Entre escombros y armas: visité el barrio más peligroso de Juchitán tras el sismo


—A ver aguanta, carnal— me dice un adolescente que porta una pistola en su mano derecha mientras otros caminan hacía mí. Me rodean.

—No chingues, es reportero ¿tú crees que voy a meter aquí a cualquier persona?— le responde Ángel, un joven que se ofreció a darme un recorrido en su moto por la zona.

—Déjame ver para quién trabajas. A ver tu credencial de prensa. Saca tu INE —insiste sin soltar su arma.

—No manches —le digo con una risa nerviosa mientras le muestro mi acreditación que está colgada a mi pantalón y saco mi credencial de reportero que traigo en la cartera.

—Ah, es de la Ciudad de México.

—Sí.

—¡A ver, cabrones, el reportero va a sacar unas fotos!

Empieza la madrugada en ‘La Populosa’ Séptima Sección de Juchitán, Oaxaca, la que tiene la peor fama por la violencia que ahí se incuba y florece.

Hace una semana el mayor sismo registrado en México destruyó la mitad de sus casas. Desde entonces, los vecinos pasan la noche en la calle por el temor de morir aplastados en alguna de las réplicas que hacen temblar la tierra todos los días. Pero el rumor de que la rapiña se estaba metiendo a los domicilios abandonados a robar lo poco que había, los obligó a crear brigadas de protección, a montar guardias, a portar machetes y a sacar las armas de fuego.

Es por eso que desconfían de cualquiera que no conocen. Son decenas de adolescentes nerviosos, en estado permanente de alerta. Ante la llegada de cualquier vehículo de inmediato chiflan, corren y lo rodean. No dudan en mostrar sus fuscas y sus palos.

—Tú entiendes ¿no, carnal? Es que hay unos vergas que se andan metiendo a las casas y hasta dicen que se querían robar a unos niños. Se pasan de verga porque están viendo cómo estamos después de la tragedia y salen con sus mamadas. Al chile, si los topamos, los vamos a quebrar, por culeros.

***

El diario español El País bautizó a Juchitán como el epicentro del dolor en México. ‘La Populosa’ es una de las partes que más le duele a Juchitán. Aquí— me dicen los vecinos— hay damnificados de primera y nosotros somos de segunda. La ayuda no entra a los caóticos callejones que conforman la columna vertebral del barrio.

Al fondo de uno de ellos vive don Juan, un señor diabético de 61 años que toda su vida fue obrero. No tiene pensión y ahora duerme en el patio de su casa, entre toneladas de cascajo, trastes rotos, juguetes viejos y un hule que lo cubre parcialmente de la lluvia. Necesita atención médica urgente. Tiene insuficiencia renal y desde hace seis meses requiere diálisis. Un proceso médico para eliminar toxinas y agua en la sangre. Su riñón no funciona y no puede orinar de manera automática, por eso debe hacerlo manualmente.

Mediante un catéter en su estómago, mete a su cuerpo entre dos y tres litros de una solución que contiene sodio, cloro y carbonato de hidrógeno. Espera unos 30 minutos hasta que la bolsa de líquido se vacíe. Cuatro horas después su orina sale a través de un tubo y vuelve a meter una nueva solución de tres litros. El procedimiento lo repite hasta cuatro veces al día.

Desde la noche del sismo no ha podido hacerlo porque para ello necesita un lugar con altos estándares higiénicos para no contaminar la sangre, pero él vive entre el polvo que se levanta de su casa en ruinas. Además, el material médico que utilizaba quedó sepultado.

En uno de los hospitales que aún funciona después del movimiento telúrico, el área destinada para tratar a los dializados quedó inservible y no lo pueden atender. Don Juan sabe que sin la diálisis es probable que en poco tiempo sus riñones se llenen de agua, que sufra un ataque al corazón o que su cuerpo simplemente colapse por un infarto cerebral.

“Las medicinas con las que controlo mis niveles de azúcar y mi hipertensión quedaron debajo de los escombros. Voy ir mañana o ver quien puede ir al hospital a preguntar si ya me pueden atender. Aunque no lo creo”, me dice resignado, sentado en un catre habilitado por su familia.

Sus nietos duermen apretados en hamacas y, a pesar de que los tapan, se están enfermando por el fresco que sienten en la mañana al vivir al aire libre. Sus hijas corren a las calles principales cuando se enteran de que llegaron víveres. Pero no han tenido la suerte de que entre las bolsas con alimentos enlatados y papel higiénico se encuentre algunas de las medicinas que necesita su papá.

Don Juan es hoy uno de los habitantes más desafortunados de ‘La Populosa’.

***

A unas calles de ahí veo a Miguel sentado junto a otros chicos que lo escuchan atentos. Obedecen, sin reclamar, lo que les ordena. Van por café, cargan botellas de agua, limpian. Miguel es un líder indiscutible en su barrio. Es abogado, tiene 30 años y una hija de dos. Su esposa es médico. La mitad de su casa se derrumbó.

“Esté barrio está cabrón. Es bien bravo, pero también es unido”, me dice afuera de su casa, al mismo tiempo que sus muchachos organizan los víveres que les han llegado en las últimas horas para ayudar a sus vecinos más necesitados.

Un día después del terremoto, Miguel organizó un acopio. Decenas de jóvenes se sumaron a ayudarlo. Lo conocen bien porque fundó un colectivo deportivo y cultural con ellos. Lo nombraron colectivo ‘La Populosa’ porque así es como le llama la prensa local al barrio.

“Mataron a un hombre en la populosa Séptima Sección… Una muchacha fue violada en la populosa Séptima Sección”, titulares similares son comunes en los diarios juchitecas.

Pero Miguel y sus muchachos adoptaron el mote y se sienten orgullosos de su colonia. No todo es violencia. Juegan futbol y beisbol taladxhi, una modificación del original que los zapotecos practican con una pelota de esponja. Por medio deportes Miguel busca ayudar al barrio para sacar a sus jóvenes de las drogas y los malos pasos.

Por la mañana llegó su amigo Eliseo con 45 despensas y ropa que trajo de la capital del estado. Durante siete horas viajó con sus vecinos apretados en una pick-up para hacer llegar la ayuda hasta Juchitán. Inmediatamente fueron a repartirla casa por casa en varios callejones.

“Es un apoyo que les traemos. No es mucho pero igual les sirve para pasar el día de hoy”, les decía a las familias que se juntaban en los estrechos corredores. La gente agradecía y le aplaudía.

Mientras acompañaba a Eliseo y Miguel la gente me insistía para pasar a su casa y fotografiar los daños con la esperanza de que “México se toque el corazón y nos ayuden”.

“Mire joven pásele. No, pero hasta el fondo. Con cuidado. Mire acá también, pero de rapidito porque la pared está muy floja y no se le vaya a caer. Mire cómo quedó la casa de mi tía, suegra, mamá, cuñada, prima, nuera, abuelita. Mire yo lo llevo. Mire, ya vio cómo quedó mi refri, horno, estufa, litera, ropero, tele, estéreo. Mire mis animalitos todos flaquitos, ni han comido”.

En otra casa fueron más directos:

“Oiga y ¿en qué nos va a ayudar? Pura foto y foto y nada de ayuda”.

Una hora después de haber iniciado, terminó la jornada matutina. Miguel nos invitó a su casa.

“Mira, cabrón, agárrate esa trabe y pónganla entre esas dos columnas para que nos sentemos”, le ordena a uno de los muchachos. Eran los soportes de su casa. Ahora funcionan como una banca improvisada.

Ahí sentados me cuenta que la gente de este barrio no desperdicia nada. Por eso, en las casas que se cayeron están escogiendo los tabiques que aún sirven para reutilizarlos en la construcción de sus nuevos hogares.

“¿Cómo son los juchitecos?, le pregunto a Miguel.

“No me preguntes eso que me vas a hacer llorar, carnal”, me dice con una sonrisa que inmediatamente se borra cuando sus ojos ven a un punto ciego. Me doy cuenta que en verdad sus ojos se pusieron un poco vidriosos al intentar describir a su pueblo.

Todos lo voltean a ver con la incógnita de qué dirá. Dice que la foto de la bandera mexicana arriba de las ruinas del Palacio Municipal sí lo hizo llorar y luego responde:

“Los tecos somos cabales, valientes y somos gente que nos apoyamos entre nosotros y a los demás”.

“Es verdad”, lo interrumpe su amigo Lupín. “Recuerda que Álvaro Obregón dijo que no hay un panteón en la República donde no esté un juchiteco muerto por la causa de la Revolución Mexicana”.

“Qué te digo, mi carnal. Se cayeron nuestras viviendas, pero no nuestra dignidad”, concluye Miguel.

***

Una anciana que perdió su casa me suplica en zapoteco que difunda lo que pasa para que la ayuden. Es ciega. Un joven me traduce. Otra vez es de noche en ‘La Populosa’. Ahora la recorro con otro periodista en el taxi de Ricardo. El conductor está nervioso. Sabe lo que es entrar a ese barrio.

“Hubiéramos venido más temprano. Es que ahorita ya están todas las calles cerradas. Y tú sabes que con un sólo cabrón que se le alborote, las cosas se pueden poner muy feas”, nos dice.

Es cierto, no hay calle que no esté bloqueada con palos, ramas de los arboles que se cayeron, bloques de cemento de los escombros, alambres o botes. Es imposible recorrer más de dos cuadras sin toparte con un bloqueo vecinal. Ahí, sobre el asfalto, los residentes han colocado sus colchones, los más suertudos tienen una sábana para taparse. Unos dormitan, otros vigilan.

Hace unos minutos detuvieron a un tipo que, según cuentan los vecinos, estaba a punto de robar al interior de un domicilio cuando fue descubierto. Lo corretearon por los callejones. Lo atraparon y cuando estaban apunto de lincharlo apareció la policía y se los quitó.

—Es que no hay de otra, hay que matar a uno o a dos para que entiendan el mensaje y a ver si se les ocurre de nuevo pasarse de lanza —dice uno.

—Pues sí, tienes que estar bien drogado para pensar que puedes entrar, robar y salir vivo de aquí —responde Ricardo.

—Si no entregan las despensas, ¿tú crees que el gobierno va a ayudarnos a detener a los malandros? —cuestiona alguien.

De pronto, se escuchan chiflidos, decenas de personas corren hacia una dirección.

—¡Allí está ese cabrón, que no se escape!

—¡Váyanse ustedes por otro el otro lado!

—¡Pónganse chingones en la otra calle!

—¡Está ahí arriba, bájenlo!

—¡Se brincó a la otra azotea!

El ladrón se ha escapados a pesar de la acelerada persecución.

Otra vez alguien asegura que lo ha visto de nuevo. Otra vez todos a correr. Entre la corredera y el griterío se dan cuenta que, entre ellos, hay dos personas que no conocen: mi colega y yo. Nos ven con desconfianza.

—Deja de grabar, güey. Si linchan a alguien los que seguimos vamos a ser nosotros. No van a querer que haya evidencia —le digo.

—Ya estamos aquí. Si nos van a chingar lo van a hacer de cualquier forma —me contesta sin interrumpir su live en Facebook.

Ricardo les explica en zapoteco que vamos con él. Ellos asienten con la cabeza sin decir nada. De nuevo a correr.

Regresó al hotel. Son más de las dos de la mañana.

—¿Sentiste la réplica de hace rato? —me pregunta un grupo de periodistas.

—¿Cuál de todas? —respondo.

Nos carcajeamos nerviosos.

Al día siguiente el movimiento de las placas tectónicas me despierta y Abraham, un ingeniero mecatrónico que la noche del sismo perdió a dos de sus compañeros de trabajo, me pregunta:

¿Qué pasará con toda esta gente cuando las brigadas médicas, los voluntarios, las autoridades y los periodistas salgan de Juchitán?

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