Fui en busca de La Piedra del Diablo en Fuentes Brotantes, Tlalpan


Al sur, muy al sur de la Ciudad de México, hay un lugar que parece haberse detenido en el tiempo. Para nadie es un secreto que la Delegación Tlalpan —sobre todo los lugares aledaños al pueblo de Tlalpan— es una zona de la Ciudad de México que se cuece aparte. Ahí coexisten la metrópoli y el pueblo, lo moderno y lo tradicional, lo natural y lo urbano. Como parte de este juego de dualidades, también se amalgaman las ciencias (no olvidemos que Tlalpan alberga la zona de hospitales) con el pensamiento mágico y por supuesto, las leyendas.

En la colonia Fuentes Brotantes de esta delegación, una leyenda espeluznante forma parte de la tradición oral de los lugareños, misma que cuenta con varias versiones: “La Leyenda de la Piedra Encantada” o de la “Piedra del Diablo”. Aun cuando existen variantes de la misma historia que incluso rondan por internet, todas coinciden en la existencia de una roca enorme, que nadie se explica cómo llegó a la zona, misma que se encuentra al lado de un riachuelo. Las narraciones mencionan que en ese lugar se dan diversos fenómenos paranormales que incluyen gritos desgarradores, apariciones de entidades e incluso raptos de niños. Como buen interesado en los fenómenos inexplicables y leyendas que circulan en la Ciudad de México, emprendí el viaje para saber si tal roca en realidad existía y si en verdad los lugareños tenían conocimiento de su leyenda. Llegar al lugar exacto fue una mezcla de lógica, intuición y suerte. Si bien Fuentes Brotantes es toda una colonia, inferí que debía dirigirme al riachuelo que se menciona en los distintos relatos y según Google Maps —bendita tecnología— sólo existe uno en las inmediaciones: el río que se encuentra en el corazón del Parque Nacional Fuentes Brotantes.

Una vez en ese parque me topé con varias personas que se mostraron temerosas a hablar del tema. Si bien afirmaban conocer la leyenda, preferían no hablar de ella, como si al mencionarla atrajesen una especie de mal sobre su persona. Sólo Alejandro, un lugareño de 38 años que nació y ha pasado toda su vida en Tlalpan, me explicó por qué la gente se muestra reticente a hablar de esa historia: “claro que todos conocen la leyenda. A mí me la contaban desde niño mi madre, mi tío y mi tía, que en paz descanse. Esa misma tía me decía: ‘Alejandro, si una vez pasas por ahí y ves fruta o flores no te acerques. Son trampas que deja el Diablo para llevarse a los niños'”.

Alejandro se ofrece a llevarme al lugar exacto donde se encuentra la roca y en el camino me cuenta: “claro que he visto cosas. Tal como decía mi tía, he visto ramos de flores, fruta y hasta gallinas negras. No creo que sea cosa del Diablo: pero es bien sabido que ahí la gente va a hacer rituales de todo tipo. Pero lo que sí es cierto es que hay una vibra extraña, y es por algo que eligen ese lugar para hacer esos ritos”. Unos minutos de camino y ya estamos frente a ella: una piedra de dimensiones enormes, justo en el margen del río, como indican los relatos.

“Mira, ven a verla por acá: dicen que esta es la puerta. Dicen que por aquí es por donde te llama el Diablo, pero no usa una voz grotesca, sino al contrario, es dulce. Otros dicen que es una voz de alguien conocido y cuando te acercas, ¡zas!, sale su mano y te agarra. Luego, la roca se vuelve a cerrar y nadie puede volver a salir. También cuentan que solo una vez un niño logró regresar, pero como fue muchos años después ya no era un niño, sino un señor, y que además estaba totalmente loco”.

“Una de las versiones de la leyenda dice que en la piedra también se aparece La Llorona, ¿es verdad?”, le pregunto. “Sí, de hecho dicen que no es El Diablo sino ella la que se lleva a los niños y que lo hace porque los suyos se le ahogaron precisamente en este río. Es más: allá abajo hay una casa donde dicen que ella vivía. ¡Ven, te llevo!”, responde. No sé si es por tanto hablar de situaciones inexplicables pero ya comienzo a sentir una vibra un tanto extraña en el lugar.

Caminamos en silencio, junto al río, hasta que llegamos a la casa: no se ve antigua, pero sí pinta como si estuviese deshabitada. “Aquí es donde dicen que vivía La Llorona. Actualmente ahí vive un señor, que dicen que es de su familia, pero lo raro es que vive sin electricidad ni nada de eso. Además sale muy pocas veces. Si te quieres acercar a tomar una foto que sea en silencio, porque se pone muy mal cuando ve gente”. Y en efecto, veo que justo en uno de los muros está la leyenda “propiedad privada” como para alejar a los fisgones, así que mejor lo dejo por la paz y me alejo.

En el camino pasamos por el restaurante de Don Juan, donde Jorge le pide permiso para que pasemos a ver unas fotos. “Mira, esta es de mediados del siglo pasado. Le sacaron la foto porque desde entonces ya se conocía la leyenda. Lo gacho es que ahora ya está hasta grafiteada: si es verdad que existe el Diablo les debería meter un sustito a esos pinches chamacos”, me dice Alejandro entre risas. Me despido de mi guía.

Antes de abandonar el Parque Nacional Fuentes Brotantes decido recorrerlo de cabo a rabo. La sensación de malvibre se me va pasando cuando veo a familias enteras haciendo caminatas, a los niños alimentando a los patos en el lago y a un chavo haciendo sus pininos en parkour. Si es verdad que el Diablo se aparece por aquí, parece que esta tarde ha firmado un pacto invisible, una tregua para que las familias disfruten de uno de los pocos tesoros naturales que aún guarda el gigante de concreto, la Ciudad de México.

@PaveloRockstar

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