Así es tener nueve sobredosis de heroína


No podía ver nada, pero podía oír a mi mamá platicando por teléfono. Su español rápido con acento cubano se interrumpía por un estallido ocasional de risa. La televisión resonaba en el fondo. Creo que era un reality show. Tampoco podía sentir mi cuerpo.

No sé cuánto tiempo pasé en esas ruidosas tinieblas, pero cuando mi visión volvió, no estaba con mi mamá. Mi novio estaba arrodillado ante mí. Podía ver nuestro departamento vacío detrás de él, en el cual habíamos vivido durante meses, pero nunca lo habíamos amueblado. No había televisión. No había conversaciones telefónicas en español. Había estado alucinando porque tuve una sobredosis de heroína.

Había tomado la misma cantidad de heroína que siempre tomaba, se la había comprado al mismo traficante, y la había ingerido de la manera habitual. Hasta este día, no tengo idea de por qué sufrí una sobredosis esa primera vez.

La cuarta vez que tuve una sobredosis, estaba sola. Me desperté para encontrar una aguja en mi mano y sangre que corría por mi muslo desde el punto de la inyección. La sexta vez, un desconocido inyectó a mi marido en un motel de Denver, mientras veía como otro joven drogado me daba masaje en el corazón hasta que empezó a latir de nuevo. La octava vez, lo hice a propósito, y pasé cinco días en una sala de psiquiatría por ello. La novena vez, combiné heroína con Xanax después de no usar drogas por varios meses, y no tengo idea de por qué sobreviví.


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Esa novena ocasión, me había inyectado en el baño, pero la sobredosis la sufrí en mi cama. Mi marido estaba hablando por teléfono. Esta vez no era una alucinación. Lo sabía, aunque todo lo que podía ver era el techo, donde mis ojos estaban fijos. No tenía visión periférica, y no me podía mover. Me sentía atrapada, como si fuera una conciencia flotante mirando a través de un cuerpo que no tenía otra vida adentro.

Mi esposo estaba hablando con un operador de emergencias, pero habría preferido morir antes que regresar a esa sala de psiquiatría.

—No pidas una ambulancia —murmuré a través de mis rígidos labios hinchados—.

—Tuviste convulsiones —todavía no podía verlo, pero pude sentirlo moviéndose hacia mí—.

—Por favor, no puedo volver a ese hospital.

No dijo nada por un momento. Después lo oí decir: “Creo que está bien, te llamaré si sufre otra convulsión”.

Cuando mi esposo terminó la llamada, algo hizo clic dentro de mí. Recobré la movilidad y me senté. Él me miró fijamente, con los ojos llenos de pánico.

—¿Qué pasó? —pregunté—.

—Tuviste una sobredosis. Te di Narcan —me tocó la mano con un movimiento suave y titubeante—.

—Pensé que esta vez era definitivo. Pensé que no volverías —se estremeció y exhaló de manera prolongada e irregular—. Las otras veces… había vida en tus ojos. Esta vez, no había nada, te habías ido.

Más tarde, me diría que mis ojos se habían nublado. “Como los de un pez muerto”, dijo.

Si tienes la suerte de vivir en un estado donde el Narcan, el químico naloxona, se surte sin receta médica, un instructor capacitado te enseñará cómo administrar el medicamento salvador de vidas antes de enviarte a casa con una o dos dosis. Te dirá que la naloxona revierte una sobredosis reemplazando los receptores opiáceos sobrecargados. Oirás que hará que un adicto presente síntomas de síndrome de abstinencia instantáneos.

Lo que no mencionarán —y que no encontrarás escrito en la mayoría de los panfletos informativos, pero que yo he experimentado— es que no siempre parece reemplazar todo el opiáceo. Sólo el suficiente, con suerte, para revertir la sobredosis. Y luego se desvanece. Nos gusta escuchar esas alentadoras historias sobre el drogadicto cuya experiencia cercana a la muerte actúa como una llamada de atención. Y entonces reconoce lo cerca que estuvo, se da cuenta de que no quiere morir y deja la droga como por arte de magia.


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El problema para mí fue que realmente nunca sentí el impacto de mis sobredosis. La mayor parte del tiempo, tenía suficiente droga en mi sistema para seguir un poco drogada. Sólo sentí los síntomas de abstinencia de la naloxona una vez. Recuerdo haberme sentido abrumada por un sentimiento de claridad instantánea, y lo odié. En menos de un minuto mi piel estaba fría y pegajosa por el sudor. Mi estómago ardía. Cuando me miré en el espejo, mis ojos se veían negros. Mis pupilas estaban completamente dilatadas. Me provocó vértigo ver el abismo demencial de mis ojos. Una vez que el efecto de la naloxona se desvaneció lo suficiente como para volver a sentir los efectos de la droga, salí y compré más. Esto es más común de lo que esperarías.

El riesgo de una sobredosis se convirtió en parte del encanto de drogarme. No importa con cuánta frecuencia la usara, mi tolerancia nunca me permitió usar más de $60 dólares de droga al día. Más de una bolsita de un solo golpe era como jugar a la ruleta rusa. Más que un accidente era suicidio. Cuando mi cuerpo se habituó demasiado a sentir el rush, me volví adicta al miedo de sufrir una sobredosis. Ponía grandes cantidades de droga en mi cuchara con imprudente entusiasmo. ¿Sólo me drogaría o esta vez moriría?

No sé con certeza si era suicida, pues simplemente no me importaba lo que pasara. Si sólo me pusiera muy drogada, sentiría un rush muy agradable. Si muriera, nunca más tendría que experimentar los malestares de la droga, o decepcionar a mi familia, o correr el riesgo de ir a la cárcel para conseguir dinero. En ese momento, drogarme de esa manera parecía una situación de ganar-ganar.

Al día siguiente de mi novena sobredosis, pensé que estaba muerta. Mi marido también. Seguía mirándome furtivamente, o tocando mi mano, mi brazo, mi pierna; comprobando que no fuera un fantasma. Sin embargo, yo no me sentía como un fantasma. Me sentía como un cadáver reanimado.

Mis manos y labios estaban visible y palpablemente inflamados. Sentía como si mi mente estuviera llena de niebla. Recuerdo salir y sentirme indigna de la luz del sol. Como si fuera algo claramente aberrante, algo que no pertenecía al mundo de los vivos. Nunca antes me había sentido así después de una sobredosis. Estaba rígida, hinchada y aturdida. Todos me miraban fijamente, como si pudieran sentir que la muerte seguía entumeciendo mis extremidades. Me imaginé que así era como se sentía el rigor mortis. O más bien, que así se sentía salir del rigor mortis. Algo que, de hecho, no puede suceder.

Sé lo que es querer morir; tener tan poca estima por la vida que no me importa o no considero las consecuencias de cualquier cosa que hago. Las otras sobredosis no me asustaron porque no tenía miedo de morir. Sin embargo, volver de la muerte —y sentirla realmente— era indescriptible. Sentí que había violado una ley vital. Como si hubiera transgredido alguna frontera inefable que no debía de haber podido cruzar de nuevo. No sé por qué estoy viva para contar esta historia, pero desde entonces no he vuelto a tocar la heroína.


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No malinterpretes lo que estoy diciendo: Ésta no era como la típica historia del drogadicto que se despierta de una sobredosis y realiza una película biográfica para Hollywood —digna de ser vista. Por mi octava sobredosis, ya había logrado estar limpia por un tiempo. Un trabajo riguroso que incluyó consejería y terapia asistida con medicamentos. Y aun así no fue suficiente: llevaba casi dos años sobria cuando traté de suicidarme usando heroína. Creo que la gente debe entender que el camino de la recuperación no es todo cuesta arriba, y que son las largas planicies del trayecto lo más peligroso de todo.

Pasaron varios meses entre ese intento y mi novena sobredosis, así que no tenía un hábito del cual recuperarme. Esta historia podría haber terminado de manera diferente si lo hubiera tenido. Pero ya estaba en un programa de recuperación como paciente externa. La mayor diferencia en mi vida fue que después de esa novena sobredosis, cuando me presenté en mi grupo de recuperación, realmente presté atención.

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