El Duende Verde de Dafoe es el mejor villano de superhéroes


Quizá es una broma del casting que haya pasado de interpretar a Batman, luego a Birdman y después al Vulture, pero Michael Keaton es muy bueno en Spider-Man: Homecoming; lo suficientemente bueno como para salir en las listas de “mejor villano de superhéroes” que hay en internet semana tras semana. Así como así, Keaton fue canonizado junto a Michelle Pfeiffer, Ian McKellen, Tom Hiddleston, Tom Hardy y cualquiera que haya interpretado al Joker sin utilizar tatuajes en la cara. Pero el Green Goblin de Willem Dafoe en Spider-Man de Sam Raimi es quien se erige por encima de todos, y después de 15 años, es momento de permitir su entrada en el salón de la fama.

El Goblin de Dafoe representa todo lo que es divertido sobre los villanos de superhéroes, así como todo lo genial de las películas kitsch de Raimi. Pero para la mayoría de la gente, él representa la facilidad con que un mal disfraz puede joder una actuación. Muchos personajes de superhéroes buscan excusas para deshacerse de sus máscaras —no sólo para mostrar el rostro de los actores en momentos clave, sino porque es difícil gesticular debajo de una máscara—. Sin embargo, Dafoe se queda con ella: es un casco de metal grande y estorboso que oculta su cara completa, limitando casi todas sus emociones a movimientos rígidos de la cabeza y lo que se alcanza a ver de su boca entre las fauces del casco. Parece que debería atacar a los Power Rangers.


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Privado de cualquier expresión facial, la voz de Dafoe se convierte en su herramienta más poderosa y maravillosa. Interpretando al Duende, pasa de gruñidos nasales a carcajadas infernales, como si estuviera tratando de volver memorable cada línea de su diálogo por pura fuerza de voluntad. Lo increíble es que lo logra.

La convicción de Dafoe por expresarse y chillar como un demonio real crea una cadencia única que se graba en la memoria como pocos villanos desde el Joker de Mark Hamill. Exuda una amenaza que domina cada palabra en el guión, entregando frases de VILLANO como “Nos volveremos a ver, Spider-Man” o “Acabas de tejer tu última telaraña”. Si vocifera algo como, “Jameson, sonríe” y se la compras. Las palabras pueden sonar ridículas aquí escritas, pero dichas por el demonio creado por Dafoe, suenan reales.

Y cuando Dafoe es el Goblin sin casco, es como si todas las expresiones faciales que encierran su disfraz fueran liberadas. Durante una pequeña escena en donde pasa del Goblin a Norman Osborn, nunca hay duda entre quién es quién. Donde Norman tiembla de terror, el Goblin sobresale como acechando a su presa. Sus ojos dementes y su mueca contraída apenas contienen la furia animal. Dafoe desencaja su mandíbula y muestra sus dientes, jalando su piel de tal que se contorsiona de manera antinatural y monstruosa para terminar la escena con una mirada que podrías imprimir en una máscara de Halloween, como si tuviera que actuar con pintura verde en la cara. Y tal vez lo haría.

Pero en lugar de eso, tiene el casco, la armadura y las bombas que técnicamente no son calabazas pero en este ambiente lo son de todas maneras. Nos encanta una actuación como el Vulture de Keaton, porque es discreto y apenas es amenazante, ya que mezcla un toque de su torpeza paternal de siempre. Esperamos la sutileza hoy en día, porque la trivialidad de las películas de superhéroes ha cambiado de ser un gran negocio a ser un súper gran negocio. Esperamos que los personajes se la crean, guiñen a la pantalla y digan alguna tontería para hacernos sentir cómodos cuando nos rebajamos a esas actuaciones. Eso es el disfraz del Goblin: Spider-Man intenta darle realismo al personaje creyendo que sus accesorios, el traje y el planeador son inventos militares, al igual que las bombas/calabazas, generadas por un programa de investigación para una estética de Halloween que de otra forma sería inexplicable.


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Pero el disfraz no arruina la actuación de Dafoe, sino que lo hace trascendente. El disfraz representa que el público no aceptará lo extravagante sin un cierto grado de autoconciencia, y Dafoe lo golpea hasta acabar con él porque no permitirá que lo limite. Hay seriedad en su actuación, la misma seriedad que hace que las películas de Raimi sean tan buenas: se sumergen enteras en el campo potencial del territorio de capas y spandex, y lo abrazan; no tienen miedo de ser tontos y tampoco Dafoe. Él canta “The Itsy Bitsy Spider” mientras está a punto de dejar caer un tranvía lleno de niños en el East River; asusta a la anciana tía May en el hospital cuando atraviesa la pared de su dormitorio en medio de una oración, gritando: “¡Termina!”

El Goblin de Dafoe no es atemorizante, pero se compromete tanto con ser villano que su actuación revela una alegría inconfundible. Es perfecto para el Spider-Man de Raimi, una película que no teme al sentimentalismo romántico y ofrece su mensaje de “gran poder/gran responsabilidad” sin una pizca de ironía. Su actuación es una declaración de superioridad porque él lucha contra un pésimo intento de aceptar a su personaje, y él gana. Su desempeño es ideal. Es un monumento a esa alegría sincera que las películas de cómics pueden tener cuando nos negamos a diluirlas o cuando observamos sus heroicidades con una sonrisa de complicidad.

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