La juventud de Colombia montó un campamento y no se marchó hasta que hubo paz


Este artículo apareció en el número “Juventud infatigable” de la revista VICE. Puedes leerla completa AQUÍ.

El domingo 2 de octubre de 2016, el reloj marcó las 7 de la noche cuando José Antequera sintió un corrientazo. El locutor que anunciaba la hora en la radio no había terminado de hablar, pero la sensación electrizó a Antequera. En medio de la incertidumbre que le había producido la derrota del acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las Farc en el plebiscito celebrado ese día, finalmente había llegado a una conclusión.

“Esta no es una derrota”, pensó. “Es una crisis”.

Antequera es un activista de 33 años. Tenía cinco cuando, el 3 de marzo de 1989, escuchó por la radio que unos sicarios habían matado a su padre en la serie de más de 3.000 asesinatos políticos que sacudieron a Colombia entre los ochenta y noventa, hoy conocidos como el exterminio de la Unión Patriótica (UP, un partido de izquierda). Según sus palabras, desde entonces su vida estuvo “ligada a la posibilidad de alcanzar la paz”.

Por esa razón, aquel 2 de octubre de 2016 había sido devastador. Ese día, los colombianos debían decidir si apoyaban el acuerdo firmado una semana atrás, tras medio siglo de conflicto armado y cuatro años de negociaciones. A las 8 de la mañana, junto a su madre y su novia, Antequera salió a votar. “Si gana el No, nos vamos de Colombia”, oyó decir a su novia en el camino a las urnas. Él prefirió no decir mayor cosa. Hoy recuerda que, en parte, sí estaba preparado para una sorpresa.

En parte, sin embargo, también quería estar preparado para la victoria. Y por eso —y porque las encuestas daban por ganador al Sí en el plebiscito— había organizado una fiesta en su apartamento. Había comprado whiskey, aguardiente y tequila y alistado su colección de tambores para festejar. Unos amigos que lo habían acompañado en la campaña por el Sí empezaron a llegar a medida que el conteo de los votos avanzaba. Pero no pudieron celebrar.

A las 5:45 de la tarde, una hora después de cerradas las urnas, con una pequeña mayoría, 6.431.372 colombianos habían rechazado el acuerdo de paz. El silencio dominó las calles en ese domingo de lluvia. Ante una posible ruptura del cese al fuego y un regreso a la guerra, la palabra “incertidumbre” inundó los medios, cuyos periodistas no salían de la sorpresa ante el inesperado resultado.

En televisión, el presidente Juan Manuel Santos y el jefe negociador del gobierno, Humberto de la Calle, aparecieron con los rostros petrificados. “Pensaba que el Sí iba a ganar”, recordó De la Calle en una entrevista que le hice hace pocos días. “No por un margen apabullante, pero que iba a ser un triunfo suficiente”.

Días después de la votación del No, los colombianos a favor de la paz salieron a las calles en protesta. Su movilización ejerció suficiente presión para concertar nuevas conversaciones de paz entre las FARC y el gobierno colombiano.

También al bando vencedor lo plagaron las dudas. El exvicepresidente de la República , Francisco Santos , del Centro Democrático (CD), el principal partido de oposición, me contó en una conversación una anécdota de la jornada. “Esa tarde nos reunimos, y yo dije: ‘¿Qué vamos a decir si ganamos?’. Todo el mundo se rió”. Las risas posiblemente fueron nerviosas porque tampoco los partidarios del No supieron cómo reaccionar. El expresidente Álvaro Uribe, jefe máximo del CD, conocido por su gusto por los micrófonos, guardó silencio. Francisco Santos apenas logró decir ante las cámaras que el cese al fuego, uno de los “grandes logros” del proceso, debía seguir vigente.

Antequera recuerda la decepción. “Bajaba la devastación a punta de aguardiente”, dice. Su mamá, viuda del conflicto, miraba por la ventana y se agarraba la cabeza. Su novia lloraba en el sofá, y los invitados hablaban con rabia. Recuerda que uno de ellos gritó: “¡País de mierda!”. Antequera, sin embargo, pronto se prometió no dejarse desbordar por las emociones. Se puso la meta de sobrevivir. Y por eso, dice ahora, sintió ese corrientazo interno que le decía: “Esta no es una derrota. Es una crisis”.

Poco después recibió una invitación por WhatsApp a una reunión en el Park Way, una popular calle de Bogotá. Agarró su trago y salió de su casa. Llegó y encontró cientos de velas en forma del símbolo de la paz. Había amigos, vecinos de la zona y jóvenes que tocaban música nostálgica. Para desahogarse, varias personas tomaron el micrófono.

Mientras tanto, De la Calle escribía su carta de renuncia. “En un país en el que nadie reconoce nada, yo sentía que era responsable de no haber convencido a los colombianos y que tenía que asumir las consecuencias”, me dijo. La noticia profundizó la inestabilidad en el país.

Pero Antequera sentía lo contrario a una profunda inestabilidad. Más bien, divisó una oportunidad. La noche siguiente volvió al Park Way. Quedó asombrado cuando advirtió que unas 500 personas lo esperaban. Habían leído la invitación que horas antes, sin pensarlo mucho, él había difundido por redes sociales. Todos, recuerda, coincidieron en que había que defender la mesa de negociaciones de La Habana.

A las 9 de la noche, la asamblea espontánea decidió declararse en “asamblea permanente” hasta encontrar una salida a la crisis. Empezaron a oírse propuestas de nombres para el naciente movimiento. Antequera recuerda: “De repente, una voz gritó ‘¡Paz a la calle!’, y todos empezaron a corear la frase. Fue muy emocionante”.

“Si la crisis se prolongaba, el proceso de paz estaría en riesgo”, dice Antequera, quien convenció a los presentes y a cientos más de apoyar la Marcha del Silencio que unos estudiantes habían organizado para el 5 de octubre. Antequera tuvo un rol decisivo en convertir esa marcha en una protesta masiva.

Solo tres días después del plebiscito, docenas de miles de personas llenaron, sin musitar palabra, las calles de Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena y Barranquilla. Caminaron con velas y banderas blancas y formaron una enorme franja móvil que cruzó las ciudades del país. El mensaje fue contundente, y estaba dirigido a todas las partes: al gobierno, a las Farc y a la oposición, los nuevos protagonistas de la paz. Su exigencia rezaba: “¡Acuerdo ya!”.

Hubo una marcha cada semana, y su clamor llegó hasta La Habana, donde el comandante de las Farc, Timochenko, y Humberto de la Calle (cuya carta de renuncia el presidente Juan Manuel Santos rechazó) reabrían negociaciones. “Se me pone la piel de gallina recordando ese momento”, dice De la Calle cuando piensa en las imágenes de las multitudes. “Era la fuerza espiritual que necesitábamos”.

Fotos vía Raul Arboleda/AFP/ Getty Images.

Tras la primera marcha, un grupo de bogotanos, algunos amigos de José Antequera, decidió quedarse a dormir en la Plaza de Bolívar, en pleno centro del poder frente a la Casa de Nariño, el Palacio de Justicia y el Congreso. “Nos quedamos ahí entre tambores, música y trago. Era una experiencia más bien casual”, le dijo Alejandro Díaz en ese momento a un reportero de VICE Colombia. Esa “experiencia casual” dio origen al Campamento por la Paz, que ejerció presión durante 41 días hasta que hubo un nuevo acuerdo.

A partir de entonces, Paz a la Calle y el Campamento por la Paz, liderados por Antequera, inspiraron a miles de colombianos a no ceder al ánimo derrotista que predominaba entre quienes apoyaban el proceso de paz. “Hubo una indignación, un rechazo visceral y una clara conciencia de que tenía que ser un movimiento pacífico, tranquilo, que no asustara a los ciudadanos”, me dijo el exalcalde de Bogotá, Antanas Mockus, experto en cultura ciudadana y una de las figuras políticas más populares de Colombia.

La Plaza de Bolívar se convirtió en el epicentro de la protesta, y allí los jóvenes, apoyados por intelectuales y activistas influyentes, organizaron sesiones de baile, la lectura pública de libros sobre la guerra, la instalación de plantas y flores en la plaza, además de acciones callejeras y campañas en redes sociales. Incluso la artista colombiana Doris Salcedo, famosa por la grieta que abrió en el Tate Modern de Londres en 2007, cubrió la plaza de blanco con 7.000 metros de tela y los nombres de víctimas inscritos en ceniza.

“Sentí una gran energía limpia, pacífica y honesta. Una enorme preocupación genuina sobre el futuro de Colombia. Fue un momento muy importante para mi vida”, recuerda De la Calle.

Una semana después de la Marcha del Silencio, la gente volvió a la calle para hacer homenaje a las víctimas del conflicto. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, la ola de violencia que desataron guerrillas, paramilitares y agentes del Estado dejó cerca de 220.000 muertos y 60.000 desaparecidos.

Ese día, Antequera y su madre también salieron a manifestarse. Él recuerda que de repente la vio junto a la viuda de Carlos Pizarro —un popular exguerrillero asesinado tras desmovilizarse en los años noventa— y a la gente regalarles flores y gritar: “¡No están solos!”. “Mi mamá me decía: ‘¿Qué es esto? Esto nunca me ha pasado'”, recuerda.

Contra la lógica que suele regir la movilización civil en Colombia (aumenta la cantidad, baja la atención), cada acto público de Paz a la Calle aumentó la presión. Y logró lo impensable: el presidente Santos y el expresidente y hoy senador Uribe decidieron darse la mano y negociar para ajustar el acuerdo de paz. Durante 138 horas, el gobierno y la oposición, cuya relación había sido hostil por cuatro años, se sentaron a trabajar.

La Plaza de Bolívar, mientras tanto, era el foco de atención. Los corresponsales internacionales se instalaron allí para estar atentos al Campamento por la Paz, que ya contaba con 90 carpas y 400 jóvenes que pernoctaban allí. Este símbolo de los ciudadanos exigiendo su derecho a vivir en paz se volvió un lugar de paso obligado para cualquier político, incluidos el presidente Santos y embajadores europeos, que apoyaba el proceso con las Farc.

“El plebiscito se enfrentó con una generación que adquirió una conciencia humanitaria, con gente que decía que la crisis no nos podía llevar a perder la oportunidad de al menos frenar la confrontación violenta”, dice Antequera.

El 7 de octubre 2016, Humberto de la Calle (izquierda), el principal negociador del gobierno colombiano, y los comandantes de las FARC, Iván Márquez (centro) y Juan Manuel Santos (derecha) anunciaron que escucharían propuestas para arreglar el acuerdo de paz rechazado.

El 12 de noviembre, las cadenas de radio y televisión dieron la noticia de que los negociadores en La Habana habían alcanzado un nuevo acuerdo. Cuarenta y un días después de la victoria del No, De la Calle y el jefe negociador de las Farc, Iván Márquez, posaban para la foto histórica. Frente al televisor, Antequera dejó de lado la emoción para no olvidar que “el camino hacia la implementación de los acuerdos iba a ser muy duro”.

Los jóvenes fueron definitivos para rescatar el proceso de paz. Como me dijo Mockus, “metieron la cucharada en la historia”. “Que los jóvenes reaparecieran en la calle fue determinante. Primero, para nosotros como personas. Segundo, como mensaje político. Y tercero, como la resurrección de algo que se había muerto”, me dijo De la Calle, quien no duda en darle a Paz a la Calle la misma dimensión histórica de la Séptima Papeleta, un movimiento juvenil que en 1991 legitimó una nueva Constitución.

Con las semanas, la movilización juvenil se ha ido dispersando. Las asambleas de Paz a la Calle hoy son eventos minoritarios, el Campamento por la Paz fue desalojado siete días después de la firma de manera violenta por la policía antimotines de Bogotá, y así el entusiasmo por la paz se ha ido reduciendo.

“Siempre tuve la certeza de que este movimiento tenía fecha de vencimiento”, dice Antequera. De la Calle, que hoy suena como candidato presidencial para las elecciones de 2018, es menos drástico: “Esto no es algo que se haya muerto, una llama que se acabó o algo anodino o temporal. Ahí hay enormes esperanzas de que Colombia va a escoger un buen camino”, dijo.

En días recientes, los protagonistas de la ola juvenil se han dividido en dos. Unos asisten a las sesiones del Congreso en las que se discuten las leyes para implementar el acuerdo: hacen veeduría para proteger lo alcanzado en La Habana. Estos han rebautizado Paz a la Calle como Ojo a la Paz.

Los demás, la mayoría antiguos miembros del Campamento por la Paz, visitan las zonas veredales donde más de 6.000 miembros de las Farc se han concentrado para dejar las armas y preparar su paso a la vida civil.

De pronto no lo saben, pero estos jóvenes devolvieron la esperanza a un país que veía irse la oportunidad de la paz. Antequera, los estudiantes de la Marcha del Silencio y los que acamparon en la Plaza de Bolívar en las frías noches de octubre se convirtieron en el rostro de una resistencia civil efectiva. Desataron una revolución que, sin un disparo, logró la firma de una paz que Colombia llevaba décadas esperando.

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