Casa la Frida: la fiesta de todos en San Cristobal de las Casas


Es domingo por la noche en la calle Diego Dugelay en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Desde la puerta, carcajadas, folk y un extraño pero muy reconocible encanto nos invita a entrar. Se trata de Casa la Frida, la casa de huéspedes, la fiesta de todos. La voz aguardiente y vulgar de Frida Kallejera, la anfitriona de esta casa, invade todo el espacio. Nos pregunta cuál es nuestro signo zodiacal, nos coquetea y nos da la bienvenida.

Arte callejero, caguamas, pox con mango, pambazos, albures y encuentros interraciales entre turistas, güeros, coletos, hippies, lampiños, barbudos, descalzos y entaconados: todos forman parte de un coctel en la boca de Frida. Un toque más de mariguana y esa sensación de estar en casa te invitan a desinhibirte, a beber entre desconocidos y responder a las sonrisas lindas de los extraños, a leer en voz alta lo que escribiste la otra noche sobre tu triste generación. Ser parte del público y escuchar el paladar promiscuo y la voz única de Isabel Tercero, cantante de jazz nicaragüense de 70 años que vivió y creció en Nueva Orleans durante el movimiento hippie los años sesenta.

En este foro abierto todas las expresiones del arte son bienvenidas. Aquí se lee y se escucha poesía, se aplaude al teatro callejero, se escucha música del mundo, gritos de placer, mentadas de madre y declaraciones de amor. Todos somos parte del show.

Frida es anfitriona, madre, padre, hermana, artista, drag, callejera, ninfómana, activista, mujer casada, mujer protectora. Es también mujer sola en cualquier calle oscura de cualquier San Cristóbal de las Casas. Andrés Morales, artista detrás del personaje, fue catequista a los 12 años e hizo posible la fiesta de quince años de su hermana a pesar de los problemas económicos de su familia. Desde entonces bailó, actuó, viajó, siguió contracorriente y se apropio de la libertad que le da la boca pintada y las pestañas postizas. Andrés decidió tomar las calles como el más auténtico y real de los escenarios, hacer la calle, el único lugar en el que Frida Kallejera puede ser y vivir sin pretensiones, encontrarse y provocar al público sin filtros ni protocolos. La calle madero en Ciudad de México le enseñó que la irreverencia sería el corazón de Frida Kallejera, artista y amiga de los teporochos, los policías, los bohemios, los vagabundos y las señoras de Coyoacán.

Los tragos de pox y la libre algarabía nos embriagan durante toda la madrugada. Luces de color rosa y verde iluminan a un chico que baila solo y que usa un pendiente dorado de San Judas Tadeo colgando de su oreja izquierda. Los hippies se dan baños de luna y los chicos lindos bailan reggae y funk con la belleza de sus distintos colores de piel, diferentes tamaños de nariz, su cadencia y su ritmo. La fiesta continua hasta el amanecer y es lunes en San Cristóbal de las Casas.

La casa de Frida es una casa habitada por una familia de viajeros, devotos de la fiesta, hippies, promiscuos, desprotegidos, adictos, atrapados en San Cristóbal de las Casas, mal vistos, artistas sin galería, amantes pasajeros, cool kids, viajeros sin boleto de regreso, de los que hacen la calle, de los que van al día y viven de paso. No importa de dónde vienes ni a dónde vas; aquí puedes ser quien tu quieras ser. En esta casa no te sientes juzgado; puedes mostrarte libremente hacia los demás, ser y florecer, saberte protegido y bienvenido. Es una casa donde se encuentra afecto y compañía, una casa que te da la certeza de saber que hay alguien más a tu lado que está dispuesto a compartir contigo las mismas locuras, el porro mañanero, la hora de la comida, los viajes, los deseos de crear y de cambiar el mundo. Esta es una casa habitada por una familia, atípica, diversa y disfuncional, pero finalmente una familia.

En Chiapas, el estado de las muchas resistencias, en dónde pareciera que la disidencia sexual solo puede vivir en el silencio, esta casa es también un acto de rebeldía. Es nombrar a la diversidad por todos sus nombres, es la vulnerabilidad y la condición de prostituta, de mujer y de indígena de María, la Maruchita, sentada en la esquina de Tuxtla y Tonalá. Casa La Frida será entonces solo un recuerdo más de esa generación de chicos perdidos, los chicos del alma eternamente jóven, los que nos vestimos para la noche, los que a pesar de los años venideros seguiremos en la búsqueda, la generación de quienes hemos de encontrar y resignificar el concepto de familia para poder sobrevivir.

Y a donde sea que vayamos seguiremos a la noche, bailaremos y seremos la fiesta sin final. Seremos nuestra propia Frida, la que nos hace salir a la calle en medio de una noche de luna llena, la que nos dirá no tengas miedo, no te contengas, alza las banderas de los mismo colores y de las mismas causas, hay alguien más allá afuera que siente igual que tú.

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