“No me interesan las etiquetas”: una entrevista con María Riot


“Pareciera que el trabajo sexual es el único trabajo al que se le cuestiona moralmente”, me explica María Riot, una argentina de 25 años que además de ser trabajadora sexual, es actriz porno y feminista. “Yo no quería estar nueve horas en un supermercado para ganar un salario mínimo, o estar en un restaurante y que el jefe me tratara mal, que era lo que me pasaba”.

María vino a México a participar en algunos de talleres sobre feminismo y trabajo sexual, así como para compartir su experiencia en derechos humanos y laborales con las trabajadoras sexuales mexicanas. Es miembro de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina, tiene una cuenta de Instagram con más de 22 mil seguidores y está escribiendo un libro sobre pornografía feminista.

Pero antes de ser una reconocida activista y trabajadora sexual, María era una adolescente punk con ideas feministas que terminaron por acercarla al mundo de las webcams. “El feminismo lo descubrí gracias al punk”, recuerda. “Eso me llevó a conocer trabajadoras sexuales que se reconocían como feministas. Las encontré en internet, en donde vendían sus videos a través de webcams”.


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Su primer encuentro con el trabajo sexual ocurrió hace cuatro años, cuando decidió contactar a una amiga que trabajaba como webcam girl para un sitio argentino: “Empecé a hacerlo por diversión. Luego descubrí que se podía ganar dinero”, recuerda. Entonces comenzó a trabajar con su amiga en una oficina, con un horario de trabajo y donde fichaban al entrar y salir”.

Así pasó un año, hasta que se dio cuenta que el trabajo no era lo prometido y que podía ganar más y trabajar con mejores condiciones por su cuenta. “Yo en ese momento estaba haciendo dos trabajos a la vez, y además tratando de estudiar en la universidad que luego tuve que dejar porque no me alcanzaba el dinero”.

Fue entonces cuando empezaron a llegarle las ofertas de encuentros.

“Trabajando en web cams me empezaron a contactar personas argentinas preguntándome si hacía encuentros en la vida real”, cuenta María, “Nunca había tenido una mirada muy moral sobre la prostitución. Lo entendía como un trabajo legitimo más. Me lo empecé a plantear y dije: ¿por qué no?”

Cuando decidió que era una buena idea, María pasó tres meses investigando las diferentes maneras de ofrecer servicios sexuales, los cuidados de transmisión sexual, cuáles eran las organizaciones que existían en torno al trabajo sexual, cuál era la militancia que se hacía. También descubrió el porno feminista. Descubrió directoras y actrices que hablan de feminismo en el porno y decidió que quería formar parte de eso.

“Me di cuenta de que de todos los trabajos que había hecho, era el que mejor me redituaba económicamente, el que tenía más flexibilidad de horarios y que podía ser mi propia jefa”, explica. “Empecé a ejercer la prostitución, junté dinero y me fui a Barcelona. Allá empecé a trabajar en pornografía feminista”.

Mientras investigaba sobre el trabajo sexual en Argentina, María se dio cuenta del debate que existe entre el feminismo y la prostitución. Aunque algunas corrientes feministas desprecian el trabajo sexual, María me dice que esto le parece absurdo. De acuerdo con ella, la principal crítica al trabajo sexual viene de una cuestión moral.

“Se oponen al trabajo sexual porque o estamos usando nuestra sexualidad, nuestros genitales. No explotando nuestra espalda, nuestras manos, como si hace el operario de la fábrica o la mujer que trabaja en la maquila”, explica. “Eso pareciera que sí está bien, que si son explotados está bien, mientras que no haya sensualidad o erotismo en esos trabajos”.

De acuerdo con la activista argentina, la prostitución nunca va a desaparecer, como tampoco el aborto. Son cosas que suceden más allá de si a quién le gusten y las leyes vigentes. Por tanto, sugiere, se tiene que dar un marco regulatorio para que no estén en la clandestinidad y en la marginalización.

“A las mujeres siempre se nos enseñó a que la sexualidad sea por amor, para fines reproductivos y para complacer a otro. Las trabajadoras sexuales dijimos no, no queremos esto. Queremos ponerle precio a nuestra sexualidad y trabajar con esto. Creemos que es un trabajo legítimo y que nadie tiene que decirnos que es lo que tenemos que hacer”.

Actualmente María ocupa la mayoría de su tiempo en militar para AMMAR, abogando por los derechos de las trabajadoras sexuales en Latinoamérica y compartiendo sus conocimientos con ellas. Me dice que el trabajo sexual le permite elegir los momentos y a los clientes que quiere, lo que le permite trabajar en sus otros proyectos. Explica que el porno feminista no se encuentra tan desarrollado en Argentina como en otras partes del mundo, por lo que quiere desarrollar sus propios videos. Por tanto, cuando no está trabajando o viajando por América María usa su tiempo libre para hacer pornografía feminista mientras escribe un libro al respecto.

“No es que sea trabajadora sexual las 24 horas. Me gusta mucho la música, el punk, el pop. No me gusta ser una persona cerrada, que se queda con una sola cosa. Me gusta nutrirme de lo que puedo. Muchos dirán ‘no, no es una punk real’. No me interesa ser punk, no me interesan las etiquetas. Tampoco me interesan las etiquetas en el porno, prefiero resignarme a ellas, creo que delimitan”.

Antes de irse, María me dice que regresará en unos meses al país para continuar colaborando con las trabajadoras sexuales mexicanas para formar una red en Latinoamérica que defienda sus derechos. Finalmente, me explica, el trabajo sexual es un trabajo, por lo que exigen que sea reconocido como tal.

“Muchos te podrían decir que no es una elección libre ser una trabajadora sexual, pero yo te digo: no, no es una elección libre, porque nadie elige libremente. Porque lo ideal sería que nadie tuviera que trabajar. Estamos bajo un sistema que te obliga a tener que trabajar”, concluye. “No estamos obligando a nadie a que le guste nuestro trabajo. Simplemente que se respeten nuestro derechos y que se nos den esos reconocimientos de derechos que hoy en día no estamos teniendo”.

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