Pasé mi 24 de diciembre en una orgía bareback


I

“¡Orgía bareback hoy! Reserva tu lugar y obtendrás tu regalo de Navidad, en el Club SEXXXMENTAL!”, dice el mensaje que recibí por parte de Ramsexxx, quien se dedica a organizar fiestas calientes en la Ciudad de México. Desde hace tiempo somos amigos gracias a Whatsapp y me comentó que haría una sex party para despedir el año. Para él, el bareback —sexo a pelo, sin protección— no es algo que asuste o esté prohibido: es sólo una opción más en el abanico de prácticas placenteras que existen. Mientras sea consensuado y libre, ¿tendría algo de malo que dos sujetos decidan intercambiar placer y fluidos sin látex de por medio?

II

Estoy afuera del lugar cuya dirección me envió Ramsexxx por mensaje. Es una casa en la Colonia San Pedro de Los Pinos. Oficialmente ya es 24 de diciembre, pues son las 2 de la mañana. No sé si son las fechas que a todos nos ponen nostálgicos e introspectivos, pero llevo una hora estacionado afuera sin decidirme a tocar. Le mando un mensaje a un chico que a últimas fechas se ha convertido en una de esas presencias indispensables en mi vida.

—Vine a un lugar donde se hacen orgías medio intensas. Todavía no entro, la verdad no sé qué me detiene si he estado chingos de veces en lugares así, pero si tú me pides que no entre, no lo hago.
—Un Pável tiene que hacer lo que tiene que hacer. Sólo avísame que llegaste bien a casa, ¿sí?
—Está bien, así lo haré.
—Oye… te quiero.
—Yo también te quiero.

III

Poner la ropa en una bolsa, anotarse en una lista. Somos 37 y contando. Al menos se ve que hay buena concurrencia: me han tocado sex parties donde somos máximo 10 personas y no hay mucho de dónde escoger.

El lugar está decorado con motivos navideños: escarcha, farolitos, incluso un carrusel inflable y luminoso indica que el año agoniza, pero la calentura nunca se acaba. De las bocinas brota música pop. En la primera sala, donde también está la barra de bebidas, un chico delgado con una verga enorme se deja mamar. Al ritmo de “I’m A Slave 4 U” de Britney Spears mueve la cadera mientras empuja su miembro moreno entre las fauces de otro chico, que la devora gustoso.

Se termina la canción y también la mamada. Uno de los asistentes aplaude. Los demás mirones comienzan a agarrar parejas, como en un Arca de Noé. Uno me roza discretamente la verga por encima del calzón que me dejé puesto, a ver si le sigo el juego. Sólo le sonrío, pero no correspondo. Hay un “algo” que hoy no me permite entrarle al intercambio navideño. “Voulez-vous coucher avec moi, ce soir?”, pregunta Christina Aguilera a través de los altoparlantes. “Je ne veux pas, merci”, digo para mis adentros, mientras me bebo de golpe mi vaso de refresco.

IV

En la parte de arriba del lugar hay dos cuartos oscuros, uno más inaccesible para la vista que el otro. En el que está a media luz, hay dos “potros”, de esos que suelen poner en los moteles. En uno de ellos, un hombre en suspensorio está con el culo al aire, totalmente disponible. Los asistentes llegan y lo dedean. Alguno le da unas metidas de verga y se va. Él no se inmuta, ni siquiera voltea para ver quién lo penetra: sólo es un recipiente de cuantos dedos o penes quieran entrar en él.

En el otro potro está un chico activo, sobándose el miembro para mantener la erección. A él tampoco le importa quién sea el que se siente en él. Llegan, se dejan bombear por él y se retiran. Me acerco para ver mejor. Por supuesto, no trae condón. En media hora, unos cinco chicos distintos han venido a dejarse penetrar por él. No hay un “¿cómo te llamas?”, “¿cuándo te veo?” ni “qué rico estuvo”. En esta habitación el silencio es un pacto tácito.

Al fondo del cuarto hay dos columpios para BDSM. Sólo uno está ocupado y también hay otro chico en jockstrap que recibe sin chistar los embates de quien quiera venir a cogérselo. Hasta ahora, todo había sido silencioso: o no se quieren venir porque quieren guardarse para el resto de la noche, o prefieren hacerlo sin mucho escándalo. Eso, hasta que llega un hombre velludo y calvo. Después de unos minutos de “mete y saca”, deja escapar el inequívoco gruñido del orgasmo. El chico del columpio ha sido “preñado”.

V

La verdadera fiesta está en el cuarto más oscuro. No alcanzo a distinguir cuántos somos, porque los ojos no me dan para tanto. Sólo se escucha el golpeteo de pelvis contra nalgas, las bocas que succionan, los gemidos de los que reciben la carne hinchada de sangre. Aquí el pacto de silencio se rompe. No hay palabras, pero sí un lenguaje primitivo y universal, uno que no conoce de reglas gramaticales ni de academias.

A tientas alcanzo a sentir piernas al aire, que descansan sobre hombros sudorosos. Percibo también vergas que se frotan contra mi cuerpo y manos que intentan alcanzar mi bulto. Me escurro entre la oscuridad como una serpiente, evitando las trampas del deseo. Rozo pieles, a algunos les acaricio el cabello, a otros los tomo por momentos de las manos. No hay acto sexual más íntimo que prodigarles cariño fraternal a estos completos desconocidos. Sin penetrar o ser penetrado, me retiro del cuarto oscuro, en una especie de éxtasis.

VI (Epílogo)

“Ya llegué a casa. No hice nada sexual, por si estabas con el pendiente. Seguro ya duermes. Sueña bonito, chamaco”. Me quito la ropa y me acuesto en la cama. Me pongo a pensar qué tan solos estamos como para pasar estas fechas en orgías, en intercambios de saliva y esperma. ¿O será que el instinto animal no conoce de días feriados y que no tiene horario ni fecha en el calendario, como diría la canción de salsa? Me dispongo a descansar. Me obligo a dormir, pues en unas horas toca ir con la familia a arrullar al Niño, a rezar la letanía y a pedir posada. Porque soy puto, puto, pero bien católico.

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