Mentes incendiarias: la alianza entre Hitchcock y Dalí que desbordó los límites del arte


Hechizo del sueño. Unión entre el mundo nocturno y diurno. Visión onírica poseedora de secretos sólo revelados fragmentariamente a la memoria. Recostado en el diván. La memoria es voz. Voz que habla, murmura, cuenta lo que sucede. Desconcertante, borroso, escurridizo. No es el presente, sino otro tiempo. Tiempo inmemorial que abre el umbral entre lo fantástico-onírico de la vida. ¿Cómo aproximarse a semejante eclosión de imágenes? ¿Cómo referirse a ellas, sí tan sólo en el intento de fijarlas a un lenguaje, se desdoblan, se borran, mutando en formas imperceptibles?

La imaginación, los sueños y la memoria son funciones del futuro que retienen lo que sucede para hacerlo emerger como objetos de fusiones, alianzas y pactos. Alucinación y delirio, sobre todo, pesadilla y sueño abren un diálogo. Conversación donde surrealismo, psicoanálisis y cine unen lo mental en un estado difuso de sensaciones exteriores e interiores que se escapan a la consciencia.

El mundo del arte desconoce límites. En esa transgresión surgen interconexiones inesperadas sólo imaginadas en sueños. Pero a veces, los sueños se hacen realidad a través de convulsiones creativas. Tal es el caso del singular dúo formado por Alfred Hitchcock y Salvador Dalí en el filme Recuerda (Spellbound, 1945). Thriller psicológico que expone un diálogo entre el cine y la pintura. Reflejo de una frontera difusa y porosa, en donde ambas disciplinas se retroalimentan, al mismo tiempo que mutan y transforman en una anamorfosis.

Infinidad de miradas. Un telón. Multiplicidad óptica que esconde el umbral hacia lo desconocido. De súbito, el telón es cortado. No sólo eso, también la forma de un ojo es desgarrada por un par de tijeras que transfiguran la realidad. Las percepciones despiertan, detonando un delirio interpretativo, a partir del que se entrelaza un tejido de asociaciones. Surge entonces el peculiar encuentro Hitchcock-Dalí con el propósito de revelar los misterios del subconsciente. Figuras decisivas del arte del siglo XX que, a través de una visión desconcertante de las sensaciones y los pensamientos, desbordan toda experiencia fuera de sus límites.

“Introducir la imagen mental en el cine y convertirla en el complementario, en la consumación de las otras imágenes fue, también, la tarea de Hitchcock.”, escribe Gilles Deleuze en sus textos sobre cine. Recuerda desprende una eclosión de ideas en el espectador. Interpenetración de afecciones, percepciones y pensamientos que modifican el tema, el desarrollo, o el fin, ya que lo que importa es la serie de relaciones que se despliegan trazando un tejido de imágenes mentales.

Muy en la órbita surreal, Recuerda entrelaza símbolos y signos a través de la maestría del dibujo y la pintura en una puesta en escena que revela una perversión poliforme. Capacidad para crear imágenes insólitas, mente incendiaria, Dalí es un artista plástico que nos seduce, incitándonos a ver y cuestionar lo establecido.

Ojo visceral, ojo mecánico, ojo sublime, Recuerda nos sumerge en una ininterrumpida introspección y en un análisis meticuloso de los pensamientos. Marcada por un sello excepcional, la secuencia onírica de casi tres minutos de duración provoca un gusto por la instantaneidad, reflejando el proceso activo del pensamiento que desvanece el mundo de la realidad.

Con una fuerte dosis de La interpretación de los sueños Psicopatología de la vida cotidiana de Freud, Dalí nos conduce a experimentar una visión delirante que pone en crisis la visión exterior. El delirio construye y genera un orden que da lugar a imágenes convulsivas que expanden el territorio del arte más allá de pintura.

Basada en la novela de Hilary St. George, Saunders y John Palmer The House of Dr. Edwardes (1927), Recuerda es un filme que dota a las imágenes de un sentido propio, poniendo en relación lo real con lo imaginario, lo físico con lo mental, lo objetivo con lo subjetivo. Circuito onírico donde se crea y a la vez se borran los objetos como doble movimiento del tiempo: presente-pasado, pasado-presente. Tiempo anacrónico que fragmenta la linealidad en bifurcaciones de perspectivas que, en lugar de descifrar el enigma, conduce al espectador a otros enigmas inesperados.

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