Pedí a un consejero de parejas que analizara mi primera cita


He observado que, tanto entre mis amigos como entre mis contactos en redes sociales, predomina la idea de que si sigo soltera es porque hay algo equivocado en mi forma de abordar las citas.

Pese a que no tengo un prototipo de hombre ideal, casi todas mis breves incursiones en el mundo de las citas suelen acabar de la misma forma: con el tipo desaparecido en combate y sin dar señales de vida. Con estas pruebas sobre la mesa, no me extraña que la gente piense que la estoy cagando de algún modo. Sin embargo, por mucho que me devane los sesos intentando encontrar la causa de este problema, no logro dar con ella.

Obviamente, es un tema que me preocupa, hasta el punto de que decidí ponerme a prueba y averiguar de una vez por todas quién es responsable de mi triste vida sentimental: yo o la interminable lista de tipos inmaduros y emocionalmente inaccesibles que parecen vivir en mi ciudad, Los Ángeles.

Puesto que probablemente yo no sea la persona más objetiva para analizar mi comportamiento, decidí recurrir a terceros, concretamente, a Alan Dybner, psicólogo especializado en asuntos familiares y de pareja.

Dybner accedió a escuchar una grabación que le entregué en la que había registrado mi primera cita con Johnny Love, un sujeto al que conocí a través de unos amigos. Eso sí, Dybner quiso que quedara bien claro que aquello no podía considerarse una sesión de terapia ni yo era oficialmente su cliente.

Como decía, tuve un cita. Johnny fue agradable y me hizo sentir cómoda. Se veía como un tipo seguro y no le importó que grabara nuestra charla, lo cual sumó puntos a su favor. Bebimos, pero no demasiado. La conversación fluyó. Me pareció atractivo físicamente, aunque era distinto al perfil de chico que me suele atraer. Estaba en forma, se notaba que se la pasaba en el gimnasio. No llevaba ningún tatuaje de Los Simpson, ni vino en patineta, ni me pidió que echara un vistazo a su página de Soundcloud. Tampoco era actor, ni humorista ni escritor. Más puntos positivos.


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La cosa fue bien, aunque en general, más que una cita romántica, parecía que fuéramos dos amigos que hubieran quedado para cenar. Quizá una tercera persona viera nuestro encuentro de forma distinta a cómo lo vi yo, ¿quién sabe?

Días después, me reuní con Dybner para escuchar juntos la grabación; aquellos fueron probablemente los 90 minutos más violentos de mi vida.

Al reproducirla de nuevo, me di cuenta de que me había olvidado de casi toda la conversación. Había mucho de charla trivial típica de las primeras citas, sobre nuestros trabajos y aficiones, y cosas así, pero también hablamos largo y tendido sobre el fetiche de la gente que se disfraza de animales de peluche, historias horribles de chaquetas que salieron mal y mi pasión por el cunnilingus.

Dybner y yo hablamos de la cita teniendo presente la pregunta que siempre pesa sobre mi cabeza: ¿soy yo el problema?

Se veía como un tipo seguro y no le importó que grabara nuestra charla, lo cual sumó puntos a su favor. Bebimos, pero no demasiado. La conversación fluyó. Me pareció atractivo físicamente, aunque era distinto al perfil de chico que me suele atraer

Primero hizo una valoración del encuentro. “Parece que la pasaron bien”, sentenció. “Los dos se rieron mucho y estaban animados. Parecía que había cierta conexión”. Me preguntó qué opinaba yo, y le dije que la pasé bien, pero que no sentí esa conexión de la que hablaba, porque no hubo casi contacto físico ni flirteo. Supuse que no le había gustado y yo también cambié el chip.

“¿Diste por sentado que él no estaba interesado y tampoco le hiciste saber que tú sí lo estabas?”

“Sí”.

“¿Por qué?”.

“Porque no hizo ningún gesto, y yo necesito ese tipo de señales. Al menos una vez a partir de ahí puedo tomar la iniciativa”.

“¿En ningún momento te planteaste que tal vez él pensara lo mismo?”.

“No”.

“Podrías haber sido tú la que tomara la iniciativa, en lugar de suponer que a él no le gustaría”.

El miedo a dar el primer paso es muy común entre la gente. No solo me pasa a mí.

“Estás sobrevalorando el riesgo de que te rechacen y te estás subestimando”, señaló Dybner. ¿Su recomendación? “Arriésgate. Y si no funciona, acéptalo. No es malo sentirse dolido de vez en cuando. Lo superarás”.

“La introspección es el primer paso”, continuó diciendo, “pero también hay que actuar, y eso es más difícil”. Para empezar, Dybner recomienda tomarse un momento durante la cita —quizá mientras vas al baño— para analizar mis sentimientos hacia la persona con la que te has citado. ¿Me gusta esa persona o quiero gustarle? Si me gusta, ¿qué puedo hacer para demostrárselo?

Por alguna razón, nunca se me había ocurrido que mi cita podría sentir los mismos nervios y la ansiedad que yo. Suelo caer en el error de pensar que yo soy la que tiene que hacer el esfuerzo de ganarse al tipo con el que he quedado, y cuando no hay contacto físico o no quedamos más veces, concluyo que no estaba interesado en mí.


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Tampoco ayuda que, al menos en las citas heterosexuales, las mujeres por lo general están condicionadas para esperar que sea el hombre el que tome la iniciativa. Siempre he intentado desprenderme de esa forma de pensar, y en la mayoría de los demás aspectos de mi vida sentimental, lo he conseguido.

Pero cuando conozco a alguien, todavía no soy capaz de reunir el valor que demuestro, por ejemplo, cuando le exijo al tipo con el que estoy cogiendo que me coma lo de abajo. Es difícil reunir ese valor en una cultura en la que una mujer que le envía un mensaje a un chico que le gusta fácilmente puede considerarse “un poco pesadita”. Siempre existe esa presión para reprimirse por miedo a parecer que estamos dispuestas a comprometernos a la primera de cambio.

Cuando conozco a alguien, todavía no soy capaz de reunir el valor que demuestro, por ejemplo, cuando le exijo al tipo con el que estoy cogiendo que me coma lo de abajo

Pues ¿saben qué? Yo sí quiero comprometerme a la primera de cambio. Quizá el problema sea mi insistencia en quedar con hombres que necesitan tomarse su tiempo para estas cosas. ¿Soy de las que siempre se enamoran de tipos inaccesibles? Si es así, entonces está claro que el problema soy yo, ¿no?

“No es justo que asumas la culpa de todo”, repuso Dybner cuando le expliqué este razonamiento. Coincidió conmigo en que Los Ángeles es una ciudad especialmente complicada en lo que se refiere a citas. “Mucha gente está más centrada en su vida profesional que en la sentimental”, dijo. También sugirió que quizá estaba muy cómoda siendo soltera.

Ahí es donde tengo un conflicto interno. En el fondo estoy convencida de que estoy abierta al amor y, sin embargo, pocas han sido las veces en las que he estado siquiera cerca de alcanzarlo. En cierto modo es cómodo perseguir al hombre inalcanzable, y el hecho de que este tipo de hombre sea el predominante en la ciudad en la que vivo hace que me sea todavía más sencillo vivir en esa zona de confort.

Tal vez estoy evitando a los chicos que estarían dispuestos a ir un paso más allá, por miedo a enfrentarme a la realidad de sentar cabeza. Dybner me explica que es algo muy común que la gente encuentre rápidamente algo que no le guste de una persona y lo use como pretexto para romper con ella.


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Las cosas fáciles nos asustan. Nos invade la baja autoestima y pensamos cosas como: Este tipo tiene que tener algo malo si está tan interesado en quererme tan rápido. Es que, a ver, ¿sabe cómo soy? ¿Sabe que escribo artículos diciendo que no me gusta hacer mamadas? ¿Qué clase de enfermo querría estar con una mujer así?

Está claro que hago cosas mal, pero bueno, como todo el mundo. No sabemos cómo gestionar nuestros miedos. Y la toma de conciencia no es suficiente para resolver el problema. Hay que tomar medidas, y eso es lo complicado. Supongo que ahora me toca trabajar ese aspecto. Hacer algo distinto, en lugar de repetir siempre lo mismo y esperar resultados distintos.

A lo mejor me precipité al pensar que no le gustaba a Johnny y debí esforzarme por quedar con él una segunda vez. De hecho, es lo que voy a hacer. Si todo lo demás falla, quizá la solución sea largarme de esta ciudad.

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