Esta científica está imaginando la creación de un mejor robot sexual


Kate Devlin dice que de vez en cuando se cansa de que se refieran a ella como “esa mujer de los robots sexuales”.

Devlin, quien nació en Irlanda del Norte, es una profesora titular en el departamento de computación en Goldsmiths, en la Universidad de Londres. Pasa sus días criando a su niña de siete años, corriendo al trabajo para entrenar para una maratón, escribiendo su próximo libro, y enseñando diseño de interacción a estudiantes de licenciatura, maestría y doctorado.

Y sí, piensa seriamente en los robots sexuales.

“Hay algo intrínsecamente humano sobre el sexo y es algo que se puede traducir muy bien a la inteligencia artificial,” me comentó Devlin en una conversación por Skype desde su oficina en Londres. “En la inteligencia artificial, hay un ímpetu hacia una meta o comportamiento. Es más o menos como los humanos con su impulso biológico de reproducirse y diseminar nuestro ADN.”

No es un asunto que los académicos hayan estado investigando, ni siquiera desde hace tres años, cuando ella empezó a estudiar la convergencia de sexualidad, IA y robótica. Ahora la sociedad y tecnología parecen estar listas para los sexbots. Una nueva serie del Channel 4 en Gran Bretaña explora lo que vendrá en nuestro futuro mecano-sexual. El interés en los robots sexuales ha aumentado en los últimos años. Mientras tanto, creaciones como “Frigid Farrah” —un robot que simula fantasías de violación— y las muñecas hipersexualizadas siguen generando críticas por parte de los eticistas.


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En Julio, Devlin visitó la fábrica de RealDoll en California. Dijo que al principio estaba aprensiva sobre qué esperar en el tour.

“La verdad, me sorprendió bastante,” me dijo. “Después de cierto tiempo, los veía más como objetos de arte que como representaciones de mujeres.” Cuando se acercó pudo apreciar cuánta habilidad y técnica se necesita para crearlos.

Pero siguen siendo muy problemáticos, dice Devlin, y representativos de cuánto nos falta. “Ya llegamos al punto en la IA donde podemos programar aprendizaje automático, aprendizaje profundo y cosas así,” dice Devlin. “Hay fallas en eso, y esas fallas incluyen cosas como los agrupamientos de datos que tienden fuertemente hacia la cultura blanca y masculina. Nos hace falta diversidad, nos hace falta una exploración crítica de eso”.

Los robots representados como objetos, heterosexuales, y androcéntricos son sólo una parte del problema. Devlin no está interesada en un futuro lleno de tetas y culos sintéticos con inteligencia artificial. “Propongo muy seriamente que nos alejemos de los robots sexuales que tengan formas muy humanas,” dice. “Creo que va a haber dos líneas de desarrollo: una va a ser la tecnología y los juguetes sexuales y la otra será las muñecas sexuales”.

Entonces podríamos cogernos a nuestros sexborgs personalizados del futuro, ¿pero podríamos amarlos? Depende de cuán a futuro lo pienses, me dijo Devlin.

En su presente y curvosa forma, los robots sexuales evolucionaron de los muñecos sexuales humanoides tradicionales. El resultado ha sido una abundancia de humanoides hipersexualizados, u otros que se ven demasiado dolorosos como para acercarle tus genitales. Necesitamos regresarlos a la tecnología, dice Devlin, donde hay más abstracción, personalización y accesibilidad para todos. Los vibradores vienen en cientos de colores y formatos diferentes; lo mismo podría ocurrir con los “robots” de IA sexual.

La tecnología ya existe: nos cuantificamos con trackers que usamos e intercambiamos nuestras preferencias sobre la vida diaria —representados como montones de metadata— cada vez que ponemos “Estoy de Acuerdo” en un app nuevo. Los dildos a control remoto no son tan futuristas cómo antes (de hecho, muchos ya son completamente hackeables). Los textiles inteligentes ya existen. No sería tan difícil imaginar la creación de un bot de placer personalizado y tamaño real usando tecnología disponible para los consumidores.

El hackatón que Devlin empezó en 2016 —que fue el primer hackatón público de tecnología sexual en el Reino Unido— nos dio un primer vistazo a ese mundo abstracto y artístico de los sexbots. Alrededor de 50 personas aparecieron cada año durante los primeros dos años del evento. En el hackatón de este año, el cual ocurrió en noviembre, los equipos experimentaron con la creación de amantes de realidad virtual, experiencias táctiles inmersivas como un saco de dormir lleno de aire o una capa con sensores, y claro, muchos dildos.

Entonces podríamos cogernos a nuestros sexborgs personalizados del futuro, ¿pero podríamos amarlos? Depende de cuán a futuro lo pienses, me dijo Devlin. “Puede ser que no sea lo mismo que sentimos hacia otros humanos, pero no creo que el amor tenga que ser algo recíproco,” dice. “La gente ama a otras personas sin que las amen de vuelta todo el tiempo”. Si podemos sentir afecto por objetos inanimados o por amigos que conocemos en internet, ¿por qué no a un robot?


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Estas preguntas están todas enredadas en un futuro donde los estudiantes de Devlin tendrán que usar lo que ella les está enseñando sobre la ética de la IA, los prejuicios de género, la tecnología, y el diseño de interacción para navegar un nuevo mundo donde los bots sexuales se están volviendo una realidad.

Además de todos estos temas complicados, y que ocasionalmente provocan incomodidad, también es honesta sobre las enfermedades mentales. En 2004, mientras terminaba su doctorado, Devlin fue diagnosticada con un trastorno bipolar después de un episodio psicótico causado por antidepresivos. Ella habla abiertamente sobre su diagnóstico, especialmente con sus estudiantes. La honestidad sobre su salud mental es muy importante para Devlin, más que ser “esa mujer de los robots sexuales.”

Ni siquiera se trata completamente sobre sexo, me dijo, riéndose. “Aunque también me gustan mucho los aspectos sexuales”

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