Prisión e infancia: así es crecer con un padre preso


Nací tan solo 15 días después de que mi madre obtuviera su libertad. Mi padre biológico, aún preso, no estuvo en el hospital aquel día ni en los posteriores cumpleaños. Yo no lo recuerdo, pero unos meses después de nacer, mi madre me llevó a verlo por primera vez.

Él estaba en Cádiz, en la cárcel Puerto II, una de las prisiones de presos peligrosos que existen en España, y al parecer, no tenía muchas ganas de verme. No preguntó siquiera por mí, de hecho, cuando vio a mi madre sólo se interesó por saber si le había llevado algo con qué traficar dentro. En aquel momento, se hizo muy evidente para mi madre que, entre él y nosotras, había algo más que 10 horas de autobús y una estructura de concreto y rejas.

Nací en el seno de una de esas familias catalogadas como desestructuradas. Aún no tenía ni idea de que toda mi vida iba a estar marcada por las drogas, la delincuencia y la marginalidad, pero para la sociedad era más que evidente y antes de que dijera mis primeras palabras, yo ya estaba excluida. Para mis vecinos, mis profesores y cualquier adulto que se topara conmigo, yo era esa pobre niña que había tenido la ”desgracia” de nacer rodeada de delincuentes.

Yo con cuatro meses, la primera vez que pasé la tarde con mi familia paterna

La primera etapa de mi infancia fue quizás la menos difícil, supongo que porque aún no era muy consciente de las circunstancias. Aunque pueda parecer raro, nadie mencionaba nada sobre dónde estaba mi padre y por alguna extraña razón, yo tampoco me preguntaba por qué tenía que ir a verlo tan lejos a un sitio custodiado por guardias o por qué teníamos que hablar en una sala llena de cabinas, llenas de gente que gritaba para poder comunicarse con sus seres queridos que se encontraban al otro lado del cristal.

Las comunicaciones eran relativamente habituales y mi madre —que para entonces ya había pedido el divorcio— tenía que llevarme obligatoriamente porque de no hacerlo, podía perder mi custodia. En una separación o un divorcio, existe la posibilidad de pactar los puntos de encuentro o los días de visita y lo más importante, tienes la posibilidad de estar con los dos en celebraciones, eventos o simplemente en momentos en los que los necesitas a ambos. Cuando tu padre o tu madre está preso eso es imposible.

No preguntó siquiera por mí, de hecho, cuando vio a mi madre sólo se interesó por saber si le había llevado algo con lo que traficar dentro

Yo nunca he estado a solas con mi padre biológico y mi madre en una casa, en un bar o en un centro comercial. Nunca. De hecho, el cálculo de horas que en total he estado con él, prácticamente no supera las 24. Es muy duro que se obligue a los niños a pasar por esto tantas veces.

Ver una y otra vez a mi padre ahí era demasiado para una niña que no superaba los cinco años. Además, en mi caso estaba el agravante de la situación económica: el sistema penitenciario español no piensa en una madre que acaba de salir de la cárcel y sólo cobra la prestación de desempleo por excarcelación.


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La situación cambió cuando empecé a hacer preguntas. Un día estando en el colegio, el profesor de religión nos dijo que si nuestros padres no estaban juntos era porque nuestras madres no querían, así que cuando llegué a casa le empecé a preguntar de manera incesante a mi madre que dónde estaba mi padre. Mi enojo era tal, que no le hablé durante días. Yo solo tenía seis años y mi madre no entendía mi reacción, pero se dio cuenta de que era hora de decirme lo que estaba pasando.

Con cuatro años, cuando todavía no sabía que mi padre estaba preso

En verano, me llevó a Huelva y recuerdo perfectamente el momento en el que me dijo dónde estaba mi padre. Estábamos en el paseo marítimo y mientras me comía un helado, mi madre me dijo mientras me tocaba la cabeza: ”tu padre está en la cárcel”. Yo asentí y seguí con mi helado. No entendía muy bien lo que eso significaba y mi madre no sabía cómo afrontarlo. Consiguió que me dieran cita con un psicólogo de la Seguridad Social. No sirvió de mucho, la verdad. Él solo me pedía que dibujara y le decía a mi madre que intentara hacer fácil la situación.

Mientras tanto, la familia de mi padre optó por la mentira cuando empecé a hacer preguntas: me decían que mi padre ”estaba enfermo y estaba recuperándose”. Esta mentira logró que dejara de preguntarles y que mi madre pareciera la mala de la historia (o eso pensaban ellos que iban a hacerme creer).

La familia de mi padre optó por la mentira cuando empecé a hacer preguntas: me decían que mi padre ”estaba enfermo y estaba recuperándose”

Saber dónde estaba mi padre cambió mi percepción de las cosas. Antes, cuando era el Día del Padre o cuando alguien me preguntaba por él, decía que no estaba, simplemente. Ahora sentía que debía ocultar la verdad porque empecé a entender que para los demás, estar en la cárcel era algo malísimo.

Empecé a contar mil historias sobre dónde estaba: desde que estaba en la guerra hasta que había muerto. Cualquier cosa me parecía mejor que aguantar las miradas apenadas de la gente. Además, dejé de saber de él. Ya no me daban cartas suyas y mi madre, viendo que lo estaba pasando muy mal y que la situación iba a empeorar, tomó la decisión de cesar las comunicaciones. Sabía que él podía tomar medidas y que le podían quitar mi custodia, pero tomó el riesgo para evitar que aumentara mi sufrimiento.

Mi madre vestida de novia junto a mi abuela paterna. La boda se realizó dentro del centro penitenciario en el que conoció a mi padre

Varios años después, con una mejora de su conducta y ciertos derechos ganados dentro de prisión, pudo pedir el traslado por acercamiento familiar y le trasladaron a una cárcel cercana a mi lugar de residencia. Me encantaría decirles que lo hizo por mí, porque se había dado cuenta de sus errores y quería ser un buen padre, pero no fue así.

Necesitaba tener más cerca a la persona que le proporcionaba los medios económicos para vivir bien dentro y por eso decidió venir a una prisión que estuviera más cerca de mi abuela. Es increíble que mi madre no recibiera ningún tipo de aviso desde instituciones penitenciarias sobre este cambio. Él iba a estar encerrado a menos de 10 minutos de mi casa y a nadie le debió parecer un hecho relevante.


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Mi abuela, que fue quien le comunicó a mi madre el traslado, había dado comienzo a una nueva estrategia de acoso y derribo contra ella: empezó a hablar mal de la nueva pareja con la que estaba y cuando estábamos a solas, me hacía insinuaciones sobre ”las cosas que le hacen los hombres jóvenes a las niñas como yo”. Jamás cesaron sus intentos de desacreditar a mi madre. Para ella no existía la posibilidad de que una mujer que había decido divorciarse de ”su pobre hijo”, fuera a ser una buena madre.

Nunca entendí por qué, de verdad. No entiendo cómo puedes culpar a alguien de no querer estar con una persona que sólo estaba interesada en planear cuál iba a ser su siguiente delito, una persona que la única vez que salió de permiso durante mis primeros años de vida, decidió volver a atracar en lugar de estar conmigo. Fue detenido varios días después mientras paseaba con mis primas mayores, las cuales tenían 9 y 13 años, y de nuevo, su condena aumentó. No quiso estar conmigo cuando salió de permiso y tampoco tenía intención de estar fuera y ser parte de mi vida.

Mi padre en la cárcel

Tras año y medio en esta nueva prisión, solicitó que fuera a visitarle. Daba la impresión de que algo había cambiado en él. Finalmente, sólo fue una impresión.

Esta visita la recuerdo de forma más nítida porque sucedió cuando yo tenía ya casi 9 años. Mi madre me dejó en la puerta de un enorme edificio en el que decía ”Centro Penitenciario” con letras enormes de color negro. En otras prisiones a las que había ido no pude darme cuenta de esto ya que era tan pequeña que no sabía leer.

La única vez que salió de permiso durante mis primeros años de vida, decidió volver a atracar en lugar de estar conmigo

Dentro me esperaba mi abuela y con ella, pasé unos exhaustivos —y nada agradables— controles de seguridad hasta llegar a una sala de espera llena de niños de todas las edades que iban acompañados, en general, por sus madres. Ahí estábamos, todos juntos esperando a ese señor que siempre viene custodiado por unos guardias y al cual se supone que deberíamos llamar ”papá”.

Imaginé durante días cómo iba a ser la visita: él llegaría y tras un par de preguntas banales, me pediría perdón, me explicaría cómo había llegado hasta ahí y me daría unos motivos de peso que justificaran su larga ausencia. Ojalá la historia hubiera acabado así. Él llegó y se sentó en una mesa con mi abuela mientras yo pintaba con unos lápices que él me había traído. Me preguntó que cómo estaba y poco más. Le llevé unas fotos del campamento en el que estuve el verano anterior y sólo me dijo ”tus amigas parecen mayores”. Cuando ya nos teníamos que ir me dijo ”no olvides que te quiero”. Salí de allí hecha una auténtica mierda.

Mi madre y yo cuando tenía 9 años. Se tomó poco antes de que viera a mi padre en prisión por última vez

Pasé meses preguntándome por qué no me dijo nada de su encarcelamiento, de sus motivos para no ponerse en contacto conmigo. Al principio pensaba que era porque se avergonzaba de su situación y no sabía cómo afrontarla, pero pronto descubrí que sólo una persona a la que no le importas en absoluto permite que te pases toda una vida sintiéndote culpable por su ausencia.

La última frase que me dijo ha sido una herida abierta durante muchos años porque yo pensaba siempre que yo era problema. ¿Si me quería, por qué no ya no me buscaba? ¿Por qué había esperado tantos años para verme? Esta sensación de culpabilidad me acompañó durante toda mi infancia y adolescencia.


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Si tenía un problema con alguien en el colegio, cargaba con la culpa. Si discutía con mis amigos, también era yo el problema. Pensaba que no merecía tener a nadie cerca, y que, si alguien mostraba cierto interés por mí, pronto me abandonaría. No recibí nunca ni apoyo estatal ni apoyo escolar. Las instituciones te ven como un frágil barco de papel y sólo esperan a que naufragues. Yo, por suerte, me pude mantener a flote gracias al amor incondicional de mi madre y de su actual pareja. No lo tuvieron nada fácil, pero ellos evitaron que la situación acabara conmigo.

Cuando ya nos teníamos que ir me dijo ”no olvides que te quiero”. Salí de allí hecha una auténtica mierda

Esa fue la última vez que fui a verlo a la cárcel. Él no pidió ninguna visita más y yo decidí que no pasaría de nuevo por eso. Mentiría si dijera que desde aquel momento no volví a esperar nada de él. Durante años pensé que un día cualquiera mi abuela, mi tía o incluso él, me explicarían algo o se disculparían, pero, por el contrario, sólo hubo silencio.

Con el tiempo, mi padre se convirtió en un fantasma del pasado que desgraciadamente, a veces hacía acto de presencia y cual vendaval, arrasaba con todo.

Cuando tu padre está en la cárcel tener una vida ”normal” es bastante difícil, pero al final, debes ser tú la que elige dónde y cómo se acaba la historia. Él la cagó, y yo decidí que simplemente no podía pasar el resto de mi vida cargando con sus errores y sus problemas. Aprendí que sus actos no tenían por qué determinar mi existencia y que compartir la misma sangre no significa sentir el mismo amor.

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