Vómito, ojeras, y ansiedad: Pasé una semana comiendo puras garnachas


Primero, para poner en contexto lo que significó para mí este experimento, les cuento que llevo viviendo en la Ciudad de México nueve meses. Llegué de Venezuela a comienzos de año y, como llevo trabajando casi dos años con México (a distancia y ahora en vivo y directo), pues pensé que tenía conocimiento absoluto la jerga mexicana.

Esa seguridad desapareció cuando mi editor me llamó para proponerme que pusiera en riesgo mi salud mental y física comiendo únicamente garnachas por una semana. Le pregunté, “¿qué diablos es la garnacha?”

Al enterarme de su significado entendí que me estaba pidiendo llenar mi organismo de comida chatarra, de fast food mexicano. Y pues, por el periodismo hay que estar dispuesto a hacer este tipo de sacrificios, ¿no?

Antes de empezar la misión decidí hablarle a un amigo experto en garnachas para que me asesorara. Estas fueron sus recomendaciones:

—Gorditas.
—Sopes.
—Tacos de suadero.
—Quesadillas.
—Flautas.
—Tostadas.
— Por último, me dijo que fuera a algún puesto de la calle y preguntara cuál era la garnacha más cabrona que tenían y que me la dieran a probar. Que “la calle me sorprendiera”, me aconsejó.

Además, para no morir en el intento, llamé a una nutrióloga que me recomendó tomar un jugo verde hecho de apio, espinaca, limón, y pepino cada mañana. El jugo tenía como función desintoxicar y limpiar mi estómago extranjero para sufrir el menor daño posible causado por toda la fritanga y aceite que iba consumir.

Jugo Detox.

Las reglas del juego eran sencillas:

—Desayuno: jugo.
—Almuerzo: garnacha.
—Cena: garnacha.

Nota: al comenzar el experimento pesaba 84 kilos.

DÍA 1

Comencé por algo que no había probado desde que llegué a México: las gorditas. Fui a un puesto de tacos callejero, ya que quería tener la experiencia real. Ver cómo alguna señora llenaba sus manos de masa y le daba el sabor más real posible. Uñas y piel muerta; quería todo en mi primera gordita en la Ciudad de México.

No tenía idea de cómo iba a ser su sabor, pero haber comenzado mi semana de garnachas con dos gorditas fue una decisión hermosísima. Ahora amo las gorditas.

Una gordita.

Luego de todas las endorfinas que liberé al almorzar fritangas, seguí mi día y esperé a que me volviera el hambre para seguir inyectando aceite en mi cuerpo. Ya como a las siete de la tarde me topé con un puesto de tacos, saqué tres monedas de mi sudadera y pedí al taquero dos tacos de suadero. Limón, salsa verde, servilletas y más grasa para mi organismo. Ya me estaba sintiendo hinchado y apenas era el primer día.

DÍA 2

Levantarte y saber que lo primero que tienes que meter a tu organismo es un jugo verde, del cual Popeye probablemente hubiese estado orgulloso, está cabrón. Normalmente cuando nos despertamos queremos comer un desayuno como los que nos vende la televisión. Huevos y eso. Me tapé la nariz y tomé mi jugo para poder ir a trabajar y estar con el estómago “protegido”. A la hora del almuerzo me recomendaron ir a un restaurante de garnachas muy famoso y, bueno, yo soy así: si es famoso voy a querer ir. No se enojen, es culpa del internet, MTV, y las pelis de Tom Cruise. Al llegar dejé que los meseros me trajeran cualquier garnacha que ellos quisieran; les di libertad para que me guiaran como Leonardo Di Caprio en el Titanic.

Me recomendaron sope de chicharrón, y como sonaba bastante gordo acepté. Jamás había visto un plato de sope en mi vida, así que me sorprendió bastante cómo lo servían. La verdad es como si hubiese ido al refri a las tres de la madrugada, borracho y pacheco, a tomar una tostada y echarle absolutamente todo lo que encontrara. Me dio miedo, pero apenas comí el primer bocado caí ante los pies del sope. ¡Qué invento tan cabrón!

Con cada comida tomaba agua, ya que si le agregaba alguna gaseosa terminaría valiendo verga. Para la cena, cambié un poco y me comí dos tostadas con salsa verde en otro restaurante. Un día de comer garnacha en restaurantes no está tan mal, la verdad. Así cuidaba de alguna forma mi cuerpo y no terminaba intoxicado tan rápido.

Cuando como comida chatarra por varios días mi cerebro entra en un trance. Es como si ya cada vez que me toca comer, lo único que pudiera saciar mis ansias es más comida callejera. Como una droga, siempre quieres más y cuando terminas y te baja el rush te sientes bien bajoneado.

DÍA 3

Admito que dormí un poco golpeado. Sentí como si mi cuerpo hubiese pasado por un fin de semana con pedas, drogas y pocas horas de sueño. Solo que me sentía así por comer pura garnacha, nada más. Sé que muchísima gente basa su dieta en este tipo de comidas, y la verdad no sé cómo chingados hacen para no sentir que valen verga. Me tomé mi jugo, el cual ya me daba ganas de vomitar. Salí a trabajar y pasé alrededor de cuatro de mal humor, esperando a la hora de la comida para consumir alimentos que me iban a seguir poniendo de mal humor.

A la hora de la comida me dejé llevar por mis compañeros de trabajó y probé unas flautas que según ellos, eran muy chingonas. La verdad es que tampoco había probado flautas, pero afortunadamente fue lo mejor de mi semana. Me levantaron el ánimo y me hicieron pensar que todo iba a estar bien. Las flautas de queso son lo mejor que le ha pasado a mi vida desde que Santa Clos me regaló Zelda Ocarina Of Time de Nintendo 64.

Me devolví hinchado y ya con antojos de una ensalada, carne asada, o un consomé de pollo. Quizás el cuerpo es inteligente, y me estaba avisando que mi organismo necesitaba otra cosa. La ansiedad ya la tenía a mil y mi corazón latía más rápido de lo normal. La verdad es que hasta comer barato te sale caro, por más trillada te suene la frase. El cuerpo sufre. En serio.

En la cena, fui a otro puesto callejero y me recomendaron una quesadilla que era la “especialidad de la casa”. El olor a aceite, pastor, y cualquier otra cosa que estuviesen vendiendo en el local hizo que me dieran naúseas y pidiera mi comida para llevar. Metieron la quesadilla en una bolsita, más las salsas y me la llevé. Me serví la quesadilla en mi cocina, la llené de salsa verde y le di dos mordiscos. La verdad no pude terminármela porque el sabor a aceite, más mis manos llenas de fritanga, hicieron que me doliera la cabeza y dejara de comer.

Me di una ducha para eliminar el olor, me tomé un antiácidos y me acosté a dormir. Me sentía mareado, ansioso, y con ganas de no comer por varios días.

DÍA 4

Dormir y tomar antiácidos hizo que me despertara relativamente “bien”, y con ganas de probar algo más exótico. Tomé mi jugo detox, fui a trabajar y esperé a la hora de la comida para seguir la recomendación de mi amigo: preguntar en una taquería callejera qué era lo más chingón y grasoso que podían ofrecerme. La respuesta es algo que sigue difuso en mi cerebro: la verdad no recuerdo el nombre de este platillo, pero bueno, tengo la memoria horrible.

Era una especie de costra, llena de queso y jamón —obviamente frito—, con arroz, envuelta en tortillas. Le pregunté a todos mis amigos mexicanos, a la oficina, a quién sea, y nadie supo decirme qué chingados era eso, pero bueno. Creo que fue una de las cosas más sabrosas de la semana. Aquí una foto:

Ya de cena decidí comer una quesadilla del primer puesto que me encontrara en la calle. Para este punto mis amigos, editores y gente conocida me decía que me veían débil y pálido. La garnacha había hecho efecto en mí cuerpo. Me invitaron a tomar, pero me sentía bajoneado y decidí irme a dormir.

DÍA 5

A ver, me levanté a las cinco de la mañana de un viernes para vomitar; obviamente mi cuerpo ya no daba para más y la neta sabía que esto iba a suceder. Tomé una ducha, casi dos litros de agua, y fui a la oficina para seguir trabajando. Uno de mis editores me dijo que tenía ojeras terribles y que me veía excesivamente blanco; y eso que naturalmente ya soy bastante blanquito.

No tomé mi jugo detox porque la verdad no quería nada en mi cuerpo que no fuese agua. Agua pura y cristalina hasta que me muriese de hambre. En la oficina sentí el estomago bien hinchado; como si una bacteria estuviese castigándome por todos mis pecados. Pasé todo el día sin comer, hasta las nueve de la noche que me tomé un consomé de pollo sin pollo. Ajá, leyeron bien, solo líquido para sentirme bien. El comer tan mal por solo cinco días me cambió el humor, me puso pálido, me hinchó el estómago, me hizo vomitar y me llenó de ansiedad.

Me pesé justo antes de dormir y había aumentado 2.5 kilogramos; así que terminé la semana pesando 86.5 kilogramos. Lo más impresionante es que no comí por un día entero, vomité, y aún así aumenté de peso. Así que si quieren engordar un poco, sentir cómo el aceite les cambia su ánimo; bajonearse; y estar pálido por algunos días, pues anímense a la garnacha.

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