherland: Al principio pensé, Dios mío, cuatro horas de película… Me parecía una burrada. Pero al final acabó hasta gustándome y todo. Tiene muchas referencias al cine negro y a la figura de la femme fatale. Me impresionó el rigor con el que retrataban el concepto y ese futuro de ciencia ficción. La trama era bastante inteligente y la ambientación futurista permite multiplicar las posibilidades. Aprecié un amago de reflexión sobre la proyección de la psique de la mujer en el porno en la forma en que el personaje principal siempre desafía a la gente a que piense en sus motivaciones. También me parece una visión interesante de cuál podría ser el futuro de la pornografía con la incorporación de la IA.

Michael Sicinski: Aunque se ha invertido mucho tiempo, esfuerzo y dinero en esta producción, la mayor parte de esta trama de ciberespionaje resulta tediosa. La cadencia y la estructura de la película son muy raras y hay muchas lagunas e incongruencias. Te puedes permitir ese lujo cuando el ritmo de la trama es acelerado. Pero como en este caso la cadencia es tan mala, al espectador le da tiempo de asimilar las incongruencias. También parecía que a los creadores les interesaba mucho más el aspecto ciberpunk que el porno, pero como se debían a la industria que les financiaba el proyecto, se veía obligados a introducir escenas de sexo duro que resultaban muy forzadas y fuera de lugar.

Mike Sargent: Parte del argumento es un poco burdo, pero la idea es genial. Me gusta que se hayan esmerado tanto en el concepto. Habría funcionado muy bien como película de serie B, pero lo cierto es que la historia podría resumirse en 45 minutos. Las escenas de sexo lo eclipsan todo, son demasiado largas y no suelen hacer que avance la trama. En cuanto al estilo de grabación, es un desastre y la interpretación deja bastante que desear. Sale airosa la mitad de las ocasiones en las que intenta poner de manifiesto su valor de producción. La otra mitad es puro cutrerío.

Lise Raven: ¿Alguien habría ido a ver esta película al cine en la década de los ochenta, cuando estrenaron Blade Runner o Alien, como quien iba a ver Garganta profunda? Probablemente no. Entiendo que el intento de poner de relieve la parte de la producción y de crear todo un mundo es un aspecto innovador en el sector, pero en mi opinión, faltan escenas de ciencia ficción en la película. La trama se queda pobre.

Los personajes no eran mucho más complejos que los que suelen protagonizar las películas porno y tampoco aportan nada nuevo a las escenas de sexo. Se limitan a mostrar sexo en cantidad y con mucho detalle. Tal vez dentro del género del porno se consideren unos grandes productores en cuanto a diseño, vestuario y localizaciones, pero a mí me ha parecido simplemente otra peli porno más.

David Sterritt es un crítico de cine ya jubilado con más de 50 años de experiencia a sus espaldas, trabajando para medios estadounidenses. Gran defensor del cine de vanguardia y respetado en su profesión y entre los estudiosos del cine clásico.

Meghan Sutherland es profesora de Estudios Cinematográficos en la Universidad de Toronto. Su trabajo se centra en la política, la estética y el espectáculo en la gran pantalla.

Michael Sicinski es crítico de cine, profesor y la voz detrás de Academic Hack , una recopilación de críticas centradas principalmente en las películas experimentales.

Mike Sargent es miembro fundador de la Asociación de Críticos Cinematográficos Afroamericanos, del Círculo de Críticos Cinematográficos Negros y director de cine incipiente.

Lise Raven es cineasta y una de las fundadoras del Festival de cine Slamdance para artistas incipientes y producciones independientes de bajo presupuesto; también es profesora de cine en la Montclair State University.

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