Por qué tantas personas niegan su enfermedad mental


Este artículo fue publicado originalmente en Broadly, nuestra plataforma dedicada a las mujeres.

Cuando cancelo planes con amigos para quedarme en mi casa comiendo, generalmente me siento como una basura y definitivamente no quiero hablar sobre el tema. Los síntomas de la enfermedad mental pueden hacerte sentir como una fracasada. En mi caso, es el síntoma de un trastorno del estado de ánimo, y no estoy sola en esto: según el Instituto Nacional Norteamericano de Salud Mental, en 2015 alrededor del 18 por ciento de los estadunidenses sufría algún tipo de enfermedad mental, pero muy pocos buscaron tratamiento. Un informe realizado en 2014 por los Centros Norteamericanos de Control y Prevención de Enfermedades descubrió que solo el 35.3 por ciento de las personas con síntomas graves de depresión afirmaba haber contactado a un profesional de la salud mental durante el año anterior.

La gente siente vergüenza en torno a sus trastornos psiquiátricos, en parte porque muestra síntomas que generalmente se consideran “malos”, como tristeza, falta de atención e irritabilidad. A diferencia de los síntomas de las anginas o de esa extraña erupción que te sale detrás de las rodillas, da un miedo atroz hablar de los síntomas de las enfermedades mentales y además resultan muy difíciles de identificar. En los años previos a que me diagnosticaran depresión, pensé que simplemente era una persona excepcionalmente triste y la idea de desvelarlo ―y preocupar a mi familia y amigos― me estresaba tanto que me producía gases (sí, existe un fenómeno denominado gases por estrés).

“Se trata de enfermedades que afectan al tejido mismo de quiénes somos, cómo pensamos y cómo sentimos”, dijo Carol Bernstein, profesora adjunta de psiquiatría y neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York. “La gente dice, ‘Estás deprimida por A, B y C. Debe de ser algo que te estás haciendo a ti misma'”. La típica mentalidad norteamericana que presupone que debes salir adelante tú solo y sin ayuda convence a la gente con enfermedades mentales de que no está haciendo suficiente yoga o ingiriendo suficiente omega-3.

Hablar sobre esa agitación que quizá ni siquiera tú comprendas es la clave para encontrar un tratamiento eficaz, pero eso es lo que más cuesta a las personas que sufren una enfermedad mental, según diversos estudios. Uno de estos, recientemente publicado en el diario Assessment, descubrió que las personas con trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH) tienden a no informar acerca de sus síntomas. En esa investigación, el 66 por ciento de los adolescentes “en gran medida no informó de todos sus síntomas” y el 23.6 por ciento no informó de ellos en absoluto. El problema de no informar de todos los síntomas ―es decir, no comunicar completamente tus síntomas o incluso no reconocerlos― a menudo viene provocado por el estigma y sus malvados hermanastros: no querer hablar negativamente de uno mismo, miedo a que se te etiquete de loco y vergüenza. Así que la gente permanece callada, impidiendo de ese modo recibir el tratamiento que necesita.

“No recibimos ninguna educación sobre las enfermedades mentales en el colegio y los medios de comunicación continúan reflejando estereotipos extremos”, dijo Larry Davidson, profesor de psiquiatría en la Universidad de Yale y asesor sénior de políticas para el Departamento de Salud Mental y Adicciones de Connecticut, añadiendo que solo una de cada tres personas con una enfermedad mental diagnosticable busca tratamiento (algunos estudios sitúan esta cifra más cercana a una de cada dos personas). “La gente presupone que las enfermedades mentales solo les pasan a otros. No reconocen las experiencias que están teniendo como síntomas o manifestaciones de una enfermedad mental”.

Esta confusión radica en una falta generalizada de educación acerca de las realidades que experimentan las personas con enfermedades mentales, las que existen más allá de los titulares de las noticias y los breves comentarios en los libros de texto. “Disponemos de montones de datos que sugieren que la gente no quiere hablar del tema porque se les tachará de locos”, dijo Davidson. A Robert Lewis, un hombre de 26 años de edad residente en Washington, DC, le costó años recibir un diagnóstico para su grave depresión (2010) y su trastorno de ansiedad generalizada (2014). Para Lewis, el impacto del estigma no fue que la gente le fuera a rechazar cuando pidiera ayuda, sino que simplemente no la pidió.

“Me preocupaba visitar a un terapeuta y que él tuviera la impresión de que no era para tanto, que estaba reaccionando exageradamente”, dijo Lewis. Por desgracia, su miedo era legítimo: visitó a psiquiatras poco atentos y despreciativos que no se preocuparon en examinar su historial médico o en escucharle con atención. Lewis cree que si hubiera recibido más educación sobre salud mental cuando era pequeño habría buscado ayuda antes.

“La única educación sobre salud mental que recibí antes de buscar ayuda fue en las clases de salud en primaria. Y solo dedicaron una semana a todas las enfermedades mentales”, afirmó. En los años previos a que Lewis finalmente buscara ayuda ―y sospecha que lleva deprimido desde los diez años aproximadamente― suponía que la medicina mental era solo para “gente con camisa de fuerza”.

Clare Shepherd, una mujer de 29 años de edad que sufre trastorno bipolar de ciclaje rápido con episodios mixtos, pasó el inicio de la veintena sin diagnóstico y sin siquiera buscar tratamiento debido a una experiencia traumatizante que le sucedió en el instituto: cuando explicó cómo se sentía en realidad, la encerraron en una institución mental.

“Me preocupaba que, si me sinceraba acerca de lo que me estaba pasando, acabaría en una situación horrible”, dijo Shepherd. “Eso hacía muy difícil buscar cualquier tipo de tratamiento e incluso una vez que ya estuve allí, me resultaba casi imposible ser sincera. Como muchas personas bipolares, tengo pensamientos e impulsos suicidas que son como un zumbido sordo y constante. Obviamente, la gente que me quiere se preocupa mucho”.

No informar de los síntomas continúa siendo un problema incluso después del diagnóstico. “Un diagnóstico no explica realmente todo lo que está atravesando una persona”, afirmó Davidson. Hablar sobre estas cosas, que es la única forma en que puede iniciarse un tratamiento, siempre resulta sobrecogedor, pero debería haber algún modo de que no te sintieras tan solo y aislado. Hablar de la propia enfermedad mental la convierte en algo que existe ―o sea, que es “real”, como un brazo roto―, pero la vergüenza te impide hacerlo. A menudo es preciso que un profesional sensible a las dificultades de informar de los síntomas excave un poco para obtener información.

La doctora Ellen Littman, psicóloga clínica, afirma que a veces tiene que preguntar a sus pacientes de 15 formas diferentes antes de que compartan con ella sus ideas suicidas.

“El sentido de identidad de las personas es muy vulnerable”, indicó. “Permitirte ser suficientemente vulnerable para contar a otra persona lo que te está pasando en medio de pensamientos internos como ‘¿Por qué no puedes ser como los demás?’, es muy duro. Eso es lo que hace que la gente no informe de sus síntomas, no sabes a cuántas personas con tendencias suicidas he tenido que preguntar de 15 formas diferentes antes de que finalmente me dijeran, ‘Sí, en realidad ya tengo un plan’. No van por ahí diciendo, ‘Estoy deprimido, ayúdame’. Nuestra sociedad dice que tenemos que salir nosotros solos de las situaciones sin buscar ayuda”.

El pasado invierno Shepherd fue más sincera con su madre acerca de su enfermedad de lo que había sido nunca. Ahora se alegra de haberlo hecho.

“Me resulta muy difícil incluso decirme a mí misma cuáles son los pensamientos que deberían preocuparme”, dijo. “No quiero preocupar a nadie si no estoy segura de estar en peligro. Pero tenía la sensación de que lo estaba”.

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