Este vibrador es la verdadera varita mágica


Masturbarme es una parte importantísima de mi vida. Siempre he pensado que es mejor que te gusten más cosas que menos —especialmente en el ámbito sexual— y aunque los vibradores nunca fueron mi juguete favorito, antes de descartar la idea por completo intenté de todo: me masturbé con masajeadores, anillos vibradores, pequeños consoladores portátiles y hasta con un cepillo de dientes eléctrico y un rastrillo eléctrico. Nada me hacía cosquillas.

Creo que el origen de mis problemas con los vibradores fue haber descubierto los placeres del agua a presión muy pronto en la vida. En uno de mis primeros experimentos de autoestimulación abrí las piernas frente al chorro caliente de la tina de hidromasaje de mis papás. Nunca nada volvió a ser lo mismo. Era el mejor método de masturbación que una puberta podía pedir: ridículamente eficiente, gratis, y siempre lo podías disimular diciendo que eras muy meticulosa con tus hábitos de limpieza. Desafortunadamente crecí, me salí de casa de mis padres y no solamente me hizo falta el jacuzzi, sino que mi relación con los vibradores había fracasado sin siquiera empezar. La primera vez que tuve que usar uno, por falta de otra opción, la vibración me pareció más débil que el zumbido de un mosquito y me decepcioné profundamente.

Tal vez por eso no puse mucha atención cuando escuché hablar del famosísimo Hitachi en un capítulo de Sex and the City. Recuerdo a Samantha Jones, una de las protagonistas, hacer un fuerte hincapié sobre las maravillas del aparato pero yo ya no tenía curiosidad sobre el tema. Lo mismo me pasó cuando lo vi en alguno de los videos de porno hardcore que me gustan.

Años después, cuando pensé que mi relación con los vibradores estaba muerta , fui a un festival de cine porno hecho por mujeres para mujeres. Una de las películas que vi fue The Expert Guide to Female Orgasms de Tristan Taormino, un documental que muestra a distintas mujeres teniendo orgasmos reales frente a la cámara. Para lograr esto, la directora le pregunta a cinco mujeres qué necesitan exactamente para alcanzar el éxtasis mientras las filman. Ellas establecen las condiciones, es decir, quién quieren que sea su pareja, en qué lugar quieren ser filmadas, el tipo de estimulación y los juguetes que quieren tener en la escena para poder venirse.

Al ver que cinco de cinco mujeres escogieron al Hitachi como objeto indispensable para tener un orgasmo, pensé que la película era probablemente un poco propagandista. Al mismo tiempo, las caras de orgasmo me parecieron tan reales que decidí que valía la pena, al menos, darle una oportunidad a este vibrador.

El Hitachi Magic Wand es un juguete sexual de clóset. Incluso cuando ha sido reconocido como el objeto erótico que más orgasmos femeninos ha producido en la historia de los vibradores, y a pesar de que aparece en un altísimo porcentaje de videos pornográficos y que con una simple búsqueda en internet aparecen listados enormes de aditamentos, extensiones y cabezas, los productores se niegan rotundamente a venderlo como algo que no sea un “masajeador de cuello”.

Compré el mío en MercadoLibre y me costó un poco menos de 500 pesos, que además dividí en seis pagos de 80 pesos cada uno. Un precio muy decente. Había una infinidad de opciones, pero decidí comprar el original porque es el que tiene garantía de satisfacción (y es el más barato). Llegó a mi casa en menos de dos días, envuelto muy discretamente en una bolsa negra, de tal forma que los porteros de mi casa nunca sospecharan el motivo de la extraña vibración que ahora ocurre casi todos los días en las ventanas del edificio.

Tuve que esperar algunos días para estrenarlo porque quería tener la casa sola para poder explayarme todo lo necesario. Cuando por fin lo abrí, me sorprendió lo grande que es. Mide unos 25 centímetros de largo y pesa bastante más que cualquier otro consolador que haya visto. Es poco discreto, pero por ahí dicen que algunas cosas entres más grandes, mejores.

Lo conecté a la corriente para ver si funcionaba y no sé por qué, pero me lo puse en la punta de la nariz para probarlo. La vibración es tan potente que sientes que te tiemblan los dientes y te palpita el cráneo. Me excité muchísimo.

Ilustraciones por Clementina León.

Con todo listo, me desnudé y me acosté sobre la cama. Para aumentar las posibilidades de que por fin un vibrador me gustara, pensé en darle un giro psicológico a la experiencia. Abrí mi laptop y busqué un video porno en el que alguna chica se estuviera masturbando con un Hitachi. Esto servía un doble propósito. Por una parte, podía ver la forma correcta de usarlo y por otra, jugaba a que me dominaba el video. Yo tenía que hacer lo que la chica hiciera, como si una pareja dominante me estuviera dando órdenes.

Al inicio del video la chica se tocaba sólo con las manos, así que yo hice lo mismo. Toda la expectativa me tenía bastante prendida, así que no hizo falta mucho para empaparme. Después de un rato de estimularse manualmente, la chica encendía el masajeador y lo colocaba sutilmente sobre su clítoris, primero sin moverlo de lugar y luego haciendo pequeños movimientos hacia arriba y hacia abajo. Imitando lo que ocurría en la pantalla, tomé el Hitachi de mi buró y lo encendí. Tiene dos velocidades, pero en el video no se alcanza a ver cuál escoge la chica, así que improvisé. Decidí saltarme la velocidad baja, en primer lugar porque todavía estaba un poco escéptica y en segundo, porque soy una atascada.

Puse el vibrador sobre mi clítoris y después de eso no tuve que ver un segundo más del video. Al principio la intensidad me pareció tan fuerte que involuntariamente mis piernas se cerraron plegando mis labios entre el Hitachi y mi clítoris, como para amortiguar la vibración un poco. Me vine fuertísimo, casi instantáneamente. Unos minutos después, ya que bajó un poco mi ritmo cardiaco, lo volví a intentar. Esta vez mi piel estaba un poco adormecida por el orgasmo anterior, así que abrí las piernas para estar más expuesta. El segundo orgasmo me vino casi tan rápido como el primero. Me sentía insaciable. Repetí la operación una y otra vez, sin dejar de retorcerme de placer. Con ayuda de mis dedos, dejaba que la superficie del Hitachi estuviera cada vez en contacto con una mayor parte de mi clítoris. Los orgasmos nunca dejaron de subir de intensidad. Logré parar únicamente cuando ya no aguantaba el dolor en la muñeca y mis piernas parecían un par de sacos deshuesados. Cuando me levanté de la cama mi figura estaba marcada en sudor sobre la sábana, como un angelito de los que los niños hacen en la nieve.

Después de esta primera experiencia usando el Hitachi, me volví casi adicta al aparato. ¿Quién iba a pensar que me iba a gustar tanto usar —por no decir que iba a volverme dependiente de— un vibrador?

La ventaja máxima que tiene el Hitachi es su cabeza. Como es de hule, no te lastima, se limpia muy fácil y por la forma en la que está diseñada, la vibración no disminuye su intensidad sin importar que tan fuerte la presiones contra tu cuerpo. También tiene algunas desventajas (además del grado de adicción que provoca). La primera es el cable. Si volviera a comprar uno, definitivamente invertiría en uno recargable y lo usaría hasta en el cine.

Otra desventaja que tiene es que suele poner incómodos a algunos hombres. Supongo que es normal, 25 centímetros y múltiples orgasmos a velocidad récord pueden intimidar a quien sea. Lo bueno es que, cuando tienes la suerte de encontrar a alguien que no lo vea como una competencia sino como un aliado, el complemento penetración-vibración clitoriana supersónica es de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida. Tristemente, en mi experiencia, esto no sucede a menos de que sea alguien muy seguro de sí mismo o de plano, un dominante híper experimentado.

Al final, no me arrepiento de haberle dado a los vibradores una segunda, tercera y milésima oportunidad. Yo le recomendaría a cualquier persona que tenga clítoris que compre uno. Para mi ha sido una fuente inagotable de felicidad. Dejando aparte la belleza de la intimidad que es, por supuesto, incomparable, el Hitachi me genera una sensación de total independencia. Es muy liberador saber que los mejores orgasmos me los puedo dar a mí misma y que no dependo de nadie para tener una noche de placer.

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