Le gané al Soriana y conseguí 450 kilos de croquetas por 333 pesos


Su nombre es Alan Santana, tiene 27 años, es diseñador gráfico y DJ. El martes se convirtió en uno de esos héroes sin capa que nos hacen decir “respect”: gracias a un mal etiquetado en un supermercado de San Luis Potosí, México, se llevó 450 kilos de alimento para perro por sólo 333 pesos. Alan no es ningún gandalla: ya está repartiendo el alimento entre perros callejeros, asociaciones y rescatistas. En exclusiva para VICE, Alan nos relata cómo es que se convirtió en #LordCroquetas, la más reciente sensación en redes sociales.

“Era 18 de julio por la tarde. Estaba acostado echando la hueva en la cama en casa de mis papás cuando mi mamá empezó a dar lata con que mi hermano y yo la lleváramos a Soriana a hacer el súper. Venció nuestra hueva con un soborno, diciéndonos que iba a comprarnos algo y accedimos.

Llegamos a Soriana y yo comencé mi rutina de checar los precios, porque ya sé que siempre se equivocan. Al pasar por la sección de croquetas, me di cuenta de que el anuncio tenía un precio de ‘$18.50 pza’, y justo debajo de ese anuncio estaban los costales de croquetas de 25 kilos, por lo que decidí tomar la foto discretamente.

Lo siguiente fue dejar a mi hermano haciendo guardia en lo que yo conseguía un carro más grande para poder llevarnos los 18 costales de croquetas que había disponibles. Acudí a un empleado y con toda amabilidad solicité un carro para llevarme los costales. Él me lo trajo en seguida y sin tener noción de que el precio estaba mal, ya con los 18 bultos cargados en el carrito, fuimos hacia la caja, dispuestos a pagar 333 pesos, el costo total de 18 costales a 18.50 cada uno.

Todas las fotos por Alan Santana.

Al bajar el primero de los 18 costales, aún no sospechaban nada, pero el cajero me dijo que para llevarme todos esos costales necesitaba una orden de mayoreo. La solicité, la trajeron e intentaron cobrarme los 18 costales por un total de más de 6 mil pesos. Hasta eso me estaban haciendo un descuento del 3×2, porque Julio Regalado.

Cuando me pidieron el efectivo, yo saqué sólo lo justo (según mis cuentas): 333 pesos. El cajero de inmediato me hizo cara de ‘¡WTF!’, por lo que procedí a sacar mi celular y a mostrarle la foto con el precio que ellos pusieron. Me quedé callado y esperando mis costales, en unos momentos de tensa calma. Enseguida se alarmó todo el Soriana y en menos de tres minutos ya tenía al subgerente de la tienda con un tono triste pidiéndome que no lo hiciera, porque el “chavo” que puso mal el precio lo tendría que pagar.


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Le contesté ‘lo pueden meter como merma y así no hay pérdida y no se lo cobran a nadie’. Sorprendido de que supiera esa información —cabe destacar que tengo amigos en Sam’s y Walmart y sé cómo se manejan las tiendas—, de inmediato cambió su tono de voz a uno prepotente: ‘pues hazle como quieras, no te los vas a llevar’. Pero a huevo yo me los iba a llevar, por lo que le contesté que mejor me los vendiera en el momento y se evitara que regresara al otro día con PROFECO, obligándolo a tomarse una foto con los costales y conmigo para documentar.

Sólo así suavizó la voz y soltó el primer sablazo: ‘Llévate cinco y ahí muere’. Me negué, yo me iba a llevar los 18 costales. Así debatimos durante casi una hora. Le dije que esos errores son de la persona que supervisa piso, que los costales los usaría para una buena causa —para donarlos—, pero lejos de dar su brazo a torcer se fue poniendo más prepotente. ‘Pues ya te dije: hazle como quieras, pero de aquí no los vas a sacar’.

Se alarmó todo el Soriana y en menos de tres minutos ya tenía al subgerente de la tienda con un tono triste pidiéndome que no lo hiciera, porque el ‘chavo’ que puso mal el precio lo tendría que pagar.

Supuse que estaba enojado, por lo que le pedí que le hablara a un superior ya que él no me estaba solucionando nada. En cuanto pronuncié la palabra ‘superior’, mágicamente aflojó el tono de voz nuevamente y me dijo: ‘mi jefa está ocupada ahorita, ya ándale, llévate 10, mira yo pongo la diferencia para que no nos cobren’.

Volví al tema de la merma, explicándole —otra vez— todo y negándome a su oferta de los 10 costales. Su nerviosismo lo llevó a decir cosas como ‘ándale ya llévate 10 costales por 18.50 pesos’ a lo que le respondí: ‘date cuenta de tus errores, me estás ofreciendo 10 costales por 18.5 pesos te estás dando más en la madre tú solito, mejor háblale a tu gerente’.

Meditando su evidente error de aritmética, tomó su radio y le habló a la gerente, la cual llegó a los 10 minutos con una actitud muy profesional. Ahí viene la parte sorprendente: ¡ERA MI VECINA! Sí, esa vecina mamona que nunca nos habló, esa vecina que era la hija de la señora que nunca nos devolvía los balones cuando de niños jugábamos retas de futbol y que cuando se volaban a su casa jamás regresaban —infancia destruida—; la hija de la vecina que rompió mi sueño de ser Oliver Atom, de ser un súper campeón y de suspenderme media hora en el aire para lograr una chilena perfecta.

Tuve un flashback lleno de tristeza, pero también un motivo más para chingarme a la tienda. Decidí sacar mis mejores argumentos para agilizar mi compra y poder llevarme mis costales. Dialogamos de lo mismo que sostuve con el subgerente, y cuando vio que en verdad no iba a poder lograr que dejara los costales, ¡BOOM! Llegó la primera amenaza por su parte: ‘te puedo prohibir la venta por mayoreo, de hecho’.

Todas las fotos por Alan Santana.

Volví a la carga y le pedí que me mostrara los documentos donde se avala que podría prohibírmelo. Ahí me la jugué. Si era verdad, se lo firmaba y me retiraría solamente con el amargo flashback de ser un súper campeón frustrado. Pero me lo negó, diciendo que por políticas de privacidad de la empresa no podría mostrarme nada. Insistí en que sin ese documento físico en mis manos, ella tendría que acceder a mi compra.

Ahí aflojó un poquito y me ofreció un costal solamente. ‘¿Un costal? No, si el subgerente ya me ofreció 10’. Ese fue el momento más incómodo de todos, cuando la gerente volteó a ver al subgerente con una cara que dejaba ver odio, asco y desprecio. Ahí todo se tornó realmente tenso. La gerente llena de nervios volvió a sacar sus normas de prohibir la venta al mayoreo, diciéndome que de todos modos estaban al 3×2, por la promoción de Julio Regalado.


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Dándose cuenta de que gracias a la promoción pagaría aún menos de los 333 pesos, se quedaron fríos. Pero ya no quería dialogar más. ¡Sólo les dije que después arreglaran eso, que ya quería mis croquetas! Volvió a sus diálogos administrativos y ahora usó como último recurso el tema sentimental: el del ‘desempleado del mes’ por cometer un error, pero no logró ablandarme, pues si a esas íbamos yo tenía un propósito sentimental más válido: alimentar con esas croquetas a perritos de la calle. ¡KABOOM!

Después de otro rato de estira y afloja en el que no cedí ni un centímetro, la gerente accedió a autorizar la compra y se retiró con dignidad. El subgerente supongo que se ahogaba con sus lágrimas interiores; comenzaron a marcar mis costales, uno por uno, queriendo hacer lento el proceso para ver si con ello me arrepentía o me desesperaba, pero pues no: haciendo gala de mi paciencia, me compré un agua muy fría y unas Chip’s moradas en lo que ellos acababan el proceso de compra.

Tuvieron que llamar a la jefa de caja para que lo hiciera por que el cajero inepto no pudo, otra media hora de espera, pero aun así no fue un momento tedioso: ¡wey, tenía Chip’s moradas! Cuando por fin acabaron, saqué mis costales en el carrito que me prestó Soriana, cargué todo a mi camioneta y me fui muy contento con mi familia a mi casa.

Todas las fotos por Alan Santana.

En el trayecto ya estaba ideando a quién donarlo y cómo hacerle, pero también pensé en mi flashback de los Súper Campeones, que pasó de la tristeza a la alegría: ¡Por todos los balones que nos quitó la señora, yo le quité 18 costales de croquetas a su hija la gerente! ¡Karma, motherfuckers!

Llegué a mi casa, bajé mis croquetas y comencé el proceso de etiquetar en Facebook a refugios para perros, asociaciones, rescatistas, etc. ¡Ya quería empezar a regalar las croquetas! No pensé que esto llegaría a ser tan viral, comenzaron a buscarme gente de noticieros, blogs y hasta periódicos. Pero había prioridades: primero quería que las croquetas llegaran a donde tenían que llegar.


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Poco a poco la gente se fue acercando para apoyar la causa. El momento más feliz llegó cuando la chica que me gusta me mandó un mensaje para tener una cita conmigo, por ser una persona que alimenta perritos callejeros. ¡Por fin esa chica que siempre me había encantado ahora tocaba a mi puerta, todo gracias a esta buena acción! Definitivamente una chica que pensaba en los perros de la calle era la correcta.

Ahora estoy armando bolsitas de papel llenas de croquetas para que pase la gente, para que se las lleve y reparta a cualquier perro que vea por la calle. También estoy seleccionando las casas, asociaciones o rescatistas que serán afortunados con un costal de 25 kilos de croquetas. Y esta fue la historia de cómo me convertí en #LordCroquetas y me chingué al pinche sistema retrógrada —como diría La Mars—, pero por una buena causa”.

@PaveloRockstar

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