Intenté investigar los rumores sobre Louis C.K. y terminé llorando


Desde hace años he sabido que Harvey Weinstein es una mierda. Cualquiera que esté atento lo sabría.

Pedazos de mierda como Harvey Weinsten tienen un comportamiento despreciable porque el poder equivale a protección. Se podría argumentar que la única razón por la cual las décadas de abuso de Weinsten por fin hayan tenido consecuencias es porque su poder se ha debilitado lo suficiente como para que denunciarlo ya no se vea como suicidio laboral. Las personas solamente comenzaron a hablar de las décadas de abuso sexual de Bill Cosby después de que su fama había disminuido, cuando era menos conocido como una leyenda de la comedia y más como un viejo y tonto idiota con una predisposición a decirle a los negros que necesitaban subirse los pantalones. Pero estoy divagando.

Déjenme contarles una historia.

En 2015 fui a Just for Laughs (JFL), un festival en Montreal. Fui como periodista escribiendo para Gawker, una organización con muchas fallas a la que extraño terriblemente. Los organizadores del festival no sabían que el propósito de mi presencia era el deseo de investigar los numerosos rumores que había oído sobre el comportamiento sexual inapropiado de Louis C.K. Si hubieran sabido, claramente yo no hubiera sido invitada a asistir. Porque, como saben, Louis es un “amigo” de la organización JFL.

Hice mi movida en la alfombra roja del show de premiación. Uno por uno, le pregunté a una fila de comediantes, todos hombres, “¿Como te sientes frente a las acusaciones a Cosby?”. Todos, invariablemente, afirmaron estar disgustados por las andanzas del hombre. Después seguí con: “¿Cómo te sientes con las acusaciones de Louis C.K?”. Todos, invariablemente, afirmarían su ignorancia al respecto.

Ya había terminado mi tercera entrevista de esa tarde, a Kevin Hart (quien respondió con incredulidad antes de que su escolta lo alejara de mí), cuando una mujer sosteniendo un portapapeles me sacó de la alfombra. Me dijo: “Hemos recibido quejas sobre las preguntas de Louis”. Sin embargo, nadie al que yo le había hecho las preguntas hasta ahora, parecía notablemente molesto por la investigación.


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Un hombre alto en traje se acercó y la eximió de su deber de amonestarme. En una palabra, él estaba furioso. En dos palabras: endemoniadamente furioso. Con su cara roja, me informó que JFL es una “familia”, que Louis es un miembro de dicha “familia” y que podía hacer mi pregunta en “mi territorio” pero que este era “su territorio”. Este no era “ese tipo” de alfombra roja, me informó; era uno “amigable” y Louis era un “amigo del festival”. Si hacía la misma pregunta ofensiva otra vez, dijo, sería expulsada de la alfombra. Pero si había preguntas “amables”, me dejarían quedarme. Su comportamiento implicaba agresivamente que no tenía deseo de dejarme quedar. Las lagrimas me producían picazón en los ojos, me disculpé con el hombre que estaba sobre mí, el hombre que, después entendí, era el Jefe de Operaciones de JFL, Bruce Hills, por mi imprudencia. Le dije que me repondría y lo haría bien. Hasta ahora, solamente le había hecho la pregunta ofensiva a tres comediantes. Mis planes de preguntarles también a Patton Oswalt, T.J. Miller, y Dave Chappelle, quienes podía ver por el rabo del ojo caminando por el pasillo, se vieron frustrados.

(En un email dirigido a VICE, Bruce Hills hizo una declaración diciendo que su problema era con el acercamiento de la autora mientras hacía preguntas, y no con las preguntas en sí mismas. “Mi intención era mantener nuestra ceremonia de premiación como un evento de celebración”, escribió. “Haciendo esto, no estaba de ninguna manera defendiendo ni siendo consciente de ninguna acusación a los talentos. Si la Sra. Koester quería a los talentos para comentar en el evento, hubiéramos esperado que ella siguiera los protocolos periodísticos apropiados, mostrando sus intenciones y solicitando una entrevista completa. Siempre nos hemos asegurado de que todo el talento de nuestro festival esté enterado y tenga la oportunidad de decidir si quiere abordar tales preguntas con un representante de prensa”.)

Después de regresar a la alfombra, consideré brevemente quedarme y probar un punto haciendo las preguntas más inocuas posibles (por ejemplo “¿qué es lo que A TI más te gusta de tu risa?”) pero me sentí terrible y avergonzada; sabía que estaba siendo observada como un águila, y todo el ejercicio parecía no tener sentido. Estaba temblando. Estaba aterrada. Ahí fue cuando escuché a mi amigo, el comediante Andy Kindler, gritar “¡Oye, Koester!”, sobre mi hombro. Cojeé hacia él (estaba usando un bastón porque tenía una lesión en ese momento, lo que me hizo sentir más patética y sin poder) y en voz baja, le expliqué la situación. Luego le pregunté si me podía ir con el. El aceptó diciendo que era probablemente una buena idea.


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En lugar de quedarme y con toda la probabilidad de ser “oficialmente” expulsada, me fui. Luego, procedí a literalmente llorar sobre el hombro de Kindler.

No fue, por naturaleza, una experiencia agradable. Fue un intento de intimidación para que guardara silencio, y fue exitoso. Nunca escribí la nota.

Cuando les conté a mis amigos y allegados por qué estaba en el JFL, sus ojos se llenaron de emoción. Ellos habían escuchado las acusaciones. Ellos también querían respuestas. Estaban dispuestos a ayudarme tanto como pudieran, siempre y cuando no fueran arrestados y puestos en la mira.

Porque esto es lo que pasa cuando intentas seguir historias como estas. Todo el mundo quiere ser tu Garganta Profunda pero solo bajo el anonimato. Nadie quiere ser públicamente un aliado tuyo y menos que sus carreras sufran como la tuya por hacer esa maldita pregunta que está en la maldita mente de todos. Las personas que conozco, respeto y amo, me apoyan pero silenciosamente. Una de esas personas estuvo conmigo por un momento mientras esperaba que C.K saliera de un lugar durante la última noche del festival. Ella me dijo que me quería y me apoyaba, pero que se tenía que ir, no quería que él la viera conmigo. Porque ella quería trabajar con él otra vez. Entonces, nuevamente me quede ahí sola, en la lluvia, sosteniéndome con mi bastón, esperando al hombre que nunca llegó: había escogido la salida incorrecta para quedarme afuera. La escena fue altamente cinematográfica.

“Yo creo que lo que estás haciendo es muy valiente”, un amigo me dijo en ese momento. “Estoy muy asustada”, le respondí. Todavía lo estoy.

Una versión de este artículo originalmente apareció en la página web de la autora,

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