Cuatro adictos al sexo nos cuentan su lucha por rehabilitarse


Este artículo se publicó originalmente en VICE Australia.

Hace poco, mi primo me invitó a una fiesta con sus amigos de Sexólicos Anónimos: un grupo de ayuda basado en un programa de doce pasos para aquellos que sufren adicción. Fue gracioso porque, justamente, estuvimos en una discoteca llamada el Randy Dragon, cuya la decoración está inspirada en un burdel chino.

Los del grupo en verdad nunca habían salido juntos, y todos se mostraban demasiado entusiasmados, en un intento por enmascarar la tensión de ser conocedores de las fantasías sexuales más oscuras de los demás.

La American Psychiatric Association afirma que el trastorno de la hipersexualidad se da cuando “durante un período de al menos seis meses, una persona experimenta repetidas e intensas fantasías, impulsos y comportamientos sexuales, sin tener en cuenta el daño que esto le pueda acarrear”.

Otro síntoma de sufrir este trastorno es “poner en práctica esas fantasías sexuales como respuesta a un estado de ánimo caracterizado por la disforia”.

A pesar de ese detalle, todos los del grupo parecían normales. Los contables estaban en los reservados drogándose y los comerciales en la zona de fumadores, mientras que los demás se limitar a asentir con la cabeza unos a otros cuando ya no tenían nada más que decirse. Pero nadie hablaba con ninguna chica del local.

No entendía nada de lo que estaba pasando, pero sí que podía notar mucha represión en la pista de baile, así que entre ronda y ronda de tragos, pregunté a algunos chicos del local cómo su vida sexual les había repercutido.

Dylan R., 26 años
Asesor financiero

VICE: Hola. ¿Qué es lo que te llevó a pensar que eras adicto al sexo?
Dylan: Los amigos con los que salía le daban a todo, una cosa llevó a la otra y me enganché al cristal. De la noche a la mañana, pasé de fumarlo una vez a la semana, a hacerlo cada fin de semana. Y no sé si lo sabes, pero fumar cristal te pone muy cachondo.

Luego empecé a robarle la tarjeta de crédito a mi madre para pagar burdeles asiáticos baratos. En esos lugares utilizan nombres raros cuando te hacen los cargos en la cuenta para pasar más desapercibidos, así que eso me funcionó un tiempo. Pero empecé a aprovecharme de la situación y ya iba como cuatro veces por semana, siempre que me drogaba. Y esto jodió la economía de mis padres, pues ellos no ganan mucho, y yo les estaba arruinando con mi adicción.

“Empecé a robarle la tarjeta de crédito a mi madre para pagar burdeles asiáticos baratos”

¿Cómo acabó todo?
Bueno, al final confesé porque mis padres fueron a la policía para ver quién había hecho todos esos gastos en sus cuentas. Yo estaba muy avergonzado, y la única forma de que me perdonaran era ir a rehabilitación y tratar esa adicción. Es curioso cómo algo tan dramático y vergonzoso me ha motivado a ser más abierto y compartir mi historia. Cuantas más cosas confieso en las reuniones, más libre me siento como persona, y más fácil se me hace seguir adelante.

¿Qué es lo mejor que te han aportado estas reuniones?
La oportunidad de contar mis secretos. Así, no te sientes como una mierda. Mi mayor obstáculo fue que cuando me desenganché de las drogas, seguía despilfarrando el dinero en putas. Toda la gente de las reuniones es amable, están ahí realmente para ayudarte y no para juzgarte.

En muchos de los grupos con los que quedaba no paraban de soltar mierda unos de otros y te hundían, y les hacía gracia que estuviera arruinando a mis padres, y todo porque ellos también se estaban beneficiando de ello.

Cuando te pasa algo así, te ofuscas en tu problema y no ves más allá. Pero estos chicos me han ayudado a ver todo lo que la vida te ofrece, además de jugar a las tragamonedas, buscar droga a las cinco de la mañana, o querer impresionar a las putas.

Tony, 37 años
Ejecutivo de cuentas

VICE: Tony, ¿cómo acabaste aquí?
Pasaba demasiado tiempo en la oficina, y muchas veces mi trabajo eliminaba por completo mi vida social. Casi no tenía tiempo para salir el fin de semana. Me gusta mucho mi profesión y pasaba gran parte de mi tiempo libre pensando en trabajo, acciones, el mercado bursátil y otras actividades comerciales.

Un día, un compañero hacía una fiesta de solo hombres en el Langham, con strippers y cocaína. La fiesta acabó, pero algunos de nosotros queríamos seguir, y alguien sugirió ir al Gotham City, un burdel de lujo en el sur de Melbourne. Me gustó mucho la chica que conocí allí e iba a verla cada semana. En seguida se convirtió en parte de mi rutina. Empecé yendo un día por semana, luego dos, y muy pronto fueron tres.


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¿Cuándo te diste cuenta de que tenías un problema?
Cuando empecé a gastar unos 2,000 dólares por semana. Iba a cuatro o cinco burdeles distintos cada semana, y a veces estaba con diferentes chicas en el mismo. Dejé de entrenar y de ver a mis amigos. ¿Por qué lo hice? Muy sencillo. En aquel momento estaba en una relación estable y llevaba ya tiempo, pero lo dejamos hace un par de años y desde entonces no he tenido mucha suerte en el amor. Se me ha ido de las manos.

En el trabajo no podía dejar de pensar en algunas chicas, ellas me enviaban mensajes pero no porque les gustara, sino porque podían sacarme mucho dinero. Yo actuaba como si fuesen mis novias pero, en realidad, estaba pagando por ello. Lógicamente, me arruiné, se lo conté a uno de mis amigos del trabajo, y él me recomendó un par de sitios web.

“Empecé a gastar unos 2,000 dólares por semana. Iba a cuatro o cinco burdeles distintos cada semana, y a veces estaba con diferentes chicas en el mismo”

Es duro porque no puedes dejar de pensar en el tema, ya sabes, me encantan las mujeres y lo único que quiero es estar con ellas, pero esta no es la mejor manera. Me sentí como una basura cuando fui consciente de que solo les interesaba mi dinero, pero lo que hacía durante el día o cosas así no les importaba una mierda.

¿De qué manera te ha ayudado la rehabilitación?
Me ha ayudado mucho. La verdad es que consuela saber que no estás solo. A veces te puedes sentir como un pervertido o algo así, pues no es que sea muy civilizado pasar la mitad de tu tiempo libre con prostitutas. Y ese pensamiento te puede deprimir y hacer sentir como si fueras un enfermo mental.

Pero me ha ayudado mucho escuchar historias de otros tipos para saber que es algo común, como la ludopatía o la cocainomanía. En este caso, no buscas amor ni nada, solo te has enganchado al sexo.

Johnny B., 39 años
Desempleado

VICE: Johnny, ¿en qué estabas metido antes de la rehabilitación?
Yo esperaba durante quince días para recibir el subsidio de desempleo y gastármelo en prostitutas en St. Kilda. A veces ni dormía la noche de antes, el hecho de pensar en sexo me poseyó y tomó el control de mi vida. Hacía lo que fuera por coger, y me metí en un mundo poco seguro.

¿Qué hacías si no podías conseguir el dinero?
Ver porno todo el día. Ha sido duro porque estuve en la cárcel un tiempo, unos ocho años, y no tengo amigos que puedan presentarme a chicas. Entonces voy al burdel y, algunas veces, lo doy todo, pero me siento un perturbado, viejo y sucio.

Me han rechazado muchas veces, y eso ha hecho que pierda la confianza en mí, así que me definiría como un introvertido sexual. Pero esto ha jodido mi vida completamente, pues he llegado a hacer ciertas cosas en momentos en que no tenía dinero ni comida para pasar la semana.


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¿De qué manera te ha ayudado la rehabilitación?
La verdad es que la ayuda psicológica me ha dado la oportunidad de expresar mis emociones en público y no guardármelas para mí. Es una enfermedad, una enfermedad mental. He hecho muchas cosas de las que no estoy orgulloso como, por ejemplo, regatear con prostitutas en la calle o intentar conseguir favores sexuales. Y aunque aceptaran, en el fondo sabes que estás yendo a la desesperada.

Los chicos me han ayudado mucho, pues salimos, fomentamos nuestra vida social, y eso aumenta tu autoestima. Hace un mes que quedo con alguien que conocí una noche que salí con ellos, y tengo varias entrevistas pendientes. Me ha ayudado mucho, yo solo no hubiese salido de ésta.

Jason H., 52 años
Capataz

VICE: Jason, ¿por qué te consideras adicto al sexo?
Bueno, yo estoy casado y tengo cuatro hijos. Estaba pasando por la típica crisis de los cuarenta-cincuenta, mi vida me aburría, la misma mierda todos los días. Me enganché a la anfetamina, empecé a salir con mis amigos a los burdeles y pasaba poco tiempo en casa. Solía ir a los prostíbulos chinos que había a las afueras para pegarme buenos “banquetes”. En cuestión de días ya tenía una “novia” allí, la visitaba cada dos o tres días. Empecé a mandarle regalos y a ingresar dinero en su cuenta. Pensaba con el pito y estaba dejando a mi familia en un segundo plano. Me convertí en un hijo de puta para todo aquel que me conocía.

¿Cómo acabó todo?
Empecé a utilizar el dinero de la empresa para pagar viajes a Tailandia. Enviaba dinero a su “familia” al extranjero, pero pronto descubrí a través de un investigador privado que todo lo que decía era mentira y que vivía en Australia con su familia. Me estaba robando. Mi mujer se enteró de todo. Ella ya me había visto raro, había pasado por mi trabajo cuando yo estaba en algún burdel o motel, así que no era difícil cacharme. Lo confesé todo y acudimos a un consejero matrimonial. Pero la situación todavía está complicada, mis hijos no me hablan, y me lo merezco. No estoy recuperado del todo aún, sigo yendo a los prostíbulos una vez cada dos semanas pero estoy intentando dejarlo. Esto ya ha supuesto un cambio importante en mí, aunque también creo que somos como animales y, por tanto, tenemos nuestras necesidades. No es amor. Estaba quedando con la última chica a la que solía ver pero se acabó, es solo físico y quiero a mi mujer.

¿Te sientes mejor ahora?
Desde que hago rehabilitación voy mucho menos a los burdeles. He pasado de ir cuatro veces por semana —además de infinidad de veces a los espectáculos de strippers—, a ir solo una vez cada dos semanas. Eso me ha ayudado a valorar a mi familia de una manera distinta, y esas son las cosas que merecen la pena. El sexo y la fiesta son buenos pero no son reales, solo temporales. El amor verdadero de tus hijos y de tu familia es para siempre.

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