La tragedia amorosa de Paul Éluard y Gala, musa de Dalí


Quienes piensen que el amor no es opacado por la figura, se equivocan. No importa cuánto se sienta por alguien, la persistencia de la memoria se inclina por la excentricidad y las galas se celebran por un amor que no fue el primero. Que se hable poco de Paul Éluard y Gala invita a una reconstrucción sufrida y condenada por el olvido. La historia suele decir nada, pero las cartas y la poesía llegan siempre a tiempo y hablan verdaderamente. Los relatos mantienen su cualidad de amorosos porque se alimentan del presente inventado por un embelesado, asumiendo el nombre del enamorado y nombrando al amado con sílabas ajenas. El testimonio de aquellos muertos se siente como propio; sólo en la reparación imaginaria de las narraciones perdura el amor.

Paul Eluard, 1911.

Davos, Suiza, 1912: Elena Ivanovna Diakonova (Gala) entra a un sanatorio aquejada por la tuberculosis. En medio de las paredes blancas ve a un hombre pasar con un libro en las manos. De pronto, surge una nueva fiebre que encela a la enfermedad y la vence. La bata de convalecencia se vuelve vestido de noche y Eugène Grindel luce como la encarnación del milagro. Él la mira, nota el libro en el regazo y la sala de estar se convierte en paraíso. Ambos sufren de un mal incurable, tan sujeto al cuerpo que no parece ser de este mundo.

Cuando el sueño juvenil se deshizo, Elena y Eugène fueron Gala y Paul. Pero no ahora.

Vino la guerra y el infierno de las trincheras que purgó al mundo de toda esperanza. Éluard, el poeta, se volvió surrealista y Gala lo alcanzó en París. En 1917 el sueño era matrimonio y los votos del poeta retumbaban en la iglesia;

Con una sola caricia
Te hago brillar con todo tu resplandor.

Luego conocieron a Max Ernst y el deseo de poseerlo la invadió. El poeta, muerto de amor, aceptó un ménage à trois.

“Mi amor querido, mi dulce amor, sigo en cama.” Y lo estaba, absorto en sueños, sin sospechar que, dentro de poco, Gala se iría, pero miraría atrás, a él, de cuando en vez. Tumbado en el colchón, viendo al techo, inocente esperando la vida, cuando ésta planeaba el fin de la azotea como la conocía. Irrumpió Salvador Dalí y quebró los candelabros de la sala, sustituyéndolos por un Corpus Hypercubus, echando la poesía de Éluard al sótano mientras abría los ojos hasta el absurdo.

Escultura de Gala, por Salvador Dalí.

Víctima abandonada por las sombras. Por los pasos más suaves y los límpidos deseos

Su frente no será ya el reposo seguro. Ni sus ojos la gracia de soñar con su voz

Ni sus manos las manos que liberan.

Gala lo mira de reojo cuando se antoja un capricho subversivo; sus manos lo aprisionan en un amor parcial y egoísta. Pero Paul sigue y se une a la rebeldía con pasito apresurado, sintiendo el estómago en la garganta: ha quedado a la deriva. Hay algo de inmundo en el amor que permite infinita perseverancia; victimiza al cerebro con punzadas de esperanza, alimentadas de la expectativa de abrir la puerta y ver manifiesto que ha regresado. Pero ella regresaba una noche, dos, tres, pero nunca una vida.

“Si debemos envejecer, no envejeceremos separados. Soy un maldito imbécil pesimista, pero vivo para ti.” Y de Gala, imperturbable silencio. Le dijo una vez que no gustaba de tener recuerdos, él no la escuchó hasta un sábado que la memoria lo traicionó, trayendo el momento en el que ella le dijo la verdad y le contó el futuro. Él escribe una carta: me mataré sin ti. No murió de inmediato porque escogió la muerte que no termina; eligió embrutecerse de amor no correspondido. Paul volvió a casarse y no sé si un matrimonio es tal cuando hay una infidelidad implícita, pues su corazón perteneció a Gala; ella era de muchos y de nadie.

“¡No te tendré jamás como te tienen los otros! Soy un desdichado, un desdichado. Mi amor me queda demasiado grande.”

Pero escribe con la mano acalambrada de resignación;

“Recuerdos a Dalí.
Te adoro.
Paul”

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