Por qué aún es tan difícil lograr que los hombres vayan a terapia


Una vez que pones atención en la intersección que hay entre el hombre, la masculinidad y la salud mental, es difícil evitar tener la sensación de que has tropezado con la fuente de muchas de nuestras pesadillas nacionales. Tiroteos masivos. Violaciones y acoso. Violencia doméstica. El comportamiento de Donald Trump. Las personas que no saben mucho sobre esta intersección no siempre captan sus profundas implicaciones en nuestros problemas sociales más graves, dice Ronald Levant, ex director de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA, por sus sigla en inglés) y profesor de la Universidad de Akron, quien lleva décadas haciendo investigación sobre los hombres y la salud mental.

Pero hay otra cosa que se puede notar al examinar detenidamente la relación entre los hombres y la salud mental, y es que, mientras gran parte del mundo está diseñado para la comodidad y el beneficio de los hombres, el mundo de la psicoterapia no lo está. “Básicamente, la psicoterapia fue creada originalmente por los hombres para tratar a las mujeres”, dice Levant. Y más de un siglo después, todavía parece estar tratando de ponerse al día.

Y, hoy, mientras la APA acaba de emitir las directrices para el tratamiento de una variedad de poblaciones específicas —poblaciones “étnica”, lingüística y culturalmente diversas, niñas y mujeres, clientes lesbianas, gays y bisexuales, adultos mayores y transexuales y personas no conformes con el género—, todavía no hay pautas para el tratamiento de hombres y niños. (Estas directrices están aún en proceso, y Levant espera su lanzamiento en los próximos dos años). Un estudio de 2006 de los programas de capacitación en asesoramiento acreditados por la APA descubrió que sólo uno de cada cuatro incluía problemas de género masculinos como parte de su plan de estudios.


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Es en la coyuntura de estos dos aspectos —la extrema necesidad de que haya atención psicológica masculina, y el hecho de que la psicología centrada en los hombres pareciera ser el patito feo del mundo académico—, donde encontramos artículos como el que recientemente salió en la revista Australian Psychologist llamado “Men In and Out of Treatment for Depression: Strategies for Improved Engagement” [Hombres tomando y abandonando la terapia para la depresión: estrategias para aumentar su continuidad. “Cada vez hay más y más hombres acudiendo a terapia, pero muchos de ellos no siguen con el tratamiento”, dice Zac Seidler, psicólogo, candidato a un doctorado en la Universidad de Sydney, y autor principal del estudio.

La investigación encuestó a 20 hombres que habían recibido tratamiento para la depresión y les preguntó sobre sus experiencias en la terapia. Lo más preocupante, dijo, es que, a pesar del reciente estímulo en todo el mundo occidental para que los hombres reciban tratamiento, las tasas de suicidio entre los hombres no han disminuido significativamente. “Entonces, yo quería saber qué está pasando con estos hombres que están en tratamiento”, dice. “¿Qué está pasando con ellos? ¿Qué les gusta? ¿Qué es lo que no les gusta? ¿Y cómo podemos mejorarlo?”.

Las respuestas van desde el deseo expreso de que los médicos se centren en la colaboración con clientes hombres, hasta el ofrecimiento de “objetivos específicos y alcanzables” para el tratamiento y descripciones sencillas del proceso de terapia y su funcionamiento. Un participante anónimo usó un lenguaje memorable para expresar cómo la transparencia de su terapeuta aliviaría su desconfianza en el proceso. “Si sólo me dijera algo como… ‘oye, tienes algunos problemas, necesitas unas diez sesiones, costarían alrededor de $100 dólares cada una, eso son casi $1,000 dólares’, yo diría, ‘genial, hermano’. Guardaría dinero para eso”, le dijo a los investigadores. (“No pueden imaginar lo bien que se siente publicar esa cita en una revista científica”, dice Seidler).

El estudio es parte de una tendencia mayor que indica que, si bien en muchas esferas sociales se promueve el tratamiento psicológico igualitario de los sexos, las salas de terapia se están centrando más en sus diferencias. Seidler dice que dentro del campo general de la medicina se ha convertido en la norma que los profesionales adapten su atención a los pacientes de manera individual, pero a la psicoterapia eso le ha tomado un poco más de tiempo.

A pesar del reciente estímulo en todo el mundo occidental para que los hombres reciban tratamiento, las tasas de suicidio entre los hombres no han disminuido significativamente.

Las estadísticas sobre la salud mental de los hombres son alarmantes. Los hombres se suicidan un promedio de tres veces más que las mujeres. Y, como informa el Instituto Nacional de Salud Mental, “los hombres son más propensos que las mujeres a usar casi todo tipo de drogas ilícitas… y es más probable que el consumo de drogas ilícitas resulte en visitas a la sala de emergencias o en muerte por sobredosis para los hombres”. Más allá de estos hechos, también sabemos que la educación en torno a la salud mental de los hombres va a la zaga en comparación con la de las mujeres, que ellos suelen ser más estigmatizados por tener problemas de salud mental, que buscan ayuda psicológica con menos frecuencia, y que una vez que lo hacen, suelen tener dificultades expresando sus emociones. (A las parejas románticas de los hombres podría interesarles saber que de hecho hay un término técnico para referirse a la frecuencia con la que los hombres luchan por expresar sus sentimientos: “alexitimia masculina normativa“).

Entonces, ¿cómo se soluciona un problema así de grande y multifacético? Según Wizdom Powell, psicólogo clínico y director del Instituto de Disparidades en la Salud de la Universidad de Connecticut, todos juegan un papel en esto. “A menudo hablo de la complicidad que todos tenemos en el mantenimiento de estas normas tan dañinas y tóxicas”, dice. “Así que diría que lo primero que podemos hacer es tratar de crear una cultura que detenga la narrativa sobre el sufrimiento silencioso y las expectativas de que los hombres deben ser fuertes, estoicos y reservados”.

Parte de esta labor se ha llevado a cabo a nivel de marketing y concientización pública, como la campaña “Real Men, Real Depression” [Hombres reales, depresiones reales] respaldada por el Instituto Nacional de Salud Mental a principios y mediados de la década de los 2000. Y dentro del campo de la psicología, se ha hablado de la idea de que los hombres podrían ser más receptivos a recibir tratamiento si se le llamara “coaching“, “consultoría” o “capacitación”, en lugar de “terapia”.

Ésa es una idea que aparece en un artículo del Journal of Counseling Psychology de 2012 que recopiló y sintetizó las mejores prácticas de tratamiento para hombres de 475 profesionales de la salud mental. Los resultados también alentaron a los terapeutas a evitar expresar estereotipos negativos sobre los hombres en la terapia, tales como la idea de que los hombres son inherentemente agresivos o abusivos. Los hallazgos también fomentan las identidades de género adaptativas y flexibles para los clientes y para los terapeutas, y así reconocer las necesidades de algunos hombres de discutir sus emociones gradualmente, y a la vez evitar la suposición de que todos los hombres son analfabetas emocionales. Una sección señala que “el uso de analogías deportivas o automovilísticas se mencionó frecuentemente como un elemento útil al trabajar con pacientes del genero masculino”. (Después de todo, tal vez sí haya algún valor en los estereotipos, ¿no?).


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Al año siguiente, Aaron Rochlen, profesor de psicología de la Universidad de Texas, coeditó un libro titulado Breaking Barriers in Counseling Men: Insights and Innovations[Rompiendo las barreras en la terapia para hombres: ideas e innovaciones]. Rochlen enfatiza que, aunque se resiste a hacer afirmaciones radicales sobre los hombres en general, sí reconoce que la clásica imagen de lo que es ir a terapia (sentado en un sofá con una caja de Kleenex al lado, en una habitación con paredes color turquesa) puede no ser el lugar más confortable para los hombres con una mentalidad tradicional.

Los hombres de la vieja escuela pueden “salir corriendo por la puerta si les preguntas sobre sus sentimientos y sobre sus madres en los primeros cinco minutos”, dice. Como resultado, ha modificado su práctica para incluir, a veces, caminatas y charlas codo a codo con un cliente, en lugar de la tradicional sesión cara a cara en el diván. También le da a los hombres refuerzo positivo cuando hacen revelaciones emocionales significativas y trabaja con ellos para ayudarlos a negociar cambios en los roles de género. Por ejemplo, nos dice que es imperativo en el mundo de hoy que los hombres reconsideren lo que significa ser un “proveedor”. Los hombres que cuestionan la masculinidad de ir a hacer las compras o ayudar en la casa deben darse cuenta de que esto no es necesariamente ‘trabajo de las mujeres”, y que “la provisión y las necesidades ya no están vinculadas al pago de las cuentas”, dice.

Hacia el final del artículo de Australian Psychologist, Seidler y sus coautores señalan que “en el presente estudio, los hombres con las experiencias terapéuticas más positivas fueron aquellos abiertos a ser flexibles en su masculinidad y que además tenían un terapeuta colaborador y transparente. Para estos hombres, cuestionar los ideales y prácticas masculinos por largo tiempo arraigados fue esencial para recuperarse de la depresión. “En otras palabras: para los hombres, el acto de simplemente tomar mayor consciencia de cómo se vinculan con las expectativas sociales de masculinidad podría ser un paso hacia el mejoramiento de su salud mental.

Con eso en mente, algo útil que puedo hacer como periodista -más allá de afirmar públicamente que soy un hombre que va a terapia, y que me ha sido de gran ayuda- es llamar su atención hacia un artículo de Ronald Levant y otros investigadores publicado en 1992, en el cual los autores redujeron la masculinidad tradicional a siete normas básicas: evasión de la feminidad, homofobia, autosuficiencia, agresión, logros/estatus, actitudes hacia el sexo y emociones restrictivas. Si eres hombre, tal vez es hora de pensar en cómo te relacionas con estas ideas. Y si eres mujer, no dudes en contarle a un amigo acerca del cuestionario en línea Male Role Norms Inventory de Levante.


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Seidler dice que, en el mundo de la psicoterapia, quiere ayudar a poner fin a los días de la masculinidad como un factor silencioso y no expresado en el proceso de tratamiento. Después de todo, señala que la masculinidad está estrechamente relacionada con la identidad, y la depresión puede ser un trastorno de la identidad de una persona. La salud mental de un hombre y su concepción de hombría a menudo están estrechamente relacionadas.

Levant dice que aunque los hombres millennials parecen sentirse más cómodos al desviarse de las rígidas normas de género, para la mayoría de los hombres, particularmente los mayores de 35 años, “casi todo lo que aprendieron sobre ser hombres cuando eran niños está mal”. El mundo ha cambiado, dice, y los hombres necesitan reaprender nuevas maneras de ser parte del mundo que sean más flexibles y emocionalmente generosas. Los hombres deben dejar de temerle a sus sentimientos, dice, y de temerle a la terapia también. “Si estás sufriendo, entonces te debes a ti mismo conseguir ayuda”, dice. “Y hay mucha investigación sustancial que demuestra que la psicoterapia realmente ayuda, y que en muchos casos es mejor que las drogas psiquiátricas”.

Y si bien la sociedad avanza en su concientización de las necesidades de salud mental únicas de hombres y niños, también es importante recordar que esto no es un asunto exclusivo de los hombres. “Parte de por qué hago este trabajo es porque creo que nuestros destinos están vinculados”, dice Powell. Cuando los hombres sufren de problemas de salud mental en silencio y se vuelven víctimas del abuso de sustancias o del suicidio, por lo regular son las mujeres y las niñas las que terminan recogiendo las piezas y asumiendo la carga de su cuidado, dice. “Así que esto se trata realmente de crear familias y comunidades más saludables, y de crear una mejor salud mental para todos”.

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