Bale berga la bida: un análisis millenial del Día de Muertos


“Alguien me habló todos los días de mi vida,

al oído, despacio, lentamente.

Me dijo: ¡vive, vive vive!

Era la muerte”.

– Jame Sabines

No hay mentira más cínica dentro de la cultura mexicana que negar el temor a la muerte. Tal vez, bajo el viejo lema de “mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más”, el mexicano se apropió de cierta manera cómo debería relacionarse con la muerte, consigo mismo, con lo desconocido. En especial lo desconocido. Nadie conoce la muerte, nadie sabe si hay destino o libertad y aún así, pretendemos que nosotros sí.

La especie de determinismo pseudo-cristiano en el mexicano es muy particular, por un lado, nos aferramos a la libertad bajo la protesta de que las cosas pudieron haber sido diferentes; no hay palabra más definitiva para el mexicano que “hubiera”. Pero, por el otro lado, nos gusta lavarnos las manos bajo prácticamente cualquier pretexto, y el determinismo suele ser muy útil en esos casos; “ni modo”, “todo pasa por una razón”, “los tiempos de Dios son perfectos” o el ya estandarte perfecto del millenial posmoderno: “bale berga la bida”, éste último reflejando a la perfección la condición bajo la que hemos adoptado nuestra cultura a la par del cosmopolitismo: nada importa.

Pero “bale berga la bida” sobrepasa el reflejo mismo y se convierte en esencia, ya no representa, sino que es. Por eso no es ilógico que se escriba con “b” en vez de “v”, no es un “vale verga la vida” sino que es una falta de respeto al mismo lenguaje, una transgresión ante el valor intocable que tiene y, como vehículo de nuestra expresión, también transgrede sus significados. Haciendo todavía más fuerte lo que intenta señalar, el lenguaje forma parte de “la bida”.

Atacamos la forma, el convencionalismo, la tradición y al mismo tiempo la veneramos. “Bale berga la bida” es un grito de júbilo y también de auxilio, pues hemos caído en un círculo donde la vida misma y, por ende, la muerte son, al parecer, irrelevantes en cuanto a un fin, y quedan dos opciones: celebrarlo o lamentarlo. Si bien los lamentos son parte fundamental de nuestra cultura, éstos son reservados, privados, negados y, por lo tanto, escogimos celebrarlo juntos: “el pueblo, unido, jamás será vencido”, ni siquiera para afrontar el nihilismo. Aún más, es una postura frente a nuestra identidad, una primera señal de una nueva conciencia sobre lo irónico que es ser mexicano y tener que deambular entre dos posturas irreconciliables. Hace más de 50 años Octavio Paz, ya denunciando esta situación, se convirtió en el profeta de “bale berga la vida”, pero asumo que por la construcción gramatical no le gustaría mucho el término:

“La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente se postula la intranscendencia del morir, sino del vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”. Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor. Y es natural que así ocurra: vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intranscendente. La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora.” (Paz, 1950)

Dentro de la imposible escapatoria de la contradicción entre libertad y destino, surge el mexicano, el dios de lo incongruente, lo absurdo, la paradoja, lo ilógico, lo surreal. La fiesta, el culto a la muerte, es la manifestación perfecta de nuestra contradicción originaria, el choque entre el prehispánico y el español que engendró la cultura. De todas las tradiciones que desaparecieron por completo, ésta persiste, se adapta, se celebra y nunca se olvida. ¿Por qué? ¿qué nos define frente al mundo más que hacemos una celebración en torno a la muerte? Nuestro espíritu lleno de vida y fuerza. Nadie diría que los mexicanos son “tranquilos o pasivos”, tener un culto a la muerte, el día de muertos muestra cómo nos escondemos detrás de la misma identidad que hemos creado alrededor de la fiesta.

Tenemos pavor a la muerte, probablemente más que la mayoría de las culturas, y por eso la celebramos. La invitamos dentro de nuestra casa, la hacemos presente, la recordamos pensando que creamos un vínculo afectivo con ella, y así será más benevolente con nosotros cuando llegue. El juego entre libertad y destino se hace presente: creer en la libertad significa que hay un rango de posibilidades bajo las cuales uno puede actuar voluntariamente, sin ningún estímulo externo determinante, creer en el destino es que todos los estímulos externos son determinantes. La libertad, en nuestra relación con el mundo, no es posible cuando se da una consecuencia adversa y el destino cuando se da una positiva. El mexicano, muy en el fondo, es convenenciero. La muerte, sin duda alguna, se supone como una consecuencia negativa y entonces se emparenta con el destino, pero eso sí con justa razón. Si uno inclina la balanza por el destino, es posible comprender que éste es más grande que la libertad, el destino juega con todos, absolutamente todos, los elementos que uno desconoce, la libertad con los que uno conoce. Asumo que no ha habido – ni habrá, un mexicano que afirme conocerlo todo.

Generamos nuestra relación con la muerte desde un valor autorreferencial, el déficit de definirnos con certeza como mexicanos y la irreconciliable relación entre el destino prehispánico y la libertad cristiana nos sitúa dentro de lo desconocido y queremos hacer amigos ahí, aunque claramente esto sea imposible. Nos desconocemos y entonces afirmamos lo que podemos reclamar como nuestro, el morir. Lo interesante es que, aún sin conocernos, sin conocer la muerte, y aunque solamente sea una apariencia, una representación, logramos efectivamente generar un vínculo inalienable con la muerte, probablemente, también, como ninguna otra cultura del mundo.

Celebramos nuestras debilidades, nos reímos de ellas, con ellas y eso nos vuelve indomables. Llegando a este punto de nuestra cultura, es decir, la que incluye internet, nos hemos dado cuenta de que nuestras contradicciones y surrealismos son nuestro nuevo dios, la razón de enorgullecernos de ser mexicanos. Memes como “países donde una madre le dice chinga a tu madre a su hijo” resaltando en un mapa a México son la más clara reflexión sobre nuestra propia cultura. Así, ahora, somos conscientes como nunca antes de que el culto a la muerte es nuestra manera de jugar con lo sagrado, volver mundano a lo profundo, desproveer de seriedad al mundo que, de hecho, le sobra. “México no se explica; en México se cree, con furia con pasión, con desaliento”, explicaba Carlos Fuentes y efectivamente, no se explica porque la esencia de México es incomprensible, al igual que la de la muerte.

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