Sudor, saliva y semen: fui a una orgía de negros y latinos en Nueva York


“No hay marcha en Nueva York”, se atrevió a escribir José María Cano. Ya sea que haya ironizado o que lo haya afirmado en serio, el buen Chema no podía estar más equivocado. Nueva York tiene de todo: no sólo cuenta con los lugares turísticos más icónicos —esos que siempre se destruyen en las películas gringas—, también es el epicentro de una vida underground que vale la pena conocer y saborear.

El otro Nueva York, el que no sale en la folletería de los recorridos oficiales, por supuesto es el que tiene que ver con fiesta, drogas y sexo. Yo, un chilango inexperto que nunca había cruzado el Río Bravo y con una visa recién aprobada, me moría de ganas por conocer este otro rostro de esa ciudad, pero sin tener ninguna noción de a quién recurrir para ello.

Por fortuna un amigo español había estado ahí hacía más o menos un mes, por lo que no dudé en preguntarle. Y lo que me dijo fue música para mis oídos: “no sé si te interese, pero fui a una fiesta muy intensa, una sexparty en realidad, que en teoría era para negros y latinos, pero cuando llegué, el único latino era yo”. De inmediato me contó los pormenores: al ser una fiesta clandestina, había que apuntarse para ir. Acto seguido, me mandó un flyer con la información y las instrucciones que debía seguir.

Estando todavía en México, le escribí a los organizadores. El proceso era relativamente sencillo: había que enviarles un correo electrónico, describirles en unas breves líneas cómo me había enterado de sus fiestas y adjuntar fotos de cuerpo entero, pene y nalgas. Sus políticas eran claras: se debía tener buen cuerpo, tonificado, y ser negro o latino con actitud masculina. Me sentí en una versión magnificada de Grindr donde el “no gordos” o el “no afeminados” es el pan de cada día. Estuve a punto de mandarlos al diablo con su cúmulo de prejuicios y requisitos, pero pudo más el morbo. Mandé mis fotos desnudo y a esperar.

“NEW YORK, NEW YORK…”

Ya me había resignado a no haber sido aceptado cuando, ya estando en Nueva York, me llegó un correo: “¡Ya formas parte de Nubian Dukes, estás invitado a las fiestas de sexo más calientes de NYC!”. También venía adjunta la dirección y el horario: “11:30 a 5:30 AM. Fiesta totalmente desnudo o en suspensorios. 13 dólares los primeros 50 ‘brothas’; después 20 dólares”. También eran muy específicos en la exclusividad: “al ser un evento de puerta selectiva, nos reservamos el derecho de admisión, sin importar que hayas recibido este correo electrónico”.

Encontrar el lugar no fue difícil, gracias a Google Maps llegué sin problemas. Además como el metro en NY es 24 horas, ni Uber tuve que tomar. Ya estando frente al edificio me sentí nervioso y me asaltaron las dudas. De no haber sido porque mi amigo había estado ahí antes, me había parecido totalmente imprudente ir solo a un lugar completamente sombrío, sin señalizaciones, en una ciudad desconocida donde podrían fácilmente secuestrarme o desaparecerme, y todo por un rato de calentura. Haciendo acopio de valentía, toqué la puerta. Pasados unos segundos me recibió un negro de unos dos metros de altura, que me hizo tragar saliva al recorrerme con sus ojos penetrantes de arriba hacia abajo. Supongo que estaba evaluando si era digno de pasar, y después de unos tensos segundos me dijo: “come in”.

La dinámica no resultó muy diferente a otros lugares de sexo anónimo que ya había conocido: te hacen desnudarte por completo —en mi caso me quedé sólo en calcetas deportivas, tenis y suspensorio—, entregas tus cosas y ellos las ponen en una bolsa de plástico numerada. Luego te registras en una hoja de Excel, donde pones tu correo y así cotejan que eres de los previamente aceptados y si aún alcanzas precio especial. En mi caso, según pude ver, era el 39, así que sí: 13 dólares sería el precio de entrada a este sitio de cogedera salvaje.

Lo primero que noté fue la ambientación: pura música de hip hop. Eso de que era una fiesta ‘just for brothas’ se lo tomaban realmente en serio. A pesar de estar prohibido, en mis calcetas deportivas metí de contrabando mi celular, con lo que desde el baño pude shazamear algunas de esas rolas chingonas que me podían servir en mi chamba de DJ. Afuera del baño pude darme cuenta de que, a pesar de ser una fiesta para negros y latinos, yo era el único latino. Todos los asistentes parecían sacados de una película porno: la mayoría rapados, musculosos, totalmente desnudos y de miembros descomunales.

Conforme iba avanzando por el departamento, el lugar se volvía más oscuro. Las pieles de los asistentes les servían de perfecto camuflaje en la última sala, donde no se podía ver nada, pero escapaban gemidos y frases como “oh yeah”, “suck it baby” y “fuck it harder” que hasta el momento sólo había escuchado en videos XXX. Una vez que mis pupilas se acostumbraron a la penumbra, pude ver lo que bien podía ser una fantasía fetichista: unos ocho hombres negros, de gran estatura y de vergas completamente paradas, estaban recargados sobre un muro, mientras un latino —¡al fin otro latino!— pasaba uno a uno a mamarles el miembro con una destreza extraordinaria.

Su talento como mamador no sólo consistía en la manera de abrir la boca de una forma que nunca había visto (y que más bien me recordaba a las boas al devorar una presa), sino la capacidad de recibir longitudes mayores a 20 centímetros que parecía que en cualquier momento acabarían saliéndosele por la nuca. No por nada los receptores se retorcían de placer cada que él se comía cada tramo de carne hasta que sus huevos oscuros le rozaban la barbilla.

Pero el espectáculo apenas comenzaba: sobre un colchón, justo en el centro de la habitación, estaba un negro de cuerpo atlético con las piernas al aire y recibiendo las embestidas de otros cinco negros que se turnaban para bombearle el culo. Tuve que meter mano para confirmar mis sospechas: se lo estaban cogiendo a pelo. El chico se encontraba a esas alturas ya tan dilatado por esos miembros enormes que no se quejaba de dolor, pero tampoco escatimaba en halagos a sus cogedores: “oh, you are awesome”, “fuck it, fuck it, fuck it”, “yeah, dude, you are so big!”

De repente, el giro inesperado: sin esperar a que el chico que lo estaba ensartando se saliera, atrajo a otro participante del gang bang y ¡BUM!, se metió una segunda verga al mismo tiempo para consumar un “dos romano”. Si meterse un solo pene de ese calibre se veía tarea sólo para profesionales, no creí alguien pudiese aguantar tener dos miembros tan enormes arremetiendo al mismo tiempo contra un mismo culo.

Estaba tan absorto contemplando el espectáculo cuando sentí algo que me hizo sudar frío: un tipo me había llegado por atrás, poniéndome entre las nalgas un pene que bien podía ser el de un caballo. Paralizado por la sorpresa y el miedo, apenas y alcancé a articular un “no, thanks, I’m just watching”. El negro no parecía haber entendido mi inglés atropellado y seguía completamente decidido a forzar mi puerta trasera. Tuve que voltear para encararlo y tuve entonces frente a mí a un hombre musculoso y enorme, con un miembro que podría haberme dejado inservible por el resto de mis días. “Gracias, pero no, gracias, me dije”, mientras tragaba saliva y emprendía la graciosa huida.

“I’M NOT A FAG: I JUST FUCK WITH MY BROTHAS”

Ya más tranquilo, me instalé en una pequeña sala que estaba a media luz, donde el ambiente era más relajado. Hombres del color del ébano completamente desnudos sí, pero socializando, movían la cabeza al ritmo del hip hop. Algunos se masturbaban, otros se besaban entre gula, dulzura y torpeza, otros sólo se sonreían. Me serené, tomé una bebida de la barra libre y me dediqué a contemplar la escena: hombres de cuerpos trabajados, saturados de testosterona y con actitudes hÍpermasculinas, casi teatrales. De repente, como en una epifanía, comprendí que estos eran los mecanismos de defensa que habían tenido que desarrollar ante la discriminación racial y la homofobia. “I’m not a fag: I just fuck with my brothas”.

Y por un momento, aunque yo no era precisamente uno de ellos, me sentí identificado: un chilango de barrio, tatuado, con piercings, oriundo de la Colonia Doctores, no era del todo un forastero. Esta manada históricamente rechazada, marginada y violentada, me hacía un hueco en uno de sus espacios, haciéndome sentir uno de sus iguales, invitándome a formar parte de los suyos en este bautizo colectivo de sudor, saliva y semen.

En el cuarto totalmente oscuro no dejaban de escucharse huevos chocando contra nalgas, sonidos guturales estridentes, frases de sexo sucio que rozaban peligrosamente el cliché. En la sala a media luz, como un purgatorio donde los tibios no nos decidíamos a entrar del todo en el infierno, teníamos nuestro propio festín: no teníamos cogidas brutales ni gargantas profundas, pero sí podíamos mirarnos entre nosotros, admirar nuestros cuerpos y recordar esos tiempos en los que el ligue no se daba por una pantalla y una serie de requisitos interminables, sino por una sonrisa, una sobada de por encima del pene o una lengua mojándose los labios.

“Carajo, cómo me gustaría que estuviera aquí mi bato para comerle la boca y darnos enfrente de ellos una cogida de campeonato, para que vean que los mexicanos también le ponemos bien chingón”, pensé mientras me disponía a abandonar el lugar. Antes de irme y pedir mis cosas, eché un último ojo a la hoja de Excel: éramos ya 89 hombres sedientos de sexo en apenas dos cuartos. Un infierno que, viéndolo bien, era más bien un paraíso. 89 San Sebastianes en éxtasis, atravesados por múltiples flechas y desde todos los flancos posibles.

Ya de vuelta en la calle, mientras miraba las luces de la Gran Manzana, sólo podía pensar: “más te vale que te desdigas, José María Cano. Para la próxima yo seré tu guía de turistas y a ver si sigues pensando que no hay marcha en Nueva York”.

@PaveloRockstar

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