Embalsamar: el oficio de producir cadáveres bien parecidos


Cuando mueras, cuando tu cuerpo quede frío y tus músculos rígidos; cuando tu piel se contraiga tanto que parezca que tus uñas sin vida han crecido; cuando tu corazón se pare y tu sangre se coagule, la última persona en tocarte no será ni tu madre que te abrazó desde que saliste de su vientre, ni tu pareja que en cada beso expresaba un “te amo”; tampoco tu mejor amigo, el que te cuidó en tus peores borracheras. Ninguno de ellos.

La última persona que te toque, te desnudará en silencio y no juzgarán si estabas gordo o muy chaparro; si tenías las orejas muy grandes y las mejillas caídas. Te lavará y cortará la piel con un bisturí para limpiar tu cuerpo por dentro. Hará todo lo posible para que tu rostro tenga una expresión serena. Tal vez las manos de Giselle López o de Luis Cervantes sean las que te embellezcan, mejor de lo que tú hiciste en vida, para tu presentación final ante los tuyos. Gracias a este par de embalsamadores todos te mirarán dormido y tranquilo y esa imagen quedará en sus mentes, antes que el fuego te convierta en ceniza o los gusanos devoren tu carne.

Un fuerte olor acre me golpea la nariz en cuanto entro a la sala de embalsamamiento de la Funeraria Grossman, en la colonia doctores de la Ciudad de México. El aroma a amoniaco impera tanto que lo siento en la piel y hasta destapa mis fosas nasales. Son los químicos que se utilizan para hacer la sustancia que impedirá la rápida descomposición del cuerpo, principalmente formol. Frunzo el ceño. Mis ojos arden, enrojecen por la irritación, parpadean rápidamente y arrojan dos lágrimas. De inmediato siento alivio.

Luis y Giselle, un par de jóvenes que no rebasan los 24 años, han terminado de arreglar un cuerpo. Están tan acostumbrados al formol que ya no lo sienten invasivo. Su oficio como tanatopractores, nombre correcto de quienes se dedican a embalsamar cuerpos, está lejos del estereotipo millennial detrás del teléfono inteligente y con un espacio de trabajo colorido en Google o Facebook. La luz blanca de la sala de embalsamamiento, cubierta por completo con piso de cerámica blanco y azulejo en paredes y techo del mismo color, da la sensación de frío. Una bata corta y un par de guantes de látex para limpieza es suficiente como uniforme. Si el cadáver llega en un estado avanzado de descomposición o impregnado de sus propios orines y excrementos, como los de los teporochos, agregan una mascarilla, cuya forma parece la de una concha, y un mandil negro de hule.

El repique de la chicharra que recuerda el final del recreo en la escuela avisa a Giselle y a Luis que acaba de llegar un cuerpo. Es una de las 655 mil 688 personas que, según el INEGI, pierden la vida al año. 71,003 en la Ciudad de México. El número total me sorprende: se trata de una persona muerta cada minuto.

Los cuerpos llegan en camilla o en un ataúd, como éste último. Los dos compañeros acercan la cama mortuoria a una de las seis planchas de acero inoxidable. Con la habilidad adquirida cargan el cuerpo de un hombre de unos 85 kilos y lo depositan en la cama plateada boca arriba. Quitan la ropa. El pantalón y los calzoncillos no tienen problema. Las piernas del cadáver están rígidas y hacen que las prendas salgan con facilidad. En cambio, la camisa se atora un poco. Los brazos están duros, pero un ligero masaje logra que la extremidad se mueva lo suficiente para retirar el suéter y demás vestuario.

El cuerpo queda desnudo. Está pálido, los ojos entreabiertos, la boca también. Veo en ese cadáver a mis cuñados asesinados hace unos años, víctimas de la violencia que impera en este país; veo a mi tía, la que murió cuando el autobús en el que viajaba cayó a un barranco; veo a mi abuelita, que se marchito con el andar de los años y un día ya no despertó. Veo a mi amigo Juan, que no tuvo tiempo de terminar con la piel arrugada porque un paro cardiaco fulminante nos lo arrebato hace un año que cumplió 28. Me veo a mí mismo inerte, sin brillo en la piel, tendido en esa cama fría, muerto, en espera de un último arreglo para ser un cadáver bien parecido.

“El embalsamado es un procedimiento en cuatro pasos”. La voz de Luis me saca de mis pensamientos. De sus 24 años, 11 los ha dedicado a detener la descomposición de los cuerpos. Está pendiente para auxiliar a Giselle, con menos años de experiencia, cuando ella lo solicite. “Primero hay que localizar la arteria; inyectar la solución, que es el formol; el siguiente paso sería troquear para sacar líquidos y gases del cuerpo; y el último paso sería el arreglo estético”.

Giselle toma un bisturí y las pinzas quirúrgicas. La licenciatura en criminalística y criminología, así como los cursos en tanatopraxia y las prácticas en el IMSS le han proporcionado los conocimientos suficientes para hacer el corte preciso, de unos dos centímetros, en la pierna derecha del cadáver. Mete las pinzas. El músculo pone resistencia y no se deja explorar, así que ella se abre paso con fuerza. Por fin encuentra la artería femoral. La jala hasta exponerla fuera del cuerpo y atorarla en otra pinza. Parece una liga de color arena. No hay sangrado; el plasma rojo ya no corre por ahí. Solo se asoma un poco de grasa que envuelve el área con su color amarillento. La chica raspa el vaso sanguíneo un poco para introducir la cánula que inyectará la solución que permite conservar al cuerpo hasta por 15 días. Amarra un cordón en un extremo de la vena para que sostenga el delgado tubo. Bombea el depósito que contiene la sustancia. El líquido es conducido por una manguera a la arteria expuesta. Le toma diez minutos a la solución recorrer todo el cuerpo.

“¿No hay riesgo que salga el líquido?”, pregunto a Luis. “Tanto la bomba como el mismo cuerpo avisan”. Me contesta. “Ya sea que arroje un poco de líquido o la palanca de la bomba se ponga dura”.

La chica comienza a dar masaje en los brazos y la cara para que el formol circule mejor. El cuerpo comienza a adquirir mayor rigidez, señal que el procedimiento lleva buen rumbo. Lo nota al palpar la nariz, los párpados y las orejas. Un poco de solución sale por las fosas nasales. El proceso ha concluido.

Giselle acciona el interruptor de un motor. El ruido invade la sala de trabajo. Empuña una tubo delgado. Desde el ombligo del cuerpo mide tres dedos. La mujer levanta el brazo a la altura de su hombro. La punta del tubo queda casi al final del esternón del cadáver, apenas unos centímetros a la derecha. Parece una torera midiendo a la bestia momentos antes de clavar el estoque. Con un movimiento rápido, brioso y decidido hunde el instrumento. La lanza perfora la piel, cruza la carne y llega al corazón. Comienza a extraer los fluidos del músculo que por naturaleza está hueco, aunque los amantes insistan que rebosa de amor.

La chica mueve de un lado a otro el succionador trazando la forma de un abanico. Luego va a la tráquea para absorber los desechos de la nariz y acuosidades de la garganta. “Primero empezamos a sacar los líquidos del corazón, luego de los pulmones, vesícula, riñones. Y ya después los gases de los intestinos”, me explica Giselle sin desatender su tarea.

En efecto, la chica hace una nueva incisión con el bisturí en la cavidad abdominal e introduce de nuevo su lanza para extraer restos de comida, materia fecal, los gases y demás fluidos. Me llama la atención que no hay ningún olor desagradable más que el formol. Otra vez la mano de Giselle forma un abanico bajo la piel del cadáver, además de mover hacia arriba y abajo su herramienta. “Troquear”, le llaman los embalsamadores a su técnica de drenado.

“¿Y si alguno llega del Instituto de Ciencias Forenses (INCIFO)?”, pregunto a Luis sobre los cuerpos a los que esa dependencia les aplica necropsia y se convierten en casos legales.

“Es diferente el procedimiento que en un cuerpo íntegro, como éste”, me dice el embalsamador y así me entero cómo llaman a los cadáveres según su origen antes de llegar a ellos. “Todo cuerpo que es caso legal, debemos retirar las suturas tanto del cuerpo como de la cabeza. Debemos extraer los órganos, los metemos en solución para que fijen directamente y no tengan riesgo que se inflen y puedan hacer que el cuerpo entre en estado de descomposición. Buscamos seis arterías, una por una, en las piernas, brazos y arterias en la cabeza. Los inyectamos directamente. Luego los bañamos, sacamos todo el líquido de su interior, los secamos bien, echamos sus vísceras y órganos en una bolsa y se los volvemos a introducir. Y ahora sí los suturamos para poderlos vestir. En el INCIFO nada más hacen cortes y no retiran nada. Los dejan escurriendo, literal”.

Luis lava la cara del hombre. Luego enjabona y comienza a rasurar la barba apenas crecida de aquel cuerpo. No la afeita toda, solo la delinea para que no se vea desarreglada. Pasa el rastrillo una y otra vez por el cuello y luego por debajo de los pómulos.

En cuanto Giselle termina el drenado sutura las tres aberturas que realizó al cuerpo. En la de la pierna mete algodón para que contenga el poco líquido que llega a quedar y no manche la ropa. Lo mismo hace en las fosas nasales —a las que le cabe tanto algodón que parece interminable la tarea—y en la boca. Ahora entre los dos embalsamadores visten al muerto. Primero los calzoncillo y el pantalón, luego la camisa. Al mismo tiempo meten las mangas a los brazos tendidos a los costados para evitar moverlos. Luego la prenda pasa por arriba de su cabeza y la extienden en su espalda. Al final la abotonan y la fajan dentro del pantalón de mezclilla. Luis aplica unas gotas de pegamento instantáneo en la comisura de los labios para componer la expresión y en los párpados para que los ojos aparenten guardar el sueño.

Giselle acerca a la plancha una bolsa con maquillajes, rímel, pinceles, brochas, labiales y demás cosméticos. Toma una base y la coloca al lado de la mejilla del cuerpo para revisar si le queda a su tono de piel. Cuando encuentra el adecuado, Luis comienza a maquillar. La esponja con la crema café recorre cada rincón de esa rostro inexpresivo. Poco a poco la palidez desaparece. Pasa un poco de rímel por la cejas y la barba. Luego aplica brillo en los labios con un pincel, algo de gel al cabello, lo peina con un cepillo y atiende los detalles con un peine. “Ya tomó un color, ahora sí que más vivo”. Luis hace una pequeña pausa. La frase que acaba de decir es una ironía.

Cincuenta minutos después el cuerpo está de nuevo en el ataúd. Luis le junta las manos, las mueve en círculos para que pierdan rigidez y queden apenas debajo del pecho. Luis, que estudió criminalística en el Politécnico y se especializó como técnico embalsamador, dirige una mirada aprobatoria. El cuerpo no parece un cadáver, sino un tipo sumergido en un sueño profundo. “Ese es el gran chiste de embalsamar: dejarlos dormir, dejarlos tranquilos”.

Suena la chicharra escolar. Es el tercer cuerpo en su turno de ocho horas. En un día común llegan a embalsamar a más de cinco cuerpos. En una jornada atareada trabajan hasta 11 cadáveres. Por cada cuerpo trabajado les pagan en promedio 150 pesos. En la camilla llega un cuerpo envuelto en una sábana. Percibo un aroma a carne podrida. Me da la impresión de ser el único que recibe el olor. No hago ningún gesto. Luis y Giselle ponen manos a la obra.

Luis se recarga en un ataúd. Es uno de los poco momentos en que la sala de embalsamamiento está tranquila, sin un cuerpo en alguna de sus seis camas acero. El chico entrelaza las manos y comienza a hablar.

“Yo tenía aproximadamente 12 o 13 años la primera vez. Me tocó embalsamar a una persona de unos 90, 92 años. Fuimos a su domicilio. Al entrar a su habitación y verlo acostado me sorprendió que ese cuerpo no tuviera vida. La primera impresión fue fuerte, no me había tocado ver a una persona muerta. Fue extraño, desde tocarlo y sentir su cuerpo extremadamente frío y rígido. Cómo olvidarlo. Ver el procedimiento la primera vez es un poco fuerte. Pero a mí me llamó la atención. Es una gran profesión, en donde día a día vas aprendiendo algo diferente”.

“Mi familia se dedica a esto. Acompañaba a mis tíos y me tocó ver muchos casos antes de entrar de lleno a esto. Desde niño como que te va quedando la idea y el gusanito para trabajar en esto. En las pláticas de familia rondaba el mismo tema: qué tipo de cuerpo viste, qué tenía, por qué pasa esto o lo otro, cómo le hiciste. Te vas llenando de curiosidad por saber qué sigue, qué pasó, por qué le dio, cómo se ve, cómo se siente. Todo eso va ayudando a que decidas en qué quieres trabajar”.

“Empecé a trabajar a domicilio. El procedimiento es lo mismo nada más que en la comodidad de su casa. Para que los familiares se ahorren el venir a una embalsamadora, nosotros vamos directamente a donde murió el familiar. No está permitido —el Artículo 349 de la Ley General de Salud dice que el depósito y manejo de cadáveres deberán efectuarse en establecimientos que reúnan las condiciones sanitarias que fije la Secretaría de Salud—. Pero volvemos a lo mismo, les tratas de hacer más fácil el proceso del dolor. Porque hay mucha gente que muere en su casa, ya sea en la cama, en un sillón o en el suelo; hay gente que ya no les gusta que los muevas, que los toques. Entonces para facilitarles el procedimiento y quitarles un poco el dolor, se llama a un embalsamador y se hace desde su casa”.

“Es un trabajo muy bonito. Valoras la vida porque te das cuenta que si te la pasas tomando te puede dar una congestión alcohólica y puedes morir. Te das cuenta que tanto fumar te puede dar cáncer en los pulmones y puedes morir. Valoras muchísimo tu vida día a día y te vas dando cuenta qué es bueno y qué es malo. En cuestión de conocimiento jamás vas a dejar de aprender, porque vemos muchos casos diferentes aquí, ya sea muertes en hospitales, en casas, ya sea por infartos, ya sea por accidente de choque automovilístico, un suicidio, un asesinato. Nunca dejas de aprender en todos esos casos”.

“Recuerdo a una señora de 58 años. Me acuerdo muy bien. Su hijo la apuñaló 48 veces en todo el cuerpo: cara, piernas, brazos, espalda. Fue algo impresionante porque normalmente todos respetamos y amamos a nuestras madres. Que en un momento de coraje o de locura agarres un cuchillo y mates a tu propia madre es algo impresionante. Y ver las heridas que le dejó sí es algo que te queda para recordar. Se necesita suturar cada herida porque al momento de hacer el procedimiento de inyección, el líquido busca cualquier lugar para poder segregar. Por cualquier herida, por muy pequeña que sea, por ahí puede salir. Hay que cerrar cada herida y hay que suturar una por una”.

Giselle no recuerda al primer cuerpo que embalsamó. Ni siquiera hace el esfuerzo por entrar en su memoria. Sabe que su retentiva le juega malas pasadas. Lo que sí tiene muy presente es que desde niña le llamaban la atención los cadáveres. “Porque no tenía amigos, más que los muertos”, bromea Luis. “Mi sexto sentido”, dice la chica con una carcajada por la referencia a la película The Sixth Sense de 1999. Solo que a diferencia de Cole, el niño que ve gente muerta, a ella sí le causaban fascinación los muertos.

“Desde los cinco años siempre veía cómo el Ministerio Público, los forenses, recogían a los cuerpos en la calle, en los domicilios. Me llamaba mucho la atención. Me tocaba verlos en carreteras. Como que era mi destino estarlos viendo. Yo les decía a mis papás que quería maquillarlos. Estuvimos chechando y no había cursos en ese tiempo para embalsamar; tiene poco que salieron”.

“Siempre quise ser embalsamadora, pero mis papás no querían. Me decían que estaba feo esto. Yo quería ser médico legal, pero no logré quedar en Medicina. Luego me metí a estudiar criminología y criminalística, aunque tampoco les pareció. Y ya cuando me metí al curso de embalsamamiento mis papás dijeron, bueno, ya. Entonces mi papá me empezó a pagar el curso y me dijo que para lograr el éxito se tiene que hacer lo que uno quiere, si no nunca vas a ser grande”.

“A la gente le da miedo cuando les digo de qué trata mi trabajo. Me dicen que cómo puedo estar aquí, que mejor busque otro trabajo. Algunos de cotorreo me dicen ya tengo pase directo contigo. Yo les digo que me gusta estar aquí. Ponen su cara fea, de espanto. Me llama la atención los cuerpos, estar con ellos, ayudar a la familia a que esté más tranquila”.

Luis me llama. En la plancha está el cuerpo de un recién nacido prematuro que no sobrevivió. Imagino que su lucha por vivir fue dura. Se lió a golpes con la vida en cuanto abandonó el vientre materno y perdió. Su cuerpo quedó amoratado y sus ojos hinchados, como un boxeador tras 12 rounds de castigo. Ahora está tendido en una fría cama. Es tan delgado que sus piernas inertes parecen las extremidades de un ave desplumada y sin vida.

Luis toca el pequeño abdomen mide con los dedos a partir del ombligo y pasa el bisturí. La sangre escapa como si se desbordara de un vaso. Las tripas también. El hombre busca con paciencia dentro de la abertura hasta que encuentra la aorta. La saca con unas pinzas y la sostiene con otra. Amarra la cánula a un cordón y comienza a inyectar el químico que detiene el proceso de putrefacción por un tiempo.

Tengo un bebé, me es inevitable pensar en lo qué pasaría si él muere. Prefiero ver el procedimiento del pequeño cadáver detrás de la cámara fotográfica. La pantalla de plasma me sirve como filtro, así el golpe a la sensibilidad no es tan fuerte.

La chicharra suena de nuevo. Ha llegado otro cuerpo. Luis interrumpe por un momento su tarea para ayudar a Giselle a subir a la plancha el cadáver de un adulto. Ahí enfoco mi atención. Por primera vez encuentro sentido a la frase salvado por la campana.

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