La ‘fiesta’ de una pandilla que acabó en un brutal abuso policial en México


Como cada año, octubre es un mes especial para ‘Los Panchitos’, una pandilla callejera de la Ciudad de México, que en los años 80 se convirtió en una de las más célebres debido a la violencia con la que se llegaban a enfrentar con grupos rivales.

Han pasado casi cuatro décadas desde la formación en 1978 de Los Panchitos —reconvertidos hoy en hombres y mujeres de unos 50 años— que al paso del tiempo dejaron atrás las peleas de barrio, y que cada año se reúnen en un fiesta callejera y popular para celebrar con música rock-punk su aniversario.

Pero este año, el festejo acabó en tragedia. La tarde del pasado sábado 21 de octubre policías antidisturbios de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) de la CDMX irrumpieron en una vecindad sobre la Calle Sur 140, en la zona Observatorio, al poniente de la capital.

Testigos entrevistados por VICE News y videos grabados por los vecinos obtenidos por este medio documentan el abuso policial del que fueron víctimas decenas de personas, entre los que se encontraban niños, adolescentes, madres con bebés, ancianos y una mujer en silla de ruedas, a quienes llegaron a amenazar con pistolas; e incluso intimidaron a un grupo de menores con echarles “gases” para “dormirlos”.

La reconstrucción de estos hechos a partir de entrevistas a diez de los agredidos, quienes habitan cuatro de las casas allanadas, revelan que la escaramuza inició hacia las 16:30 horas, en el mercadito sobre ruedas que está a la entrada de la vecindad.

En espera de que el concierto del aniversario de Los Panchitos se hiciera en el mismo lugar de siempre, unos 40 jóvenes que iban a la fiesta, se mezclaron con los comerciantes y visitantes; y en el momento en que la policía antidisturbios intentó retirarlos empezó la trifulca.

Los vecinos narran cómo la policía bloqueó por ambos flancos la calle dejando como única escapatoria una vecindad a mitad de calle que no tenía nada que ver con Los Panchitos o la organización de la fiesta. Jóvenes, comerciantes y madres con bebés perseguidos por los antidisturbios ingresaron a la vecindad en busca de refugio.

La policía comenzó entonces una persecución y durante la carga, los elementos destrozaron viviendas, amenazaron con lanzar gas a cinco niños que se escondían en el baño de su casa, robaron celulares y golpearon con tubos de hierro a un joven ya bajo custodia.


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El operativo policial se debió a la negativa de la Delegación Miguel Hidalgo de otorgar el permiso para la realización del trigésimo noveno aniversario de Los Panchitos.

En la década de los 80, los habitantes de la ciudad que vivían en las delegaciones Álvaro Obregón, Miguel Hidalgo y Cuajimalpa, temían a estos jóvenes que llegaban a hacer destrozos y tenían un ‘look’ que intimidaba: chamarras de piel negras, tatuajes, cadenas y cabellos estilo punk. Pero al paso del tiempo, han transformado su estilo de vida y desde hace algunos años predican la ‘cero violencia’.

De ahí que cada año, desde hace una década, esta fiesta se llevara a cabo al aire libre en esa misma calle sin mayores incidentes. Sin embargo, este 2017 llegó una prohibición por parte de la delegada de Miguel Hidalgo, Xóchitl Gálvez.

En entrevista con este medio la funcionaria indicó: “No es un tema de discriminación (…) Se orinan en las calles, se drogan, hay venta de alcohol y hay fallecidos (…), No tenemos disponibles (en la Delegación) a los 50 policías que normalmente se necesitan para atender esa fiesta”. Al repreguntarle sobre el número de fallecidos en fiestas de aniversario pasadas, indicó: “…No te lo puedo decir…”; pero en una revisión hemerográfica no se encontró ningún fallecido por esta celebración.

Martín Legorreta, uno de los líderes de Los Panchitos, comenta al respecto: “Lo único que hemos tenido fue un caso donde un cantante se esforzó demasiado y casi se le para el corazón. Llamamos una ambulancia. Eso fue en el 2015. Nuestra consigna desde hace muchos años es la cero violencia”.

De la actuación policial y la agresión a vecinos ajenos a la fiesta, la delegada se deslinda totalmente: “Ahí sí que me gustaría que entrevistaras a la SSP sobre el tema. Lo que a mí me compete es el permiso en la vía publica”. También negó que ella solicitara la intervención policial para el operativo: “No, yo en ese tema no intervine”.


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VICE News solicitó por escrito a la SSP información sobre el operativo en el que habrían intervenido unos 500 elementos, según los propios vecinos, sin embargo hasta el momento no hemos recibido ninguna respuesta oficial.

A continuación los testimonios de las víctimas, editados para mayor claridad, acompañados de los videos y las fotos:

CASA UNO

Elsa Molina (41), Rosa María González (68) y Toñito* (14). Ellos comparten, junto con su padre de 68 años, una habitación de cinco por cinco metros, con cuatro camas y muchos retablos religiosos.

Elsa sufre una discapacidad que la mantiene en una silla de ruedas y su madre Rosa María trabaja como empleada doméstica, mientras que su sobrino Toñito trabaja en un taller cercano. Ninguna persona de esa casa manifestó ser o haber sido un miembro de Los Panchitos.

Elsa Molina en su casa. Imagen vía Hans Muselik/VICE News.

Elsa Molina

Mi madre sale al mercado y oigo el relajo de gritos y todo eso. Llega mi sobrina y mete a mi otro sobrino de 8 años en la habitación. Los niños empezaron a chillar y eso me alteró, ya que le gritaban a Toñito* … ‘¡Mete a mi mamá, mete a mi mamá’ le decía yo.

Entra mi sobrina y me pregunta por su abuela. Yo desesperada seguía gritando para que mi sobrino trajera a mi mamá. Fue a por ella y se metieron. En el momento en que mi mamá deja el mandado en la cocina se metieron las dos mujeres con bebés. Yo les digo, ‘Sálganse, yo no les quiero acá en mi casa’, pero en ese instante se metieron los demás individuos. Pero como puede ver mi casa es muy pequeña y estaba llena de toda la bola (de gente) que se metió a refugiarse.

Detrás vienen todos los granaderos y empiezan a golpear mi puerta y romper los vidrios de la ventana. Pura majadería y groserías muy fuertes gritaban. Mi sobrino pedía con mucha ansiedad clemencia, que se detuvieran porque estaba acá su madrina. Yo soy su tía madrina, y les decía ‘¡Deténganse, aquí están los bebés, está mi madrina!’, entonces ellos respondían con majaderías muy fuertes. Como vieron que no pudieron abrir la puerta, fue cuando empezaron a subir y brincaron en mis láminas del techo, y como vieron que no las pudieron romper empezaron a izarlas. En eso momento a mi sobrino le entra el nervio y les grita: ‘¡Es que mi madrina está en sillas de ruedas!’.

Entonces la señora que traía el bebé grita y dice ‘¡Acá hay menores de edad!’ y los policías seguían contestando insultos. Siguieron los gritos hasta que rompieron el techo. Hubo muchas amenazas. Al muchacho que sacaron le pegaron muy fuerte. Acá dentro los golpearon con tubos de acero del mercadito de afuera y luego se lo llevaron.

A mí me dio un shock y me desvanezco (en el centro del cuarto). Mi madre me estaba cubriendo de frente. Todavía me acuerdo que hablamos al 911 por la agresión de los antidisturbios y no nos hicieron caso. Mi sobrino me quitó el teléfono y con mucha desesperación pide apoyo porque había dos bebés. Nunca vinieron. Tengo miedo. Soy una persona discapacitada y tengo tratamientos psiquiátricos y oncológicos. Me siento con temor, la verdad.

*Toñito

Cuando vi a los policías entrar en la vecindad, metí a mi abuelita y a mis hermanos. Entonces vi a las dos señoras que venían con corriendo del mercado con los bebés en brazos, un bebé de cinco meses y un recién nacido, y les dije métanse. Iba cerrando la puerta cuando entraron otros refugiándose.

Los policías empezaron a golpear la puerta y les decía que se van a salir los otros y que se las arreglaran ahí afuera, que acá dentro está mi madrina. Pero los antidisturbios contestaron: ‘¡No, me vale verga, sáquenlos a los hijos de su puta madre¡’, y seguían golpeando con todos los palos.

Luego cuando empezaron a romper los vidrios de la puerta y la ventana, tiraron las cortinas. Siento cómo los oficiales trataron de abrir el techo y no pudieron. Un policía acá abajo sacó su pistola y cortó cartucho, apuntó y dijo ‘¡Ya sálganse, quiero que salgan!’

Apuntó para acá y les repetí que estaba mi madrina. Primero apuntó hacia adentro a la puerta para que se quitaran la gente de ahí. Me hice a un lado y en eso ya habían roto el techo.

El oficial que entró ya tenía desabrochada la pistola para apuntar, y ahí es cuando un chavo dijo que ‘ya sale’. Yo cargué a mi tía Elsa y la llevé con la vecina de al lado y ahí la dejé sentada. Le dije a un poli que si estaba pendejo que si no veía a una señora discapacitada. Le vi la cara y fue cuando me robó el teléfono.

Nunca le dimos permiso a la policía para que entrara en nuestra casa. Le permití el acceso a las mujeres para que se refugiaran por los bebés que traían en brazos. Yo lo hice por los niños. Yo sólo a ellas dos les ofrecí la casa de mis abuelitos. Tuve que esconder a mi hermano de ocho años en el armario. Los otros se escondieron en el baño. Los que nos protegieron fueron los ciudadanos que entraron, personas civiles desconocidas.

Rosa María González

En esta casa viven cuatro personas. Yo, mi esposo de 68, mi hija Elsa Molina y Toñito* (víctima del robo de celular). Una persona estaba con su hija en la calle, se asustó, y vino a esconderse en la litera porque traía un bebé en brazos. Luego intenté proteger a mi hija, y casualmente logré ponerle esta cobija porque los vidrios le caían encima.

CASA DOS

María Arcelia Hernandez (47), Sarah* (16), Lucía* (12) y sobrinos (12 Y 6). En el momento de la agresión las hijas de María Arcelia Hernández estaban solas en casa, con dos de sus sobrinos. Cuatro niños y una adolescente se escondieron en el baño mientras los antidisturbios rompían sus ventanas y las asustaban con la amenaza de lanzarles gas para dormir.

Su madre, es enfermera en un hospital y estaba comprando la verdura para la comida en el mercado a la hora de la entrada a su vecindad. Los policías, que habían entrado sin mostrarle orden de cateo alguna, le prohibieron entrar en su propia casa. Ninguna persona de esa casa manifestó ser o haber sido un miembro de Los Panchitos.

María Arcelia Hernández

En la casa estaban mis hijas de 16, 12 y 6 años y mi sobrino de 12 y mi sobrina de 6. Íbamos a comer y como había mucha policía decidí ir yo a comprar la ensalada. Cuando estoy pagando, volteo y ya estaban los policías golpeando y no me dejaron entrar en mi casa. ‘¡Oiga, déjenme entrar, mis hijas están solas!’ les digo, pero no me dejan pasar.

Una vecina, le dice al poli que me dejen entrar, que mis hijas están chiquitas. Entonces paso y veo cómo los polis van rompiendo las láminas del tejado de mi vecina la Sra. Rosa y Elsita la de sillas de ruedas. Rompían cristales queriéndose meter. Mis vidrios ya los habían roto con los niños dentro. Entonces jalaron de la casa a un joven y vi cómo le pegaron con los tubos que tengo aquí afuera. Le sacaron de los cabellos y del pantalón, pegándole con lo que tenían. Aquí fuera hay polines, tubos, y escaleras, con eso le pegaron.

De la mercancía de una chica que vende ropa, los polis sacaron la ropa, la bolsearon. Creo que buscaron drogas, pero pues no encontraron nada. Ayer fui a levantar la denuncia, tenía la chiquita acá llorando y asustada. Mi hija de seis años y mi sobrinita me dijeron que tenían miedo y me preguntaron que qué había pasado y les mentí. ‘Mamita se metió un ratero y los policías entraron a sacarlo’. No le pude decir la verdad.

Después me pide apoyo mi vecino Toñito* de 14 años, al que le robaron el celular (video). Metió a su tía Elsa, que estaba en shock, en mi cama. Yo mientras, aquí con mis niños llorando. Toñito* había metido a su hermano de 8 años en el ropero y le abracé. Le dije: ‘Ven, sabes que aunque seas hombre tienes que llorar, amor’. Y contestó: ‘¡Es que fui un puto!’, ‘No mi amor no digas eso. Ven acá’. Y se soltó a llorar.

Sentimos coraje, quisimos hacer algo y no pudimos. Ya Los Panchitos son abuelos. Empezaron a hacer sus tocadas de rock al aire libre sin meterse con nadie. Viene gente de todos lados del interior de la República (a la fiesta). No todo es como lo pinta la señora (Xóchitl Gálvez, delegada de la Miguel Hidalgo). A mi no me molesta y aunque ni soy de su estilo y género, veo cómo las mujeres que vienen a cantar rock levantan la vibra. Muchos de Los Panchitos ya han fallecido ¿Por qué no los dejaron tocar? Es la primera vez que pasa esto. Soy de la idea que si los hubieran dejado tocar estaríamos en santa paz y no hubiese pasado lo que pasó.

Sarah*

Acá en el pasillo abrieron las bolsas las sacaron y pisotearon y dijeron aquí no hay nada y se largaron. Yo estaba afuera en el pasillo. Lalo, un vecino, les comenta a la policía que no pueden pasar porque esto es propiedad privada y aquí nos estamos resguardando. Aquí nadie estamos escondiendo nada, así que se regresen por donde vinieron. La Policía aventó a Lalo y entraron.

Yo me asusté y me vine corriendo a mi casa. Escuché a un policía decir: ‘¡Vas a ver hijo de tu puta madre, esto no se va a quedar así!’ Agarró el palo y los demás policías agarraron ladrillos y los tiraron contra mi ventana de la cocina y la del cuarto del lavabo. A los niños les tuve que decir que no salieran de aquí. Los niños estaban espantados. Éramos cinco niños y los polis estaban golpeando. Mientras los granaderos me rompían los cristales me gritaban que yo estaba guardando personas. Pero eso no era cierto. Nos patearon la puerta y ahora la chapa no cierra bien.

Sí les grite y me asomé y les menté la madre. No me hicieron caso, me ignoraron, y la poli dijo: ‘Traigan esas bombas de gas para dormirlos’. Y pensé, hijos de su puta madre. Les dije a los niños, cierren todo y no salgan. ‘¡Métanse al baño!’.

Les dije a los polis que rompieron mi casa, que ellos van pagar las cosas, que no estoy escondiendo a nadie y que no les he hecho nada. No entiendo por qué andan tan agresivos. ‘¡Uffff…! ¡Tenía tanto coraje! Estaban agrediendo a gente inocente.

Cuando llegó mi madre los pequeños salieron y llorando la abrazaron. Yo bien nerviosa. Antes de eso, encerrada en casa, llamé a una a amiga y a una prima. Pensé que la poli me iba a robar. Me espanté pero ya llegó mi mamá. Después de esa entrada de la poli me dio tanto coraje, y empecé a odiar a todo el mundo.

Lucía*

Yo me espanté cuando rompen la ventana. Vi a los policías romperla. Me sentí impresionada y después, cuando dijeron ‘!Traigan el gas¡’ fue cuando empecé a sentir miedo.

CASA TRES

José Antonio Vega Martínez (65), y Luis David (44), son hermanos que llevan toda su vida en la vecindad. José Antonio fue laboratorista en la Universidad Nacional Autónoma de México, y Luís David es biólogo, aunque ambos ahora trabajen en un teatro como iluminador y acomodador respectivamente.

Comparten a Camila, una perrita juguetona de pocos meses que tiene cada ojo de un color diferente. Les gusta ir a pasear por Chapultepec y comparten su gusto por Frank Zappa, Sting, Led Zeppelin y The Who, y desde la agresión también comparten la impotencia y la rabia ante tanta arbitrariedad. Ninguno manifestó ser o haber sido un miembro de Los Panchitos.

José Antonio (izquierda) y Luis David (derecha) en su casa del vecindario.

José Antonio Vega muestra los golpes que recibió de la policía.

José Antonio Vega Martínez

El sábado llegamos como a las cinco de la tarde de trabajar del teatro. Me quité la camisa, preparé un clamato y de repente escucho a gente gritando. Me asomo por el portón de la vecindad y veo que estaban los granaderos en la calle por ambos lados.

Intento meterme y saco mi teléfono. Se vienen los polis del lado izquierdo y veo que pegan a Sandra, la hija de una vecina que salió a por su mercancía. Le digo: ‘Métete mujer’, cuando siento un jalón de cabello por atrás que me aventó hasta abajo a la banqueta. Cuando caí los polis me comenzaron a patear por todos lados. Aquí están los reportes médicos. Me pisaron así… ‘¡Zas, zas, zas!’ Por todos lados, nomás me hice bolita.

Entonces Mónica, Sandra, Patty comenzaron a gritar: ‘¡No le peguen, es un señor que no le hace daño a nadie!’ y los polis les dicen: ‘¡Cállense hija de la fregada!..’ Y las golpean. No tengo fracturas, hago ejercicio, no estoy guango… Pero sí me dieron bien. Me rompieron un anillo y estos lentes.

Me levanto y llega un vecino que vive enfrente, corre, me agarra y me mete en su casa. Ahí me lavo la cara y al ratito regreso. Después, mi hermano me llevó al doctor donde me sacaron la radiografía y no tengo ninguna fractura pero sí me dieron duro. Todo esto nomás por meter a la muchacha. Cuando regresé, confronté la policía y les pregunté: ‘Buenas noches, ¿podrían ustedes ser tan amables de decirme quién es el oficial a cargo?’ Eso lo hice para desquitarme. Y se acerca uno y le pregunto si me da su nombre. El oficial se negó, pero identifico a otro y le digo: ‘Usted me pegó, usted me agredió’ y lo señalo y contesta: ‘¡Yo ni te conozco! No tengo porqué darte mi nombre’. Le contesto que soy ciudadano y le estoy pidiendo su nombre y que, como autoridad, tiene la obligación de dármelo. ‘¡Fíjate lo que me dices ehh!, que yo te demando por falsear a un oficial’, contesta.

Después de eso desapareció. Sentimos que nos dieron atole con el dedo. Hasta cierto punto tenemos miedo de que nos quieran intimidar para que no denunciemos y a mi me robaron el teléfono cuando me estaban pateando ahí afuera.

***

Luis David muestra los golpes que le dejó la policía.

Luis David Vega Martínez

Los granaderos llegaron de los dos lados de la calle donde había un mercadito sobre ruedas. Ya venían tirando los puestos, a diestra y siniestra sin respetar nada. La única escapatoria (de la gente) era meterse en nuestra vecindad.

Pero los granaderos los siguen y empezaron inmediatamente la agresión. ‘¡Les advertimos hijos de la chingada que no iba a haber nada (de fiesta). Que les vamos a partir su madre!’ amenazaban, mientras se seguían metiendo.

Vi cuando el policía cachetea a la nieta de la vecina que tiene catorce años y le grita ‘¡Quítate!’. ‘¡Oye güey!, ¿Por qué le pegas?’ le grito, y con el tolete y me pega en el estómago. Ahora me dice el médico que todo este derrame es producto de la inflamación que se me produjo en el hígado por el traumatismo que me causó.

Me pegó sobre la línea media del abdomen donde empieza el hígado. Después de un golpe así se te nubla completamente la visión, no ves nada. Nomás escuché a lo lejos que gritaban. El golpe me lo dieron en la puerta de la vecindad. Regresé corriendo, la misma adrenalina me hizo que pusiera duro el abdomen y recibí el toletazo pero no me doblé, sino que lo aguanté. Nomás vi así, todo azul y oía las voces a lo lejos. Corrí y ya cuando tomé el teléfono empecé a sentir el dolor y la inflamación.

El poli que daba las órdenes era el de la gorra. Y le dice a otro que abriera el gas y disparen al perro. Pero la señora Patricia agarró a su perro y gritaba: ‘¿Por qué no me matas a mi?’.

Cuando empiezo a grabar ya estaban pateando la puerta de doña Rosa del interior ocho que tiene una hija en silla de ruedas. Estaban pateando la puerta y la escalera.

Después el mando les dice: ‘¡Súbanse y tiren el techo!’. Y ahí es donde ves cómo se sube la gente del orden y la justicia en este país y con el escudo de acrílico tira el techo. Se meten por ahí abren la puerta y sacan a una persona que ves en el video cuando le pegan los policías. Entraron por sus huevos. Sin mostrar ninguna orden, sin mostrar nada, haciendo el atropello y el abuso de autoridad, se limitaron a decir que solamente obedecían órdenes.

En esta vecindad no vive nadie de Los Panchitos. Tengo 44 años y todas las veces que se ha realizado esa fiesta de aniversario nunca ha habido una problemática de este tipo.

CASA CUATRO

Ángeles Reyes Barrios (78) y Teresa Olmos (52), son madre e hija que se dedican al comercio. Ambas tienen un puesto en el tianguis sabatino frente a su vecindad. La sobrina de Teresa tiene 14 años y por salir a ayudar a resguardar la mercancía, recibió una bofetada de un policía antidisturbios. Después de las agresiones, Ángeles Reyes Barrios, nos muestra un hematoma en su brazo izquierdo.

Ángela Reyes Barrios muestra el hematoma de su brazo.

Ángela Reyes Barrios

Acá en el mercadito de la calle de mi casa vendemos todos los sábados. Tengo veinticinco años aquí y antes vivía veinticinco allá, en la otra calle, donde (Los Panchitos) hacían su fiesta cada año y nunca hubo problemas. También llevo veinte años vendiendo en el mercado. Yo vendo gorritos de niñas, antes vendía quesadillas y pambazos, pero como ya se casaron todos mis hijos ya no hay quien me ayude y mejor cambié por las gorras. Compro, vendo y pongo acá los sábados.

‘¡Quítese de aquí¡’ me dice un policía el sábado. Estaba yo en el zaguán de la vecindad parada y entonces se metieron corriendo los policías y me gritan ‘¡Lárguense de aquí!’ Me agarraron fuerte y me empujaron. Casi me tiran. Si me asusté con el temblor que hubo, ahora con esto… pues escucho un ruido y ‘¡Ay Dios mío!’

Teresa Olmos Reyes

Este año (Los Panchitos) pasaron a pedir firmas para ver si no nos molestaba que hagan la fiesta. Como todos los años, estábamos de acuerdo. No buscan pleitos. Hacen la fiesta, tocan y se van.

Serían como las 4:30 de la tarde, estaban sentados en la calle todos Los Panchitos, como unos quince y del otro lado, en la barda había unos pocos más. Ya había muchísimos granaderos. Es decir, los granaderos habían permitido que los muchachos se sentaran ahí. Los granaderos ya habían cubierto el mercadito y ya estaban parados acá en el puesto de nosotros.

Se mezclaba la gente con los granaderos. Nos apuramos. La verdad es que los granaderos empezaron a reclamarle a uno de ellos y me imagino que no se dejaron. Se oyó como un silbido, no se si era para que atacaran. Todavía había mucha gente con niños comprando en el tianguis y que luego se metieron aquí a la vecindad.

Vi cómo los policías empezaron a aventar la fruta y agarraban los tubos de nuestros puestos y bueno, fue un desastre. Les decíamos a los comerciantes: ‘¡Córranle, pásenle pásenle!’, es que traían niños. Enseguida los antidisturbios entraron con sus escudotes y empezaban a tirar todas las macetas y todo lo que encontraban afuera. Yo sólo escuchaba ‘¡Pas, pas, pas!’, golpes.

Activé la alarma que tengo en casa que nos dio la delegación y contestaron luego luego. Les decía que acá hay niños y están destruyendo la casa, así de horrible, que todos los niños de las casas estaban gritando. Me contestan: ‘¡Pues sálganle ustedes y díganles que se vayan!’ ‘¡Nooo! No voy a salir, me van a matar. ¿Cómo crees que voy a salir?’ Pues imagínese, si salgo voy a quedar muerta ahí. Le colgué.

La policía nunca mostró ningún papel. Por eso me extrañó que entraran sin permiso. En esta vecindad viven como unos 20 niños y en este interior vivimos cuatro personas, pero cuando sucedió esto había una niña de 14 años, otra de ocho y Santi, de cuatro, aunque se espantaron y huyeron a casa de mi hermana, también en la vecindad. Los niños después decían ‘¡Ay, esos granaderos pegan bien feo!’ y mi hermana los acostó en el piso.

*Los nombres de todos los menores, aparecen con asterisco y fueron cambiados para proteger su identidad y seguridad.

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