Visitamos la última dictadura de Europa


En el Aeropuerto Nacional de Minsk, en la República de Bielorrusia, se toman muy en serio el tema de la seguridad en los controles de inmigración. Exceptuando Israel, en ningún otro país habían inspeccionado mi pasaporte tan minuciosamente como aquí.

La funcionaria, una chica con el ceño fruncido y un uniforme verde que le quedaba grande, examinó mi pasaporte con lupa, pasando cada página por un filtro de luz ultravioleta, verificando cada sello y sosteniéndolo junto a mi cara para luego repetir la operación una vez más.

“¿Dónde está su seguro de salud?”, me preguntó con un tono de voz robótico.

Le entregué una carta de mi compañía de seguros, que la mujer leyó de cabo a rabo, tras lo cual concluyó que no era aceptable. Llamó por radio a un compañero, que a su vez me señaló con el dedo una agencia de seguros de salud que había junto a la entrada. Con el nuevo seguro recién gestionado, volví a hacer cola y me sometí una vez más al mismo protocolo de seguridad.

Superado el control, tuvimos que enfrentarnos a la tarea hercúlea de encontrar un cajero en funcionamiento o, en su defecto, una oficina de cambio, en aquellas desérticas instalaciones aeroportuarias. Una vez fuera, fuimos asaltados por taxistas de infinidad de compañías, aunque no había ni rastro de la empresa oficial que ofrece el servicio de transporte desde y hacia el aeropuerto.

Un inicio poco prometedor, aunque no se puede culpar de ello al pueblo bielorruso. No están acostumbrados a recibir turistas y, claramente, tienen dificultades para proporcionar las infraestructuras necesarias para atenderles. De hecho, el 12 de febrero empezaron por primera vez a admitir turistas sin visado de 80 nacionalidades.


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Lo cierto es que tenía muchas ganas de visitar el país. Tras meses viajando por Europa, y a punto de agotarse mi visado Schengen, Bielorrusia se perfilaba como un mundo totalmente distinto al resto de Europa. A menudo llamada la “última dictadura de Europa”, Bielorrusia es un estado de la antigua unión de repúblicas soviéticas encajado entre Rusia y Polonia.

Si bien el bielorruso es uno de los idiomas oficiales, parece que en Minsk —capital del estado, en la que viven nueve millones de personas— la gente no lo habla y prefiere el ruso.

Como les ocurre a otros dictadores, el autócrata de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, no es muy amigo del turismo masivo. Pero como ocurre con la mayoría de economías, al dictador sí le hace más gracia la inyección de dinero extranjero que supone el sector turístico. De ahí que haya decidido permitir el acceso a extranjeros sin visado, aunque con ciertas limitaciones.

Tras abandonar el aeropuerto, encontramos pocos indicios que lleven a pensar que estamos en un país donde se encarcela a los disidentes, se disuelven por la fuerza las protestas pacíficas y se censura a la prensa, y sin embargo aquí ocurren las tres cosas.

No hay retratos de Lukashenko por las paredes. En la autopista se ven más carteles anunciando casinos que mensajes de llamada al orden público. Es más: hay más soldados por las calles de Roma o París que en Minsk, y los pocos que vimos iban desarmados, habían acabado su turno y pasaban el rato cerca del Museo de Arte Nacional.

Como les ocurre a otros dictadores, el autócrata de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, no es muy amigo del turismo masivo. Pero como ocurre con la mayoría de economías, al dictador sí le hace más gracia la inyección de dinero extranjero que supone el sector turístico

Nuestra anfitriona de Airbnb, Svetlana (he cambiado el nombre para evitar que se meta en problemas por alojar a un periodista sin saberlo), era una babushka maravillosa que nos agasajó esa mañana con unas tortitas rusas llamadas blinis y tarros de mermelada de manzana casera. La señora tenía dos gatas a las que adoraba, una de ellas en celo.

“Necesita un hombre”, decía Svetlana. “Ella sabe que tú eres un buen hombre, ¡por eso hace tanto ruido!”. Ahí estaba yo, en la última dictadura de Europa, con una mujer que quería que me cogiera a su gata.

Hola, socialismo. Foto por Jo Turner

El periodo de estancia de cinco días al que daba derecho el visado no dejaba demasiado margen para visitar muchos lugares fuera de Minsk sin un coche. Como mi licencia había caducado y no podía permitirme contratar un guía, decidí quedarme en la ciudad.

Soy consciente de que esta no es la mejor manera de conocer un país; no puedes pasarte cinco días en Toronto y al volver decir, “Estuve en Canadá y está lleno de idiotas”, pero bueno, los visados en Canadá son de tres meses, para que te dé tiempo a viajar de costa a costa, al menos.

Así que no puedo hablar por el resto del país, pero Minsk es increíble. La parte antigua no tiene mucho que ver: un ayuntamiento en reformas, varias iglesias y un puñado de restaurantes carísimos para los turistas. Pero lo realmente interesante es todo lo que gira en torno a este núcleo urbano.

Enormes plazas cubiertas de mármol salpican el centro de la ciudad, y en la plaza de Lenin se alza una estatua del propio Vladimir Ilyich guiando al pueblo hacia la revolución

La mayor parte de la ciudad fue arrasada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida según directrices soviéticas. Interminables edificios gubernamentales que ocupan manzanas enteras están al orden del día.

Pero lejos de ser las monstruosidades arquitectónicas grises y anodinas que pueblan el imaginario colectivo del mundo occidental, la mayoría de ellos son construcciones esbeltas e imponentes. Tienen que imaginarlo, porque tomarles fotos es una de las formas más rápidas de acabar deportado. Enormes plazas cubiertas de mármol salpican el centro de la ciudad, y en la plaza de Lenin se alza una estatua del propio Vladimir Ilyich guiando al pueblo hacia la revolución.

Viajando por los diversos estados exsoviéticos, uno encuentra opiniones muy distintas respecto la disolución del antaño poderoso imperio soviético. Algunos lo echan de menos (Rusia), otros tienen sentimientos encontrados (Moldavia, Kazajstán) y por último, los hay que están encantados de que haya desaparecido (Estonia, Letonia, Lituania).

En Bielorrusia, en cambio, es como si todavía siguiera vigente. La bandera es distinta, pero gran parte de lo demás parece no haber cambiado. La policía secreta, por ejemplo, cuya oficina central se encuentra en praspiekt Niezalienznasci, cerca de casa de Svetlana, sigue llamándose KGB. Los muros de la estación de metro de Oktyabrskaya están decorados con mosaicos que exaltan el socialismo.

Nada de esto ha impedido que McDonald’s, H&M, Coca-Cola y demás hayan abierto establecimientos por toda la ciudad, aunque su presencia pasa casi desapercibida

A ambos lados del escenario del Minsk Boshoi, donde vi una apasionada actuación del ballet Giselle de Adolphe Adam por el equivalente a 10 euros, había martillos y hoces con filigranas de oro. Los funcionarios públicos siguen llevando uniformes verdes, incluidas esas enormes gorras de plato que suelen llevar los generales rusos en las películas de la Guerra Fría. Y yo que siempre había pensado que era una exageración, un artificio de Hollywood. Pues no.

Sin embargo, nada de esto ha impedido que McDonald’s, H&M, Coca-Cola y demás hayan abierto establecimientos por toda la ciudad, aunque su presencia pasa casi desapercibida tras la imponente realidad socialista.

Allí dónde haya exaltación de la Unión Soviética, hay nostalgia de la Segunda Guerra Mundial o la “Gran Guerra Patria”, como también la conocen aquí. A excepción de Polonia, ningún otro país fue tan salvajemente arrasado durante la guerra como los soviéticos, y Bielorrusia, por su ubicación en el extremo occidental, se llevó la peor parte. El país perdió un tercio de la población, entre ellos 800.000 judíos. Maly Trostenets, a 12 kilómetros al este de Minsk, fue el cuarto peor campo de concentración nazi, después de Auschwitz, Majdanek y Treblinka.

Un monumento conmemorativo de la guerra a lo grande. Foto por Jo Turner

Por todas partes hay monumentos conmemorativos de la guerra, y la madre de todos ellos es el Museo de la Gran Guerra Patria. Una enorme cúpula de cristal coronada por una bandera soviética ondeando al viento alberga esta impresionante exhibición, la mejor que he visto hasta ahora. Muchos museos soñarían con tener siquiera una cuarta parte de esta colección. Desde los tanques hasta las armas, los aviones —alemanes y soviéticos—, las medallas, los uniformes y las fotografías… Tres pisos de asombro y sobrecogimiento momificados.

Obviamente, se trata de propaganda: las repúblicas bálticas fueron invadidas y ocupadas, no “incorporadas” a la URSS, como pretenden hacer creer los paneles explicativos. Pero cuando la máquina de guerra nazi asesina a un tercio de tu gente y quema tu país hasta los cimientos, las cosas se ven desde otra perspectiva. En la tienda de souvenirs de la salida pueden comprarse tazas, botellas y caballitos con la cara de Joseph Stalin y las siglas CCCP.

Paseando por la plaza de la Victoria, encontramos un desfile de soldados en formación alrededor de la columna de 38 metros coronada por una estrella roja. Cuando nos acercamos, me di cuenta de que no eran soldados, sino jóvenes uniformados, tal vez cadetes. No conseguí que ninguno de ellos me explicara claramente qué hacían allí. El nivel de inglés de la población, incluso en los puntos más turísticos, es muy reducido, aunque es cierto que yo tampoco conozco ninguno de sus dos idiomas oficiales. Una palabra que sí conocían era “war”, y no dejaban de repetirla. Por lo que finalmente pude deducir, no se trataba de ningún día o celebración especial, sino de una ceremonia habitual.


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Pero no nos engañemos por todo lo anterior: la gente de Minsk también sabe pasarla bien. La OMS ha calificado Bielorrusia como el país en el que más alcohol se bebe del mundo, con una tasa de 17.5 litros de alcohol puro por habitante y año. Por todas partes encuentras vodka y brandy, y los bares están abarrotados de gente bebiendo cerveza y vino. Curiosamente, no se ven muchos borrachos tirados por las calles. Aquí la gente controla incluso con un pedal.

El sábado, en el Palacio de Arte —que de palacio no tiene nada, pues es más bien un centro de convenciones—, se celebraba la Recast Moto Show, en la que se consume mucho alcohol. No tengo ni idea de qué significa “recast moto”, pero al parecer tiene algo que ver con un montón de motos antiguas.

Conocí a una mujer llamada Claudia Liebenberg, una artista sudafricana que pinta acuarelas de motos y que había viajado desde Ciudad del Cabo hasta allí para asistir al evento. Liebenberg se mostró muy aliviada por poder hablar con alguien usando frases enteras.

La OMS ha calificado Bielorrusia como el país en el que más alcohol se bebe del mundo, con una tasa de 17.5 litros de alcohol puro por habitante y año

En la parte de abajo había esculturas de animales de estética steampunk creadas con engranajes oxidados y un montón de jóvenes admirándolas. Fuera tocaban varias bandas de rockabilly con un público entregado formado por familias enteras.

Al otro lado del río, pasada la estación de tren de Oktyabrskaya, justo detrás de la plaza Lenin, se encuentra el Doodah King, un bar que Google Maps prometía que no nos defraudaría. El local tenía la dosis apropiada de humo y mal olor, y pese a que en la lista de bebidas aparecían varios cócteles ingleses y había carteles haciendo bromas sobre el servicio —”¡Cerveza caliente! ¡Comida asquerosa! ¡Mal servicio!”—, el bar era estrictamente bielorruso y ruso, como el resto del país.

¡Cerveza caliente! ¡Comida asquerosa! ¡Mal servicio! Foto por Jo Turner

Actuaban dos bandas y ambas tocaron un repertorio pop punk muy a lo Green Day y bastantes versiones, todo en inglés. No les presté mucha atención, pero puedo entender que para aquellos jóvenes tocar este tipo de música era una forma de rebelión pura y dura.

El lunes, el taxista nos cobró lo que indicaba el taxímetro, en lugar de una tasa fija, por llevarnos al aeropuerto, pero creímos conveniente no discutir con él. No tuvimos que hacer ninguna cola para pasar el control de salida de inmigración, aunque cuando llegó nuestro turno, otra mujer de semblante severo nos retuvo cinco minutos examinando hasta la última página de nuestros pasaportes con una lupa, como si estuviera analizando diamantes. Entiendo que les ponga nerviosos dejar entrar a turistas, pero supuse que nos lo pondrían más fácil a la hora de marcharnos.


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En el bus de camino al avión, conocimos a una chica danesa que estaba visiblemente agitada. “Me pasé de los cinco días de permiso de estancia”, nos dijo mientras daba tragos de una botella de agua. Al parecer, había calculado cinco periodos de 24 horas desde el aterrizaje, cuando realmente había que incluir también los días de viaje. Las autoridades la llevaron a una pequeña sala, le hicieron un montón de preguntas, le registraron el equipaje y le pusieron una multa. Le pregunté cuánto tenía que pagar y respondió que no lo sabía, que suponía que le enviarían la multa por correo.

Me pregunto si llegó a pagarla. Yo no lo haría. A fin de cuentas, cuando eres un paria de la comunidad internacional, tampoco tienes mucha fuerza para obligar a la gente a pagar las multas que impones. La única forma en que podrían cobrarte es si regresas. Yo volvería encantado, pero solo si me dan más días y si me prometen no encerrarme en una fría celda.

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