El expolicía luchador que enfrenta el mal en la CDMX


El hombre de 57 años atrapado en la máscara del luchador Centinela de la Muerte por más de tres décadas fue un policía que impartió justicia en la Ciudad de México. Su jubilación estaba cerca. La Secretaria de Seguridad Pública (SSP) requería jóvenes. Sin embargo, en octubre del 2014, el propio luchador-policía prefirió despojarse de su uniforme, chaleco antibalas, gorra, placa, esposas y pistola.

Con 21 años se convirtió en un integrante de la Dependencia del Gobierno de la Ciudad de México. En 1981 ingresó a la División de Investigación para la Prevención de la Delincuencia (DIPD). Sólo estuvo el último año que existió esta brigada especial ligada al monopartidismo, la cual existió de 1976 a 1982. La DIPD, en aquel entonces, fue instaurada por el temible jefe del Departamento de Policía y Tránsito de la Ciudad de México, Arturo “El Negro” Durazo.

Trabajando como azul acostumbraba acudir a la Arena Apatlaco, recinto dedicado a la lucha libre, ubicado al oriente de la ciudad. “Me cayó como anillo al dedo”, recuerda Centinela de la Muerte con nostalgia, dejando ver una sonrisa que se forma entre su máscara. “Empecé a interactuar con personalidades envueltas en la lucha, a pensar en mi niñez y las películas del Santo que tanto me gustaba ver”.

Centinela de la Muerte, impartiendo ley y orden como policía, jamás imaginó que utilizaría sus conocimientos de lucha libre. A distintos maleantes aplicó castigos al cuello, en los brazos o como se presentara el arresto. “En una ocasión me atacó un delincuente con un cuchillo”, explica con adrenalina, quien pareciera ser un súper héroe de la vida real. “Se me dejo venir y le apliqué un candado al brazo para desarmarlo”.

Con treinta años que tiene de luchador profesional enseña el arte del llaveo y contrallaveo en el Gimnasio Villalobos, propiedad de los hijos de Bestia Magnifica (fallecido el año pasado), hermano de la famosa ruda Marta Villalobos, e hijo de la leyenda de los encordados, Panchito Villalobos. El GYM está sobre la calle Vizcaínas 13 de la colonia Centro. Los lunes, miércoles y viernes, de siete a diez de la noche, Centinela de la Muerte enseña sus conocimientos a novatos, policías o gladiadores que ya cuentan con su licencia de luchadores profesionales. También ha brindado cátedra de sus sapiencias en otros gimnasios como Concreto en La Merced, Gloria en la Morelos e incluso en el Sector de la Policía Auxiliar de Jardín Balbuena, donde comenzó a preparar a sus compañeros que —como él— aman el deporte de los costalazos. “Los policías me decían ‘El Luchas’ porque sabían que era muy fanático”, recuerda el ahora llamado profesor. “A varios les empecé a comentar que entrenaba lucha. Rápido se corrió la voz y me pidieron que les enseñara”.

Centinela de la Muerte se considera un luchador del bando técnico por su estilo clásico que maneja a ras de lona. “Mi personaje está basado en el trabajo diario de un policía, ya que realmente se es un centinela enfrentándose todos los días a la muerte”, explica con seriedad. Y precisamente esa forma de desenvolverse arriba del ring combina con su indumentaria que lleva los colores de la policía: azul marino (uniforme), azul turquesa (franja) y dorado (placa). “La lucha libre me balanceó”, afirma y coloca sus manos a la altura de su pecho; como si sintiera correr entre sus cuerpo esa tranquilidad. “Porque de chavito era un desmadre”.

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Centinela de la Muerte en su infancia era apodado como “El Calamidad” por inquieto, vago y latoso. Nació en el Estado de Tlaxcala, donde vivió sus primeros años. Emigró a Puebla y la Ciudad de México. No tenía un hogar fijo. Siempre andaba en esas tres ciudades con su mamá Guadalupe que vendía cerámica y artículos para el hogar. A su papá Guillermo no lo conoció; falleció antes de que él naciera.

En Puebla, cuando tenía diez años, tuvo su primer acercamiento con las luchas. El tío de David, su mejor amigo de la infancia, vendía las cervezas en la Arena Puebla. Gracias a ese señor, a principios de los setenta, El Calamidad trabajó vendiendo bebidas alcohólicas en las funciones de lucha libre. Convivía con gladiadores como el Perro Aguayo o Ángel Blanco, quienes lo reconocían —por hiperactivo— y acostumbraban pedirle cebadas después de luchar. “Siempre me jugaban bromas”, dice; como si volviera a ser un ser inocente. “Me decían que le cobrara al último que estuviera en los vestidores, pero todo el tiempo se iban sin pagar. Tuve que ponerme bien al tiro para que no me chamaquearan”.

La escuela nunca le gustó. Ni se le dio. Sólo cursó la primaria. “En aquel entonces sí te regañaban, eran bien culeros”, menciona al recordar sus pasos por un salón de clases. “El pedo es que tampoco era bueno, y a cada rato me pegaban los maestros por desmadroso”.

Cuando estaba en sexto año lo corrieron por verle los calzones —con un espejo— a una maestra. También porque a otro profesor le dio un puñetazo en la cara; se defendió después que lo golpearon en la cabeza con un borrador. Jamás regresó a estudiar. Pensaba que en cualquier instituto lo maltratarían. Y peor cuando se enterara su mamá Guadalupe. Decidió vagar por algunos meses con traileros que conocía en su barrio y lo llevaban a Veracruz o Tlaxcala; dedicándose a vender nieves, periódicos y hasta aprendió el oficio de talabartero.

El Calamidad, por todo lo que vivió de pequeño, se forjó como un futuro polizonte, logrando ingresar a la SSP. “En aquel entonces, para ser azul, los únicos requisitos eran ser vivo, vago y tener los güevos bien puestos. Pero hay que aceptar que siempre ha existido la corrupción, las mordidas, el poder; sólo que hoy en día eso parece ser lo principal”.

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Para Centinela de la Muerte combinar su trabajo de policía preventivo con los entrenamientos de lucha libre no fue sencillo. Se asentó en la Ciudad de México, en el barrio de Mixcalco junto a sus hermanas María de la Luz, Irma y su abuela Luz; su mamá Guadalupe siguió viajando por su oficio de comerciante.

A finales de 1980, para ingresar a la SSP, hizo el llamado examen de valor. La prueba consistió en agarrarse a golpes con un policía de alto rango, saber meter las manos y no demostrar miedo. Después de ganar la pelea le solicitaron acta de nacimiento, cartilla militar y constancia de estudios. Así formó parte de la DIPD por un año y comenzó a escribir su propia historia.

Raúl Reyes, promotor del pancracio luchistico en aquella época, lo ayudó y le propuso entrar a su escuela de lucha libre alrededor de 1982. “Lo conocí en la Arena Apatlaco”, recuerda Centinela de la Muerte. “Siempre nos encontrábamos en las funciones a donde yo iba a chambear de azul“.

Fue de esa manera que inició sus entrenamientos para convertirse en miembro del bando técnico junto al popular Octagón y el veloz —ahora apestoso— de Felino Centella. Aprendió la vieja escuela gracias a sus profesores: Blue Demon, Ray Mendoza, Villano I, Súper Muñeco y por supuesto Raúl Reyes. Todos lo lastimaron. Acostumbraban ponerlo a prueba para saber si en verdad podía dedicarse a los madrazos.

Entrenaba por la noche, cada tercer día o cuando sus horarios de servidor público lo permitieran. En el gimnasio nadie sabía que era un polizonte más que Raúl Reyes. No le gustaba decirle a sus compañeros que de día era aquello tan poco respetado por la mayor parte de la sociedad. Sentía que iban a pensar mal de él y se ensañarían. Pero a pesar de mantener en secreto su doble vida, descubrió que en la lucha libre había otros personajes inmiscuidos con la SSP; como El Matemático, Durango Kid y Apocalipsis. “Cuando se fueron enterando los demás luchadores con los que entrenaba que era poli se les hizo gracioso”, dice ya sin ningún tipo de prejuicio. “Hasta sentía que me respetaban de más, me comentaban que cómo me atrevía a tener dos chambas peligrosas al mismo tiempo; una donde podía lesionarme y otra donde podían matarme”.

Tras entrenar por cuatro años hizo su examen para convertirse en profesional. Sin embargo, no pasó la última prueba. “En una salida de bandera no alcancé a agarrarme de la tercera cuerda y caí afuera del ring”, recuerda, y aún lo expresa con enojo.

Al año siguiente logró sacar su licencia de luchador profesional. Comenzó a cobrar por encuentros y a viajar por las arenas de la Ciudad de México, sus periferias y algunos Estados de la República. El examen lo presentó bajo las órdenes de Ray Mendoza, pero ahora en compañía de sus hijos Los Villanos, luchadores bastante populares en los ochenta, gracias a sus batallas sangrientas en contra de: Brazo de Oro, Brazo de Plata y El Brazo.

La carrera como luchador profesional de Centinela de la Muerte inició —formalmente— en 1987, en la Arena Apatlaco, debutando con una victoria y un nervio que no desapareció hasta el día siguiente. “Lo más pesado de ser ambas cosas era cuando había veladas, porque siempre me presentaba a luchar sin dormir”, recuerda quien finalmente cumplió sus sueños de niño. “Pero lo bonito de esas chingas era que nunca me enfermaba por mantenerme entrenando; aparte, la lucha me quitaba el estrés, el peligro que a veces se sentía vigilando las calles de los barrios más peligrosos de la Ciudad de México”.

En el presente, su esposa Eva y sus hijos ,Miguel y Eva, gustan acudir a diferentes lugares para verlo luchar. “A mi familia le parece muy bien que con casi 60 tenga buena condición física, que mi único vicio sea hacer deporte”, dice, dejando sentir su alegría. “También están orgullosos que siga preparando nuevos luchadores-policías”.

***

El proyecto de luchadores-policías que innovó Centinela de la Muerte inició en 2011, en el Sector de Jardín Balbuena; así como en un batallón de La Merced. Su experiencia y la relación directa que tiene con el medio de las luchas fueron la motivación para crear algo fantástico. Quienes lo integran acostumbran poner más corazón tanto en la SSP como en los cuadriláteros.

Los luchadores-policías que encabeza Centinela de la Muerte poco a poco se fueron encontrando en la Arena Xochimilco, Azteca, Apatlaco, gimnasios, juntas de la Comisión de Box y Lucha o distintos batallones. Todos tenían un gusto y una meta en común. Todos aprendieron a despojarse de sus trajes azul marino, perder su identidad, olvidarse del “mal ejemplo” que asocia con esta profesión en México, para apreciar con entusiasmo los aplausos que reciben bajo un sobrenombre que ellos mismos eligieron en base a sus gustos y personalidades.

Arriba del ring, Centinela de la Muerte les ha ayudado a convertirse en un ejemplo a seguir, en algo que no tiene etiquetas y malos prejuicios tan sólo por vestir un uniforme. “Lo único que intentamos con esta doble vida es que el trabajo como policías sea bien visto entre la ciudadanía”, menciona el líder de este peculiar grupo. “Sabemos que por unos cuantos que andan haciendo mal su chamba la llevan todos los compañeros”.

Bufón del diablo.

Entre los oficiales de tránsito, granaderos y policías preventivos que Centinela de la Muerte ha formado están los siguientes: Sangre Infernal, Etéreo y su esposa Alma Latina, Biométrico, El Chuta, El Águila, Centella Azul, El Che, Los Bufones (Bufón del Diablo y Bufón Siniestro), entre otros setenta gladiadores que se preparan para llegar al profesionalismo, dentro del mundo de las luchas independientes, y tal vez con la esperanza de que en el futuro algunos logren pertenecer a las empresas importantes de México: Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) o Triple A.

“Para ser luchador-policía no hay edad”, menciona el profesor que no se anda con rodeos y se muestra enérgico en cada uno de sus entrenamientos. “Existen compañeros que apenas tienen 20 años, hasta otros que ya están cerca de los 60, como yo”.

La finalidad del proyecto es sacar el estrés y olvidarse por algunas horas de la rutina policiaca. “Iniciamos brindando funciones para los hijos del cuerpo de la SSP en el Instituto Técnico de Formación Policial, o en distintos sectores de la Ciudad de México”, menciona Centinela de la Muerte. “Después comenzamos a acudir a casas hogares, aniversarios de mercados, escuelas, hospitales o eventos organizados por políticos”.

Centinela de la Muerte sabe que él y sus alumnos, mientras lo que duré su lucha arriba y abajo del ring, estarán en medio de una contradicción: entre el bien y el mal; pero más allá de la esquina técnica o ruda del cuadrilátero. Tiene claro que el uniforme de policía —para el mayor número de personas— nunca dejará de transmitir desconfianza. Sin embargo, el equipo vistoso de luchador, ese siempre proyectará otra cosa en los encordados; trayendo risas, aplausos, ovaciones e incluso fotos y autógrafos. Esa es la magia de tener una doble vida. “A las personas se les olvida que detrás de una máscara o un uniforme de policía existe un ser humano que tiene familia y sueños como cualquier otro”, menciona con sinceridad. “Con la lucha libre lo único que trato es que los muchachos aprendan a equilibrar sus vidas, a no comportarse de una manera prepotente en sus jornadas de trabajo como policías”.

Bufón siniestro.

Biométrico, quien trabaja en el área de Biometría de la S.S.P.

El Águila.

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