Salón Los Ángeles: 80 años de música, baile y amor


Ramón Cedillo y su Big Band

Mi instrumento es el saxofón. Empecé con una orquesta, —la de Pepe Luis y su orquesta universitaria—, era jovencito, tenía 19 años, era 1964. Tocaba saxofón barítono con esa orquesta pero no tenía saxofón, lo alquilaba por 10 pesos y 5 la boquilla. Lo rentaba en un taller donde arreglaban instrumentos.

De mi sueldo, que en aquel entonces que eran 60 pesos, 15 eran para pagar alquiler. Luego, como estaba joven, tenía harta chamba y me compré el mío. De ahí me fui al Teatro Blanquita, luego con Pérez Prado, Pablo Beltrán Ruiz y más orquestas de aquel entonces.

Finalmente hice mi banda. Tocamos grandes bandas, como las de Glenn Miller. Mi orquesta de hoy va con 14 músicos, es de lo mejor que hay en México.

Fernando

Desde 1988 estoy acá. Vi a Celia Cruz, Benny Moré y Carmen Salinas. Era un aniversario, se sentaron atrás. En una sola mesa, los tres. Es algo que no se ve. Estaba yo chavillo. Dije “qué nervios. Tienes que dar el mejor servicio porque es Benny Moré”, y pensé, “¡ay, en la torre! y ahora ¿Qué hago?” A nosotros casi no nos dirigían la palabra, sólo me decían “gracias”.

Era de mis primeros pininos, así me que me mentalicé: “Bueno, voy a matar los nervios y esforzarme, a dar lo mejor de mí, atenderlo y estar aquí”. Ese día estábamos sirviendo comida, fue un aniversario para el personal del salón, pero estábamos dando de comer carnitas de barbacoa y pollo. Tomaron refresco. Estaban platicando sentados. No había música, pura comida, era como a la 1PM.

Me he familiarizado con los clientes. “Oye, Fer, ¿y mi pareja?”, me preguntan. “No pues ¿qué cree? Que yo vengo a trabajar no a ver quién está, no me preguntes”, les digo. También soy tianguista en Tecamac.

Hay una rumbera que llega, original, la señora debe tener como 90 años y todavía le entra al bailongo. Luego ves a los pachucos que con bronca se pueden bajar del taxi, ya no pueden caminar, pero suben al baño, se transforman y parecen pirinolas acá abajo. “¿No qué no se podía mover?” Como llevamos una bonita amistad, se los digo.

Jesús Chucho Escobar Guzmán

“El mejor mesero, nuestro maestro”, según Fernando.

Todos nos echamos la mano. Somos una familia, ya de tantos años. Aquí era una bodega de carbón. El señor Nieto, esposo de la señora, fundó el salón. Vi a Tongolele y a Cantinflas, que vinieron a bailar. También a Resortes y a los mejores salseros que han venido a México: Frankie Ruiz, Celia Cruz, Eddie Palmieri, la India de Oriente, todos los que están en los cuadros de la pared han pisado el salón.

Empecé trabajando tirando basura en el mercado de Jamaica, también vendía chicles, paletas, di grasa, vendía chocolates, billetes de la lotería y luego, a la edad de 14, me salí de la casa y ahí andaba yo. Todo el norte lo recorrí, regresé y me metí a una cantina en Tacubaya a trabajar con mi papá, que en paz descanse.

Ahí me inicié en este empleo. Unos señores de hoteles me llevaban a banquetes, luego trabajé en la refinería de Azcapotzalco. Aquí llegué a los 19 años. En ese tiempo todas las noches eran bonitas. Para mí fue una novedad. Se vestía la gente de lo que es: un pachuco, todo eso. Bailaban danzón, chachachá y swing.

Éste es el salón con más tradición, con más años. Ya cumple 80 años. Llevó 40 años aquí, más o menos. La gente pide cerveza y refresco, es lo que más se vende, uno que otro tequilita, güisquito, piña colada o Torres. Como es martes, muchos trabajan al otro día. Por eso dicen: viernes social, sábado sexual y domingo familiar. Todos los días es bonito. Algunos clientes los conozco desde hace 30, 35 años.

Aquí también me enamoré. La conocí en Tepito. Un día preguntó en la puerta: “¿’Onde está Jesús?” “Allá está”. Estaba en mi área y la senté. Tomó un refresco. Ella se llamaba Rocío. No bailábamos, paseábamos, para arriba, para abajo, de excursión. En mi tiempo libre me gusta caminar, pasar el tiempo. Cerca de mi casa, me agarró caminando. Y aquí toda la vida he caminado.

Pachuco Nereidas

Mis tatuajes dicen “Zoot Suit” por la película de Nueva York de Luis Valdéz y Pachucho Nereidas. Dolieron hasta el alma, pero tengo más íntimos que no te voy a enseñar, esos sí dolieron para que veas, esos sí están cabrones.

Un Pachuco es ser armonía, ser alegría, ser baile, estar en comunión con la gente. No escogí ser pachuco, esto ya es de sangre porque mi padre fue de la primera generación de los pachucos en Los Ángeles, California.

Él va a cumplir 90 años, es hijo de padre estadounidense y madre mexicana. Vivió los disturbios del Zoot Suit en Los Ángeles, él vestía de esta forma, a mí me corresponde como tercera generación.

Mando a hacer mis trajes con un sastre especial, no cualquiera los hace, tengo uno de Tijuana y otro de Irapuato. Él viene, hace los trajes, tienen que hacer cinco o seis, y después se retira. Yo represento a los pachucos en México y Latinoamérica, lo hago por seguir peleando, porque no se pierda esta bonita tradición de los pachucos. Llevo 38 años con esto. Todos los días con los mismos trajes.

Soy bailarín de Café Tacuba, Maldita Vecindad, Panteón Rococó. Swing, boogie, tango, el que quieras. Pero para conquistar a una dama: danzón, por supuesto. Nereiras es mi danzón favorito. Por eso uno de mis tatuajes dice Pachucho Nereidas.

Mi primer baile lo aprendí a los cinco años, fue Rock and Roll. Lo que más me gusta es bailar y tener amigos como ustedes, preguntones.

Al bigote le doy mantenimiento cada tres días. Lo más difícil de ser un pachuco es ser tú mismo y que la gente te acepte, pues te genera problemas. Une y separa familias. Esto [señala un broche a la altura del corazón] es la representación de mi padre, es una perla con brillantes marquis y una media luna que es el sueño de un pachuco con alegrías, tristezas y lágrimas. De corazón te brindo mi amistad, mi respeto y mi cariño.

La cadena representa el yugo estadounidense. Es el resultado del migrante campesino al pueblo estadounidense, los braceros. ¿Por qué lo representamos con esto? Por la atadura, el yugo, la forma de tratar al mexicano del pinche gringo, lo tiene atado en chinga, y lo representamos con un reloj ferrocarrilero que fue el primer trabajo del pachuco, echarle carbón a las locomotoras. El trabajo más rudo. Por eso larga, se llama leontina. Con tres nudos, por cada una de mis hijas.

Si eres pachuco original debes hablar bien la tatacha y el espanglish, manejarlo al 100, los modismos, toriquear y ser un chingón para el baile, aquí y en China, y lo más principal, para los putazos también. Porque luego llegas con tu jaina y no falta algún cabrón que “órale”. Aquí se respeta.

Roque

Mi mujer se enoja porque siempre vengo al salón de baile. No nada más a Los Ángeles, sino a cualquier otro salón de baile. El problema que tengo con ella es que siempre me dice “andas con una, andas con otra”, y no. Le digo: “mira, tú crees que vengo a estos salones para conseguir pareja porque ya no me llenas, pero estás equivocada”. Uno viene aquí a desconectarse de la realidad. Al momento en que tú agarras una pareja y te pones a bailar, es otro mundo. Bailas y te pones a divagar dentro de los pasos de baile.

Yo traigo mi grupo de gente. En nuestro caso, le ponemos grupo Rockefeller. Ese grupo es, no sé, ¿cómo te puedo decir? ¿Has escuchado alguna vez a Acerina y su danzonera?

Esa danzonera, que es la primera danzonera de todo Latinoamérica, la mejor para algunas personas y en lo personal para mí también, formamos un grupito. Y ese grupito lo llamamos grupo Rockefeller.

Bebo güisqui y vodka porque el vodka hace que no huela. El güisqui sí, pero el vodka como que relaja un poco más. El grupo Rockefeller, te puedo señalar quienes son, los mejor vestidos de todos aquí. No hay más.

Teresa

Tengo 15 años viniendo a bailar. Soy viuda. ¿Sabes cómo es el arte de la seducción? De repente digo “quiero bailar con el señor”. Me acerco y le pregunto “¿quieres bailar conmigo?”

Jamás me han dicho que no. Es una garantía de este lugar, que todos los que vienen saben bailar. Me gusta mucho el son, los pasos dobles. También las sonoras, soy bailadora de corazón.

Luego me dicen “ay, dame tu teléfono”, pero, “¿cómo pa’ qué?”. “¿Nos volveremos a ver?”, “¿pa qué?” Éste es el lugar, éste es el centro. Ya lo demás nada más pervierte las relaciones de baile, que son tan lindas. Nada más te cambiaste, te arreglaste y vienes con la disposición de bailar y pasar un súper rato.

Billy Graham

Mis padres eran ingleses. Yo nací en Cuba. Llevo como 35 años en México. Vine por una semana, iba para Estados Unidos y me quedé. Estaba con eso de las mujeres. Para conquistarlas las miraba, les decía cosas bonitas y las respetaba.

Soy músico, cantante y compositor. Hay dos fotos mías en la pared, están pegadas en el muro que está enfrente. Mi cantante favorito es Benny Moré.

“Cuando te encontré, yo estaba perdido y cuando te besé, me sentí perdido, porque estaba solo, triste, abandonado, pero llegaste tú y me sentí salvado”. La compuse yo, tengo muchas más.

Me inspiro en cualquier cosa. Tenía una mujer, salió mal. ¿Qué invento? Hice la idea de la canción. Primero le puse “Te encontré”, pero después dije no, está mal ese nombre, así que le puse “Perdido te encontré”. Y ya quedó esa canción. La canto con mi grupo Billy Graham y su grupo Intercandela, llevamos como unos 20 años. Tenía otro grupo pero cambie, vaya, hay que cambiar.

También he trabajado en películas. Con Mauricio Garcés, era buena gente, vacilador. Alain Delon, y la última que fue con el español Antonio Banderas. De extra. “Mira”, me dicen, “tú tienes que pasar como si nada, detrás de Banderas, como un transeúnte”. La película se llama Dancing in the night, pero no ha salido aquí, no la he visto, ya hace más de cinco años. Y al pasar me vaciló, “oye, chiquitico, ¿qué te dice Fidel?” y me reí.

Alejandra

Soy psicoterapeuta. Vengo porque lo llevo en la sangre. Mis padres no están familiarizados con esta música, sin embargo, yo sé por mis abuelos que mi bisabuela era una clienta asidua del salón Los Ángeles.

A mi bisabuela la conocí de los 0 a los 2 años y en ese inter me regaló su piano. Iba a su casa, que es donde vivo ahora, y ahí me sentaba al piano y medio jugaba. Un día dijo “a esa niña, cuando yo me muera, herédenle el piano”. Y desde entonces yo toco el piano y la música es parte de mi vida.

Ella olía a rancio y a Maja, era su jabón, loción. A viejito, pues. Siempre traía el cabello en chongo, le gustaba muchos usar vestido y cuentan las malas lenguas que a pesar de que usaba bastón, cuando tenía reuniones en su casa, tenía un biombo detrás de la puerta. Entonces aventaba el bastón y abría la puerta sin bastón porque le daba pena que sus amigas la vieran ya anciana.

En una ocasión, mi abuelo, su hijo, llegó de trabajar, llegó a su casa, se sentó en la televisión como acostumbraba, y apareció un concurso de baile, “y la pareja número 5, la señora Evangelina…” y mi abuelo gritó “¡mi mamá!”

Y a mi abuelo le daban pena esas cosas. Él se trepó de nivel, de clase. El baile de salón no era muy de altura. Le daba pena que su mamá viniera a estos lugares sola a ver quién la sacaba a bailar. Ella vivió en la Zona Rosa.

El piano era un Yamaha de pared. Empecé a tomar clases y mi maestra compró un piano deshecho y lo restauró, era una pianola. Un día me dijo “lo voy a vender porque necesito varo” y le pedí que fuera a mí. Entonces vendí el piano de mi bisabuela y me quedé con ese.
Lo que sé que heredé de ella es el gusto por la música de salón. A ella le gustaba bailar chachachá, danzón, salsa y a nadie en mi familia le gusta, ni lo baila, sólo yo.

Rebeca

Bailo Son, danzón, mambo, chachachá y todos los ritmos. El danzón es mi favorito, por la cadencia, por esa calma. Te concentras con tu pareja. Es la alegría de vivir. A mí me encantó el danzón porque yo llegué de Alemania. Primero me casé con un alemán, luego con un mexicano, quien me enseñó el danzón y más ritmos. Yo no sabía nada de baile.

Quedé viuda y regresé de Alemania. Entonces una amiga me preguntó: “Oyes, ¿qué haces los domingos?”. “Yo me quedo aquí con mi mamá y voy a misa y eso es todo”. Me dijo: “Te invito a bailar” y acepté.

Fuimos como tres domingos y un italiano que tiene restaurantes en el sur de la ciudad me acaparó. Pero como yo estuve casada con un alemán, pensé: “Ay, no, yo no quiero conocer ningún europeo porque me van a regresar de nuevo a Europa y en México yo vivo de día y de noche”.

“Te voy a pedir un favor”, le dije, “voy a bailar contigo ésta, pero cuando llegue mi amigo me acompañas a mi mesa”. Respondió, “sí, yo te acompaño”. Yo no tenía ningún amigo. Nada más vi entrar a un hombre con saco a cuadros y le dije al italiano: “¡Ay!, ya llegó mi pareja” y me acompañó a mi mesa.

Parece que lo llamé, pues el hombre de saco a cuadros llegó a mi mesa y me invitó a bailar y desde ahí ya no me soltó. Tenemos 26 años de casados. Con él bailo todos los miércoles. El día de la boda bailamos Paul Anka. Gracias a él ahora mis amigas me dicen “¡qué bonito bailas!”

José Luis

Aquí conocí a mi mujer. Yo creo que me echó el vaho. No había bailado con nadie esa noche hasta que la saqué a bailar. Desde ahí no he dejado de bailar con ella.

Mi papá tenía fama de bailador, le decían el chachachá. Desde chiquito hacía pasos, imitaba a los grandes. Yo soy ingeniero químico pero antes, en mi barrio, nunca tuve una amiga, una novia, porque quise estudiar.

Me mantenía del juego, del dominó o de la baraja, pero lo único que me levantaba de la mesa del juego era que había un baile. “¿Saben qué, amigos? Me voy. Lo siento”. Tenía amigos que me invitaban a bailar. Tenía 17 o 18 años. Yo disfruto el baile, es más, me transformo más que mi mujer.

Soy una persona de barrio. Una vez estuvieron a punto de correrme de la universidad, de la facultad de química, porque me encontraron jugando. Pero eso me mantuvo porque mi padre, que era un trabajador ferrocarrilero, no tenía para pagarme la escuela.

Jugaba póker y dominó. Siempre fui un enemigo terrible para los demás. En una jugada, en dominó de pareja, dejé a mi compañero con las siete fichas. Eso es muy raro que suceda. Otra, traía a un jugador a mi izquierda, y en la segunda jugada ubiqué que tenía la mula más grande, la seis doble, y dije “¿sabes qué? esa no va a salir al baile”. Y se lo cumplí, se la ahorqué. Hasta me lo cantó, se quejaba.

Cuando terminé la universidad y tuve mi primer empleo, conocí a un sinaloense, un jugador empedernido. Le encantaba el póker. Yo jugaba para sobrevivir. “Hay que organizar una jugada”, me dijo. Fue en su casa. Nos sentamos a las cinco de la tarde de un sábado y nos levantamos a las siete de la noche del domingo, sin parar. Nos llevaron refrigerios y demás. Ahí dije “no, esto no es para mí. Jugaba para hacerme de recursos pero ya terminé mi carrera, no me la voy a pasar jugando”.

El baile me gusta. Siempre que se puede. El póker ya no me llama la atención, ni he ido a Las Vegas. La vida es como un juego. Tengo un negocio pero el baile es mi baile. Todo es un juego. El baile es un juego de diversión, es la forma como puedes manifestar tu arte.

Don Froylán

Aquí lo regular es que uno encuentra lo fundamental, que es la gente que viene a bailar, a expresarse, y una cosa muy linda del recinto es que en las funciones normales, en una de las esquinas, se ponen muchachas, señoras, y los parroquianos pasan y a la distancia, levantan la mano y las convocan a bailan. Bailan y se regresan sin que haya ningún afán más allá de la danza.

Comencé a bailar porque mis papás eran músicos, no profesionales, entonces de niño, yo oía música pero las danzas que ahora bailo las aprendí cuando vine de mi tierra, San Luis Potosí, para acá. Me quedé pasmado al oír otra musicalidad. Porque en casa era Mozart, algo de Beethoven, clásica europea. Yo corrijo mucho porque la gente dice “clásica” pero no, es clásica europea, porque un mariachi, un bolero, también son clásicos. Clásico quiere decir perfecto. Entonces hay música clásica ranchera, bolero.

Mi héroe es Chesterton, el inglés, tanto que [Julio] Scherer me pidió que escribiera y me puse Gilberto Keith. No tengo una historia de traición personal. El cine me fascina. Me gustan mucho las producciones musicales. Porque soy musical y me gusta. Cuando voy a Nueva York voy a oír musicales. A eso voy. No me meto todo el día porque no funcionan todo el día.

Lo bueno de éste ya muy añejo lugar es que la gente viene a bailar en primera instancia, no a ligar, a bailar.

María Eugenia y Manuel

María Eugenia: Lo que más nos gusta bailar es danzón. Nos conocimos en el baile.

Manuel: Cuando era joven no me dejaban entrar aquí porque no tenía los 18 años ni cartilla. Hasta que los cumplí y tuve cartilla me dejaron entrar. No sólo aquí, sino a todos los salones de baile que había en México. Eran bastantes. En cualquier colonia había salones de baile. Todos los ritmos, que en ese entonces los jóvenes, aprendíamos.

Hoy tengo 67 años. Nunca he dejado de venir. Cuando por motivo de trabajo no podía, ni modo, tenía que aguantarme, pero cuando podía, toda la semana era de baile para mí. En diferentes salones. Pocos quedan de tradición. Mi refrán favorito es “no hay mal que por bien no venga”.

Tenemos cinco años de conocernos. La primera vez que la saqué a bailar fueron unas canciones de la Matancera. Soy trabajador del IMSS retirado. Me gusta todo, la vida del baile, porque es muy completa. Hace uno ejercicio, mueve todo el cuerpo, el oído, la música, la vista. Uno sin bailar igual se divierte viendo a las personas.

María Eugenia: La de “El loco”, de Javier Solís, es nuestra canción favorita. La sonora Santanera le hizo un arreglo. Yo se la canto a él, porque estoy loca por su amor.

Manuel: A mí me gusta una melodía que casi no es popular, se llama “Sixto el Caramelero”. Esa la tocaba la Sonora Matancera en sus primeros inicios, porque es muy completa en ritmo, muy alegre, muy movida.

María Eugenia: A mí me gusta porque él es mi caramelito. También le digo amorcito.

Manuel: Antes era más elitista el baile. Aquí en el salón Los Ángeles, si usted no traía mínimo saco y zapatos no lo dejaban entrar. Había que venir más o menos arreglado, ahora ya no hay de eso, entra toda persona como puede, como viene y no hay problema.

Los demás salones pues sí, dejaban pasar a la gente. Pero los que ya bailábamos, y como conocíamos el ambiente, siempre nos gustaba venir bien alineados: traer más o menos una buena ropa, buen calzado y saber bailar, para que las mejores damas bailaran con uno, las más guapas, las mejor vestidas y las que mejor sabían bailar. Con esa situación uno podía escoger parejas, las que uno quisiera.

La noche que más hemos bailado es como esta noche. Vamos a bailar hasta que se acabe.

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