Hasta que la muerte nos separe: Orfeo y Eurídice


“¡Oh, canta Orfeo! ¡Alto árbol en el oído!

Y calló todo. Mas hasta en este callar

nació un nuevo comienzo, seña y transformación.”

Existió alguna vez, no sé cuándo y no sé si lo soñamos, un hombre llamado Orfeo. Y hubo un poeta, Reiner Maria Rilke, quien le hizo sonetos y acompaña este relato. Orfeo era hijo de Calíope, musa de la música, y de Apolo, el luminoso dios de la verdad. Se le concedió el don de la lira; la capacidad de hacer melodías cuya composición y letra hacían temblar al centro de la tierra. Cuentan que, cuando Orfeo tocaba, las mismas bestias se reunían, tranquilas, bajo los árboles para escucharlo. Dicen que los mismos dioses se reunían en contemplación. Gusta a la imaginación recrearlo: la divinidad misma, sentada a la misma mesa con miras a un ser humano. No había ser en el universo que no deseara escucharlo. Y todos se conmovían, se revolvían en la belleza de su música. Pero Orfeo, estaba solo.

“Tú fuiste todavía aquella a la que mueve lo de entonces,

levemente extrañada, cuando un árbol

pensaba largo tiempo en seguirte, escuchando.”

Las había muchas que lo deseaban, pero él las desdeñaba. Faltaba algo en ellas. No extrañaba la belleza, sino ese elemento que es misterio. Porque el amor es eso, y sin aquello que no se puede poner en palabras no hay nada que dure. Un buen día, de esos en los que se siente al cielo sonreír, Orfeo decidió tocar en el bosque. Detrás de los árboles se vislumbraba una figura. Había algo que parecía humano y se removía al ritmo de la lira. El músico preguntó que quién andaba ahí, que podía salir. De las sombras emergió tímidamente una ninfa. Con pasitos se acercó, como los venados cuando se acercan a la hierba sintiéndose inseguros. Se llamaba Eurídice.

“True love begins on the order of the absolute” [El amor comienza en el orden de lo absoluto] – Jean-Luc Nancy, God, Justice, Love, Beauty

Orfeo la vio, y vaya que la vio. Le pasó lo que el filósofo Jean-Luc Nancy llama amor: algo de ella lo tocó, en los adentros que son secretos, y le reveló que la amaba. Esa mirada le confesó que la había amado toda la vida porque la esperaba desde siempre. Tocado por una divinidad hasta ahora desconocida, él compuso en ese instante la mejor canción de su vida. La llamó a acercarse diciéndole que su lira tenía algo que decirle. Si bien fue hermosa, la composición era lo menos: Eurídice lo había visto, no con los ojos, sino con aquello capaz de ver lo que no está a simple vista. Ella había estado enamorada de él desde siempre porque lo esperaba desde siempre. Eurídice se acerca con la seguridad que sólo tienen quienes aman. Y escucha, entiende, asiente.

“Orfeo guiando a Eurídice”, Camille Corot (1861).

“Tú fuiste todavía aquella a la que mueve lo de entonces,

levemente extrañada, cuando un árbol

pensaba largo tiempo en seguirte, escuchando.”

Poco después, la boda de Orfeo y Eurídice se celebraría bajo ese árbol.

Luego de eso, los amantes tuvieron un tiempo, el mismo que dura el instante o más, viviendo entre música y simetría. Orfeo salió del palacio una mañana, debía hacer sabrán los dioses qué, y dejó a Eurídice pensando regresar a ella; planeando cómo le contaría los detalles cotidianos del día, esperando ver cómo su rostro reaccionaba a cada minucia. Pero el hijo de la musa no contaba con que el destino tenía algo más planeado.

“Adelántate a toda despedida, como si la hubieras

dejado

atrás, como su invierno que se está yendo

Pues bajo los inviernos hay uno tan infinitamente

Invierno

que, si lo pasas, tu corazón resistirá.”

Aristeo, otro hijo de Apolo, vio a Eurídice y quiso poseerla. Aprovechando la partida de Orfeo, decidió inmiscuirse en el palacio e intentar convencerla de serle infiel. Ella se negó. Él, presa del deseo de dominarla, la persiguió por la casa. Eurídice salió corriendo, no permitiría que la tocara. Atravesó los jardines, traspasó las rejas del palacio, siguió corriendo entre los pastizales y el terreno pedregoso raspó sus pies. Mientras huía, Eurídice sólo pensaba en Orfeo. Su amor la hacía sentir que flotaba, aunque corría, y lo único que quería era llegar a algún lugar donde estuviera a salvo. Pero el destino tenía otros planes: Orfeo y ella no podían ser tan felices. A mitad de un paso, una serpiente se enroscó del tobillo de la ninfa y, llegando a su pantorrilla, la mordió con toda la fuerza de la desgracia. Eurídice cae presa del dolor. No fue Aristeo, sino el reptil quien la separaría de Orfeo.

“Y sólo la muerte que calla, que sabe qué somos

y lo que siempre gana cuando ella nos presta.”

El hijo de Apolo regresa a casa con la alegría que tienen quienes regresan al hogar. Piensa en todo lo que le pasó y en todos los colores nuevos que debe contarle a su esposa, sólo para encontrarla muerta a la mitad del verdor que se extiende como un mar infinito. Orfeo llora, lagrimea como sólo él sabe: tomando la lira y cantando la desgracia más grande del mundo. Se dirige a las orillas del río Estrimón, donde entona las canciones más tristes de la historia. Los dioses y el resto de las ninfas sienten como propio su dolor y le aconsejan intentar lo imposible: Orfeo debe, por todo el amor que tiene por Eurídice, descender a los infiernos y rescatarla.

“Por ella tú intentaste los hermosos pasos

y esperaste algún día dirigir

tu paso y tu semblante a la fiesta salvada.”

Él baja, pero hay obstáculos en el camino. Se encuentra con Caronte, el barquero que lleva al Hades, y con música lo convence de transportarlo hacia el inframundo. Luego se encuentra con Cerbero, el perro de tres cabezas que cuidaba los infiernos, y lo doma con una melodía. Orfeo llega al lugar donde habitan los muertos y sólo le falta un paso: convencer a Hades de que le regresara a su amada. El dios de la ausencia se niega porque nadie regresa de la muerte. Un Orfeo convulso de pena le ruega, por favor devuélvemela, no puedo vivir sin ella. Acude entonces a Perséfone, la esposa de Hades, para que lo ayude. Ella lo escucha en silencio; Orfeo toca desesperado; ella siente una punzada en el estómago que la hace decir sí, ve a su marido y le pide lo único que no se pide: regresar a alguien de entre los muertos. Hades acepta, viendo a su esposa conmovida como nunca antes. Sí, Eurídice dejará de ser una sombra, con la condición de que Orfeo no la voltee a ver hasta que estén en tierra firme. El músico ve las escaleras inconmensurables que llevan al jardín terrestre y desconfía de su fortaleza, pero acepta gozosamente: Eurídice volvería a la vida.

Puesta en escena de la ópera de “Orfeo ed Eurídice”, en Berlín (2016).

“También el enlace estelar engaña.

Pero que por un tiempo nos alegra

creer en la figura. Esto basta.”

Hades se dirige al río de los muertos, Orfeo no tiene permitido mirar. Extrae el alma de Eurídice y la conduce hasta su amante, pero él no tiene permitido verla. Repite las instrucciones y ambos dan paso al largo camino a casa. Un escalón y la esperanza florece, cien y empieza a flaquear. Orfeo empieza a sentir ansiedad: tal vez Hades lo engañó y ella no está ahí. Tropieza y tiembla, pero no voltea. Hay que confiar, se repite hasta que esa frase deja de tener sentido. Al milésimo escalón, vislumbra hierba fresca. Ya casi, se dice y sonríe ante la imagen de reencontrarse con su amada. Pocos escalones antes, retorna el temblor y la inseguridad lo detiene. No sube ya con paso ligero, sino pesado y angustiado: Orfeo tiene miedo. Qué miedo, terror. Le cae la conciencia de que, subiendo ese último escalón, si ella no está, no hay manera de regresar porque ya retó a la vida misma descendiendo a la muerte. No hay muro del cual detenerse, todo es sombra y niebla. Está tan cerca; puede oler la tierra mojada por la lluvia, el aroma de los brotes florales, siente el calor del sol. Orfeo se muerde los labios, tan fuerte que los sangra por el miedo. Cuánto miedo sintió, todo el terror del universo en sus hombros.

En un arrebato de pánico, Orfeo cede y voltea.

Eurídice lo ve y lanza un grito mudo, se desvanece en las sombras, muere de nuevo. Orfeo intenta tomarla entre sus brazos y no puede. Se da cuenta que su inseguridad lo condenó: la había perdido por segunda vez y para siempre. Y el universo se pregunta cuántos amores no habrán de perderse por sucumbir ante el miedo; ante la incertidumbre; ante el pánico de la vulnerabilidad.

“Sé siempre muerto en Eurídice, cantando sube,

ensalzando regresa a la pura relación.”

Y las galaxias lloran.


Todas las citas, a menos de señalar lo contrario, son de Reiner Maria Rilke.

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