Testimonios de violencia en relaciones entre mujeres


Se suele creer que una relación afectivo-sexual entre personas del mismo sexo es mucho más igualitaria, horizontal u otro adjetivo democráticamente ensoñador que una heterosexual. Sin embargo, las relaciones entre personas del mismo sexo suelen estar determinadas por ciertos roles de género y, así, generar dinámicas dañinas de control, sometimiento y dominación como ocurre en las relaciones heterosexuales.

Los escasos estudios que se han realizado sobre violencia entre parejas de lesbianas y homosexuales señalan que “las tasas de prevalencia de la violencia doméstica entre personas del mismo sexo varían debido a cuestiones metodológicas relacionadas con el reclutamiento y las definiciones de orientación sexual. Sin embargo, se considera que estas tasas de prevalencia son similares que las tasas de prevalencia existentes en las relaciones heterosexuales”.

La Coordinadora Paz para la Mujer define la violencia entre mujeres como “un patrón de violencia o comportamiento coercitivo por el cual una mujer busca controlar los pensamientos, creencias y conducta de su pareja íntima, o castigar a la pareja por resistir el control de la agresora”. Por otro lado, las Redes Antipatriarcales de Reflexión y Acciones Solidarias Subversivas Frente al Maltrato Lésbico (R.A.R.A.S.S) la conciben como “una dinámica de dominio unidireccional ejercido y establecido mediante patrones de comportamiento que buscan sometimiento”. A continuación presentamos las maneras en que se puede presentar la violencia entre parejas lésbicas.

Violencia psicológica y emocional

Esta es la forma más sutil de abuso y es sumamente traumática porque disminuye el autoestima, conlleva a la depresión y en algunos casos al suicidio. La agresora busca controlar a su pareja mediante, según la definición oficial del Consejo Nacional de la Población, la manifestación de gritos, insultos, amenazas, prohibiciones, intimidación, indiferencia, ignorancia, abandono afectivo, celos patológicos, humillaciones, descalificaciones, chantajes, manipulación y coacción.

Este tipo de violencia es progresiva y puede ocasionar daños irreversibles en la agredida, como ha sucedido con Aurora, quien asegura que su anterior relación le dejó “una marca que difícilmente se puede borrar por completo”. Lo que vivió en un inicio fue una señal de lo que sucedería después: “Los mensajes de texto en los que nos platicábamos de nuestros días se convirtió en una clase de plática forzada en donde yo tenía que responder rápidamente o ella se molestaba conmigo. Terminé teniendo miedo de ella, de cómo reaccionaría cada que ella perdiera el control; toda mi relación era como caminar en cascaras de huevo. Ella me hacía creer y sentir que yo estaba loca y fuera de lugar”.

Por otro lado, Berenice declara que su ex novia la “maltrataba verbalmente siempre, y su excusa para hacerme sentir menos era ‘si no te digo las cosas yo ¿quién lo va a hacer?'”. Y agrega que el menosprecio se manifiesta con comparaciones destructivas basadas en cánones de belleza irreales: “para empezar siempre me hacía ver mis defectos físicos. Tengo boobies grandes y llegó hasta tal punto que ya estaba considerando una cirugía. Decía que mis piernas son unos popotes, y que de tan blancas que están dan asco; que una mujer sin caderas no es mujer, blablabla. Mi cabello siempre era un conflicto para ella. Siempre tenía que traerlo como ella quería. Me lo dejé crecer casi cuatro años, y bajé unos 18 kilos porque siempre decía que me veía gorda”.

Violencia física

Es la violencia más visible y notoria porque implica un uso de la fuerza por parte de la persona agresora, ya sea con su propio cuerpo o con algún objeto, arma o sustancia. Los empujones, los jaloneos, los pellizcos, los rasguños, las bofetadas, los golpes, las patadas y cualquier acto que dañe la integridad física entran en esta categoría. Hilda comparte su experiencia: “Se puso a tomar y a fumar mariguana. Cuando empezó de mala copa, yo me metí a bañar. Y para tratar de calmarla le mande mensaje diciéndole que se metiera a bañar conmigo. Cuando estábamos juntas en la regadera, ella empezó a llorar y a reclamarme algo que no hice —serle infiel— y me agarró del cabello, me estrelló contra la pared haciendo que las llaves del agua de la regadera se encajaran en mi espalda. Nunca había pasado nada así, ni siquiera tenía este tipo de antecedentes. Ella dijo que el alcohol y la mariguana la malviajaron, y que dejaría de tomar para evitar que volviera a pasar. Yo ahorita me siento súper mal; terminamos el jueves. Y pues de verdad la amo y, por mí, arreglaría todo con ella. Pero ella sigue con la idea que le fui infiel”.

Es común justificar a la persona que nos agrede, diluir la responsabilidad y normalizar la situación. Uno de los factores que incide en la violencia entre las parejas de mujeres es la lesbofobia internalizada, como cuenta Indira: “La admiración se convirtió en amor y en una ceguera. Ella me presentaba como su amiga. Siempre negó nuestra relación. Cuando sentía que la exponía con el solo hecho de caminar juntas se molestaba. Un día, en las escaleras de la facultad donde estudiaba, me empujó contra la pared sujetándome de las muñecas. Al soltarme me dijo que le hacía perder la paciencia. No le gustaba sentirse atraída por mí y, a la vez, disfrutaba controlarme en el tiempo, la gente a la que veía, si podía o no acércame a ella”.

Violencia sexual

Este tipo de violencia no solamente engloba el abuso sexual y la violación. De acuerdo con la CONAPO, “también incluye la burla, la humillación o el abandono afectivo hacia la sexualidad y las necesidades del otro. Además, está la celotipia y todo tipo de acciones, chantajes, manipulaciones o amenazas para lograr actos o prácticas sexuales no deseadas o que generen dolor”. Una mujer que sufrió este tipo de abuso en manos de su ex novia, con la que duro casi dos años, expone lo siguiente:

“Entramos a mi facultad para comprar comida y al pasar por los baños me jaló hacia adentro y nos metió en una de las cabinas. Le pedí que me dejara en paz, pero ella al ser más grande y fuerte que yo, me sujetó las manos con fuerza a la vez que comenzó a besarme y tocarme. Continué pidiéndole que parara, pero sin escucharme, me decía que me amaba y me extrañaba. Forcejeamos, se bajó el pantalón, me obligó a practicarle sexo oral y me puse a llorar diciéndole que en serio no quería hacerlo. Me dejo levantarme y se disculpó. Me besó, me abrazó y al minuto volvió a empezar a tocarme, esta vez por la entrepierna. Luché para que no entrara en mi cuerpo, pero al final sucedió y le grite que parara, que me estaba lastimando. Se molestó demasiado y empujándome a la pared me dijo que me vistiera para que nos fuéramos. Me puse rápido mi ropa y salí de la cabina. Le dije que no volviera a tocarme y cuando salió comenzamos a discutir. Me dijo que no se me ocurriera pensar en que me había violado porque siempre me había gustado el sexo rudo. Yo le dije que jamás regresarla con ella y me golpeó”.

Violencia patrimonial y económica

Los recursos económicos y los bienes personales pueden ser usados para amedrentar, someter e imponer la voluntad de la persona agresora. Dalia relata la manera en que fue controlada económicamente por su pareja: “Yo tenía la opción de irme del país. Ella me pidió que no me fuera, que me quedara. Yo acepté la propuesta, entendiendo que ella iba a ser la responsable de la economía familiar. En ese momento me pareció algo sumamente romántico y lo acepté”. Su pareja, entonces, ejerció el control sobre ella obstaculizando su autonomía económica: “Yo me sentía en deuda permanente. Y era como si yo tuviera que granjearme su amor como un símbolo de agradecimiento por lo que ella estaba haciendo por mí. El control y la violencia económica son una realidad que puede disfrazarse de generosidad, benevolencia y un sentido protector de la familia. Yo me hacía cargo de todas las labores en el hogar. Y eso es algo que pues no recibía ningún mérito. Yo me hacía cargo de mis propios gastos. Mis ingresos eran seis veces menores a los de ella posiblemente. Aun así ella me controlaba y sobre todo ejercía su control de manera social, haciendo un tipo de alarde de que ella era responsable de mí, de que ella me mantenía, cuando no era así pues yo tenía que trabajar por mis cosas. Pero nada de eso era suficiente y yo siempre estaba en deuda en la relación. Y yo no tenía ninguna autoridad de tomar ningún tipo de decisión en tanto que se suponía que ella me estaba manteniendo”.

El segundo clóset o doble armario

Esta violencia es conocida también como el “segundo clóset” o “doble armario”, porque la persona tiene que identificarse como lesbiana/bisexual para poder levantar una denuncia. Muchas veces esto no lo hace por razones de índole personal —como que la familia no sabe, por ejemplo—, por lo que un mecanismo de control y dominación específico de las parejas homosexuales son las amenazas como “sacar del clóset”. Las condiciones son distintas y el hecho de pertenecer a una minoría sexual dificulta la denuncia. El temor al qué dirán y la doble moral siguen pesando.Así narra Karina su experiencia intentando denunciar la violencia de su pareja: “Me agarró del cuello muy fuerte y me dijo “que no entiendes que te amo”. Yo me quedé helada. No sabía qué hacer o qué decir, aparte tenía miedo porque ahora sabía que esto ya era un asunto de violencia física y podía escalar. Ella insistía en que no me había hecho nada y yo solo le decía que no me iba a volver a tocar nunca jamás de esa manera, que se bajara del auto. Un policía nos vio y se paró. Me preguntó si estaba bien y le dije claramente que no, pero se fue. Manejé hasta el MP para levantar mi denuncia y me dijeron que como éramos pareja del mismo sexo no contaba como violencia, y que como la había tenido en mi auto contra su voluntad podían acusarme de algo”.

¿Qué estrategias de autocuidado podemos aplicar?

Es necesario hacer a un lado los estereotipos para entender cabalmente que esta violencia intragénero se sustenta simple y llanamente en una desigualdad de poder. La Master Coach Ontológico, Ana Brech, señala que “lo principal en la vida de todo ser humano es sanar y proteger su dignidad. Con esto me refiero a conocer y comunicar tus límites de manera clara, aprender a decir y no, a pedir y ofrecer. Comienza siempre creando un contexto en tu comunicación para que el otro entienda de dónde viene esto que es importante para ti, lo que rechazas y lo que aceptas”. Por otro lado, la Coordinadora Paz para La Mujer propone la siguiente serie de indicadores de peligrosidad de una persona agresora:

  • Es celosa
  • Demuestra un comportamiento controlador
  • Se involucra emocionalmente rápido
  • Tiene expectativas poco realistas
  • Te aísla
  • Culpa a otras personas por sus problemas
  • Culpa a otras personas por sus sentimientos
  • Se siente insultada fácilmente
  • Es cruel con animales y los niños
  • Usa la fuerza durante el acto sexual
  • Te maltrata emocionalmente
  • Cambia súbitamente de humor
  • Ha sido violenta en otras relaciones
  • Te amenaza
  • Rompe o tira objetos
  • Usa la fuerza durante una discusión

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