El reto de los 30 cuentos. 3.- Se llamaba Hierbabuena


Se llamaba Hierbabuena. TenÃa quebraduras en la sonrisa y un carnà del Partido. Todo el mundo tenÃa un carnà del Partido y muchos tenÃan la sonrisa quebrada en aquel paÃs detenido bajo la sombra de un hombre que se creyà mÃs grande que el sol.

Hierbabuena nunca se creyà mÃs grande que nadie pero tampoco menos que ninguno. Su problema fue que nunca quiso ser del todo lo que llamaban un hombre, nunca llegà a ser del todo lo que decÃan mujer. Los hombres y las mujeres le detestaban por igual dÃa tras dÃa. Los hombres y las mujeres le deseaban igualmente noche tras noche mientras devoraban los aromas de su cuerpo, frescos como su risa inquebrantable a pesar de las penas diarias.

El odio y el deseo que fueron sus compaÃeros constantes nacÃan de la rara perfecciÃn de su belleza, que hacÃa que los demÃs humanos no acabaran nunca de verlo como a un congÃnere. Los que le trataron de cerca decÃan que su voz y su risa tenÃan el sonido de la pura verdad, y que a su lado todo lo que cualquiera pudiera decir sonaba falso y cualquier risa forzada. Algo habÃa en su rostro y en las proporciones de su cuerpo propio de Ãngeles, segÃn contaban. La duda de su sexo ayudaba a que todos vieran en su rostro y su cuerpo justo lo que andaban buscando y era como el reflejo soÃado del cuerpo y la cara que todos hubieran querido tener. De su olor solo se podÃa decir que aunque le habÃa dado el nombre de Hierbabuena, iba en realidad mucho mÃs allÃ, componiendo una sinfonÃa aromÃtica, como dijo un mÃsico un poco afectado que frecuentà su compaÃÃa durante largos meses de invierno, una sinfonÃa tan llena de matices que habÃa que aspirar su aroma una y otra vez para descubrir cada vez nuevas notas. OlÃa a promesa de verano pero tambiÃn a tarde de otoÃo y al amanecer del dÃa de navidad y al jabÃn de la infancia. Y a violetas y a verbena y a tomillo y a flores tropicales de las que nadie conocÃa aÃn el nombre. El tacto de su piel tenÃa la perfecciÃn de los recuerdos que han sido elaborados con mimo durante aÃos para volverlos perfectos, libres de toda arista. Su piel era como el recuerdo de un sueÃo, dijo alguien. Y sus besos sabÃan a libertad y risa.

Tuvo quince aÃos y descubrià que la alegrÃa, el placer, tenÃa en muchas ocasiones un reverso oscuro cuando venÃa de la mano de hombres que se temÃan a sà mismos. Y luego tuvo veinte y despuÃs treinta, y aprendià a reÃrse del miedo cotidiano que a veces atenazaba mÃs que el hambre a la que el dictador habÃa condenado a sus sÃbditos desde el oscuro dÃa en que decidià que serÃa mÃs grande que el sol.

A veces, cuando la tristeza era casi tan grande como el hambre y ni siquiera la risa conseguÃa espantar el miedo al futuro, Hierbabuena cogÃa una guitarra y se ponÃa a cantar. Esto casi siempre sucedÃa en la bodega de Juan, aquel hombre que desde siempre le habÃa brindado una protecciÃn y cariÃo fraternales y que tal vez fuera el hermano que nunca conociÃ. Cuando Hierbabuena cantaba sucedÃan cosas extraÃas a su alrededor. Que el tiempo pareciera detenerse no era sorprendente pues esta siempre ha sido una cualidad propia de la mÃsica. Sin embargo, no era tan frecuente ver cÃmo los sentimientos cristalizaban en el aire, y esto sucedÃa a impulsos de la voz de Hierbabuena y de los acordes que sus largos dedos arrancaban a las cuerdas de la guitarra, convertidas en vocales bajo su impulso.

Las personas que, hechizadas, asistÃan a una de las raras actuaciones de Hierbabuena, aseguraban haber visto cÃmo el aire se llenaba de figuras cristalinas, como esculturas de llanto congelado o suspiros cuajados en un aire polar, y que en ellas se podÃan ver los sentimientos mÃs ocultos de cada espectador. La canciÃn de Hierbabuena no pasaba por lo general de ser una especie de tarareo, una melopea ininteligible en la que a veces se distinguÃan algunas palabras, palabras simples, insignificantes, como Ãrbol, cielo, pan, hierba. Palabras que hacÃan encogerse los corazones de sus oyentes y que se convertÃan a su vez en cristales resplandecientes en el espacio del tiempo detenido por su voz.

Cuando la interpretaciÃn acababa el tiempo parecÃa dar un pequeÃo salto para recuperar el paso y en ese instante todos los sentimientos congelados se deshacÃan en un suspiro unÃnime a travÃs del cual los espectadores recuperaban la compostura como si nada de todo aquello hubiera pasado, como si el secreto que cada uno habÃa compartido perteneciera a todos por igual, a la noche, a la mÃsica, al cuerpo y aromas del intÃrprete que todos habÃan gozado alguna vez. A nadie, por lo tanto.

Y en una de esas noches fui a buscarle a la bodega de Juan, por orden del seÃor absoluto de nuestros destinos, tambiÃn del suyo, al que no escapaba nada de lo que sucediera en sus dominios y a cuyos oÃdos habÃa llegado la fama del canto del desviado, como lo llamà al encargarme que fuera a buscarle junto con un par de hombres de mi confianza. El Tirano, al que si me atrevo a llamar asà es tan solo porque asà era como le complacÃa ser llamado, nos dio una orden clara y concisa, como todas las suyas: Ese Hierbabuena, el que dicen que canta. El desviado. Lo quiero aquà maÃana por la noche.

Llegamos en mitad de su canto y nos plantamos al fondo del local. No habÃa necesidad de interrumpir y he de reconocer que al menos yo quedà sorprendido por la belleza del (Âde la? Âde lo?) cantante y sobrecogido por lo que allà estaba sucediendo. Vi, es cierto, con estos ojos lo vi, cÃmo se formaban en el aire esa especie de espÃritus que parecÃan brotar de la gente. Y sÃ, algo tenÃan de cristal, de hielo, de surtidor de plata, de lÃgrimas de Ãngel. De todo eso y de nada. Y el aire parecÃa sÃlido mientras la voz de Hierbabuena lo esculpÃa y en mi corazÃn sentà un arrepentimiento por todo mi pasado pero, sobre todo, por mi imperdonable futuro que me dio ganas de morir en ese mismo instante. Pero entonces acabà la canciÃn y, mientras el tiempo recuperaba su curso, Hierbabuena levantà los pÃrpados y atravesà con la mirada el brumoso espacio de la bodega de Juan hasta alcanzarme con sus ojos de color delirio. Me mirà como si me acariciara, como si todo estuviera bien y yo fuera el hombre mÃs justo que jamÃs habÃa existido sobre la faz de la tierra y no lo que en realidad era. Sonrià y fue como si la vida empezara a escapÃrsele por la comisura de los labios antes incluso de llegar hasta donde nosotros estÃbamos y tendiendo las manos dijo vamos.

Y fuÃmos. Las esposas no fueron necesarias. Uno no puede esposar a un Ãngel. Parecià guiarnos por todo el camino hasta el palacio presidencial, dÃndonos las fuerzas que nos faltaban, diciendo de vez en cuando alguna palabra pequeÃa, sin importancia, como si el viaje fuera intrascendente, como si nuestra compaÃÃa le agradara, como si fuÃramos buenos y amables.

Como si ese trayecto tuviera algÃn retorno posible.

etiquetas: artículo

» noticia original ()

Anuncios

Y tu que opinas???

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s