La adicción no puede ser una excusa que justifique el acoso sexual


La semana pasada, Kevin Spacey se convirtió en el último hombre de alto perfil acusado de acoso sexual masivo en ingresar a terapia. Como otros antes de él (incluyendo a Harvey Weinstein, quien al ser acusado ingresó a un programa de rehabilitación como si se tratara de un monasterio), Spacey parece buscar la redención —o al menos acallar la tormenta— aludiendo a la adicción, en un momento en el cual la epidemia de opiáceos se ha clasificado como una emergencia de salud pública. Si la avalancha de acusaciones por acoso sexual que se ha dado en Estados Unidos ha de servir para algo, estos dos no serán los últimos en caer.

Pero, ¿puede la adicción ser una excusa para el abuso de poder? Y especialmente, ¿puede ser una justificación de los avances sexuales de los que han sido acusados Spacey y Weinstein? La adicción sexual no es reconocida como tal por el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-5), y permanece aún como objeto de un gran debate.

Pero incluso si el sexo llegara a ser adictivo, no hay expresión de adicción —sea al sexo o a otra cosa— que explique o justifique a la violencia sexual. La razón es simple: la adicción no convierte a las personas inofensivas (aunque adictas) en depredadores violentos.

En primer lugar, la neurocientífica Nichole Prause ha compilado evidencia significativa que desafía la noción misma de adicción al sexo. Como exinvestigadora científica de la Universidad UCLA y más recientemente, como fundadora de Liberos, un instituto independiente de investigación sobre la sexualidad, su trabajo sugiere que lo que llamamos adicción al sexo realmente no encaja en el modelo aceptado de adicción.


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En todas las otras formas de adicción que han sido estudiadas (que incluyen las apuestas, que como el sexo, no requiere la ingestión de ninguna sustancia que afecte el cerebro) las personas muestran algo técnicamente conocido como “reacción por señales”. Por ejemplo, cuando las personas adictas a las drogas inyectadas ven la imagen de una aguja, generalmente responden con más fuerza que si vieran algo relacionado con una traba. A menudo, la respuesta es el ansia de la droga. La misma reacción intensificada ocurre con los ludópatas cuando ven cosas como una ruleta.

La personas que dicen ser adictas al sexo, sin embargo, parecen tener la reacción opuesta. “Las señales de la adicción propuesta, las imágenes sexuales, evocan menos respuesta cerebral al ser comparadas con otras”, dijo Prause. Si estos descubrimientos se siguen replicando, menoscabarán seriamente la idea de la adicción al sexo.

Otra diferencia que se cita con frecuencia entre la adicción al sexo y las sustancias, es el asunto del repliegue de los síntomas. Pero ya que tanto la adicción a la cocaína como a las apuestas incluye la desaparición de síntomas físicos después de que se detiene el consumo, para la mayoría de los expertos esta diferencia no es decisiva. Finalmente, existen preguntas sobre si la adicción al sexo se acompaña de una pérdida de control, que, según el criterio del DSM, es común en muchas adicciones. Al contrario, dijo Prause, las personas que declaran ser adictas al sexo “reportan sentirse fuera de control, pero muestran más control en los exámenes de laboratorio que las personas que no se encuentran afligidas”.

Es importante resaltar que Prause no argumenta que aquellas personas que se sienten adictas al sexo no necesiten ayuda, o no estén en una lucha: sólo señala que el marco de la adicción no encaja en su condición. Y esto puede, de hecho, afectar negativamente a los pacientes incrementando el estigma y sometiéndolos a programas espirituales, basados en la abstinencia, que no son ni efectivos ni realistas.

No obstante, más allá de que lo llames compulsión o adicción, tanto Grubbs como Prause concuerdan en que no es material para exculpar las acusaciones de acoso sexual.

Josh Grubbs, profesor asistente de psicología de la Universidad Bowling Green en Ohio, ha enfocado su investigación en las intersecciones entre sexualidad, moralidad, y religión. Su investigación ha mostrado, por ejemplo, que la creencia de un hombre sobre la inmoralidad del uso de pornografía asociada a su religiosidad, están más ligadas a su percepción como adicto al porno, que su nivel de consumo real.

Grubbs es más concesivo que Prause, en etiquetar el comportamiento sexual compulsivo como una adicción. “Para algunas personas, el comportamiento sexual puede descontrolarse en el propósito y el esfuerzo, que luce y funciona como una adicción, de la misma manera que las apuestas”, dijo. Añadió que el trabajo de Prause es fascinante, pero cree que se necesitan más datos para probar que la compulsión sexual no encaja en el modelo de adicción.

No obstante, más allá de que lo llames compulsión o adicción, tanto Grubbs como Prause concuerdan en que no es material para exculpar las acusaciones de acoso sexual.

“No existe evidencia que señale una correlación entre el acoso y el abuso sexual, y las características de una adicción al sexo”, me dijo Prause. “Por ejemplo, las personas que cometen agresiones por lo general no sienten estar fuera de control [como aquellos que son adictos], ellos valoran el acoso y el asalto porque se sienten en control”.

De hecho, una buena parte del estigma asociado con el modelo de adicción viene por la manera en que es utilizado para excusar todo tipo de mal comportamiento, y por la manera en que la rehabilitación es vista como un lugar para iniciar una restitución y penitencia. Y no ayuda el hecho de que la mayoría de centros de rehabilitación en Estados Unidos se basen en programas de doce pasos en los cuales los participantes son invitados a rendirse ante un “poder elevado”, hacer un “inventario moral”, pedir a Dios que remueva sus “defectos de carácter” y hacer enmiendas a quienes lastimaron. El hecho de que tantos centros de rehabilitación hayan usado históricamente tácticas degradantes y punitivas, que suponen que los participantes son mentirosos, manipuladores, centrados en sí mismos, también juega con la idea de que la adicción es realmente pecado.


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Pero una adicción no necesariamente causa un comportamiento tipo zombie, en el cual gente adicta pero normal es capaz de hacer lo que sea (sin importar el daño que pueda causar) en la conquista de su compulsión. Una gran cantidad de cifras muestra que no sólo los adictos tienen un grado de control de sí mismos sino que los adictos no son necesariamente malas personas.

Mientras tanto, la mayoría de adictos que cometen crímenes lo hacen para financiar su adicción (y en el caso de la adicción a la heroína, la mayoría ya había cometido crímenes antes de la adicción), y esto solo agravó el comportamiento. Pero para las personas que pueden consumir tantas drogas como quieran, la adicción no va a convertir a hombres de negocios adinerados en ladrones o criminales. El comportamiento criminal no emerge en el vacío por el consumo de drogas.

De manera similar, aunque el alcohol engancha casi a la misma proporción de usuarios que la heroína o a la cocaína, vemos más bien pocos crímenes cometidos para poder financiar una borrachera. El hecho de que sea legal lo hace accesible a la mayoría de personas. Y la idea de que la adicción convierta a las personas en mentirosos compulsivos tampoco tiene evidencia que la apoye: las personas con una adicción comparten sus experiencias de manera honesta como lo haría cualquier otra, cuando pueden hacerlo de manera anónima o sienten que no van a ser castigados por ello.

Y sobre los crímenes violentos típicamente (aunque no siempre) asociados con el consumo de drogas ilícitas: los estudios han encontrado que la gran mayoría de ellos se asocian al mercado ilegal de drogas, que no cuenta con cortes y recursos legales para zanjar sus disputas. En otras palabras, muchos de estos crímenes se cometen por dealers o personas ligadas a la ilegalidad de las drogas, no a su farmacología o a los efectos de una adicción. Y aquellas personas con una adicción que sí se involucran en crímenes violentos, parecen mostrar una tendencia a haber sido violentados en su vida temprana a través del abuso infantil.

La idea de que la adicción convierta a las personas en mentirosos compulsivos tampoco tiene evidencia que la apoye.

Básicamente, la adicción como la conocemos parece exacerbar y desinhibir los problemas subyacentes, más que convertir gente normal en monstruos.

Dado a que la adicción al sexo es con frecuencia modelada desde la drogadicción (o incluso otras compulsiones que similarmente resultan en una elección impar) sería asombroso si llevara a una mayor pérdida de control que, por ejemplo, la heroína o la cocaína. Seguramente, una adicción al sexo podrá llevarte a gastar demasiado dinero en prostitutas, en stripclubs o en un tipo de porno exclusivo. Podrá aislarte de tu familia, destruir tus relaciones e incluso arruinar tus finanzas. Pero no ta hará ser un acosador (dejando de lado la violación).

Si Estados Unidos quiere en serio ayudar a aquellos quienes padecen una adicción, y quiere de verdad desestigmatizar este tipo de desórdenes, la conversación sobre el acoso y abuso sexual, así como sobre otro tipo de abusos, debe divorciarse de la conversación sobre la adicción y la rehabilitación. Si alguien tiene una adicción genuina, y al tiempo expresa un comportamiento terriblemente inadecuado, esa adicción debe tratarse para ayudar a controlar al otro comportamiento. Pero eso no significa que la adicción haya causado o excuse el otro problema, y no significa que la rehabilitación expíe tus pecados o deba ser vista como un lugar para el remordimiento y la penitencia.

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