La complicada promesa de las tecnologías antiviolación


“Preocúpate menos, comunícate más”, dicen los materiales de marketing de Revolar, un botón de pánico portátil que puedes colgar en tu llavero o bolso. El dispositivo funciona compartiendo tu ubicación con tus contactos de confianza. Al hacer clic una vez en Revolar reportas que has llegado a salvo —les haces saber que llegaste bien a casa del trabajo, por ejemplo—. Al hacer clic dos o tres veces puedes solicitar asistencia inmediata.

Un video promocional para el producto muestra a una mujer con una linda manicura colgando el llavero plateado a un bolso de diseñador. Después, otra joven con una camisa de mezclilla y unos lentes de sol estilo Wayfarer sostiene un cartel que explica que tiene miedo de convertirse en parte de la “estadística” cuando asiste a la universidad en el otoño. Es claro que el dispositivo está dirigido principalmente al mercado femenino —cuatro de los cinco modelos en el video son mujeres—. Pero no todo el mundo está impresionado por las afirmaciones de Revolar, o por la idea de que puedes comprar tu camino al empoderamiento con un dispositivo portátil de $60 dólares.

“Nada dice ‘mujer empoderada’ mejor que llevar un botón de pánico contigo en todo momento”, comenta un usuario en una reseña de Amazon titulada “Mi botón de pánico me hace sentir completamente libre”. El mensaje de esta empresa no podría ser más paradójico y estúpido”, prosigue el usuario.


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Las tecnologías antiviolación no son nuevas; de hecho, son extremadamente viejas, remontándose posiblemente a los cinturones de castidad del siglo XV (aunque algunos historiadores argumentan que el infame dispositivo podría haber sido una broma medieval). Más recientemente, ha aparecido una gran cantidad de agresivos productos antiviolación en todo el mundo: un dispositivo antiviolación de 1979, que se lleva internamente, inyecta fluido tranquilizante al violador, dejándolo inconsciente. The Trap [La trampa], inventada en 1993, es un artefacto de plástico con forma de condón y lanzas plásticas que se coloca en el interior de la vagina y está diseñado para que las lanzas se encajen en la cabeza del pene. En 2000, una médico sudafricana retirada diseñó un “tampón asesino”, que contenía una cuchilla de afeitar, para rebanar al pene intruso.

Tales métodos no son ideales, por razones obvias —filosóficamente, ponen la responsabilidad de prevenir la violación en las mujeres y, en el aspecto práctico, sólo funcionan una vez que ya han sido penetradas—. Una ola reciente de innovaciones tecnológicas encaminadas a prevenir la violencia sexual ha buscado intervenir antes de la agresión, facilitando las llamadas silenciosas de ayuda: en 2011, se lanzó una aplicación llamada “Circle of Six“. Cuando se activa, envía un mensaje a los contactos de confianza, pidiéndoles que intervengan cuando la persona se siente insegura en una situación dada.

Circle of Six está en buena compañía: el espacio de las aplicación de seguridad personal ha crecido tanto que ya se encuentra abarrotado. Hay otra aplicación llamada Watch Over Me, una aplicación que realiza un seguimiento de tus actividades —por ejemplo, mientras sales a correr— y envía una alerta si no reportas que estás a salvo después de completar la carrera. También está Scream Alarm que emitirá un grito en tu nombre al tocar un botón, o Panic Guard, que hará que tu teléfono, al sacudirlo, encienda una alarma y la cámara de vídeo.

“¿Qué tal si las mujeres no tuvieran que usar un esmalte de uñas especial y meter sus dedos en cada cóctel para no ser violadas?”

Pero, como señalan los críticos, estas aplicaciones y dispositivos modernos antiviolación siguen presentando la prevención de la violación como una responsabilidad única de la víctima. Esta actitud insidiosa se ha visto reflejada en otras numerosas y bien intencionadas innovaciones antiviolación —en 2014, por ejemplo, un equipo de investigación, conformado sólo por hombres, de la Universidad Estatal de Carolina del Norte obtuvo fondos para desarrollar un esmalte de uñas, Undercover Colors, que cambia de color para indicar la presencia de drogas de violación en una bebida—. El mes de mayo siguiente, un brazalete antiviolación que libera un olor fétido cuando el usuario es atacado ganó un premio a la innovación corporativa.

Al igual que el Revolar, el esmalte de uñas que detecta los rufis atrajo críticas inmediatas. No a todos les entusiasmó la idea de usar su dedo meñique como agitador, argumentando que estas tecnologías —que por lo regular son creadas por hombres— refuerzan la anticuada noción de que las mujeres deben modificar su comportamiento para evitar la violación. “¿Qué tal si las mujeres no tuvieran que usar un esmalte de uñas especial y meter sus dedos en cada cóctel para no ser violadas?”, preguntó la escritora y activista Lindy West. “Este nuevo esmalte de uñas que puede detectar la droga de la violación es perfecto si piensas que las mujeres no se están esforzando lo suficiente por no ser violadas”, dijo con ironía la autora Kelly Oxford en Twitter.

Usar alarmas de violación, agitar tu bebida con el dedo. Ninguna de estas tecnologías innova encaminada hacia la solución obvia para poner fin a la violencia sexual: desalentando a los violadores de cometer actos de agresión sexual, ya sea a través de iniciativas educativas o ayudando a capturar y procesar a más violadores. Y productos como estos refuerzan la idea cultural de que las mujeres están fundamentalmente en peligro y necesitan protección, dicen los críticos.

“Revolar realmente parece estar capitalizando el miedo de las mujeres y promoviendo una falsa sensación de seguridad”, argumenta la Dra. Fiona Vera-Gray, experta en violencia sexual en la Universidad de Durham. Ella señala que estadísticamente, las mujeres somos más propensas a ser violadas por las personas más cercanas a nosotras, no por los extraños en la calle. “Refuerza la idea de que las mujeres deben tener miedo y deben comprar en este artefacto para que los hombres no sean un riesgo para nosotras”.

¿Las alarmas portátiles de violación refuerzan la cultura sexista y paternalista que le dice a las mujeres que no están seguras al moverse como les place? ¿O simplemente reconocen la asquerosa realidad de que muchas mujeres se sienten en peligro en los espacios públicos, y ayudan a abordar ese problema? Jacqueline Ros, fundadora y directora ejecutiva de Revolar, quien creó el dispositivo después de que su hermana fuera agredida sexualmente cuando era adolescente, estaría a favor del segundo argumento. “Apoyo al 120 por ciento los esfuerzos educativos [para reducir la violencia sexual]”, le dice a Broadly. Pero el cambio cultural toma tiempo, y dice que quiere ayudar a que las mujeres se sientan más seguras entretanto. “Se trata del poder combinado de la tecnología y la educación. Cada vez que agregas a alguien a Revolar, se convierte en otra persona que aprende del hecho de que uno de su seres queridos vive en un mundo en el que no se siente seguro”.

Pero ¿qué pasaría si hubiera una manera genuinamente innovadora en que la tecnología pudiera responder ante la agresión sexual, una que se centrara en la prevención en lugar de reaccionar ante los actos aislados de violencia? Esa es una de las ideas detrás de Callisto, una nueva aplicación de escritorio (aún no existe para celular) que permite que los sobrevivientes de violencia sexual en los campus universitarios creen registros seguros y con hora de sus agresiones. A partir de ahí,tienen tres opciones. Pueden enviar el informe por correo electrónico al coordinador de Title IX [ley de educación que prohibe la discriminación sexual] de la escuela, que es la persona involucrada en la supervisión de las investigaciones de agresión sexual. O pueden guardar el informe para decidir qué hacer con él después (ya que la cuenta lleva registro de la hora, para facilitar futuras posibles investigaciones).

La tercera opción es la más innovadora. Los usuarios tienen la opción de poner su informe en una categoría de “coincidencia”. “Lo que la categoría de coincidencia hace es permitir a los sobrevivientes acceder a la identidad de sus perpetradores en el sistema, con el entendimiento de que esta información sólo le será entregada a la universidad si otro usuario de Callisto registra al mismo atacante”, explica Anna Kim, directora de comunicaciones y marketing de Project Callisto.

Digamos que eres atacada por un estudiante llamado Joe Brown. Grabas tu agresión en Project Callisto, en tu reporte incluyes el enlace a la página de Facebook de Joe, y lo agregas a la “categoría de coincidencia”. Después, otra mujer es atacada por Joe, y hace lo mismo. Entonces Project Callisto envía una alerta a las autoridades de la universidad: un atacante sexual serial está suelto.

Parte del razonamiento detrás de esta característica es que se cree que la mayoría de los violadores son depredadores seriales, y tener dos cuentas independientes, con fecha y hora ayudará a los administradores en la investigación. Detener a los depredadores seriales también puede ser visto como una medida preventiva valiosa: Según el Atlántico, los creadores de Callisto han afirmado que detener a los perpetradores seriales después de su segunda víctima evitaría hasta el 60 por ciento de los ataque sexuales en el campus.

“Sabemos que una de las principales razones para que los sobrevivientes hagan una denuncia es proteger a la comunidad, porque no quieren que le suceda a otra persona”, explica Kim. La aplicación web reconoce una verdad central acerca de lo que motiva a muchos sobrevivientes a denunciar, añade Kim: el miedo de que su agresor ataque a otra persona.

“Estábamos tratando de averiguar cómo podiamos disminuir las barreras para los sobrevivientes que quisieran proteger a sus comunidades, de modo que si no querían tomar acción solos, pudieran hacerlo juntos con el conocimiento que de no eran los únicos en esa situación”, explica Kim.

“Pero un costoso botón de pánico o una pulsera que te hace apestar como zorrillo no te mantendrá a salvo, aunque te ayude a sentirse más segura”.

Si algo nos enseña Project Callisto, es que hay una forma de crear tecnología que responda a la violencia sexual endémica en los campus de todo Estados Unidos sin reforzar los mitos sobre la violación. Pero, ¿podemos desarrollar tecnología preventiva que esté libre de mitos sobre la violación de la misma manera?

Se ha alentado a las mujeres a modificar su comportamiento para evitar la violación mientras la violación ha sido conceptualizada como un delito. Más recientemente, los activistas contra la violencia sexual han logrado poner la responsabilidad en los hombres, y no en las mujeres, para prevenir la victimización, a través de talleres en torno al consentimiento y de iniciativas de educación. Pero es difícil innovar en tecnologías antiviolación que no requieran que las mujeres se comporten de una cierta manera para evitar que las ataquen —o que perpetúen nociones anticuadas de que los violadores son extraños que andan en los callejones—.


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Estamos un poco lejos del avance tecnológico que podría permitirnos combatir la violación a un nivel sistémico más amplio, en lugar de responder a los incidentes individuales. Pero los expertos en el campo de la violencia sexual están comenzando a conceptualizar cómo podría ser esa tecnología.

“Hay una filósofa australiana, Moira Carmody, que da cursos de ética sexual a los jóvenes”, explica la Dra. Vera-Gray. “Ella le enseña a los chicos cómo hacer preguntas para cuestionar su propia toma de decisiones sexuales, para crear una cultura de reflexión radical. Si se pudiera desarrollar una tecnología que de alguna manera pudiera incorporar eso pero para los adultos —como una aplicación o un juego, que ayudara a enseñar ética sexual—, eso en realidad podría crear un cambio”.

Muchas de las aplicaciones y tecnologías que hemos desarrollado ahora para enfrentar la agresión sexual parecen ser muy modernas: elegantes llaveros plateados o aplicaciones interactivas para los teléfonos inteligentes. Pero un costoso botón de pánico o una pulsera que te hace apestar como zorrillo no te mantendrá a salvo, aunque te ayude a sentirse más segura. A pesar de sus buenas intenciones, muchas de estas tecnologías retoman viejas narrativas acerca de cómo el evitar la violación es una labor exclusiva de las mujeres, nada más que ahora vienen revestidas con la bandera feminista.

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