Así viven los ‘niños presos’ en Guatemala


Un total de 347 niños viven en las cárceles de Honduras, Guatemala y El Salvador. La Ley permite a las presas estar con ellos hasta los cuatro años —cinco en El Salvador—, pero los menores viven con las restricciones de sus madres encarceladas. La mayoría de los niños comen, juegan y viven de la caridad. Algunos no conocen la calle y otros viven en completo aislamiento. Los sistemas penitenciarios no los consideran presos. En esta tercera entrega del proyecto ‘Niños Presos’, se aborda la situación de Guatemala.

El olor a humedad golpea la nariz. No queda más que preguntar porqué huele así. Es el hongo en las paredes. En esta bodega de casi 300 metros cuadrados la luz directa sólo entra por la cocina. Un montón de cajas de cartón llenas de ropa, apiladas contra las pequeñas paredes, cubren algunas ventanas. Huele a humedad de encierro. Este cuarto es el sector materno de la cárcel de mujeres de Santa Teresa, en la zona 18, el barrio con más asesinatos de Ciudad de Guatemala.

En estos 300 metros cuadrados, en octubre había 92 personas. En noviembre, hubo 137. Encerradas once horas al día. En dos metros cuadrados por persona, el área que un adulto recorre en dos pasos. Santa Teresa es la cárcel que más niños concentra en Guatemala.

Entre Santa Teresa y el Centro de Orientación Femenina (COF), está el 95% de los niños que conviven con sus mamás presas en Guatemala. En total, en el país, había 102 menores en octubre, según las últimas cifras del gobierno.

El Sistema Penitenciario no paga la manutención de los niños en ninguna cárcel: ni costea su comida, ni sus medicamentos, ni mantiene un espacio adecuado que evite que las enfermedades continuas. Las familias que llegan de visita y dos oenegés son las que consiguen alimentos, pañales, medicinas y juguetes. Pero hay categorías: los 46 niños de Santa Teresa tienen una guardería y comida. Los 51 niños del COF, no.

Desde el patio ahogado en lazos con ropa colgada hay unos diez pasos hasta la bodega donde viven niños y sus madres en Santa Teresa. Desde ahí se siente el olor. El olor a gente, mucha gente, a encierro, a un poco de desinfectante de piso mezclado con humedad. Este viernes de octubre hay 137 personas viviendo ahí dentro, 45 más que en la cifra de octubre, la última solicitada, Dentro de la bodega, hay mujeres con sus bebés sentadas en el piso frente a la televisión a todo volumen, hay que saltarlas para poder entrar a los pequeños pasillos que separan las habitaciones. Es como un laberinto decorado con sábanas estampadas.

El hongo no se ve, pero el olor a humedad recuerda al de un cuarto cerrado por meses sin ninguna ventilación. Algunas ventanas están abiertas a todo lo que dan, que es casi nada, pero no entra aire. La puerta de entrada a la bodega, donde hay mujeres paradas, tampoco permite la ventilación. El sonido de la música infantil a todo volumen, los gritos de los niños que juegan, los de los bebés que lloran. El laberinto sofoca.

***Este texto es el tercer capítulo del proyecto ‘Niños presos’, elaborado por la productora El Intercambio, integrada por Belén Picazo, David Ruiz, Ximena Villagrán, Oliver de Ros y Elsa Cabria. La serie realizada en Honduras, El Salvador y Guatemala, fue financiada por Ford Foundation y Seattle International Foundation, para investigar cómo viven y crecen los niños cuyas madres están encarceladas. Para leer el texto completo y ver la data entra aquí.

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