Los Cabos olas locas


Decenas de cangrejos se mueven en frente de mis pies retrocediendo un poco con cada paso que avanzo. Son tantos que parece como si las piedras vibraran. O como si se estuvieran desintegrando. A lo lejos puedo ver un par de formaciones montañosas desde las que estoy seguro que la vista es increíble, pero las rocas, los cangrejos y las olas golpeando contra todo al mismo tiempo hacen que sea complicado pasar por aquí. Hay otra ruta, pero parece más larga y el sol está potente. Aun así, estoy seguro que la vista al Mar de Cortés vale la sudada.

En realidad viajé unos días a Los Cabos, en el extremo sur de Baja California Sur, porque me invitaron para cubrir el Ultimate Waterman’s Challenge. Se trata de un evento amistoso en donde por tres días atletas de diferentes partes de México y del mundo se enfrentan en diferentes disciplinas —surf, surf de remo, pesca con arpón— para elegir a un ganador coronado como el Ultimate Water Man. Pero ahorita vuelvo a eso.

Es la tercera vez que vengo en mi vida y la segunda en el año. La primera vez no la recuerdo porque era un niño. De la segunda recuerdo poco porque vine a una despedida de soltero a uno de esos hoteles con todo incluido. Creo que por eso estoy esquivando cangrejos en piedras resbaladizas en un intento por conocer lo que me perdí hace unos meses por no salir del hotel.

Desde el día en que llegué me di cuenta que la tentación sería grande. Quizá me confundieron con alguien más o tal vez querían impresionarme. La primera no sé, pero la segunda la lograron. El hotel está ubicado en una playa privada entre San José del Cabo y Cabo San Lucas, y la recepcionista me explicó que cuenta con la “única playa privada en donde se puede nadar”. Sin entrar en muchos detalles, era un lujoso hotel que parecía una privada para estrellas de cine. Personal que te llama por tu nombre, albercas infinitas para ver el mar y una playa en donde limpian tus huellas después de que caminas por ahí. Meseros que circulan alrededor de las albercas regalando gelatina de coco a los huéspedes y música desértica sicodélica saliendo de las palmeras que mandaron traer de viveros especializados alrededor de Los Cabos. Mi cuarto tenía una regadera exterior, una interior, y una tina. Un balcón con dos mini salas, una sala interior, cortinas motorizadas, un clóset tan grande que dos veces confundí con el baño, bocinas con bloototh, una canasta de fruta, un peluche de una ballena buena onda y un chat de whatsapp directo con recepción, del que creo que me bloquearon la primera noche por intenso, un juego de binoculares y una bebida de cortesía preparada por la recepcionista cuando llegué. Todo era perfecto. Demasiado perfecto. El personal es tan amable que es raro; su amabilidad incondicional y homogénea tiene algo de sospechoso, como si no quisieran que te fueras nunca de aquí, que pidas otra margarita. Quizá no estoy acostumbrado a este tipo de hospedajes, pero por alguna razón me dieron ganas de salir a explorar. A lo mejor fue que el hotel está alejado de cualquier rastro de civilización y una hamburguesa cuesta igual que mis tennis. Tal vez fue mi paranoia y la idea de estar entre el desierto y el mar con personas que saben quién soy pero con las que nunca he hablado. O igual solo tengo ganas de dar un rol. Me siento como un infiltrado. Un vato disfrazado de sultán. “¿Trabajas aquí?”, me preguntaron en la entrada la primera vez que regresé en camión del centro de San Lucas.

Para un visitante como yo hay dos maneras de moverse en Los Cabos. La primera y más sencilla es tomar un taxi, pero se manejan con tarifas fijas en dólares. La segunda es en camión. Autobuses con aire acondicionado y Wifi que te llevan de San José a San Lucas por 28 pesos. Personalmente recomiendo la segunda. De hecho, cuando me enteré de su existencia aproveché para escapar de mi paraíso de albercas y mojitos para buscar pescado fresco en el centro de San Lucas.

Por un lado de la carretera se puede ver el Mar de Cortés y el final de la tierra. También hay complejos hoteleros y construcciones que prometen serlo, cada uno ubicado en puntos específicos con algún aspecto privilegiado con respecto a la bahía. Por el otro lado se puede ver el desierto y las montañas. Estas zonas montañosas sirven para recargar los acuíferos subterráneos en los valles en donde también se pueden encontrar manantiales. Gracias a estos acuíferos la región es una zona semi desértica y no un desierto. En el camino hay todo tipo de plantas endémicas: árboles sin hojas y arbustos con espinas, cactos de todos tamaños, algunos enormes y otros con flores o tunas. Bajando uno de los puentes se alcanza a ver la bahía y el arco con forma de dragón. Con este trayecto dominado, estaba listo para moverme entre mi hotel y la playa Monumentos, donde se llevarían a cabo las actividades de la competencia.

En el primer día del Ultimate Waterman’s Challenge conocí a José Alfredo Rendón Medina, fundador de la Asociación de Surf de Baja California Sur y campeón actual de Boogie Board. Mejor conocido como el Boxer, este acapulqueño llegó al estado en 1991 para trabajar como capitán en un restaurante. En el año 2000 fundó la asociación estatal de surf y desde entonces es la persona que tienes que conocer si te interesan las olas de Los Cabos. Con un collar de diente de tiburón y una piel curtida por el sol me platica que conoce a todos los surfos de la región, desde los veteranos a los niños que tratan de caminar sobre sus primeras olas. Mientras platica intermitentemente con diferentes competidores, me explica un poco sobre la playa.

Monumentos tiene la ola izquierda más famosa de Cabo San Lucas. Esto significa que es una playa en donde las olas que se forman y a las que se montan los surfos quiebran siempre de derecha a izquierda, visto esto desde la posición del surfista, del mar hacia la tierra. En el mar hay varias rocas que los surfistas deben evitar mientras intentan hacer acrobacias en las tablas. En la arena, varias sombrillas brindaban a los fotógrafos la sombra necesaria para sentarse ahí durante las horas que dura el evento. Un poco más adentro, en tierras del hotel que albergó el evento, se encontraba la Surfer Villa, un espacio para los competidores, los jueces y los medios donde me refugié durante los tres días, excepto para tomar fotografías y nadar un poco en las albercas.

Aunque la competencia duró tres días, para la primera actividad —pesca con arpón— no fueron invitados algunos miembros de la prensa, debido a que se viajó varios kilómetros mar adentro en un yate que zarpó poco antes de las 7AM, con el espacio necesario para los atletas, los jueces, y un organizador. Por lo que me contaron los atletas y quienes tuvieron las fortuna de acompañarlos, se trató de un día intenso pero satisfactorio. Los competidores nadaban sin equipo hacia las profundidades para tratar de capturar al pez más grande. El ganador de este rubro, Fernando Stalla —originario de Sayulita— pescó cuatro pardos. Con la sonrisa de un ganador me contó que también alcanzó a picar un atún, pero se le escapó.

El resto del UWC giró en torno al surf, con y sin remo. El evento principal fue un amistoso entre tres profesionales mexicanos y tres profesionales extranjeros. Diego Cadena, Fernando Stalla y un surfer local de San Lucas representaron a México. Las estrellas extranjeras presentes eran Rob Machado, Tim Curran, y Damien Hobgood. En la primera ronda, cada equipo contó con 30 minutos para montar todas las olas que pudieran, con el fin de calificar en primero, segundo y tercer lugar a los competidores de cada equipo. Después cada uno compitió contra su homólogo rival: el tercero contra el tercero, el segundo contra el segundo y el primero contra el primero.

Nunca había asistido a un torneo de surf pero los había visto en la tele. Las dudas que tenía sobre el tamaño de las olas, la velocidad, y las piruetas de los atletas se disiparon a los diez minutos. Los surfistas flotaban el mar en espera de las olas más grandes. En cuanto veían una de su agrado, rápidos braceos los cuadraban con la corriente para que impulsaran su tabla hacia abajo levantándo sus cuerpos listos para el deslice. Una vez arriba, los surfos trataban de ganar velocidad para realizar las piruetas más atrevidas para el jurado: cutbacks, aéreos y 360. Ganaron los extranjeros. Rob Machado se llevó el primer lugar, por la suavidad con la que recorría las olas, cómo si hubiera nacido en una tabla de surf.

Además del evento principal, distintas exhibiciones de surf aéreo y con remo siguieron durante los dos últimos días. Un torneo con categoría abierta premió a los mejores surfistas locales, y algunos de otros estados, que por horas se alternaron las olas para desfilar frente a los asoleados fotógrafos. La buena vibra reinaba. Los surfistas caminaban por la playa haciendo la señal de shaka a cualquiera que los saludara, mientras algunas asistentes se asoleaban en los camastros con vista a la competencia y unos más nadaban en una de las albercas con vista infinita.

La playa Monumentos es para surfers experimentados. Pero a pocos minutos en camión se encuentra San José del Cabo. Una de las primeras playas al entrar desde San Lucas es la playa Zippers, apodada así por la rápida velocidad con la que quiebra la ola. A diferencia del torneo, los surfers aquí se ven relajados, las olas son más pequeñas y la buena vibra parece caer directo desde un cielo de todos los colores. Horas y días pescando las mejores olas para terminar la tarde. Un restaurante abierto a un costado de la playa ofrece comida fresca y abundante con un cubano que toca música en vivo, desde el Tri a Bob Marley, para que los surfers se den un bajón después de la zambullida. Muchos locales practican en esta playa antes de lanzarse a las playas más avanzadas del municipio: Cerritos, San Pedrito, el Tule, Elias Calles… Durante el verano la corriente sube hacia el Mar de Cortés, por lo que se surfea de este lado de la tierra; mientras que en invierno la corriente baja del norte por la costa, así que se surfea del lado del Océano Pacífico.

Con la noche llega la parranda. El torneo tuvo una fiesta de clausura con un DJ residente que me contó que a veces lo obligaban a poner Despacito. Para ser honestos, la fiesta estuvo más tranquila de lo que esperaba, con poca gente y conversaciones de surf. Todo suave; soy de los que prefieren eborracharse mirando las olas que salir de cacería a un antro. Pero se puede, y Cabo San Lucas es el lugar perfecto para aquellos que disfrutan las dinámicas de ligue en un ambiente alocado que parece la representación en vivo de aquél programa Wild On. Mandala, la Vaquita y el Squid Row son algunos de los bares antro estilo playero que se aperran cada noche a unos pasos de la marina. Música popular estridente llena las calles mientras los diferentes locales parecen vomitar gente de lo lleno que están. Shots, playeras mojadas, promociones y tragos gratis hacen imposible salir de ahí sobrio. Lo sé porque hace un par de meses sí me clavé. Una increíble cantidad de güeros pululan la zona. Son el principal público de estos lugares, pero no el único. En uno de mis trayectos en taxi, el conductor me contó que él y sus amigos visitan estos lugares cada fin de semana para conquistar algunas gringas, y “enseñarles lo que hay acá”.

(Un tip para la pandilla: No sé por qué pero en el centro de San Lucas, a unas calles de los antros y la marina, hay un restaurante mexicano con los mejores tacos de tripita que he probado en el país. Aunque en un principio no quería pedir tripa de res en la playa, después de probarlo me di cuenta de mi error y pedí un par mas. Búsquenlos y pruébenlos.)

Cinco días en Los Cabos fueron suficientes para quemarme y revolcarme, pero todavía tengo pendiente la escalada a las formaciones rocosas que quiero subir desde que llegué. Son como las seis y aunque el sol ya está bajando sudo como tenista. Se veían mucho más chicas desde la playa, pero ya no me falta mucho y parece que hasta arriba hay una banquita. Hay un pequeño camino hecho por el personal del hotel, pero prefiero tomar un atajo porque me dijeron que si anochece ya no voy a poder bajar, además que salen los animales nocturnos. Por lo pronto solo veo un pequeño roedor corriendo entre los arbustos cafés. De los cangrejos ya no hay rastro. Para cuando llego a la cima ya no tengo playera; decidí abandonarla por ahí para recogerla de regreso. Antes de levantar la cabeza miro el piso, no por bonito, pero porque necesito recuperar el aliento antes de si quiera enderezarme. Pero luego ahí está. El fin del mundo. El Mar de Cortés se expande hasta donde llegan mis ojos, sus olas chocando con las rocas, contrastando con el café desértico de Baja California Sur. Desde aquí se pueden ver hoteles y un campo de golf. Pero también se ven diferentes playas, el cielo, las montañas, los cabos y un pequeño campo de futbol en donde cascaréan los locales. Estuvo buena la subida, una especie de trance recordatorio de que el lugar es más que hoteles y fiesta: un territorio gigante que año con año se separa del resto del país. Y aunque eso pareciera aquí —con la cantidad de turistas que vienen todo el año— lo divertido está en encontrar un lugar para tirarte y meditar, emborracharte o revolcarte en las olas locas.

Nota: Apenas subí al avión para volver a mi gris CDMX cuando unas gotas tocaron la ventanilla a mi lado. Unos días después me enteraría que la tormenta tropical Lidia tocó tierra en Los Cabos, dejando pérdidas humanas y materiales. He estado pensado lo diferente que habría sido mi experiencia de haber viajado una semana después. En lugar de fotos de surf habría fotos de personas limpiando la playa. No es fácil escribir de tus recuerdos cuando lees algo completamente diferente en las noticias. Pero quizá por eso vale la pena. Tal vez alguien lea esto y le den ganas de ir a conocer, de ir a cotorrear a la playa y comprarse una cerveza y un pescado frito. Los Cabos seguirán ahí, como toda la gente que vive en simbiosis con el mar y el turismo. Durante estas semanas, las playas se han estado limpiando y los comercios poco a poco vuelven a sus actividades normales.

Este texto es una colaboración entre VICE y Los Cabos. Más información aquí.

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