Familias diversas: Ser madre, ser padre


Todos conocemos el concepto “tradicional” de familia al cual, según grupos conservadores como el del Frente Nacional por la Familia, debemos aspirar: nos debemos enamorar de alguien del sexo opuesto, nos debemos casar y, una vez casados, debemos tener hijos. Nuestras criaturas deben crecer al interior de esta familia que, de acuerdo con estos valores, nunca se debe desintegrar. El divorcio se entiende siempre como una tragedia que se debe evitar.

¿Cuántos vivimos conforme a este modelo?

En México, según datos de la Encuesta Intercensal del 2015, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), solo el 40 por ciento de los hogares están constituidos por un hombre y una mujer casados, con hijos —sin que podamos saber si se trata de hijos biológicos o no—. En otras palabras: el 60 por ciento de los hogares no se adecúa al concepto tradicional. La divergencia del modelo no es la excepción, sino la norma.

Pero ese 60 por ciento tampoco es homogéneo. Pueden encontrarse una variedad de arreglos familiares que van desde los compañeros de casa —que viven con o sin niños—, pasando por las madres y los padres solteros, hasta los parientes que comparten un mismo techo. La primera entrega de nuestra serie Familias diversas muestra tres ejemplos que forman parte de esta mayoría.

La primera es la familia de Oyuki, una mujer trans que, junto con su madre, se encarga de seis niños. Legalmente, ella es tía de dos de ellos y tía abuela de cuatro. En México, 2,535,504 hogares son como los de Oyuki, en los que viven “parientes con niños”. No sabemos cuántos, sin embargo, están, como en el caso de Oyuki, encabezados por una mujer, un hombre o una pareja trans. Una de las deudas del INEGI es, precisamente, la de visibilizar a las personas trans —y sus necesidades— en los censos y encuestas que realiza.

La segunda familia es la conformada por José, Alejandro y Alejandra. José y Alejandro están casados y, desde hace cinco años, son los papás de Alejandra. En México, 42,576 hogares están conformados igual que el suyo. Hay, adicionalmente, 17,992 que están conformados por una pareja de hombres que no están casados y que viven con niños. En otras palabras: hay 60,568 hogares en los que una pareja conformada por dos hombres se encarga de los niños.

La tercera familia es la conformada por Sandra, Gloria y Frida. Legalmente, Sandra es la madre de Frida. La tuvo, hace 15 años, con el que es legalmente el papá de Frida. Tanto Sandra como el padre de Frida se volvieron a casar. Por esta razón, Frida tiene en realidad a dos mujeres más que se encargan de ella: Gloria —la pareja de Sandra— y “Mama K.” —la pareja de su papá—. Esta realidad —la de una niña que tiene dos hogares, tres madres y un padre que la cuidan— ni siquiera se ve reflejada en las estadísticas. Estas solo muestran quiénes conforman un hogar y no los lazos familiares que de hecho existen entre las personas. Hay 12,795,353 hogares conformados por un hombre y una mujer casados, con hijos —que es como el hogar de Frida cuando está con su papá—. Y hay 58,026 hogares conformados por mujeres casadas, con hijos —que es el hogar de Frida cuando está con Sandra y Gloria—. Adicionalmente, son 37,887 los hogares con una pareja de mujeres que viven con niños sin estar casadas.

Tras platicar con estas familias me queda claro que su preocupación principal es la de la mayoría: ¿cómo asegurarle lo mejor a sus hijos y a sus hijas? ¿Cómo garantizar que cada integrante de la familia viva plenamente? ¿Cómo ser felices?

A estas preguntas, sin embargo, hay que agregar otra que se deriva del contexto discriminatorio en el que viven: ¿cómo ser en un mundo que las invisibiliza? ¿Un mundo que les pide, a veces literalmente, que desaparezcan? Así les ocurrió a José y Alejandro, cuando la escuela en la que habían inscrito a su hija les pidió que uno de ellos desapareciera de todas las funciones escolares —no podría ir a recoger a su hija, asistir a reuniones, acudir a festivales, etcétera— si querían que ella siguiera estudiando ahí. Para que ella pudiera ejercer su derecho a recibir educación, ellos tenían que aparentar ser una familia que no eran.

Esa invisibilidad forzada está presente, de alguna forma u otra, en todas las historias. En el caso de Oyuki y de Gloria, por ejemplo, no existe un documento jurídico que refleje los vínculos que tienen con sus hijos. Esto significa que cualquier día podrían perderlos, sin que exista un derecho que las ampare (en el mejor de los casos, tendrían que irse a juicio para ver si se toma en serio la jurisprudencia de la Suprema Corte sobre diversidad familiar).

Encima de todo, las paternidades y maternidades trans en el país siguen sin ser reconocidas como deben. Solo tres entidades federativas —la Ciudad de México, Michoacán y Nayarit— permiten el cambio de nombre y de sexo en el acta de nacimiento (a pesar de que la Suprema Corte ha reconocido que es un derecho). Esto significa que, en la abrumadora mayoría de los estados, las personas trans no pueden contar con documentos que reflejen su identidad, lo que afecta, entre otras cosas, sus vínculos filiales. Por otra parte, solo en diez de 32 entidades federativas existen códigos civiles que permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de estas parejas (Campeche, Chiapas, Ciudad de México, Coahuila, Colima, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit y Quintana Roo). En el resto de las entidades federativas es necesario que las parejas interpongan un juicio de amparo para casarse o adoptar (amparo que necesariamente ganarían, dado que la Suprema Corte ya ha determinado en decenas de casos que es inconstitucional que les nieguen el acceso al matrimonio y a la adopción).

Ahora, más allá de las leyes que reconocen, o no, estos vínculos filiales, se debe considerar la discriminación que enfrentan las personas LGBT en otros ámbitos también. Según una investigación realizada por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas en el 2015, las personas LGBT son discriminadas y violentadas por sus mismas familias, en la escuela, en el trabajo, en las calles, en el acceso a distintos servicios —incluidos los de salud— y en el sistema de justicia. De acuerdo con los Principales Resultados del Diagnóstico situacional de personas LGBTTTIQ de México, realizado por la UAM-Xochimilco y otras organizaciones civiles en el 2015, las personas trans reportan una discriminación escolar y laboral particularmente alarmante. Algo que, finalmente, también termina por impactar a sus hijos y a sus hijas. ¿O cómo se supone que les pueden dar “lo mejor” si se les impide acceder a un empleo formal y bien remunerado?

México es un país con una tremenda desigualdad económica, una escasa movilidad social y una vida laboral precaria; con la discriminación, las posibilidades de vivir plenamente se reducen aún más. Vivir —existir— es en sí un acto de resistencia. Y no debería serlo.

Actualmente existen dos debates que se dan en paralelo sobre las familias. El primero, que es el que se deriva del discurso de grupos como el Frente Nacional por la Familia, es el de quiénes deben ser reconocidos como familia (¿qué es una familia? ¿qué hace a una madre ser madre y a un padre ser padre? ¿es la biología lo único que importa?). El segundo es el de qué necesitan las familias (¿vivir en una ciudad segura? ¿apoyo económico? ¿educación de calidad?). El problema con esta división es que, tarde que temprano, es imposible de sostener. No se puede hablar de qué necesitan las familias sin saber de qué familias estamos hablando, porque no todas necesitan lo mismo. Y no se puede hablar de quién debe ser familia, sin voltear a ver quiénes son y qué necesidades reales se estarían reconociendo o invisibilizando con un concepto u otro. No son discusiones en abstracto. Impactan vidas, niños, niñas, padres, madres, abuelas, tías, familias… Tenemos que ver la realidad como es. Estas son algunas de las familias que existen en México, y ya no las podemos desconocer.

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