El ciudadano infalible


En el México en crisis, el ciudadano se siente infalible. Perfecto. Justo. Toda feminista es una luchadora incansable. Todo analista, incluido el que esto escribe, es un vengador moral. Su deseo de sentir que ha hecho el bien es proporcional al daño que mira alrededor suyo.

Somos hijos de una patria fuerte, solidaria, unida como pocas, en donde los mexicanos no corremos de los terremotos, sino nos metemos a ellos. Héroes, pues, soldados de nacimiento, que con el “puño en alto” rescatamos a un país de la desgracia. Férreos guerreros de la justicia, la comunidad y la esperanza al futuro. “Los millenials nos enseñaron una lección”. Viva México. Fuerza México. Etcétera.

Escupimos al Licenciado Presidente, ladrón y corrupto, un hijo de la gran puta que no ha hecho más que vernos la cara a lo largo de estos años. Es el síntoma máximo de un sistema podrido, pestilente, que en su repugnancia infinita ha gestado mil y un pedazos de mierda que se sientan, dormidos, ahogados en su propia miseria, en los escaños del congreso.

No teme en volcarse a las calles para ayudar al otro porque, de alguna u otra manera, quiere diferenciarse de todos ellos que le han hecho mal. Todos lo hacemos. Todos queremos distanciarnos de todas esas savandijas electoreras que consumen nuestro dinero como gasolina.

Lástima que los dos fenómenos sucedan por lo mismo.

En primer lugar, una desconfianza abismal y desesperanzadora en las instituciones. Se lo han ganado, a punta de corruptelas y porquerías. Pero, también, esa desconfianza alimenta el pozo sin fondo: ¿qué cuentas va a rendir una persona que es, desde ya, considerada ladrona? ¿Qué incentivos tiene para no robar, además de la nobleza?

Desgraciadamente, esta postura da pie a otra situación: la desinformación, igual de profunda, en relación a los papeles que deben jugar los actores sociales dentro de uno u otro tema. ¿Culpar al Presidente de un crimen local? ¡No lo duden! ¿Despotricar en los términos más generales posibles en contra de “las reformas estructurales”? Pero claro.

Desconfiamos de las instituciones por la simple razón de que no nos vemos en ellas. Asumimos que deben de ser justas, limpias, intachables, transparentes, sin saber cuáles son sus mecanismos, sus posibilidades y sus alcances. Sin aceptar que nosotros mismos no sabemos bien a bien qué hacemos y por qué lo hacemos, ni que tampoco somos tan justos, limpios, intachables y transparentes como exigimos que sean nuestras instituciones.

Pienso en los siguientes ejemplos:

  • ¿A alguien realmente le quedaba claro, por ejemplo, el proceso jurídico de un caso como el de Ayotzinapa, al tiempo de acusar a la Procuraduría General de la República de ser el pedazo de mierda más grande el país?
  • ¿Sabemos bien cuál es la labor de las fuerzas de rescate oficiales y autorizadas en caso de sismo? ¿Conocemos a fondo los protocolos y procesos, antes de lanzar escarmientos y griterías?
  • ¿Tendremos razón en señalar con tanta crudeza al Poder Legislativo, mismo que trabaja constantemente en uno de los aparatos legales más armados y complejos en el mundo? ¿El problema ahí no es, por ejemplo, del Poder Judicial?
  • ¿Está bien o mal que se centralice la ayuda de los centros de acopio y se entregue al DIF local o a la Cruz Roja?

Por ignorar y no investigar respuestas puntuales a esas preguntas, y por la distorsión que esa ignorancia genera entre lo ideal y la realidad, es que nuestra frustración se convierte en infinita.

Odiamos porque ignoramos. Si estuviéramos realmente informados de lo que se puede y no hacer en cualquier circunstancia, no bociferaríamos a los cuatro vientos: actuaríamos sin dudarlo.

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