El terror de vacacionar en Acapulco


I

Esmeralda me propone que en nuestro día libre vayamos al mar. De entre los ocho kilómetros de la bahía de Acapulco, elegimos playa Papagayo. La escogemos con la esperanza de no batallar por un espacio para asolearnos, ni para estacionar el auto.

Nunca me ha gustado la playa y sus menesteres. No es lo mío. Desconozco bajo qué efectos andaba la mente que instituyó aquello de que “en el mar, la vida es más sabrosa”. Para mí ese cuerpo de agua no es sinónimo de descanso. Menos ahora, que está llena de soldados y policías de todo color y sabor. No es para menos: Acapulco es la meca del turismo nacional, peor también, la segunda ciudad más peligrosa del mundo.

Pero Esmeralda insiste y con las mujeres uno tiene la última palabra: “Sí mi amor, lo que tú digas”.
Estoy en mi único día de asueto a la semana y en plena temporada vacacional de verano. Lo cual no augura cosas buenas.

Tardo media hora en hallar un lugar para el coche. Cuando finalmente encuentro un espacio, una parvada de viene-viene cae sobre mí. Todos hablan al mismo tiempo. Que si lo cuidan, que no me preocupe, que no le pasa nada. Abren las puertas para que bajemos. Uno coloca un cartón sobre el parabrisas, como si lo más valioso del auto estuviera bajo el tablero. Trato de decirles amablemente que no necesito de sus servicios, cuando otro empieza a lavarlo por la cajuela. Me acerco tragándome el coraje que se mezcla con el sudor y le digo que lo acabo de lavar un día antes. Justo cuando acabo la frase, lanza un jicarazo de agua con jabón. Respiro hondo para que la muina no me invada. Pero siento su sabor agridulce en la boca. Tranquilo, me digo, es mi día libre, no lo gastes en corajes. Dejo que siga lavándolo y me encamino hacia la bendita playa.

II

Playa Papagayo forma parte del Acapulco tradicional, el cual comprende desde Caleta hasta una gigantesca bandera que es punto de reunión de los jóvenes aficionados a las bebidas espirituosas (de ahí el penetrante olor, puesto que no hay baños cerca). Esta zona es la parte más antigua de la ciudad: empezó a desarrollarse entre los años 30 y 40, cuando el puerto contaba ya con algunos servicios urbanos y de comunicación (campo de aterrizaje, agua potable y carretera desde la Ciudad de México). Fue en esa época cuando comenzaron a planear el proyecto de convertir al bellopuerto en el primer desarrollo turístico de México, lo cual no se logró, como podrá notar cualquier ciudadano con sentido común.

En el Acapulco Tradicional se localizan los primeros hoteles y casas de huéspedes; además, el turista podrá conocer de primera mano algunos de los oficios acapulqueños más tradicionales: pescadores, cebicheros, dealers, prostis y briagos.

III

Sigo a Esmeralda, que camina delante de mí en busca de un lugar para extender una toalla y asolearse durante un lapso suficiente para motivar un cáncer de piel. El sol pega en cada objeto o ser vivo que es bañado con sus rayos. Yo voy detrás de ella con una hielera y una maleta que lleva todos nuestros tiliches propios de un día de playa: chanclas, crema, bronceador, bañador, trajes de baño, toallas, mudas de ropa, gorras, lentes, cámara fotográfica, teléfonos celulares, carteras, llaves, cigarrillos, cosmetiquera, espejo, zapatos y demás cosas que no recuerdo, pero que pesan como mochila de soldado.


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Para los 60 minutos que llevamos ahí, ya he sudado como si participara en un maratón. La arena metida en mis tenis empieza a darme lata y amenaza con provocar unas ampollas. Para colmo de males, la playa está a reventar: señoras, señores, niños, abuelos, chavos, chicas, gringos, negros, gordos, chaparros, flacos, pálidos, amarillos, greñudos y demás fauna entra y sale de entre el oleaje más tranquilo de toda la bahía. Abro mi primer cerveza para refrescarme, la cual termino de dos tragos. Sobre la arena hay castillos que los niños no terminan; basura de todo tipo y nacionalidad; juguetes que parecen empanizados; figuras inflables de precios variados; sillas de todo tipo para no colocar las posaderas sobre la ardiente arena; grabadoras que tocan los últimos éxitos del momento; hieleras rebosantes de líquidos (de preferencia, con piquete); cientos de abdómenes de lavadora (no lavadero) asándose bajo el astro rey; decenas de contribuyentes enterrados por sus hijos para olvidarse de la realidad y uno que otro par de agradables glúteos femeninos agarrando color.

Si a eso le agregamos las huestes de vendedores ambulantes que ofrecen desde los productos y servicios tradicionales de toda playa (cebiche, pescadillas, cocteles, paseos en lancha, lentes, masajes, sandalias, trencitas, trajes de baño, hamacas y no sé qué tanta madre más), hasta mercancía que me asombra ver en estos lares (donas bañadas en chocolate, tamales oaxaqueños, complementos alimenticios, galletas naturistas, joyería, papel amate, merengues, juguetes chinos, esculturas de madera, artesanías de piedrería, sombreros vaqueros y lo que se le haya ocurrido hoy al ambulantaje).

IV

Finalmente hallamos un espacio para tender una toalla. Esmeralda se acuesta para tomar el sol. Yo me quedo sentado con los pies recogidos para no colocarlos sobre la cabeza de un señor de panza peluda, bajo la cual se oculta un traje de baño color rojo. Atrás de nosotros, una familia alrededor de un anafre espera a que unas cacerolas se calienten. A mi izquierda, cuatro niños juegan con la arena y unos vasos vacíos, al parecer, desechados por sus padres, quienes ingieren cubas de Bacardí blanco. A la derecha, una runfla de jóvenes acapulqueños disfrutan de sus últimos días de vacaciones; tienen una hielera repleta de esa cerveza con olor y sabor a orines, y una grabadora que toca un tema de Los Karkiks.

El bullicio es infernal. Abro otra chela, trato de relajarme y disfrutar de ese día de playa. Pero en estas circunstancias, descansar es más complicado que ubicar dónde está el Chapo Guzmán. Humo de un lado, ruido del otro y arena salpicada por los niños hacen que lo que restaba de mi buen humor se vaya con el sudor que limpio de mi frente, de mis brazos, de mi barriga y de todos lados. Esmeralda está como si nada en su baño de sol: cuando las mujeres logran su cometido, pocas cosas las hacen enojar. Los Karkiks cantan a ritmo de charanga una tonada rapidísima que durante tres minutos y 17 segundos sólo dice: “Arremángala, arrempújala/ arremángala, arrempújala/ arremángala, arrempújala…”

Luego de nueve cervezas el ambiente es peor: el alcohol y el sol están a punto de derretirme; no he podido leer ni una página del librillo en turno porque los niños han extendido su zona de juegos hasta mis rodillas; ya he aprendido las letras de todo el disco de Los Karkiks; la frase “no gracias” la he pronunciado unas 245 veces a cada vendedor que se acercado a mí; siento punzadas en la piel producto de las cinco horas bajo los rayos ultravioleta que tanto atemorizan a Green Peace y en mi estómago hay una rebelión como la de Venezuela, a consecuencia de un vuelve a la vida de dudosa procedencia que me comí hace 90 minutos.

La gente a mi alrededor se ve feliz, aunque posiblemente padezcan todos mis malestares. Esmeralda voltea a ver mi cara, que para esta hora debe ser igualita a la del Tuca Ferreti cuando está emputadísimo. Se compadece de mí y ordena la retirada.

Al llegar al auto me esperan más perlas: parece que fue lavado por mi sobrino de 3 años, con la diferencia de que él no me cobraría 100 pesos; además, la “propina” al viene-viene asciende a 30 varos. El coraje me invade. Voy a explotar como palomita de maíz y mandaré a la goma todo lo que se me atraviese. Sin embargo, como sin ganas, empiezo a contar hasta diez para buscar un poco de sosiego. Justo en eso escucho la voz de mi mujer.

“Vámonos”, me dice Esmeralda, “empiezo a hartarme”.

“Sí mi amor, yo también”. Le respondo.

@balapodrida

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