Una charla con el diputado venezolano que dejó el punk para tomar las calles


Este artículo apareció en el número “Juventud infatigable” de la revista VICE. Puedes leerla completa AQUÍ.

Desde abril de este año, en Venezuela se viven diferentes tipos de manifestaciones (plantones, trancazos, marchas) que

tienen al país en una dinámica diaria insólita en los últimos 20 años. La grave crisis económica, social y política fue el detonante de esta situación, además de la decisión del Tribunal supremo de Justicia (TSJ) que, el pasado 28 de marzo, declaró nula la inmunidad de la Asamblea Nacional. Con esto, el gobierno de Venezuela buscaba que el TSJ asumiera las competencias de la Asamblea Nacional, a la que declaró en “desacato” (la Asamblea Nacional de Venezuela actualmente es de mayoría opositora). Este tipo de acciones hacen pensar que la intención del gobierno es abarcar la mayor cantidad de poderes políticos posibles.

Además de esta sentencia, se suman la inhabilitación de los principales líderes opositores—como Henrique Capriles Radonski—; más de 300 presos políticos; la no realización del Referéndum Revocatorio, el ignorar las elecciones regionales por “carecer de importancia”, y la más que terrible crisis humanitaria que se vive en el país —conseguir medicinas, alimentos o productos de primera necesidad es casi imposible, y si se llegan a conseguir, terminan siendo impagables para la gran mayoría de los ciudadanos.

Las manifestaciones han sido reprimidas por las fuerzas del Estado, dejando un saldo de casi 100 muertos y más de 3.600 detenidos, según la oficina del alto comisionado de la ONU para derechos humanos (de éstos, más de 1100 siguen privados de su libertad).

Entre los líderes más visibles de la oposición está el diputado a la Asamblea Nacional, Miguel Pizarro. Nacido en Petare, Caracas, hace 29 años, le ha tocado estar al frente de estas manifestaciones. “Vengo de una casa muy política, donde la discusión sobre lo público y lo que ocurría en el país era bastante normal. Desde muy pequeño he tenido vocación política. Cuando entré en la universidad, con 18 años, decidí que el servicio público, el activismo, la acción, eran el rumbo que iba tomar para mi vida”, dice Miguel.

Foto por Daniel Blanco.

Además de haber pertenecido a Kolumpio, una banda de anarcopunk, cuando era estudiante Miguel fundó el movimiento antimilitarista “Ni casco ni uniforme”, el cual tenía como fin oponerse a la imposición gubernamental de implementar la materia “Instrucción Premilitar” en las escuelas. En el 2007, participó en las protestas contra el cierre del canal de televisión RCTV, el cual, según declaraciones de Hugo Chávez, no obtuvo la renovación de la concesión por la supuesta posición que tomó durante el golpe de estado de 2002.

Con 21 años fue elegido diputado en las elecciones parlamentarias del año 2010, siendo parte de la MUD (Mesa de la Unidad Democrática), cargo que ocupa desde el 5 de enero de 2011 hasta el día de hoy.

Los manifestantes venezolanos han tenido que defenderse con escudos, máscaras antigás y hasta “puputovs” (bombas hechas de excremento) de los perdigones, bombas lacrimógenas, metras, y hasta balas reales que usan las fuerzas del Estado para reprimirlos. Miguel, como la mayoría de los dirigentes opositores, protesta sin ningún tipo de protección aun sabiendo los riesgos que esto conlleva.

“Yo protesto sin máscara, escudo o cascos porque al final creo que uno moldea conductas, el dirigente debe liderar con el ejemplo. Esta es una lucha masiva y pacífica, que probablemente nos pone todos los días a prueba con el fantasma del camino rápido, la violencia. Obviamente me da miedo la represión, el disparo de perdigones directo al cuerpo, y las bombas lacrimógenas apuntadas a la cabeza. Pero da mucho más miedo que la situación que vivimos sea para toda la vida”, cuenta Pizarro acerca de su participación en las protestas.

La inseguridad ha llevado al país a ser uno de los más peligrosos del mundo según las muertes per cápita. El Observatorio Venezolano de Violencia reveló que en 2016 Venezuela se convirtió en el segundo país más violento del mundo con 28 mil 479 muertes. “Nadie pensaba que íbamos a estar como estamos hoy, nadie nunca se imaginó caer en estas circunstancias: hambruna, muertes por falta de medicinas, y un gobierno que trata de instalar una dictadura y hegemonía total; estamos viviendo cosas inimaginables”.

En estos últimos años, en Venezuela se ha vivido un éxodo masivo sin precedentes. La Universidad Católica Andrés Bello estima que más de dos millones de venezolanos han emigrado del país desde que Hugo Chávez asumió la presidencia en 1999. Puedo dar fe de ello, debido a que yo mismo emigré del país a comienzos de este año, dejando atrás a mi familia en busca de un futuro y una calidad de vida que actualmente es poco menos que utópica en Venezuela.

“Venezuela es un país que tiene futuro e inevitablemente va a cambiar, creo que hemos llegado al fondo”

“Venezuela es un país que tiene futuro e inevitablemente va a cambiar, creo que hemos llegado al fondo de lo que podíamos vivir como sociedad o nación. De ahora en adelante lo que nos queda es subir. Soy un optimista testarudo, no por romántico ni ingenuo, sino por las cosas que uno vive”, opina Miguel sobre el éxodo venezolano. “Al joven que se fue del país, que se pone ansioso al ver alguna foto de represión —conozco un montón—, y que cada día sueña con luchar en Venezuela, le digo que se prepare para volver; que ese mismo mosaico de Maiquetía que los vio salir, y ese mismo abrazo de despedida que le dieron a su familia, lo vivirán a la inversa. Que con ese sentimiento con el que se fueron, van a volver”.

Emigrar o no de Venezuela es una pregunta que hasta los mismos políticos se hacen actualmente. El gobierno de Nicolás Maduro cuenta con más de 300 presos políticos según el Foro Penal, y muchos otros opositores han tenido que exiliarse. Sin embargo, dejar Venezuela no está en los planes de Miguel . “Nunca me lo he planteado ni he discutido si estar acá en Venezuela tiene sentido. Si yo no tuviera cargo de elección popular, igual estaría aquí. Creo que a nosotros como generación nos tocó heredar un proceso que nunca decidimos. Nosotros no generamos esta crisis ni decidimos que el país fuese así. No elegimos estos gobernantes, pero sí nos toca encontrar una solución de largo aliento, una solución que permita que nos reencontremos, que volvamos, y que tengamos oportunidades en el país que soñamos”.

Uno de los argumentos más usados por el gobierno de Maduro es decir que la oposición “no tiene un plan de gobierno”, que solamente quieren montarse en el poder y volver a gobernar de la manera en la que se hacía antes de que Hugo Chávez ganara las elecciones presidenciales de 1999. Pizarro opina distinto. “Aquí tiene que haber un cambio de gobierno, pero también tiene que existir un cambio que permita que el Estado sea un facilitador que ayude a desarrollar procesos, a que los programas sociales (las misiones) no funcionen como mecanismos clientelares de control político sino como herramientas de ascenso, a que lo que empieza con una bolsa de comida luego derive en programas de escolarización y formación de oficios. Que el trabajo no sea nada más darle los materiales al pueblo, sino que haya un acompañamiento del Estado para que los barrios sean asentamientos urbanos con las condiciones necesarias, y no como están hoy en día. La economía no puede seguir siendo un hoyo negro del que nadie tiene información o datos, tiene que ser algo absolutamente trasparente. El sistema de cambio de divisas en nuestro país tiene que ir a un proceso progresivo de desmontaje, ya que ese sistema solo ha servido a la corrupción, para que algunos pocos se hagan millonarios”, concluye Miguel.

Luego de tantos años de luchas, elecciones perdidas, promesas incumplidas y radicalización del modelo económico del gobierno, es comprensible que algunos venezolanos pueden sentirse escépticos acerca de una posibilidad real de “cambio”, incluso con un nuevo gobierno de transición.

Venezuela está viviendo la recta final del modelo de gobierno que emprendió Hugo Chávez, el cual convirtió a Venezuela en el país más inseguro del mundo y le devolvió problemas que hace años no se veían: escasez de medicinas y alimentos. Este año y 2018 —año de elecciones presidenciales— serán decisivos para el presente y el futuro del país. Ojalá que todas estas protestas, muertes, éxodos y rupturas familiares terminen con un cambio de dirección que saque a Venezuela del infierno en el que vive actualmente.

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