Viajé de Caracas a Quito en autobús con mi bebé en brazos


Son las cuatro de la mañana y el autobús zigzaguea a través del páramo colombiano. Es la segunda vez que Rafael se despierta en la noche y tiene el pañal empapado. Mi esposa me toca el hombro, ambos soñolientos y agotados, como señal de que hay que cambiar al bebé antes de que se irrite. Como puedo, me levanto de mi asiento y hago malabares entre el respaldo de mi silla y un angosto pasillo para conseguir, en el compartimiento superior sobre nuestros puestos, el paquete de pañales que compramos en Cúcuta.

Ahí, en ese pequeño pueblo fronterizo de Colombia con Venezuela, hay suficientes pañales para los miles de venezolanos que diariamente cruzan la frontera. Mis compatriotas pueden comprarlos sin la necesidad de caerse a golpes con la Policía Nacional venezolana (en un supermercado de Caracas, por ejemplo) cuando llegan a precio regulado y los venden por cantidades limitadas. Tampoco tienen que lidiar con el mercado negro de artículos de primera necesidad, donde un paquete de 40 pañales te puede costar más de 50 dólares.

Desde 2013, Venezuela vive una debacle económica que la ubica como el país con la inflación más alta del continente, lo que ha ocasionado que al menos dos millones de venezolanos emigren. Cifra que avala el Laboratorio de Migraciones de la Universidad Simón Bolívar en Caracas.

Llevamos 36 horas de camino. No es fácil recorrer todo un país en autobús. A nosotros nos toca recorrer tres. Salimos de Caracas con cuatro maletas y un coche de bebé. Nuestro viaje se divide en varias partes: primero tomamos un avión hasta un poblado al sur occidente del país llamado La Fría. De ahí, cogimos un taxi por tres horas y media hasta San Antonio del Táchira, punto de entrada desde Venezuela a Colombia. Gracias al apoyo de un gestor que contactamos tres días antes de nuestro viaje, logramos cruzar el puente internacional Simón Bolívar hacia Cúcuta en tiempo récord: sólo nos tomó cuatro horas. Desde que el éxodo venezolano se ha hecho más evidente para el gobierno del presidente Nicolás Maduro, las taquillas de migración en todos los puntos de salida —aéreos y terrestres— de Venezuela se han vuelto una tortura.

Controlados por efectivos de la Guardia Nacional, desde estos puntos se registran historias de abuso a los migrantes. Por esto, mi esposa y yo consideramos que lo mejor era contratar a un gestor que tuviera conocimiento del proceso del sellado de salida en el pasaporte y conociera a los agentes fronterizos para que no nos notaran y salir con tranquilidad. Un gran aval para nosotros fue nuestro hijo. Quizás queda algo de humanidad en esta frontera —una de las más transitadas en América Latina— y los efectivos migratorios de ambos países procuran darle trato preferencial a las familias que vienen con niños.

Las colas para abordar los autobuses que cruzarán Colombia desde Cúcuta y llevarán a los viajeros hasta Ecuador, Perú, Chile o Argentina son kilométricas. Por 120 dólares puedes llegar a Quito en tres días o a Guayaquil en cuatro. Por 190 dólares, llegas hasta Lima, y si desembolsillas un poco más de 220 dólares, puedes bajarte en Santiago de Chile. La mayoría de los venezolanos que viajan en nuestro autobús van para Perú. Mi esposa y yo vamos hasta Quito. Hace cuarenta años mi mamá hizo este mismo viaje pero a la inversa. La situación económica del Ecuador era precaria y mi abuela y ella se fueron hasta Venezuela, a la tierra de las oportunidades, a la nación petrolera donde con trabajo duro podías lograr tus sueños.

Mi mamá nació en Quito. A través de ella adquirí la nacionalidad ecuatoriana. Por eso elegí Ecuador: por la legalidad. Ofrecer a mi familia un marco legal donde desarrollarse fue la primera cosa al tachar de nuestra lista de pendientes antes de emigrar. Llegar a un país donde no tengamos que lidiar con trabas de visas o papeleo fue un gran alivio.

Poco a poco comienza amanecer en Colombia. El chófer del autobús nos anuncia que pronto pararemos para desayunar, en plena sierra, a sólo unas cuantas horas del volcán Nevado del Ruíz. Por seis mil pesos colombianos, un poco más de 2 dólares, se come una sopa con un plato adicional de arroz, carne y plátano hervido, con su respectiva limonada. Está lloviendo fuerte. Muchos de nosotros no estamos acostumbrados a este frío. Venimos del Caribe. Venimos de Caracas, una ciudad donde la temperatura mínima no pasa de los 20 grados centígrados. Es en estas situaciones donde las camaraderías surgen. Donde cada quien cuenta su historia de de partida.

Tenemos a Nelson, de 28 años. Es técnico medio en diseño digital. Tenía un trabajo estable en Maracay —ciudad ubicada en el centro de Venezuela—, pero el salario no alcanzaba para mantener a su hija de cinco años. Por seis meses ahorró todo lo que pudo hasta obtener 500 dólares que le permitieran comprar el boleto terrestre hasta Quito y mantenerse en esa ciudad al menos por un mes: “Mientras consigo trabajo y puedo enviar de regreso algo de dinero. Voy dispuesto a trabajar en lo que sea”. Nelson es alto, de ojos verdes y piel trigueña. Habla despacio y cada una de sus palabras denotan ansiedad. Una ansiedad característica de los que tienen miedo de lo que depare el futuro.

En esa gran mesa comunal en medio de la sierra colombiana, somos una docena de venezolanos compartiendo temores. También están Paola y Julio, una pareja de casados que vivió cinco años en Ciudad de Panamá. A pesar de que tenían un negocio estable, decidieron irse para Perú porque nunca lograron adaptarse a la sociedad panameña: “Si bien nunca nos trataron mal, siempre había cierta resistencia a la hora de trabajar con nosotros. No les gustaba que tantos venezolanos estuvieran allá. No les gustaba que nosotros abriéramos negocios o servicios”. Ella es blanca, pelo rubio y ojos marrones. Él de contextura gruesa, piel morena y con gestos seguros. Ambos se consideran emprendedores y quieren lograr la misma empresa de transporte que tenían en Panamá en Lima, para poder traerse a su hija que dejaron en Caracas.

Pronto nos llaman para abordar de nuevo el autobús. Aún nos queda un día de viaje hasta Ipiales, punto de entrada desde Colombia a Ecuador. Todos nos hemos asesorado sobre los detalles e historias acerca de las diferentes oficinas de migración que debemos sortear. Al entrar a Colombia sólo preguntan hacia dónde vamos: los que se quedan en este país por lo general dicen que van a Ecuador o Perú para que no los devuelvan. En Tulcán, pueblo fronterizo de Ecuador y entrada a ese país desde Colombia, las autoridades migratorias ecuatorianas son un poco más estrictas, y al azar pueden solicitar que demuestres que irás a un destino fuera de Ecuador o que tienes al menos 500 dólares en efectivo para mantenerte mientras estés en el país. Tanto en Colombia como en Ecuador a los venezolanos no les exigen visa, y si todo sale bien, pueden estar 180 días en tránsito sin la necesidad de algún documento de identificación más allá del pasaporte.

Mi esposa y yo estamos tranquilos en ese aspecto. Entramos a Ecuador con papeles ecuatorianos. Lo que nos preocupa es la ansiedad. Esa necesidad de llegar y conseguir departamento, trabajos y un lugar confiable donde cuiden a nuestro pequeño. Llegamos a un país donde no conocemos a nadie. Donde los índices de desempleo han aumentado en los últimos seis años y la economía está en recesión. Donde las temperaturas —al menos en la sierra— pueden llegar a los cero grados. Donde muchos venezolanos han llegado y han fracasado.

La migración es un proceso complejo. Después de viajar casi tres días en un autobús, con mi esposa al borde de la locura por todos los mareos y vómitos que debió resistir, Quito nos recibe en plena transición del verano al invierno. Tenemos al menos tres volcanes cerca, y la altura en la que está construida la ciudad nos afecta de tal manera que al caminar cuatro cuadras debemos detenernos para recuperar el aliento. A Ecuador, según números recopilados por el Instituto Nacional de Estadística ecuatoriano, han llegado 60 mil venezolanos en los últimos cuatros años. La mayoría se ha establecido en ciudades como Quito, Guayaquil, Riobamba, Ibarra y Cuenca.

Algunos con títulos de educación superior de tercer y cuarto nivel han sido afortunados de conseguir empleos acorde a sus conocimientos. Otros tantos deben despojarse de orgullos y trabajar en oficios y actividades que aprenden mientras van ejerciendo. Todos con un mismo objetivo: desarrollarse en el país de acogida. Tener éxito y deslastrar el recuerdo de una madre patria que ya no existe. De una Venezuela sumergida en un conflicto social, económico y político que no vislumbra una solución a corto plazo.

Todos los que viajamos en ese autobús buscamos paz.

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