Adiós Rius, quien me hizo alérgico al PRI


El primer acercamiento con este señor fue en lo que mi padre llamaba su estudio. No había tal en nuestra pequeña casa de interés social, sino que era un conjunto de tres libreros repletos de publicaciones de todo tipo, junto a nuestro comedor. Había libros educativos, científicos, paranomales (la fabulosa revista Duda), literarias y algunas enciclopedias. Mi padre era un lector más bien raro: llevaba a la casa lo mismo El conde de Montecristo, que La familia Burrón.

Yo todavía era un niño. De manera inocente, comencé a leer unos tomos repletos de monitos. Su título, Los Supermachos, me hizo suponer que encontraría historias fantásticas. Pero no fue así, más bien, me topé con diálogos simpáticos y a la vez inentendibles para mi edad (con los años, le reprocho a mi padre no haberme acercado a Cucurucho y tío Rius). Lo que sí me quedó marcado era el estilo malhecho de aquellos dibujos. Como todo niño, me gustaba hacer garabatos y los monos de Rius me parecieron de los más fácil. Esta ha sido de las equivocaciones más genuinas de mi vida.

Pasó una década e ingresé a la Universidad Autónoma Chapingo. Ya tenía 14 años y fue la primera vez que viví lejos de mis padres. Nunca volví con ellos.

En Chapingo hice el primer año de preparatoria. Debo aclarar que yo ni siquiera sabía de la existencia de esta escuela. Fue mi padre el que casi casi me obligó a estudiar para el examen de admisión. Él decía que la única herencia que pensaba dejarme, sería la escuela. Supongo que esta máxima alumbraba miles de casas de esa época. Lo que mi padre no sabía, era que Chapingo fue determinante, no por lo académico, sino porque me enseñó a vivir y me acercó a lo que años después sería mi oficio. Aunque no egresé de Chapingo, mi padre puede descansar tranquilo en su tumba: mi estancia en Chapingo me llevó a lo que hasta ahora me da de comer.


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Era demasiado joven cuando llegué a Chapingo. En mi condición de provinciano, me parecía una escuela enorme (aunque no lo era). Reunía a gente de todo el país. Tenía una intensa vida social, cultural, académica y laboral. Pero lo que más me gustó fue su biblioteca.

En aquel tiempo no existían los teléfonos celulares, ni el internet. Las distracciones eran otras: comprar revistas, hacer deporte, beber o ir a la biblioteca. Yo opté por los últimos dos. Esos pasatiempos me ayudaban a mitigar la nostalgia por el hogar. Me agradaba acercarme a este edificio ubicado entre densos jardines. La afluencia de usuarios era numerosa. El préstamo de libros era de lo más común y los temas de consulta, variadísimos. Fue en esta etapa en la que me volví lector en forma y también, donde conocí plenamente el volátil carácter del alcohol.

En Chapingo, sobra decirlo, el pensamiento marxista estaba muy cerca de la hegemonía. Sin embargo, los gustos musicales variaban según el lugar de procedencia: los estudiantes del norte escuchaban corridos; los del noreste, banda; los del bajío, gruperas; los del sur, charangas o cumbias; los chilangos y mexiquenses, rock. La Universidad era un caldero inmenso donde confluían músicas, regionalismos, costumbres, vestuarios, creencias y comidas. El ambiente era rico en fiestas, conciertos, obras de teatro e interacción.

Fue en Chapingo donde me volví a topar con Rius. La biblioteca central contaba con un extenso repertorio del caricaturista. Además, entre los estudiantes, sus libros eran prestados a discreción. Entonces sí pude disfrutarlo plenamente. Esta vez, comprendí a cabalidad hasta el sarcasmo de la contraportada: Junto a un dibujo que más bien parecía garabato, estaban las “noticias frescas del autor”. Ahí se describía como un “monero con pretensiones”, de poco pelo, “ojos azules con ceguera nocturna” y apenas unos estudios de pintura.

Rius gozó de fama y prestigio. Pero su ganancia más valiosa fueron sus ejércitos de lectores: por todo el país, sus libros se venden y pasan de mano en mano.

Rius era una especie de Pictoline impreso en la etapa pre-internet. Explicaba con manzanitas temas tan enredados como socialismo, capitalismo, imperialismo. Sus libros eran extensas monografías (divertidísimas, por cierto) sobre la revolución cubana, mexicana o rusa. La democracia, partidos políticos y religión eran esclarecidos al máximo, algo que la SEP y no pocos periodistas deben envidiar.

Siendo estrictos, lo que Rius hacía en cada libro es como un ensayo ilustrado. Con un hilo narrativo digno de novelista (en una entrevista dijo que Abel Quezada le sentenció que terminaría como novelista), desarrollaba temas en decenas de hojas. La cantidad de texto e imágenes dependía de él. Eso sí, nunca faltaba la bibliografía de los libros mencionados, por si queríamos ahondar en el tema.

Se sabe que en su juventud fue seminarista, lo cual lo llevó a profesar un ateísmo con influencias cristianas. Él mismo reconocía que hasta cierto punto era cristiano, pero de un cristianismo muy a su modo, sin golpes de pecho ni dogmas, “la religión debe de ser un contacto con el mundo, es decir, debe de demostrar su comportamiento con el prójimo”, decía.

Después de un pésimo año académico, pero una gran época de lecturas, salí de Chapingo. Gracias a ese tiempo pude conocer muchos recovecos del Estado de México y el Distrito Federal, pero no logré aprobar tres materias fundamentales para la preparatoria: álgebra, cálculo y trigonometría. No es que no sepa sumar, pero estas tres disciplinas matemáticas requieren de esfuerzo extra para aplicarlas. Y mi esfuerzo extra estaba enfocado, como ya dije, en el edificio escondido entre densos jardines.


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Rius gozó de fama y prestigio. Pero su ganancia más valiosa fueron sus ejércitos de lectores: por todo el país, sus libros se venden y pasan de mano en mano. Sus apariciones en público casi siempre eran masivas. Aunque sus detractores lo acusaron de adoctrinar incautos con información errónea, lo cierto es que su legado trascendió generaciones. Algo que muy pocos autores mexicanos han conseguido.

Aunque al final de su vida sus libros se volvieron más intimistas, su posición política, anti priísta y ácida, no se movió un ápice. Fundó una de las revistas más divertidas y exitosas de sátira política: El Chamuco, donde reunió a la crema y nata de la caricatura mexicana contemporánea.

Con la muerte de Rius, México pierde a uno de sus caricaturistas más populares, pero también, de los pensadores más claros y honestos. Jamás sucumbió al poder. Jamás cayó en optimismos superfluos (en una de sus últimas entrevistas respondió a pregunta expresa sobre el futuro de México: “es un pobre país que ya no tiene remedio, por más que le busco de buena fe, por dónde podríamos empezar a tratar de cambiar al país y a la sociedad, no le encuentro por dónde”). Mantuvo una posición política sólida, coherente e incorruptible, en estos tiempos en que la filiación se vende en rollos de papel higiénico.

Adiós, monero. Gracias a ti odio al PRI y afortunadamente creo que hay miles de mexicanos igual que yo. Somos hijos de Rius. A su imagen y semejanza. Anunciaremos tu muerte y esperaremos tu resurrección.

Nuestra risa ha terminado.

Demos gracias a Rius.

@balapodrida

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