El exterminio de biznagas gigantes en el noreste de Guanajuato


La tala de una especie protegida de cáctus en el predio de una hacienda que sobrevivió a la Reforma Agraria fue el detonante para que varias comunidades desafiaran la autoridad del cacique regional. Para todos, los cerros han sido su casa, pero el cacique los corrió de esas tierras hace tiempo. Ahora ha avanzado a explotar el suelo: los cerros están moldeados en la arcilla que vende una multinacional de la cerámica, que tiene su filial mexicana en la Colonia del Valle, de la Ciudad de México.

La biznaga está protegida como especie desde hace más de diez años y su tala y comercialización son delito federal; pero con ley y todo, el mayor exterminio reciente de esta planta endémica fue en el noreste de Guanajuato. Ninguna de las denuncias en los distintos niveles de gobierno, ni en las instancias dedicadas al cuidado del ambiente, fue atendida. Los vecinos contaron que fueron 22 mil las plantas cortadas, según se presume, para hacer un dulce.

La Platyacathus que nos interesa parece un globo inflado a punto de explotar y escupir sus espinas por todo el lugar. Es longeva: puede medir hasta tres metros de altura porque lleva creciendo un centímetro por año: 300 años mirando cambiar el paisaje. Es gigante. Tiene la cima tupida de una melena amarillo canario, entre la que le crecen unos frutos repletos de semillas que garantizan la reproducción de la especie. Son las biznagas más viejas las que se encargan de parir a las nuevas, porque son las que más semillas riegan al ambiente desde sus cúpulas doradas.

La comunidad Ojo del Agua en Victoria, Guanajuato. En un predio que forma parte de esta comunidad y de otras dos, se podaron más de 20 mil biznagas gigantes, una especie protegida, con el permiso de una Unidad de Manejo Ambiental a cargo de la bióloga Aydee Acosta Tolentino, en conjunto con la Sociedad Sopral y su mayor accionista Herminio Reséndiz, también habitante de Ojo de Agua.

Endémica significa que es una planta que en el mundo, sólo crece en México, vedette de estos climas calurosos en donde el sol es una constante y las nubes, en marzo, un bien escaso. Para subir hasta dónde crecen las biznagas, el camión zizagueó por un camino finito al borde de los cerros, dejó atrás Doctor Mora y San José Iturbide. El pueblo más cercano es Victoria. En la zona noreste de Guanajuato no se vive una situación tan dramática con el acceso al agua como en el Bajío, dónde la que se consume es tan vieja que ya ha causado problemas de salud, dada la sobreexplotación del acuífero Independencia —que surte a esa otra mitad del estado— para producir verduras y hortalizas que abastecen al mercado gringo.

Aquí, entre los cerros, aparecen lagos, cañaditas de agua y las mil y un formas de los cáctus: el órgano, el garambullo y finalmente las biznagas, que de lejos parecen balones verdes, anchos, recostados en las laderas.

Es una planta, explica la bióloga Cecilia Jiménez Sierra, que si bien crece en invernaderos, no sobrevive al traslado a campo porque las condiciones allí son mucho más extremas que en cualquier vivero. “Además, para que una planta tenga una tamaño mínimo o considerable de trasplante, debe medir diez centímetros, y estas plantas crecen entre uno y dos centímetros por año”. Hagan la cuenta.

“Nadie va a esperar diez años para cuidar que la planta sobreviva y prenda en ese hábitat”, agrega la doctora que dirige el Laboratorio de Ecología de la UAM Iztapalapa. Reforestar biznagas artificialmente es una quijotada, una tarea imposible.

Niño camina frente a la biznaga gigante, una especie de cáctus protegido, en La Calera, Guanajuato. El ecocidio de biznagas gigante comenzó en 2008 en esta comunidad con la UMA Cuesta Blanca a cargo de la bióloga Aydee Acosta Tolentino. El paso para estas tierras ejidales está bloqueado por Manuel Loyola, quien reconoció ser responsable por la explotación de la planta que se utiliza para hacer dulce de acitrón.

La tala

La denuncia ciudadana presentada por los vecinos ante la Procuraduría Federal de protección al ambiente está fechada el 25 de julio de 2014 para la cual, según se indica en el documento, se abrió un expediente. Está radicada en contra de Marcos Reséndiz, también conocido con el nombre Herminio, otro de los viejos ejidatarios de Corralillos.

¿Todo esto es un problema entre locales? Sí y a la vez es algo mucho más complejo.

Este hombre, que supera los 80 años, representa las viejas formas de hacer de la política ligada al campo mexicano, que fue la verdadera beneficiaria de la Reforma del artículo 27 de la Constitución de la república, que privatizó el ejido.

Unos años antes de esta modificación legal, que se promulgó en 1992, Don Herminio fundó a la Sociedad SOPRAL, de la que tenía la parte mayoritaria. Los vecinos señalan que esto fue idea de un excapataz, Alejandro Sainz, quien se apropió de la mitad de la hacienda que no se ocupó cuando se fundó el ejido. Originalmente SOPRAL estaba integrada por una buena parte de los ejidatarios, que de manera privada se adjudicaron el terreno vecino de 3,600 hectáreas. No todos los ejidatarios forman parte de la Sociedad SOPRAL. En esos cerros privados fue dónde se cortaron las biznagas en los últimos años y los vecinos denuncian a SOPRAL y a Don Herminio como los responsables del ecocidio. También denuncian que la propiedad que ostentan de esos terrenos está basada en una compra ilegal, ya que quien se los vendió, no era propietario, sino el propio capataz Sainz.

Diego, de la comunidad Ojo de Agua, camina frente al banco de materia “Tunas Blancas”. Para explotar el material de este lugar, los integrantes de la Sociedad Sopral exhiben una autorización inexistente, a favor de la empresa Daltile Mexico S. de RL. de CV.

Ya hay una segunda y una tercera generación detrás de los viejos del inicio que tomaron la posta de la pelea, ampliaron la base del reclamo y están tejiendo un vínculo entre las cuatro comunidades —o al menos una parte de ellas— que han sido afectados durante estos años por el accionar de los socios: Ojo de Agua, La Calera, los desplazados de El Sotolar y Sacromonte. Todas rodean la tierra en disputa. Viven cotidianamente en un clima hostil, dónde los socios actuales de SOPRAL, que creció en número de integrantes, hostigan a los vecinos que denuncian. Cuentan con el favor de las autoridades locales, que rechazan tomar acta de estos hostigamientos.

Relatan que la tala de las biznagas se hizo contratando gente de la zona, y pagándoles cincuenta pesos el jornal por bajar la pulpa de las biznagas en burro, cerro abajo. Que al principio no se dieron cuenta de la magnitud de lo que sucedía.

“Estábamos dormidos”, exclama uno de los vecinos, cubriéndose del sol del mediodía bajo uno de los árboles de la entrada de su casa. La Calera, dónde vive, es un fraccionamiento rural donde el cielo tiene las miles de estrellas que la luz de la ciudad se come. En ese punto perdido en el corazón del país, ellos viven su propia pelea con uno de los integrantes de la sociedad, que trancó el paso vecinal que da acceso a su casa. A pesar de reiterados intentos, no logra que tomen su denuncia al respecto, ni en el síndico —autoridad local— ni en la procuraduría de Victoria.

Comuneros caminan en la comunidad Ojo de Agua en Victoria, Guanajuato.

“La primera vez que los vimos bajar la biznaga del cerro fue hace tres años, cuando hicieron dos cortes que duraron unas cuatro semanas. Después supimos que hubo otro corte antes, durante unas tres semanas. Cuando reparamos en lo que estaban haciendo se pusieron bravos porque paramos las orejas y denunciamos.”

La biznaga es una especie protegida especialmente por la NOM 059, pero esa protección no implica una declaración de extinción, aclara la bióloga Cecilia Jimenez Sierra. “Desde que salió esta ley, en el año 2001, y puso especies en categoría de riesgo, han disminuido mucho y otras han desaparecido. Si continúa su exterminio, la especie se va a poner en riesgo de extinción”.

“Hueso” que queda tras la extracción de una biznaga gigante en la comunidad La Calera, 8- Guanajuato. La Sociedad Sopral S.P.R. DE R.L. junto a la Unidad de Manejo Ambiental Cuesta Blanca a cargo de la bióloga Aydee Acosta Tolentino, explotaron de manera desmedida y para fines comerciales este cáctus, protegido por la NOM 059, en la mencionada comunidad guanajuatense.

La bióloga cuenta que se han encontrado especies que llegan a los cuatro metros de alto y que se tiene la teoría que sobre la biznaga se hacían sacrificios humanos, ya que así aparece ilustrado en algunos códices prehispánicos. Como sus espinas son de las más grandes y duras entre las cactáceas, también eran utilizadas para perforar los lóbulos de las orejas o modificar las yemas de los dedos. El uso actual es hacer un dulce típico, el acitrón, un confitado que se come de a trozos pequeños dada la gran cantidad de azúcar que trae.

Habla la bióloga: “para hacer el dulce hay que pelar la biznaga, retirar las costillas dónde están las espinas, sacar la pulpa y cocerla varias veces con azúcar. Es una costumbre mexicana usar el acitrón en la rosca de reyes o como relleno para el pavo y en algunos pasteles de Navidad. El problema es que para producir el dulce se tiene que cortar completamente la biznaga, algo que no está permitido. Existe una manera de sacarla al comercio y es declarando que proviene de alguna Unidad de Manejo Ambiental”

Esto fue lo que sucedió en el noreste de Guanajuato.

Barras de dulce de acitrón en el mercado de la Merced, en la Ciudad de México. El acitrón viene de un cáctus protegido, la biznaga gigante y por eso, su confección industrial está prohibida.

La Unidad de Manejo Ambiental

Luis Rodríguez es un periodista que entonces trabajaba para el diario El Noreste y acudió al llamado de denuncia de los pobladores que comenzaban a unirse. Ahora ocupa la dirección de Comunicación Social del municipio de Doctor Mora, el otro que tiene que ver con la zona involucrada en la tala. “Pero uno nunca deja de ser reportero aunque ocupe un cargo público”, dice. Y sigue: “Los hombres que estaban llevando adelante la tala argumentaron que tenían permiso de una UMA para sacar las especies enfermas del terreno, pero en su momento se denunció que se habían extendido más allá del límite permitido. Se insistió en que ellos tenían los derechos de esa parte dónde se extraía la biznaga con permiso de la Secretaría de Medio Ambiente, pero nunca nos mostraron los permisos. Apenas una especie de sello que colocaban en los huesos de las plantas que talaban”.

Cuando se dieron cuenta lo que pasaba, los vecinos se metieron en el predio, se dividieron entre tres grupos de vecinos para abarcarlo todo y durante dos días, una por una, contaron cuántas biznagas habían sido cortadas: 22 mil ejemplares talados.

Letreo que indica la autorización falsa por medio de la que la sociedad Sopral y la empresa Daltile, subsidiaria de Mohawk Industries, explotan la arcilla de los cerros de la comunidad Ojo de Agua en Victoria, Guanajuato.

La Unidad de Manejo Ambiental Cuesta Blanca que lo permitió, a cargo de Josefina Palacios y de la bióloga Aydee Acosta, ingresó a la Dirección Vida Silvestre en Mayo de 2008. El mecanismo de las UMA es la forma en que la Secretaría de Medio Ambiente (SEMARNAT) permite el “aprovechamiento” de zonas y especies. En los hechos es una forma privatizada de gestión del territorio.

Habla el periodista: “Crearon la UMA para multiplicar la especie, pero el supuesto vivero dónde trabajaban no era más que una carpa y cuando las sembraban al hábitat natural, no sobrevivían más de tres meses”.

Para la bióloga, eso es parte del discurso para conseguir los permisos oficiales. “Puedes formalizar una UMA diciendo que tienes un terreno y que vas a hacer cierto uso de las biznagas. Para que te den el permiso, debes decir que vas a hacer reforestación, pero la planta crece un centímetro por año. Para hacer dulce, necesitas cortar una biznaga de al menos 25 centímetros: eso son 25 años de crecimiento. Difícilmente la SEMARNAT tiene personal para vigilar que se haga la replantación de las plantitas. Se dan los permisos para que se reproduzcan en invernadero pero no aguantan el traslado. Se estima que en estos casos la mortalidad es de un 90 por ciento, dadas las condiciones del clima desértico del campo mexicano, en el que hay muchos meses de sequía y las plantas jóvenes necesitan de la sombra de otras plantas o arbustos para crecer. Las tierras de México están muy pastoreadas y aunque las biznagas aguanten la germinación en la época de humedad, después mueren”.

Hijo de Herminio Reséndiz Estrada vigila el Banco de Material Tunas Blancas, dónde la empresa Daltile México S de RL de CV explota, con autorizaciones inexistentes, la lutita de los cerros de la comunidad Ojo de Agua en Victoria, Guanajuato.

La bióloga explica que dado el panorama, a las UMA podrían darle un permiso para extraer dos o tres biznagas al año, pero que las cifras aprobadas son desproporcionadas. En el caso de Guanajuato, el permiso legal establecía la tala de “2 mil ejemplares de 300 kilos en una primera etapa de aprovechamiento”.

Sigue la bióloga:

“Es imposible; prácticamente estás dejando a la población sin posibilidades de que se recupere si quitas a los individuos adultos. Mientras más grandes son las plantas que cortan, menos posibilidades hay que vuelva a recuperarse un ejemplar de 120 años. Están atacando la reproducción de la especie. Si van a publicar esto, por favor, hay que decir que esto ya tiene que terminar.”

Mientras tanto, en Ojo de Agua, las biznagas que iban a reforestarse fueron cambiadas por dos docenas de pinos; pero ahora, lo que más preocupa a los vecinos organizados de las cuatro comunidades es que SOPRAL avanzó sobre los cerros del lugar, en dónde explota su arcilla en convenio con una empresa de nombre Daltile, que es filial de la Multinacional Mohawk Industries. Así lo manifiestan en un cartel en la puerta de la explotación, en el que luce el número de permiso oficial para la tala.

Un comunero se retira de La Hervidora, lugar donde brotaba agua mineral de manera natural pero que fue tapado con cemento para impedir la salida del agua, por trabajadores de Herminio Reséndiz Estrada. En el mismo predio se encuentra el Banco de Material Tunas Blancas de dónde extraen la lutita gris.

Los vecinos nos dicen que realizaron un pedido de información pública sobre esa manifestación de impacto ambiental (MIA). Desde la Unidad de Enlace de la SEMARNAT confirmaron a este medio que no tienen registro de ese permiso en su Sistema Nacional de Trámites. La autorización para explotar el cerro no existe.

A pesar de llevar tres años denunciando, de haber recabado las pruebas y tomado las fotos del ecocidio de las biznagas, los vecinos no han logrado aún que ninguna autoridad tome seriamente cartas en el asunto.

No se amedrentan, igual, porque han sobrevivido décadas conviviendo con los abusos de un grupo que tiene los favores de la autoridad y el respaldo de una ley, que permitió la tala. Ellos, mientras tanto, explican que no les queda más que pelear por un pedacito de esa tierra que siempre ha sido suya, aunque no tengan, ellos tampoco, ningún papel de propiedad. Porque desde que nacieron, los cerros han sido su casa, el aire que respiraban libre, la supervivencia de la madera seca y las plantas aromáticas que aprendieron a usar y a dejar crecer.

La noche en La Calera, Guanajuato. Lugar donde el pretexto de la propiedad privada, Manuel Loyola pretende expulsar al resto de los comuneros para avanzar con la explotación de los recursos naturales del lugar: ya talaron de manera desmedida 20 mil ejemplares de biznaga gigante, una planta protegida, y ahora avanzan en la explotación de un cerro de lutita gris.

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